Timerosal y autismo: silencio, ocultación y mentiras

Agencias del Servicio de Salud estadounidense -en particular los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) y la FDA-, asociaciones médicas profesionales, científicos corruptos, grandes medios de comunicación, laboratorios fabricantes de vacunas y la propia Organización Mundial de la Salud vienen practicando sistemáticamente una política de ocultación de datos y estudios científicos, manipulación de la información médica y toxicológica e incluso haciendo falsas afirmaciones sobre la relación entre el mercurio utilizado en las vacunas y patologías del neurodesarrollo infantil. La creciente epidemia de autismo en Estados Unidos podría ser de hecho consecuencia directa de esa política protectora de los intereses de una industria que intenta así evitar el pago de indemnizaciones a los afectados y reafirmar las injustificadas campañas globales de vacunación en todo el planeta.

“Crear un problema ofrece la oportunidad económica de su solución. Y en el ámbito de la salud mundial actual existe un enorme incentivo para crear problemas sanitarios y ambientales que los medios de comunicación se encarguen de difundir induciendo ansiedad e incluso histeria empujando con ello al consumo masivo de caros productos químicos o soluciones farmacéuticas”.

Muerte en el aire: globalismo, terrorismo y guerra tóxica de L. G. Horowitz

La primera vez que presté atención al autismo fue en 1987 cuando empecé a trabajar en un centro de educación especial en el que había medio centenar de niños internos, entre ellos un pequeño grupo al que mis compañeros se referían como “autistas”. Niños que tenían en común algo que llamó mucho mi atención: ninguno estaba diagnosticado. Así lo descubrí al consultar sus expedientes. Pronto noté además que aquellos niños presentaban características y comportamientos muy distintos: unos eran inusitadamente cariñosos mientras otros estaban absolutamente encerrados en sí mismos, algunos se balanceaban constantemente en su silla mientras otros babeaban sin cesar y algunos más tiraban la comida o tenían constantes berrinches …

Y si usted no sabe qué es el autismo busque en Internet y probablemente encuentre una definición parecida a ésta: “El autismo es un espectro de trastornos caracterizados por graves déficits en el desarrollo, permanente y profundo”. Más difícil lo va a tener en cambio si luego pretende averiguar qué lo causa. Ahí va a encontrarse ya numerosas clasificaciones, teorías y una interminable enumeración de factores de riesgo que en realidad pueden resumirse con esta frase de la Asociación Internacional Autismo-Europa: “La causa o causas están aún por dilucidar”. De hecho en una ponencia presentada en uno de los últimos congresos organizados por la Asociación Española de Profesionales del Autismo titulada Situación actual de los estudios de factores ambientales y autismo se dice: “El 10% de los niños diagnosticados de autismo tienen una etiología genética, neurológica o debida a una alteración metabólica. Menos del 1% es atribuible a teratógenos. Queda pues un 90% de niños cuya causa es idiopática; es decir, no se conoce”.

Visto superficialmente podría parecer que estamos ante una de esas extrañas enfermedades cuyos pormenores la ciencia no ha logrado dilucidar y en la que instituciones, investigadores y médicos trabajan codo con codo para ayudar en lo posible a las personas afectadas pero cuando se profundiza en el tema uno se encuentra con uno de los más graves encubrimientos sanitarios. Llevado a cabo nada menos que por los denominados Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC), nombre de la agencia estadounidense que controla el negocio de la enfermedad en todo el planeta (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título La política sanitaria mundial la determina un grupo de agencias sanitarias estadounidenses publicamos en el nº 128).

Encubrimiento sobre las causas del autismo –algo que impide la posibilidad de tratar a quien padece esa patología- realmente criminal ya que según los últimos estudios realizados en Estados Unidos y Europa 1 de cada 150 niños en edad escolar presenta ya un trastorno del espectro autista cuando en la década de los ochenta del pasado siglo XX esa proporción era de ¡1 por cada 10.000! De hecho en España se estima que hay hoy nada menos que ¡300.000 niños autistas! Y decimos que se estima porque aunque pueda parecer increíble en un problema de tan extrema gravedad jamás se ha realizado en nuestro país un estudio para conocer la prevalencia real; no se dispone pues de un registro de casos detectados y diagnosticados.

