¿Son los antidepresivos causa de muchos actos de violencia?

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Los psicólogos David Healy y David B. Menkes han realizado junto a Andrew Herxheimer, miembro del conocido Centro Cochrane de Gran Bretaña, un estudio revisando la relación existente entre algunos antidepresivos y distintas situaciones acciones juzgadas en los tribunales. Y en su opinión de los ensayos clínicos y estudios de farmacovigilancia realizados se deduce la existencia de relaciones entre ciertos antidepresivos y los comportamientos violentos de quienes los ingirieron. De hecho hay jueces y jurados que han dejado libres a algunas personas a pesar de haber cometido horrendos asesinatos en el convencimiento de que lo hicieron bajos los efectos de antidepresivos. Otros, por el contrario, se han negado a considerar siquiera la posibilidad de que tales fármacos pudieran haber sido -en mayor o menor medida- la causa de su comportamiento violento.

¡No culpable!Tal fue la sentencia del Tribunal Superior del condado de Thurston (Washington) hace sólo unas semanas. Después de muchos meses Eric y Margaret Attwood volvieron a caminar juntos como tantas veces habían hecho durante sus últimos 60 años de convivencia. Viéndoles tan unidos era difícil imaginar que en la mañana del 3 de octubre del pasado año Eric había apuñalado en el cuello a su mujer mientras dormía…

Podía haber sido un caso más de violencia de género, similar a otros muchos de los que en nuestro país nos espantan a diario, pero en esa ocasión el juez dictaminó que según las pruebas el intento de asesinato fue motivado por un ataque de locura transitoria causada por la ingesta del antidepresivo Wellbutrin.

También hace sólo unas semanas, perdida entre las páginas de un diario, una noticia de tan sólo unas líneas relataba que un joven se había suicidado. El texto añadía, sin profundizar en ello, que llevaba algún tiempo sometido a tratamiento psiquiátrico.
Patología mental y medicación. ¿Cuál la causa? ¿Cuál el efecto?

Dos realidades cabalgan juntas como caballos desbocados por nuestra sociedad del bienestar. Porque cada vez más personas recurren a los psicofármacos como solución a sus problemas mentales y/o emocionales y cada vez son también más los hechos violentos inexplicables que achacamos a una agresividad irracional. Se trata de realidades que normalmente contemplamos por separado… salvo cuando ambas coinciden. Y es entonces cuando la duda de si no habrá conexión entre ambas surge inevitable.

Ciertamente hay personas que aseguran sentirse mejor tras tomar psicofármacos pero lo cierto es que quienes los consumen, los van a consumir o, lo que aún es más grave, están dispuestos a que los tomen niños y adolescentes para “solucionar” sus problemas deberían ser conscientes de algo indiscutible: ningún antidepresivo es inocuo.

De hecho su larga lista de efectos secundarios causaría espanto sin más si no fuera por el “aval” que reciben de tantos psiquiatras y médicos de cabecera. Porque no hablamos sólo de efectos como malestar estomacal, mareos y subidas de tensión además de problemas de insomnio y alteraciones que impiden la conducción sino incluso de inestabilidad emocional, hostilidad, agresividad, ideas suicidas o intentos de suicidio, acatisia -incremento de la inquietud-, despersonalización o agravamiento de la depresión, entre otros… Pudiendo en ocasiones tener lugar cualquiera de esos efectos ¡varias semanas después de iniciado el tratamiento e, incluso, tras su retirada!

Hasta tal punto los efectos secundarios de los antidepresivos son importantes que hoy las autoridades canadienses advierten a quienes los consumen -a cualquier edad- que pueden experimentar cambios conductuales y/o emocionales que les lleven a ponerse en riesgo a sí mismos o a terceros.

¿Que muchos médicos creen que “funcionan”? Depende de lo que se entienda por funcionar. Desde luego no es algo que pueda discutirse sin analizar los antecedentes de cada caso y el tipo de soluciones terapéuticas buscadas con anterioridad a los fármacos.

