Se empieza a descifrar el ADN de las bacterias que viven en nuestros cuerpos

Unos 200 científicos de cerca de 80 instituciones han secuenciado tras cinco años de trabajo el ADN de las bacterias obtenidas del interior de 242 personas presuntamente sanas en un intento de conocer el microbioma humano. Y entre otras muchas cosas han descubierto que las bacterias se comunican entre sí, intentan vivir en armonía con los demás microbios y forman poblaciones organizadas así como que en nuestros intestinos hay muchas más cepas de las que se pensaba y que el microbioma difiere entre una persona y otra. La investigación pretende asimismo buscar métodos para afrontar la presencia en nuestro interior de microbios patógenos de forma más eficaz y menos peligrosa que usando antibióticos. Instando además a acabar con la estrategia de combatir enemigos con el arsenal farmacológico desterrando el actual lenguaje bélico usado por la clase médica.

Cuanto más tardemos en desterrar la visión bélica según la cual en nuestro interior hay en ocasiones bacterias y virus enemigos causantes de patologías que para superar es preciso combatir y exterminar usando los arsenales farmacológicos creados por los laboratorios más tardaremos en entender que el camino no es ése sino el de obtener un terreno interno equilibrado en el que tales microbios pierdan su condición patógena. Porque como bien explica el biólogo español Máximo Sandín –una de las escasas voces críticas con la visión darwinista que domina la Biología actual- la Naturaleza no se rige por la competencia sino por la colaboración y el equilibrio. “Los conocimientos científicos más actuales –afirma- demuestran que las bacterias y los virus conviven armoniosamente en todas partes, incluyendo nuestros propios organismos, y que sólo de manera excepcional se vuelven patógenos: cuando alguna causa externa desestabiliza su funcionamiento normal. Y teniendo en cuenta que se calcula que hay en la Tierra 5 x 1030 bacterias -diez mil millones de veces el número calculado de estrellas en el universo- y que el número de virus es entre 5 y 25 veces superior ¡si las bacterias y virus fueran patógenos no duraríamos ni un segundo! Los médicos y los biólogos deberían haber entendido ya que es imposible que en general sean patógenos” (lea el lector en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título ¿Realmente son las bacterias y virus responsables de la mayoría de las enfermedades? apareció en el nº 125). Y es que como bien señala Sandín en sus escritos la totalidad de los microorganismos que nos habitan –bacterias, virus y hongos principalmente- configuran un universo complejo de interacciones- al que se denomina microbioma- del que desconocemos casi todo cuando de su equilibrio depende en buena medida nuestra salud.

Afortunadamente su voz no es la única que a nivel internacional y a la vista de las investigaciones más recientes invita a un cambio de paradigma en la Biología. “Me gustaría que desapareciera el lenguaje bélico –afirmaría Julie Segre, investigadora en el National Human Genome Research Institute y una de las directoras del Proyecto Microbioma Humanoporque se hace un flaco favor a todas las bacterias que han coevolucionado con nosotros y mantienen la salud de nuestros cuerpos”. Por su parte, el doctor David Relman -microbiólogo de la Universidad de Stanford (California, EEUU)- hace una comparación certera: “Los seres humanos son como el coral: un conjunto de formas de vida viviendo juntas”.

Afirmaciones que son solo un ejemplo de las nuevas corrientes de opinión que se están abriendo paso entre la comunidad científica ante lo que se ha ido conociendo en los últimos años sobre el microbioma humano –por ahora mayoritariamente en el campo de las bacterias- dando paso a una nueva forma de entender la salud, la Ecología Médica, en la que el cuidado de la vida interior que albergamos -como si nosotros fuéramos el envase- pasará a ser prioritario para lograr el bienestar.

Ciertamente hasta hace poco la mayoría de los microorganismos de nuestro cuerpo no habían podido ser aislados y analizados porque su crecimiento está condicionado por microambientes muy específicos que no pueden ser fácilmente reproducidos en laboratorio. Además entre los pocos componentes del microbioma que sí se habían podido aislar los análisis de marcadores genéticos y patrones de expresión raramente se habían centrado en la relación entre especies o en las interacciones entre los microorganismos y el ser humano. Sin embargo los avances en la tecnología de secuenciación junto a los nuevos desarrollos bioinformáticos están permitiendo comenzar a investigar nuestros microbios. De ahí que se pusiera en marcha el Proyecto Microbioma Humano -financiado por los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos con 153 millones de dólares- concebido con el fin de explorar las comunidades microbianas que nos habitan y sus interacciones con el organismo humano que las acoge -en un esfuerzo similar al que se llevó a cabo para completar el Genoma humano- cuyos primeros resultados fueron publicados poco antes del pasado verano de 2012 en Nature y en la web PLoS. Pues bien, quedémonos con esta cifra: se calcula que hay unos 100 billones de bacterias en nuestro interior y sobre la piel; todas ellas fundamentales para la salud.