Por otra parte, si realmente se ignora la causa del 90% de los casos, ¿cómo se explica que no existan investigaciones más numerosas sobre este problema y siga siendo considerado un asunto marginal? ¿Y cómo se ignoran o rechazan sin más las explicaciones que ofrecen quienes estudian fuera de los cauces oficiales los trastornos autistas? ¿No será que las causas sí se conocen pero se intenta esconderlas? Y si es así, ¿qué papel juegan en ello la OMS, las agencias sanitarias internacionales, los ministerios de Sanidad, las multinacionales farmacéuticas, algunas asociaciones médicas y ciertos medios de comunicación? Les contamos lo que hemos descubierto.

EL PRIMER ENCUBRIMIENTO

Cuando en otoño de 1997 se reunió al este de New Jersey (EEUU) un grupo de apoyo a padres de niños autistas llamó pronto la atención el elevado número de casos que había en Brick Township, un municipio de unos setenta mil habitantes situado en la costa. Así que Bobbi Gallagher, madre de dos niños autistas de la localidad, decidió hacer una encuesta en él y se encontró un resultado sorprendente: se había diagnosticado como autistas a cuarenta niños. Las familias crearon entonces un grupo llamado Brick POSSE (Parents of Special Service and Education) y contactaron con la National Alliance for Autism Research (Alianza Nacional para la Investigación del Autismo) para informar a sus epidemiólogos que, a su vez, decidieron poner el caso en conocimiento del Departamento de Salud del estado que, al recibirlos, envió un informe con los datos a los CDC. Cabe añadir que en ese momento las sospechas de todos los que intervinieron se dirigían hacia alguna posible contaminación atmosférica o del agua.

Entretanto Bobbi Gallagher contactó con el congresista Chris Smith y pocas semanas después recibía una invitación para reunirse con el senador Robert Toricelli-ambos del estado de New Jersey- lo que tendría lugar el 1 de abril en Washington; solo que allí se encontró además con un nutrido equipo de los CDC que se comprometió a hacer de inmediato un estudio. Y cumplieron su palabra: en otoño de 1998 se investigó a todos los niños de entre 3 y 10 años y en enero de 1999 los datos confirmaban lo dicho por Bobbi Gallagher: de 6.000 niños 40 presentaban algún tipo de trastorno autista. Una proporción doce veces superior a la del resto del país. La responsable del equipo, Jacquelyn Bertrand, lo reconocería ante Associated Press: “Creo que tenemos un clúster aquí” (clúster es el término que se utiliza en Epidemiología para indicar que hay un grupo de personas con un determinado problema de salud).

A partir de ese momento los CDC dejaron de hablar con los padres. Cuando la señora Gallagher pidió explicaciones se la respondería que ellos no podían discutir los resultados con ellos. El silencio duró hasta abril del año siguiente cuando el estudio estuvo terminado y Gallagher recibió una llamada de los CDC para comunicarle que irían a presentarlo a Brick. Primero fueron a su casa, le entregaron dos gruesos documentos y le preguntaron si tenía alguna pregunta que hacer. En aquel informe se reconocía que las tasas de autismo en Brick eran tres veces más altas que en cualquier otro sitio pero agregaron que no se había planeado hacer nada al respecto. La reunión pública fue igualmente breve: pusieron los dos documentos en la mesa y preguntaron si alguien tenía alguna duda. A Bobbi Gallagher le extrañó que fueran a la misma dos grupos: el equipo que había realizado el trabajo y otro de personas desconocidas que se limitaron a vigilar.