¿Que son “escasos” los casos de reacciones violentas? Eso sí es discutible. No está nada claro, principalmente porque a estas alturas los laboratorios han ocultado tanta información que es difícil creer que cuentan todo lo que saben y revelan los datos que pueden perjudicar a sus productos.

Por otra parte, con un sólo caso grave que provoque -¿le tocará a usted o a alguien querido quizás?- la tragedia que deja algo así detrás debería hacernos reflexionar sobre el tipo de medicamentos que los organismos reguladores están aprobando y el riesgo que asumimos. Nadie, desde luego, sabe ni cómo, ni cuándo, ni por qué el gatillo puede saltar. Y nadie sabe tampoco, por tanto, la manera de evitarlo.

Los antidepresivos más utilizados en la actualidad son los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Incluyen la fluoxetina -el conocido Prozac– la sertralina, el citalopram, la fluvoxamina y el escitalopram. Los antidepresivos también incluyen una clase de drogas conocidas como inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina/norepinefrina (ISRSN) como la venlafaxina, la duloxetina y el milnacipran.

¿Y son seguros?, se preguntará el lector. Pues le diré que Joseph Wesbecker disparó y mató en 1989 a ocho personas e hirió a otras doce antes de suicidarse en su lugar de trabajo en Kentucky (EEUU). Y lo hizo después de haber estado tomando fluoxetina durante las cuatro semanas previas. Hecho que llevó a denunciar a los fabricantes del producto, la multinacional Eli Lilly. El caso se vio en 1994 y aunque el laboratorio fue declarado “no responsable” durante el proceso se puso a disposición del público un buen número de documentos de diversas compañías farmacéuticas sobre los efectos que pueden inducir los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS).

Bien, pues las evidencias reveladas en ese caso y en algunos otros han sido utilizadas por David Healy y David B. Menkes –psicólogos en la Universidad de Cardiff (Reino Unido)- junto a Andrew Herxheimer –del Centro Cochrane en el Reino Unido- para realizar el primer estudio conocido sobre antidepresivos, violencia y sus posibles repercusiones legales: Antidepressants and Violence: Problems at the Interface of Medicine and Law (Antidepresivos y violencia: problemas en la relación entre la Medicina y la Ley). El estudio está publicado en Plos Public Library of Science (www.plos.org) y a él vamos a referirnos en este texto.

ANTIDEPRESIVOS, VIOLENCIA Y LAGUNAS LEGALES

¿De quiénes hablamos? ¿Y qué crédito tienen esos investigadores? Veámoslo. Healy ha sido perito en nueve casos en los que estuvieron involucrados antidepresivos y suicidio o actos violentos y ha testificado en aproximadamente otros 100 casos en los que ocurrió otro tanto. Además ha sido asesor de gran número de compañías farmacéuticas importantes. Herxheimer, por su parte, ha sido perito en 12 casos que también involucraron antidepresivos con suicidio o violencia. En cuanto a Menkes fue también perito en otros seis casos en los que estaban presentes antidepresivos y violencia habiendo igualmente trabajado para la mayoría de las principales compañías farmacéuticas. Y los tres son claros al hablar:

 “Hemos repasado –explican en su estudio-los datos de los ensayos clínicos disponibles sobre paroxetinay sertralina, y los de los estudios de farmacovigilancia sobre paroxetina y fluoxetinaasí como una serie de casos medico-legales que involucran antidepresivos y situaciones violentas. Y tanto los ensayos clínicos como los datos de farmacovigilancia apuntan posibles relaciones entre esas drogas y los comportamientos violentos. Los casos legales estudiados revelan una variedad de veredictos. Y muchas jurisdicciones parecen no considerar la posibilidad de que un medicamento de prescripción pueda inducir a la violencia”.