UN UNIVERSO DESCONOCIDO

La verdad es que los datos ya obtenidos representan un auténtico aluvión de información que deberá ser estudiado y analizado durante los próximos años a fin de poder identificar nuevos organismos, genes, proteínas y redes metabólicas así como las relaciones existentes entre las comunidades microbianas y la salud. Se culmina así una primera fase en la que 200 científicos de 80 instituciones secuenciaron el material genético de las bacterias tomadas durante dos años de 242 personas sanas en 15 lugares distintos de sus cuerpos en el caso de los varones y en 18 en el de las mujeres recopilando así más de cinco millones de genes.

El primer problema fue encontrar personas completamente sanas para el estudio a fin de establecer un modelo de salud del microbioma a partir del cual deducir cómo su modificación afecta al ser humano. Así que los investigadores reclutaron a 600 personas de entre 18 y 40 años a las que se sometió a un exhaustivo examen físico utilizando muy distintos especialistas. Asimismo se aseguraron de que no estuviesen ni muy gordos ni demasiado delgados. ¿El resultado? Que la mitad fue rechazada por no estar totalmente sana. Y aún así el 80% de los que fueron aceptados tuvieron que ser, antes de comenzar, tratados de caries o de problemas en las encías.

Luego, una vez elegidos 242 hombres y mujeres considerados sanos y libres de enfermedad los investigadores recogieron muestras en heces, saliva, encías, dientes, nariz, paladar, amígdalas y garganta así como de la parte interior del codo, los pliegues de la oreja y, en los casos de las mujeres, de la vagina. Revisando el estado de todos ellos en tres ocasiones a lo largo del estudio a fin de comprobar si la composición bacteriana de sus cuerpos era o no estable. Tras lo cual se obtuvieron 11.174 muestras. Luego, para catalogar las bacterias, los investigadores buscaron ADN con un gen específico, el 16SrRNA, que es un marcador de bacterias cuyas ligeras variaciones en la secuencia puede revelar diferentes especies bacterianas.

Pues bien, descubrieron muchas más cepas de las imaginadas y constataron además que el microbioma de cada persona es distinto y que las bacterias que colonizan un mismo espacio en dos personas diferentes son más similares entre sí que las establecidas en diferentes lugares del mismo individuo. Para sorpresa de los científicos también encontraron huellas genéticas de bacterias causantes de enfermedades comprobando que en lugar de provocar que las personas enfermaran o desarrollaran infecciones ¡vivían en armonía con sus vecinas!

Aunque el proyecto se centró en gran medida en las bacterias también observarían que en ese hábitat hay numerosos virus de diferentes especies, unos capaces de infectar a las bacterias residentes y otros que interactúan constantemente con las células.

Y, por supuesto, hongos. En la revista Science del pasado 8 de junio un equipo dirigido por David Underhill -investigador del Hospital Cedars-Sinai de Los Ángeles (California, EEUU)- informaría de que habían hallado unas 200 especies de hongos en los intestinos de los seres humanos y otros mamíferos, ¡la mitad de las cuales nunca había sido descrita! Un estudio de tres años de duración para el que se diseñaron sondas moleculares capaces de detectar hongos en las heces de ratón les permitió encontrar cientos de especies. Luego, para asegurarse de que no era un fenómeno específico del ratón, se repitió la búsqueda en ratas, conejos, perros… y personas. Y una y otra vez se encontraron con una gran cantidad de hongos intestinales. Infiriendo que como sólo unas pocas especies estaban presentes en los alimentos todo indicaba que los demás -al menos- formaban parte de las comunidades intestinales establecidas.