EL COMUNICADO

Tres meses después -en julio de 1999- la Academia Americana de Pediatría y el Servicio de Salud Pública emitieron un comunicado conjunto en el que reconocían que ”algunos niños en los primeros seis meses de vida podrían estar expuestos a niveles de mercurio acumulativos que exceden una de las directrices federales sobre metilmercurio (…) El Servicio de Salud Pública, la Academia Americana de Pediatría y los fabricantes de vacunas están de acuerdo en que las vacunas que contienen timerosal deberían ser retiradas lo antes posible(el subrayado y la negrita son nuestras).

Por primera vez un comunicado gubernamental admitía que el mercurio podía tener consecuencias graves en los bebés y niños que recibían las vacunas incluidas en el calendario nacional. Pero, ¿cómo llegaron los CDC a esa conclusión? Y más importante aún: ¿desde cuándo sabían que el mercurio de las vacunas es tóxico? Nunca lo confesaron pero hoy se sabe que al menos ¡desde 1991!; es decir, ¡ocho años antes de emitir su comunicado público! Cuando lo reconoció la multinacional Merck -uno de los mayores fabricantes de vacunas del mundo- en marzo de 1991 mediante un memorando. En él advertían que el mercurio presente en las vacunas podía exceder la cantidad establecida como segura por el Gobierno estadounidense; luego, ¿por qué los CDC esperaron ocho años para advertirlo? Pues es difícil no colegir que la explicación puede estar en el hecho de que entre 1990 y 1991 los CDC aprobaron la inclusión de dos nuevas vacunas en el calendario ¡que multiplicaban por tres la dosis total de mercurio que los niños recibían en Estados Unidos!

Aunque otro acontecimiento ocurrido un año antes del comunicado podría también guardar relación con ese tardío reconocimiento público: en febrero de 1998 The Lancet publicó un artículo en el que se apuntaba la posibilidad de que las vacunas estuviesen relacionadas con diversos trastornos neurológicos (luego volveremos sobre este estudio y su autor principal, el Dr. Andrew Wakefield, ya que ambos jugaron importantes papeles en esta historia).

En suma, basta recordar las altas cifras de Brick y las del resto del país –que aun siendo menores pasaron de 1 caso por cada 10.000 niños a 1 por cada 150- para hacerse idea de la difícil situación que se le presentó a los CDC, particularmente al Dr. Robert Chen que era el responsable de la seguridad de los programas de vacunación. Es obvio que lo inteligente y lo ético en ese momento hubiera sido reconocer el error y haber retirado inmediatamente las vacunas con mercurio iniciando luego una investigación para saber los daños neurológicos que las mismas provocaron en los niños y, sobre todo, cómo tratarlos. Sin embargo es evidente que sus prioridades fueron otras. De hecho, la retirada del timerosal se produjo muy lentamente y por supuesto sin reconocer el verdadero motivo –su relación con el autismo- sino aduciendo el llamado Principio de Precaución. Algunas organizaciones de padres de autistas afirman que estuvieron disponibles al menos hasta 2006. Es mas, hoy sabemos que los laboratorios Merck y SmithKline ofrecieron a los CDC fabricar las vacunas sin mercurio ¡y rechazaron su oferta! Cuando –y esto es muy importante- la única razón para incluir timerosal en las vacunas es meramente económica ya que se usa sólo para ahorrarse luego el coste de tener que conservarlas refrigeradas.