Sin embargo la gravedad del caso es tal que los tres investigadores agregan que a su juicio estamos ante un problema internacional que precisa de una respuesta internacional para la que, sorprendentemente, no existe bibliografía científica suficiente a disposición de la Justicia. Y lo justifican recordando que en Estados Unidos los prospectos de todos los antidepresivos advierten desde agosto del 2004 lo siguiente: “Ansiedad, agitación, ataques de pánico, insomnio, irritabilidad, hostilidad, agresividad, impulsividad, acatisia (inquietud psicomotora), hipomanía y manía se han informado en adultos y pacientes pediátricos que son tratados con antidepresivos para los principales desórdenes depresivos así como para otras indicaciones, psiquiátricas y no psiquiátricas”. A pesar de lo cual, denuncian, “son pocos los datos que están disponibles sobre la relación entre el uso de antidepresivos y los brotes de violencia”.

Pues bien, Healy, Herxheimer y Menkes analizaron los escasos datos proporcionados por los laboratorios, los que obran en poder de la Agencia Reguladora Británica, los conseguidos en los tribunales y 1.374 correos electrónicos que fueron enviados a la BBC por telespectadores -principalmente pacientes- tras ver un programa sobre la paroxetina emitido el año 2002. Tras examinar todo lo cual señalan: “Hay evidencias suficientes para sostener que el tratamiento antidepresivo puede inducir problemas y una prima facie(evidencia que es suficiente para levantar una presunción de hecho) de que la acatisia, la inestabilidad emocional y la reacción maníaca o reacciones psicóticas podrían llevar a violencia”.

Los autores reconocen que la principal debilidad de su estudio es que sólo han podido basarse en parte de los datos existentes pero dejan bien claro que ello se ha debido a la nula colaboración de los laboratorios para facilitarles los datos que poseen. “Los datos sobre agresividad tras ingerir antidepresivos –denuncian– tienen que haberse obtenido necesariamente como parte del programa desarrollado para esos medicamentos pero no son de dominio público”. A pesar de lo cual consideran que sus datos son de por sí consistentes: “Si los antidepresivos pueden ser en principio disparadores de la violencia siempre existirá la necesidad de establecer si tal posibilidad admitida como general podría haber estado involucrada en un caso individual”.

La realidad, sin embargo, es que en jurisdicciones diferentes se adoptan posturas diferentes sobre si un tratamiento con antidepresivos puede invocarse como posible defensa o factor mitigador en los casos de asesinato o violencia.

Lo que en todo caso sí parece claro es que los datos -cada vez más frecuentes- que relacionan los antidepresivos con la violencia han convertido en insuficiente la figura legal del automatismo, definido como un funcionamiento mental defectuoso de carácter transitorio, no recurrente y causado por un factor externo, sea físico o psicológico, que produce incapacidad para controlar los actos. Porque, ¿qué pasa cuando se provoca una perturbación que sin embargo permite mantener comportamientos aparentemente normales durante varias semanas? ¿Y qué pasa en el caso de medicamentos capaces de sofocar las respuestas temerosas normales y las preocupaciones por las consecuencias?

Es evidente que en una sociedad en la que cada año aumenta el consumo de antidepresivos se necesitan más datos sobre su posible incidencia en los comportamientos violentos. “Los datos combinados –señalan los investigadores- podrían quizás establecer si los riesgos de tratamiento se relacionan con la edad y el género, o si aquellos con y sin historias anteriores de agresividad son igualmente afectados. Puede ser que datos más completos mostraran que el riesgo asociado con ciertos antidepresivos ISRS y tricíclicos puede ser menor en unos que en otros, o que pueden no existir en todos los antidepresivos. No hay ninguna manera de hacer esa determinación sin el acceso a los datos. Dados los nuevos problemas médico-legales que algunos de estos casos proponen puede venirle bien a los tribunales exigir que esos datos -ahora indisponibles- se hagan públicos”.