EL MICROBIOMA EN SUS INICIOS

Según Lita Proctor -codirectora del Proyecto Microbioma Humano– nuestro microbioma comienza a aumentar desde el mismo nacimiento pues ya cuando el bebé pasa por el canal uterino recoge bacterias del microbioma vaginal de la madre. “Los bebés son imanes de microbios -explicaría Lita Proctor-. En los dos o tres primeros años sus microbiomas maduran y crecen mientras su sistema inmune se desarrolla en armonía aprendiendo a no atacar a las bacterias, reconociéndolas como amistosas”. Obviamente los bebés que nacen por cesárea comienzan pues su vida con un microbioma diferente pero queda por averiguar si sigue siéndolo al madurar. Algunos estudios ya sugieren de hecho que los niños nacidos por cesárea son más propensos a tener infecciones de piel causadas por la Staphylococcus aureus resistente a meticilina por carecer de la protección preventiva que se deriva de haber pasado por el canal uterino; achacándose a eso mismo que los nacidos por cesárea sufran más asma y alergias. También hay, empero, quien más bien lo relaciona con un mayor uso de antibióticos; teoría ésta que apoya el hecho de que los niños que viven en granjas -donde están expuestos a muchos más microbios- son menos propensos a contraer enfermedades que los que crecen en las ciudades.

Un grupo de investigadores del Brigham and Women´s Hospital de Boston (EEUU) dirigido por el Dr. Torsten Olszak publicó por su parte en Science en marzo de este año otro estudio con ratones que permite aventurar que la exposición a microbios durante la infancia temprana se asocia a una mayor protección contra las patologías autoinmunes; como la enfermedad inflamatoria intestinal y el asma. Hasta tal punto que podían prevenir que los ratones no enfermarían si les proporcionaba bacterias mientras aún eran jóvenes y que, en cambio, la adquisición de microbioma nuevo cuando ya son adultos no ayuda a los roedores que sí pueden enfermar.

Estos nuevos estudios están ayudando a los científicos a entender la gran cantidad de ecosistemas que existen en nuestro cuerpo. Sólo en el intestino una persona aloja 1410 microbios. Y eso supone entre 10 y 100 veces el número de células del cuerpo humano. “Es como si la población de bacterias del intestino de una persona constituyera un ecosistema -explica el Dr. Francisco Guarner, coordinador del grupo de investigación en Fisiología y Fisiopatología digestiva del catalán Vall d’Hebron Institut de Recerca (España)-. En nuestro planeta disponemos de diferentes ecosistemas terrestres (bosques tropicales, desiertos, sabana, bosque mediterráneo, etc.) y en cada uno de ellos crecen determinadas especies vegetales. No encontraremos un abeto en medio del desierto, ni un pino mediterráneo en un bosque tropical, ni una liana en un bosque mediterráneo. A su vez, las especies dominantes de estos ecosistemas determinan qué otras especies vegetales crecerán a su alrededor. Y lo mismo sucede en el intestino humano: existen tres tipos de flora intestinal, cada uno con una determinada bacteria dominante que da pie a que haya más o menos bacterias de otro tipo”. Cabe añadir que Guarner es el coordinador en España de un proyecto complementario al norteamericano conocido como MetaHIT (Metagenómica del Tracto Intestinal Humano) centrado en el estudio de la flora intestinal.

En la boca, por ejemplo, se estima que existen entre 500 y 1.000 especies diferentes divididas a su vez en pequeños ecosistemas: la lengua, las encías, los dientes… Incluso cada lado de cada diente ofrece una combinación de diferentes especies. Se han descubierto ecosistemas hasta donde se pensaba que no existían. Un equipo de científicos del Imperial College de Londres descubrió 128 especies de bacterias en los pulmones cuando se pensaba que era terreno estéril. De hecho cada centímetro cuadrado de los pulmones es el hogar de 2.000 microbios.

En fin, ahora sabemos que algunos microbios pueden sobrevivir sólo en una parte del cuerpo mientras otros se encuentran en distintos tejidos. Y que las especies que se encuentran en el cuerpo de una persona pueden no aparecer en otra marcando la diferencia entre salud y enfermedad.