De momento se trata de un estudio único pues no hay ningún otro que relacione los antidepresivos con los hechos más violentos de nuestra realidad cotidiana -aquellos que tienen repercusiones penales- pero todo apunta que es la punta de un iceberg que parece de enorme trascendencia. No estaría de más por ello que todos los que creen que la medicación es la “solución” para sus problemas visiten la web www.antidepressantadversereactions.com. Porque en ella, entre otras muchas cosas, puede leerse esto: “Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) no corrigen desequilibrios bioquímicos. Son drogas que crean desequilibrios severos en el cerebro (…) La idea de que el sufrimiento psicológico tiene razones bioquímicas se debe estrictamente a una campaña promocional, quizás la más exitosa en la historia del mundo, impulsada por las compañías de medicamentos. No tenemos una tecnología científica capaz de medir lo que pasa dentro del cerebro… Se trata pues, literalmente, de una invención”.

UN ABISMO SIN FONDO

En el 2003 la Agencia Reguladora Británica lanzó una alerta advirtiendo que la paroxetina no debía utilizarse en menores de 18 años ya que aumenta entre 1’5 y 3’2 veces el riesgo de autolesiones y, potencialmente, de suicidios. La alerta fue de inmediato secundada por diversos países europeos como Francia, Italia o Irlanda. Pero no la secundó la Agencia Europea del Medicamento -lo haría más tarde, en abril del 2004- ni, por supuesto, la Agencia Española del Medicamento… que no publicaría su alerta sobre los ISRS ¡hasta finales de junio de ese año! También en el 2004 la agencia reguladora norteamericana, la FDA, enviaría una carta a todos los laboratorios fabricantes de antidepresivos obligándoles a añadir una advertencia de máxima seguridad –caja negra- sobre el riesgo de “ideas o comportamientos suicidas” que el uso de antidepresivos puede generar en los consumidores de esos fármacos, sobre todo en niños y adolescentes.

Salvador Peiró, Pedro Cervera y Enrique Bernal-Delgado –de laFundación Instituto de Investigación en Servicios de Salud de Valencia-publicaron en el 2005 en Gaceta Sanitaria un más que interesante análisis sobre la situación en nuestro país titulado Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina en la depresión infantil: un “culebrón”que refleja importantes problemas de seguridad de los medicamentos. Y en él los autores muestran precisamente su extrañeza por el retraso de la Agencia Española del Medicamento en hacerse eco de la alerta británica. “Formalmente, y ya que nunca aprobó la indicación pediátrica, no tenía por qué informar pero este respeto a la formalidad burocrática olvidaba la seguridad de los miles de niños y adolescentes sujetos a tratamientos con esos fármacos”.

El trabajo de los investigadores españoles ofrece un marco de referencia sobre el uso de estos productos en nuestro país. “Aunque estas cifras –señalan- deben valorarse con mucha precaución ya que la realidad es que no se dispone de datos del consumo de ISRS por niños (parte de las recetas podrían haber sido extendidas para adultos durante la atención continuada y parte de las recetas a niños –sobre todo los mayores de 14 años– pueden haber sido extendidas por médicos generales y, por tanto, no contabilizadas) su extrapolación al conjunto del Sistema Nacional de Salud (también con todas las precauciones) implicaría que unos 10.000 niños en España estaban siendo tratados con esos fármacos a finales de 2003, cifra que sería muy similar a la señalada para el Reino Unido, aunque muy por debajo de las estimaciones de millones de niños y adolescentes tratados en Estados Unidos”.

Finalmente se lamentan también del silencio que envuelve el debate en torno al tratamiento con ISRS en niños en nuestro país: “En realidad, en España las polémicas sobre los ISRS parecen haber pasado de puntillas por la prensa general, la especializada, las revistas científicas y las administraciones sanitarias. De hecho, y salvo algún comentario de agencia en la prensa general o periódicos sanitarios, no hemos identificado ningún debate sobre el tema en el período desde la publicación de la alerta británica hasta la publicación de la alerta española (salvo una nota en la prensa especializada en la que algunos psiquiatras comentaban la polémica desde posiciones favorables al uso de ISRS en la depresión infantil). Tampoco hemos podido detectar ninguna información a los médicos durante este período por parte de los fabricantes de ISRS (pese a que sí ofrecieron esta información en el Reino Unido, Canadá y Estados Unidos), ni de los Departamentos de Sanidad de los gobiernos autónomos

Así las cosas, teniendo en cuenta que la Agencia Europea del Medicamento ha cambiado su criterio anterior y ha emitido un informe favorable al uso de la fluoexetina (Prozac) para el tratamiento de niños de 8 a 12 años con depresión de moderada a severa, es evidente que pronto uno de los fármacos más vendidos en el mundo estará en nuestro país a disposición de médicos y psiquiatras. No estará de más por ello recordar lo que dice en estos momentos la ficha técnica de la fluoexetina sobre su uso en niños y adolescentes menores de 18 años: “Fluoxetina no deberá utilizarse en el tratamiento de niños y adolescentes menores de 18 años. Los comportamientos suicidas (intentos de suicidio e ideas de suicidio) y la hostilidad (predominantemente agresión, comportamiento de confrontación e irritación) fueron constatadas con más frecuencia en ensayos clínicos con niños y adolescentes tratados con antidepresivos frente a aquellos tratados con placebo. Si se adoptase no obstante la decisión, sobre la base de las pruebas médicas, de efectuar el tratamiento, deberá supervisarse cuidadosamente en el paciente la aparición de síntomas de suicidio. Además carecemos de datos sobre la seguridad a largo plazo en niños y adolescentes por lo que se refiere al crecimiento, la madurez y el desarrollo cognitivo y conductual”.

En suma, como quiera que el Prozac va a aterrizar antes o después en nuestro país desde esta revista advertimos que creer que los problemas de comportamiento de un niño o de un adolescente pueden solucionarse con antidepresivos es como asomarse confiadamente y sin sujeción a un abismo sin fondo.

Gwen Olsentrabajó quince años en los equipos de ventas de grandes laboratorios como Johnson & Jonson, Bristol Meyers Squibb y Abbot. Bueno, pues decidió abandonar su trabajo y su carrera el año 2000… cuando sus jefes le pidieron que comercializara un nuevo antidepresivo. Ahora trabaja para una empresa de productos naturales. Y acaba de publicar Confessions of an Rx Drug Pusher: God’s Call to Living Arms, obra en la que, entre otras cosas, denuncia el mercantilismo existente en torno a los antidepresivos y sus graves efectos secundarios. Algo que, por desgracia, conoce de primera mano. No ya porque sepa perfectamente lo que hay detrás de su comercialización –que también- sino porque una sobrina suya se suicidó después de haber tomado antidepresivos. Le fue prescrita la medicación tras un accidente de automóvil y cuando trató de dejarla cayó en una profunda depresión. “Se quemó viva –explicaba Olsen en una entrevista a Kathy Rumlesky en Free Press Reporter-. Se había vuelto adicta y cuando intentó dejarlo cayó en una depresión. Su médico la prescribió otro antidepresivo y eso la llevó a una espiral descendente, hacia el suicidio”. Es más, la propia Gwen Olsen fue tratada con antidepresivos en 1992. “Me volví una psicópata maníaca”, reconocería. Añadiendo: “Aproximadamente el 25% de la población que los toma tendrá reacciones adversas serias”.

Aunque quizás lo más impactante de su testimonio sea su referencia a los niños porque, según asevera, son más vulnerables a los efectos secundarios debido a que sus órganos están aún desarrollándose: “Reaccionan tres veces más a estas drogas que un adulto”, denuncia. Durante la entrevista Olsen deja además para la reflexión una idea especialmente significativa por proceder de alguien vinculado durante mucho tiempo a la industria farmacéutica: “Hay importantes incentivos económicos para sobreprescribir estas drogas”. A lo que añade: “Son un mecanismo de control social”. Como colofón asegura que una vez que alguien empieza a consumir psicofármacos nunca podrá dejarlos: “Será cliente de la industria farmacéutica toda la vida –afirma-. Los medicamentos alteran la patología química del cerebro para que no pueda dejarlas. Son sumamente adictivas”.

¿PRESCRIPCIÓN: SUICIDIO?