ECOLOGÍA MÉDICA

Es evidente por tanto que el Proyecto Microbioma Humano sitúa al ser humano ante un reto comparable al de la exploración de Marte pero en un viaje interior que resulta igual de apasionante. Porque realmente estamos ante un mundo casi desconocido, un nuevo ecosistema con sus propias reglas aún ignoradas cuya exploración puede depararnos descubrimientos inimaginables. De hecho este enfoque ecológico global es la base del manifiesto Ecología Médica publicado en Science Translational Medicine por Michael A. Fischbach, microbiólogo de la Universidad de California en San Francisco -premiado con el premio NIH Director’s New Innovator Award a las propuestas más innovadoras- en el que se apuesta por el respeto al ecosistema invisible que habita en nuestro interior y sobre nuestros cuerpos como paso inevitable a un nuevo concepto de salud. “La conexión entre la enfermedad y la interrupción de las interacciones homeostáticas, entre el anfitrión y su microbiota –asevera Fischbach en su manifiesto-, está ahora bien establecida. Los fabricantes de medicamentos y los médicos están empezando a confiar más en las terapias dirigidas directamente a la microbiota y a la ecología de la microbiota. Y es que los efectos de las terapias dirigidas a la microbiota que alteran la composición de la comunidad en una dirección determinada pueden ir desde la eliminación de las cepas individuales de una única especie a la sustitución de toda la comunidad con una nueva microbiota intacta (por ejemplo por trasplante fecal). Por otra parte, las infecciones secundarias relacionadas con el uso de antibióticos proporcionan una advertencia de las consecuencias no intencionadas derivadas de perturbar la red de especies microbianas y pone de relieve la necesidad de nuevos antibióticos de espectro reducido y rápidos diagnósticos”.

En otras palabras: los antibióticos matan bacterias dañinas –aunque en algunos casos lo que pueden generar son bacterias resistentes a ellos- pero también las sanas. Y de ahí que en marzo pasado Margaret Chan -Directora General de la Organización Mundial de la Salud (OMS)- reconociera que estamos a punto de entrar en la “era post antibióticos”: “El mundo –reconoció- se encamina hacia una era post-antibiótica en la que muchas infecciones comunes no tendrán cura y volverán con toda su furia (…) Lo que supone el fin de la medicina segura” (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título Advertencia de la OMS: los antibióticos serán pronto inútiles ante las infecciones? publicamos en el nº 150).

Fischbach compara de hecho los antibióticos con los herbicidas que se rocían en un jardín: es probable que acaben con las plantas no deseadas pero también pueden destruir los tomates y las rosas. Y denuncia una “verdad” asumida por los médicos sin justificación alguna: que el ecosistema microbiano se recupera solo y sin ayuda tras un tratamiento con antibióticos cuando eso no está demostrado. “Es uno de los supuestos que damos por válido los médicos y que parecerán una tontería cuando en el futuro lo veamos en retrospectiva”.

De hecho algunas bacterias ya se han adaptado para invadir y establecerse en los ecosistemas perturbados. Por ejemplo la llamada Clostridium difficile que invade a veces el intestino tras un tratamiento con antibióticos y una vez establecida su resistencia a ellos es tan difícil de erradicar. Así que sí estamos a punto de entrar en la era post-antibióticos de fabricación externa mejor será que cuidemos a quienes sabemos mejor los fabrican: nuestras bacterias. De hecho una buena manera de restaurar un microbioma alterado es fomentar selectivamente las bacterias beneficiosas. Para protegerse de patógenos peligrosos como el Staphylococcus aureus, por ejemplo, la doctora Segre apuesta por la aplicación de cremas a base de nutrientes para bacterias inofensivas de la piel que se alimenten del aureus. “Se trata –explica- de promover el crecimiento de bacterias saludables que puedan anular a los estafilococos”.