Al igual que hiciera el cineasta Michael Moore con documentales como Bowling for Columbine o Fahrenheit 9/11, otro cineasta, Robert Manciero -premiado con cinco Emmys de la Academia de las Artes, las Ciencias y la Televisión, dos de ellos este año- ha decidido desvelar al público norteamericano -el mayor consumidor de antidepresivos del mundo- la realidad del suicidio infantil relacionado con ellos. El resultado de su trabajo ha sido un documental titulado ¿Prescription: Suicide? que ya ha sido premiado con el Spirit of Independents en el Ft Lauderdale International Film Festival. Documental en el que se acerca a las experiencias de seis niños de entre 9 y 16 años que tras consumir antidepresivos intentaron suicidarse; algunos de los cuales, lamentablemente, lo consiguieron.

Para ello Manciero y su coproductor, Rich Samuels, hablaron con más de 60 familias antes de decidir las seis sobre las que centrar el documental. La película empezó a rodarse en marzo de 2005 y se completaría en octubre. “Habrá merecido la pena rodarla –declararía la esposa de Manciero- aunque apenas salve la vida de un solo niño. Por otra parte, todo padre debería verla porque es muy importante que aprendan a escuchar a sus hijos, a prestar atención a lo que les tienen que decir”.

Los pormenores de la película y la forma de acceder a ella así como algunos de los testimonios más impactantes sobre la misma pueden consultarse en www.prescriptionsuicide.com. Lo que a continuación transcribimos no son sino unos leves reflejos de la tragedia en la que se vieron envueltas unas familias a las que unos médicos convencieron de que lo mejor era “medicar” a sus hijos:

Familia Karambelas: “Poco podíamos pensar que nuestro mundo entero se volvería del revés”. “Vivimos como rehenes de las medicaciones. No podíamos funcionar como una familia, no podíamos estar ni con los amigos, ni con la familia, como antes hacíamos”. “Nuestros hijos han sido utilizados como conejillos de indias. Como padres debemos ahora enfrentarnos a las compañías y no permitir que esto siga ocurriendo”. Dennis Karambelas y Marion Goff.

Familia Burk: “Supe que Ray y sus amigos habían experimentado con antidepresivos así que empecé a leer en Internet cualquier información que pudiera encontrar. Y cuanto más leía, más odiaba a las compañías de medicamentos. Me enfadé con los amigos de Ray por darle los medicamentos. Me enfadé con Ray por tomarlos. Y me enfadé con Dios por permitir que algo así pasara”. “Hay tantas personas a las que se han prescrito antidepresivos que no es difícil para un adolescente recibirlos del botiquín de alguien”. Ray Burk.

Familia Dowing: “Las niñas de 12 años, sencillamente no se matan”. “Cuando hay algo malo con un niño y se vuelve un problema no tiene que ser tratado con estas drogas que están prescribiéndose para estos casos fuera de prospecto. No se conoce bastante sobre ellas como para arriesgar la vida de los niños”. “Candace no se mereció esto. Nosotros no nos merecimos esto”. Andrew y Mathy Dowing.

Familia Atwood: “El impacto en la familia fue de mucho miedo y preocupación. Sentíamos como si con Jason nos mantuviéramos sobre cáscaras de huevo. Constantemente estábamos supervisando cada uno de sus movimientos y acciones”. Karen Atwood.

Familia McIntsoh: “Tras lo ocurrido nuestras vidas fueron puestas del revés. Nuestra familia se convirtió de repente en una familia muy diferente. Todo cambió para siempre. No sólo las relaciones entre nosotros sino también la manera de contemplarnos nosotros mismos”. Glenn McIntosh.

Familia Brooks: “Ningún padre debería tener que pasar por lo que nosotros pasamos. Hasta que uno no lo vive es difícil entender la tragedia por la que un padre puede llegar a pasar”. “Fui hasta el baño y había sangre por todas partes. No fue un accidente”. “Deben pagar por esto. Ellos dieron estas medicinas a los niños. Es un asesinato.” Cheryl Brooks.