Otra forma de restaurar el microbioma es añadir bacterias directamente. Un número cada vez mayor de médicos está tratando ya la Clostridium difficile con trasplantes fecales, donde las heces de un donante sano se introducen como “supositorio” en un paciente infectado. La idea es que las bacterias buenas de las heces fecales se instalen en el intestino y comiencen a competir por el espacio con la Clostridium. Con esta bacterioterapia trabaja por ejemplo el gastroenterólogo de la Universidad de Minnesota (EEUU) Alexander Khoruts. En 2008 trató así a una paciente que sufría una infección intestinal provocada por la Clostridium difficile y padecía una constante diarrea lo que la había postrado en una silla de ruedas y obligado al uso constante de pañales. Khoruts la trató con todos los antibióticos disponibles sin resultado alguno y la paciente siguió perdiendo peso llegándose a temerse un fatal desenlace. Khoruts decidió entonces que su paciente necesitaba un trasplante y decidió hacerlo pero no usando un pedazo de intestino o de estómago de otra persona sino con algunas de las bacterias de su marido; así que mezcló una pequeña muestra de sus heces con una solución salina y se la introdujo en el colon a su paciente. Pues bien, la diarrea desapareció en un solo día así como la infección por la Clostridium. Khoruts y sus colegas realizaron al mismo tiempo un estudio genético de las bacterias de sus intestinos -antes y después- y se encontraron con que las bacterias sanas normales, sencillamente, no existían. Sin embargo dos semanas después se analizaron de nuevo sus microbios y se constató que las bacterias del marido habían colonizado y normalizado los intestinos. Desde entonces esta técnica se ha seguido efectuando con éxito. La idea de Khoruts es sustituir en el futuro este método por una píldora que contenga microbios capaces de combatir las infecciones.

Este mismo año de 2012 un grupo de investigadores de la Universidad de Alberta (EEUU) revisó en su trabajo Systematic review: faecal transplantation for the treatment of Clostridium difficile-associated disease (Revisión sistemática: trasplantes fecales para el tratamiento de enfermedades asociadas al Clostridium difficile) 124 trasplantes fecales llegando a la conclusión de que el procedimiento es seguro y además eficaz pues un 83% de los pacientes experimentan una mejoría inmediata.

También otras condiciones patológicas podrían ser tratadas por un sistema similar, es decir, mejorando el microbioma. Por ejemplo en caso de obesidad se ha descubierto que transfiriendo bacterias de ratones obesos a delgados éstos ganan peso. En esa misma línea investigadores del Centro Médico Académico de Amsterdam (Holanda) han realizado ensayos para determinar si los trasplantes fecales pueden ayudar al tratamiento de la obesidad. Para ello reclutaron a 45 hombres obesos a parte de los cuales se les introdujo su propia materia fecal y a la otra parte materia fecal de donantes delgados. Pues bien, quienes recibieron la materia fecal de de donantes delgados empezaron a cambiar la forma de metabolizar el azúcar.

Todo indica pues que el cuidado de la flora bacteriana es imprescindible para la salud y regenerarla puede llegar a solucionar problemas graves. Hasta muchos casos de autismo como ya explicamos en el artículo que con el título ¿Es la mala salud intestinal la causa del autismo y otras patologías neurológicas? publicamos en el nº 145 y puede leer en nuestra web: www.dsalud.com).

ESTRUCTURAS ORGANIZATIVAS

Debemos agregar que la infinidad de datos que están surgiendo del Proyecto Microbioma Humano están siendo complementados por otros trabajos que muestran realidades hasta ahora desconocidas de las bacterias. Así, una investigación del Instituto de Tecnología de Massachusetts (EEUU) ha revelado que las bacterias tienen estructuras sociales similares a las plantas y los animales. Publicado en la edición del 7 de septiembre de Science el hallazgo sugiere que las bacterias pueden jugar diferentes roles sociales y que la competencia no sólo se produce entre las bacterias individuales sino también entre las poblaciones coexistentes en el mismo nicho ecológico. Otto Cordero, biólogo del mencionado instituto e investigador principal del estudio junto con investigadores del Instituto Francés de Investigación para la Explotación del Mar y del Instituto Oceanográfico Woods Hole de Massachusetts, estudió si en las bacterias existe organización poblacional y su investigación mostró que unos pocos individuos, en grupos de bacterias estrechamente relacionadas entre sí, tienen la capacidad de producir compuestos químicos que matan o retardan el crecimiento de otras poblaciones de bacterias en su medio ambiente sin perjudicar a los suyos. “Las bacterias se han considerado normalmente organismos puramente egoístas y a las poblaciones bacterianas como grupos de clones -explicaría Cordero-. Nuestro resultado en cambio tiene más que ver con lo que sabemos acerca de las poblaciones de animales y plantas en las que los individuos pueden dividir sus trabajos, realizar diferentes funciones complementarias y actuar de forma sinérgica”. Esos investigadores recogieron sus evidencias observando la competencia directa y agresiva entre poblaciones bacterianas reuniendo en un “todos contra todos” a miembros distintos pero estrechamente relacionados de una familia de bacterias oceánicas llamadas Vibrionaceae. Reconstruyeron así una gran red de peleas bacterianas en las que las bacterias producían antibióticos como medio de guerra química para obtener una ventaja competitiva al obstaculizar directamente la supervivencia de potenciales competidores.