TOME CONCIENCIA

Más allá de las estadísticas oficiales, de las comparativas entre los ISRS y los placebos, y de los datos que se ocultan… la realidad es que detrás de cada niño que puede ser conducido al borde del suicidio hay un nombre y una familia. Y uno debe preguntarse con responsabilidad: ¿le pasará al nuestro? Ningún psiquiatra le asegurará que no.

El mencionado documental no deja indiferente a nadie. “Como abogado que se ocupa de muchos casos de niños víctimas de los ISRS –escribe Haris L.Pogust, de la firma Cuneo, Pogust & Mason, LLP- doy las gracias a las familias que tomaron parte en la elaboración de ¿Prescripción: Suicidio? Es indispensable hacer llegar esos testimonios a todos aquellos padres que estén pensando en medicar a sus niños con tales fármacos así como a los padres que ya lo han hecho. La película es un retrato sumamente bien hecho de las historias que nosotros oímos a diario. Ha hecho un tremendo servicio a miles de niños y a sus familias que pueden ahorrarse la agonía de tratar con el suicidio o el intento de suicidio como resultado de tomar esas drogas”.

La fuerza de los padres y hermanos de los niños que se suicidaron –cuenta Joy Hancock, autor del libro Prescription for Mandes- brilla a través de los momentos más oscuros de la película y el espectador no puede ayudar pero siente admiración mezclada con increíble simpatía por las familias cuando discuten con claridad la pérdida de su ser amado. Los productores Rob Manciero y Rich Samuels ahondaron eficazmente en la pesadilla de cada niño. Los videos domésticos esparcidos a lo largo de la exhibición cinematográfica con los momentos diferentes de sus vidas -en Navidad, los deportes en equipo, las vacaciones – intensifican la honda emoción que subyace en la película. Al final me sentí agotado, agradecido de que la película hubiera terminado. Sin embargo una parte de mí quería ver más de los niños, sus rostros sonrientes, la precocidad y su sencilla inocencia antes de que la oscuridad descendiera sobre ellos. Es un deber para todos ver el documental. Los negativos efectos de estos medicamentos -a veces mortales- en niños y adolescentes, tan audazmente presentados, ya no pueden ignorarse. Como Caroline Downing declara de forma tan sencilla y clara al principio de la película: ‘La historia debe contarse!’ Bravo, Sr. Manciero, por tener el valor de haberlo hecho”.

Tan desagradable es la verdad que se nos oculta. Un drama que se clava en el alma y pretende silenciarse. No obstante habrá sin duda alguien que a pesar de todo intente convencernos de la utilidad de los antidepresivos, alegará la favorable relación riesgo-beneficio de los mismos, su “seguridad” a las dosis prescritas y que si están autorizados será por algo… Nosotros nos limitamos a decirle que recuerde lo que aquí ha leído. Y que tenga presente las palabras de Lou Marinoff, autor de Más Platón y menos Prozac: ”La idea de que todos los problemas personales son enfermedades mentales constituye una enfermedad mental en sí misma. Su principal causa es la irreflexión y la mejor cura la lucidez”.

Antonio Muro

 Recuadro:


Ejemplos judiciales

En el estudio publicado por David Healy, Andrew Herxheimer y David B. Menkes Antidepressants and Violence: Problems at the Interface of Medicine and Law los autores incluyen nueve casos legales especialmente significativos sobre la influencia de los antidepresivos en comportamientos violentos de los que como ejemplo pasamos a resumir tres:

Primer caso.D. S., varón, tenía 60 años y una historia de cinco episodios de ansiedad/depresión anteriores que nunca habían estado acompañados de tendencias suicidas, comportamientos agresivos u otras perturbaciones serias. Sin embargo, en 1990 tuvo un episodio de depresión que su doctor trató con fluoxetina lo que le provocó agitación, inquietud y alucinaciones durante tres semanas. Una vez se le retiró la fluoxetina respondió rápidamente al imipramine. En 1998 otro doctor le prescribió paroxetina 20 mg. por lo que diagnosticó como un “desorden de ansiedad”. Dos días después, tras haber tomado sólo dos dosis, DS disparó tres veces, a su esposa, a su hija que le estaba visitando y a su nieta de nueve meses. A continuación se suicidó En un juicio celebrado en Wyoming en junio del 2001 el jurado concluyó que la paroxetinapuede llevar a algunas personas a volverse homicidas y/o suicidas”. El laboratorio fabricante, SmithKline Beecham, fue considerado en parte responsable por lo ocurrido. La evidencia documental aportada durante el juicio permitió conocer un estudio inédito de la compañía sobre episodios de agresividad seria en 80 pacientes, 25 de los cuales se relacionaban con homicidios.

Segundo caso.D. H., también varón, 74 años, era de Nueva Gales Sur y había sufrido numerosos episodios de ansiedad/depresión mixtos, muchos de los cuales se habían resuelto sin ingerir medicamentos. No tenía ningún antecedente de conducta violenta ni tendencias suicidas. Bien, pues durante uno de esos episodios se le recetó sertraline y la respuesta fue claramente adversa debiendo detener el tratamiento al día siguiente por consejo médico. En julio de 1999 buscó de nuevo ayuda pero su médico habitual se había marchado. D. H. fue examinado por otro médico que posteriormente admitiría ante el tribunal que no había verificado su historial antes de prescribirle sertraline 50 mg. A la mañana siguiente D. H. estranguló a su esposa en la cocina. DH llegaría durante el juicio a un acuerdo y se declaró culpable de homicidio involuntario a cambio de ser puesto en libertad. El juez así lo hizo declarando: “Estoy satisfecho. Y convencido de que si no hubiera sido por la sertralinaque tomó no habría estrangulado a su esposa”.

Tercer caso.Según un informe forense independiente realizado un año después de los acontecimientos por los que fue acusado en noviembre del 2001 C. P. era un niño de 12 años perteneciente a una familia desestructurada pero a pesar de las dificultades de su situación social no tenía antecedentes de desórdenes nerviosos o violentos. Sin embargo en octubre del 2001, tras una discusión con su padre, fue ingresado en un centro durante seis días donde se decidió medicarle con paroxetina. Sus comportamientos empeoraron día a día. Contra el consejo médico fue dejado al cuidado de sus abuelos y cuando se le terminó la paroxetina se le prescribió sertralina 50 mg. aumentando la dosis a 100 mg. Dos días después de ese aumento C. P. Perpetró una auténtica matanza. Ese día sus abuelos le dijeron que podría ser devuelto a su padre. El informe forense independiente mencionado antes recoge el relato del chico sobre lo ocurrido aquella noche: “Algo me dijo que les disparara”. C. P. Contó luego que jamás había pensado antes en hacer daño a sus abuelos y que si lo hizo fue porque así se lo ordenaron las voces que escuchaba en el interior de su cabeza de manera insistente hasta que los mató. Los hechos y el comportamiento general de C.P. llevaron a una psiquiatra forense independiente a diagnosticar “manía y desorden psicopático inducido por la medicación”. En el proceso de selección del jurado 32 de los 75 candidatos declararon que ellos mismos o alguien relacionado con ellos tomaba o había tomado antidepresivos. Tras dos semanas de juicio el jurado encontró a C. P. culpable de asesinato siendo sentenciado a 30 años de prisión. Resumiendo algunos de los puntos del caso el juez Daniel Pieper declaró: “No hay ningún caso en Carolina del Sur referido a la intoxicación involuntaria por medicamentos. El sistema médico podría volverse del revés si no se pudiese confiar en la medicación que un médico prescribe. Si una droga prescrita provoca un efecto del cual usted no es consciente podría potencialmente llevarle a una situación de cadena perpetua. Hay algo desconcertante en todo esto, algo de naturaleza legal que me preocupa”.

Y es que la mayoría de los jueces -como la mayoría de los médicos y de la gente de la calle- sigue creyendo que la ética preside la actuación de las multinacionales farmacéuticas. Es evidente que aun no han despertado.

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Noviembre 2006
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