El marco creado proporcionó a Cordero y sus colegas la oportunidad de examinar unas 35.000 interacciones con la consiguiente generación de antibióticos encontrándose con que las poblaciones actuaban como unidades socialmente cohesionadas. “En estas poblaciones -explicó Cordero- algunos sujetos producen antibióticos a los que los sujetos estrechamente relacionados eran resistentes mientras que los individuos de otras poblaciones eran sensibles. Parece que es un esfuerzo de grupo donde los individuos asumen el papel de productores de antibióticos y, por tanto, de defensores de su espacio. Aquellos individuos que no producen antibióticos pueden beneficiarse de la asociación con los productores porque son resistentes. En otras palabras, los antibióticos tienen un efecto social ya que pueden beneficiar a la población en su conjunto”.

Parece evidente por tanto que, contrariamente a lo que se pensaba, existen diversos roles sociales en las colonias de bacterias que obliga a estudiar menos el comportamiento de individuos aislados para centrase más en su papel social. “La Microbiología -afirma Cordero- se basa en el estudio de cultivos puros, es decir, genotipos aislados de su población. Y nuestro trabajo demuestra que tenemos que empezar a centrarnos en los fenómenos de población para entender mejor lo que están haciendo estos organismos en la naturaleza”.

LAS BACTERIAS SE COMUNICAN ENTRE SÍ

Ahora bien, para que exista diferenciación social es necesaria la comunicación entre los individuos del grupo. Y lo cierto es que ¡también está demostrado que las bacterias se comunican entre sí! Bonnie Bassler, investigadora del Howard Hughes Medical Institute (EEUU) reconocida como Inventora del año 2004 por la Asociación Ley de Propiedad Intelectual de Nueva York, descubrió hace ya unos años -y sigue trabajando sobre ello- que las bacterias se comunican entre sí mediante un lenguaje químico al que llamó Quorum Sensing (QS). Un proceso de comunicación que se basa en la producción y detección de moléculas de señalización extracelulares denominadas autoinductores. Según explica cuando una población de bacterias aumenta, la concentración extracelular de autoinductores aumenta; y cuando se alcanza un determinado umbral el grupo responde con una alteración de la expresión génica en toda la población. Es decir, todas las bacterias comienzan a actuar como un grupo sincronizado de acuerdo al comportamiento de grupo programado en sus genes. Y si bien los procesos controlados por este mecanismo son generalmente improductivos cuando se realizan por una bacteria aislada se vuelven eficaces cuando los realiza el grupo. Por ejemplo, este proceso de Qurorum Sensing -que podríamos traducir como “detección de quórum” (momento en el que la cantidad de individuos presente permite tomar decisiones)- controla la bioluminiscencia, la secreción de factores de virulencia defensiva/ofensiva, la formación de biopelículas, la esporulación y el intercambio de ADN. Por tanto es un mecanismo que permite a las bacterias funcionar como organismos multicelulares. “Nuestros estudios más recientes –señala Bassler- muestran que las bacterias hacen, detectan e integran información de múltiples autoinductores y que algunos de ellos facilitan exclusivamente la comunicación dentro de una especie mientras otros permiten la comunicación con otras especies”. En otras palabras: las bacterias son multilingües y pueden determinar la presencia y fuerza de otras colonias bacterianas para a continuación utilizar esa información y decidir las tareas a realizar.

En su reciente trabajo Broad spectrum pro-quorum-sensing molecules as inhibitors of virulence in vibrios (Moléculas pro-QS de amplio espectro como inhibidores de la virulencia en vibrios) Bassler y sus colegas descubrieron once moléculas capaces de activar el sistema QS en la Vibrio cholerae –bacteria Gram negativa que provoca el cólera en humanos- con potencial para controlar su patogenicidad. “Nuestro descubrimiento –aseveran en sus conclusiones- apoya la idea de que la explotación de moléculas pro-QS es una estrategia prometedora para el desarrollo de nuevos productos antiinfecciosos”. Lo que ha hecho pensar en la posibilidad de desarrollar una nueva generación de antibióticos que bloqueen los genes que permiten a las bacterias comunicarse entre sí. Abriendo asimismo la puerta a la creación de fármacos QS capaces de aumentar la comunicación entre las bacterias beneficiosas para hacerlas funcionar de manera más eficiente; porque tanto las bacterias Gram-positivas como las Gram-negativas utilizan circuitos de comunicación QS para regular una amplia variedad de actividades fisiológicas. “Aunque la naturaleza de las señales químicas, los mecanismos de transmisión de señales y los genes diana controlados por los sistemas de percepción de QS difieren –escribió Bassler en otro de sus trabajos: Quorum Sensing in bacteria-, en todos los casos la capacidad de comunicarse entre sí permite a las bacterias coordinar la expresión de genes y, por tanto, el comportamiento de la comunidad entera. Presumiblemente este proceso otorga a las bacterias algunas de las cualidades de los organismos superiores. La evolución de los sistemas de QS en las bacterias puede pues haber sido uno de los primeros pasos en el desarrollo de la multicelularidad”.

Pilar Francino, miembro del grupo de investigación de Metagenómica del Microbioma Intestinal del Centro Superior de Investigación en Salud Pública de Valencia (España) nos diría: “El estudio del microbioma humano está revelando que nuestro cuerpo alberga una gran cantidad y variedad de microorganismos que no sólo no son perjudiciales para nosotros sino que realizan funciones muy importantes para la salud. El número de bacterias que habitan en el cuerpo de un adulto saludable se sitúa entre 1014 y 1015, es decir, un número al menos 10 veces mayor al de las propias células humanas. Y la mayoría de estas bacterias no están en tránsito sino que habitan nichos bien definidos donde forman comunidades complejas, estables y bien diferenciadas entre las distintas partes del cuerpo. Todas las superficies corporales que están en contacto con el medio externo -no solo la piel sino también las mucosas de la boca, el tracto digestivo o la vagina- están recubiertas de microorganismos diferentes. De miles de especies distintas aunque el 90% pertenezca a alguno de los cuatro grandes filos o grupos bacterianos: los Firmicutes, las Actinobacterias, los Bacteroidetes y las Proteobacterias que son los grupos bacterianos dominantes en la biosfera en general. Es decir que, en cierta forma, no somos un hábitat tan diferente del mundo que nos rodea”.

En cuanto a las aplicaciones terapéuticas de estos conocimientos Pilar Francino nos diría: “La investigación biomédica está tratando de comprender en detalle cómo se forma y cómo funciona nuestra microbiota de tal manera que se puedan diseñar intervenciones terapéuticas para las diversas enfermedades que se han asociado con una microbiota deficiente; por ejemplo, la obesidad, la diabetes y los desórdenes del sistema inmune (enfermedades autoinmunes, alergias, etc). Tales intervenciones pueden consistir en la administración de probióticos (microorganismos beneficiosos) o de prebióticos (compuestos que favorecen el crecimiento de tales microorganismos). Este tipo de aproximaciones ya está en marcha y de hecho la efectividad de algunos probióticos está bien documentada científicamente; como en el tratamiento de desórdenes gastrointestinales: algunos tipos de diarrea, el estreñimiento, el síndrome del intestino irritable o la inflamación intestinal. En un futuro el conocimiento de la microbiota de una persona será tan importante pues como el de sus genes de cara al desarrollo de una medicina personalizada; es decir, para la adecuación del tratamiento médico a las condiciones específicas de cada uno. Está claro que hemos pasado de ver los microorganismos como enemigos a comprender que en la mayor parte de los casos son nuestros aliados y nuestra mejor opción es crear las condiciones idóneas para que la microbiota funcione de manera óptima según nuestra propia genética y estilo de vida”.

En fin, es tanto lo que aún ignoramos que hacernos creer en verdades absolutas como pretende la ortodoxia médica resulta absurdo. Mejor será adoptar hábitos sanos que permitan vivir con tranquilidad a nuestros pequeños amigos antes de que se vuelvan contra nosotros. “Las bacterias -afirma Máximo Sandín- solo cuando algo las desestabiliza intercambian lo que se llaman islotes de patogenicidad, trasposones que las convierten en patógenas. Pero eso sucede siempre que se trate de una agresión externa y lo que hacen las bacterias entonces es simplemente defenderse. El sistema inmunitario no es un sistema de defensa sino de equilibrio”.

Elena Santos

 

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Noviembre 2012
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