Es más, los responsables de los CDC hicieron algo aún mucho más grave: iniciar una ignominiosa operación para encubrir el error ocultando la relación entre el metilmercurio y los trastornos neurológicos. Solo que entonces les llegó la información de que el Institute of Medicine (IOM) -rama de la Salud de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos- había iniciado un estudio sobre el tema teniendo previsto publicar un informe en el 2001. Y como al parecer la conclusión más probable era ya que la relación entre mercurio y autismo era “biológicamente plausible” los CDC se pusieron en movimiento e inmediatamente después del citado comunicado conjunto encargaron al Dr. Thomas Verstraeten –joven epidemiólogo miembro del Epidemiology Intelligence Service (EIS) (Servicio de Inteligencia de Epidemias)- un estudio comparativo entre los nuevos casos de autismo y las cifras de la Vaccine Safety Datalink, base de datos estadounidense sobre seguridad de las vacunas. Solo que el Epidemiology Intelligence Service (EIS) es en realidad una especie de CIA de la Sanidad con agentes incrustados en numerosas instituciones públicas y privadas -tanto estadounidenses como internacionales- que ha jugado papeles clave –cuando ha sido necesario- en la potenciación o construcción de epidemias -incluyendo el montaje sobre el SIDA en 1981- como ya explicamos en el artículo que publicamos en el nº 128 y mencionamos antes. Pues bien, cinco meses después los resultados de Thomas Verstraeten no podían ser a pesar de ello más desalentadores para los CDC. “Sencillamente, no va a desaparecer” (It just won´t go away) diría refiriéndose a la correlación mercurio-autismo. Añadiendo: “Todo el daño se hizo en el primer mes”. ¿Y ahora? ¿Qué iban a hacer los CDC para salir del atolladero en el que se habían metido?

LA REUNIÓN SECRETA 

Pues organizaron una reunión secreta que se celebró los días 7 y 8 de junio del 2000 en el Simpsonwood Center de Norcross (Georgia, EEUU) -seis meses después de conocer los resultados preliminares de Verstraeten- a la que asistieron 51 científicos y médicos en representación de los CDC, la FDA y buena parte de la industria farmacéutica: Merck, SmithKline Beecham, Wyeth, North American Vaccine y Aventis Pasteur.

Una reunión que para muchos pasará a la historia como uno de los más vergonzosos contubernios montados por agencias del Gobierno estadounidense y multinacionales de la Farmafia. Y lo afirmamos porque a pesar de que la transcripción de lo hablado se etiquetó de Confidencial lo dicho en ella ha podido conocerse. ¿Cómo? Pues porque los padres de unos niños autistas consiguieron el documento apelando a la Freedom of Information Act (Ley de Libertad de Información) aprobada en 1967 por el presidente Lyndom Jonhson que permite a todo estadounidense tener acceso a cualquier documento del Gobierno federal.

Y por él sabemos que aunque las palabras iniciales de bienvenida del Dr. Walter Orenstein -Director del Programa de Inmunización Nacional- indicaban que aquel encuentro tenía carácter estrictamente científico las intervenciones desmienten absolutamente tal apreciación dejando muy claro para qué se habían reunido los presentes y hasta qué punto estaban aterrorizados dada la contundencia de los datos disponibles. Conozcamos para constatarlo algunas intervenciones.

“EXPERTOS” IGNORANTES

Aunque antes conviene explicar que los asistentes admitieron saber poco de los efectos concretos reales del metilmercurio por la sencilla razón de que a pesar de que se utiliza en las vacunas desde 1930 ¡nunca se han hecho estudios adecuados sobre sus efectos en organismos vivos!; y, por supuesto, nunca sobre su posible toxicidad en el cerebro de un bebé o de un niño. Con lo que tales “expertos” jugaron constantemente con la afirmación de que “no hay datos sobre su toxicidad”, argumento falaz con el que quienes protegen a ultranza a la industria responden cuando alguien les dice que una sustancia o producto “nunca ha probado su inocuidad”, es decir, que carece de efectos secundarios negativos (la misma estrategia por cierto que usaron durante décadas las compañías de tabaco y usan hoy las compañías de electricidad y telefonía al hablar de las radiaciones electromagnéticas).

Y lo mismo cabe decir de las sales de aluminio. El Dr. Johnson, inmunólogo y pediatra, diría: “Las sales de aluminio tienen un amplio margen de seguridad; el aluminio y el mercurio se administran a los bebés con frecuencia simultáneamente”. Solo que luego añadió: “No obstante, también hemos aprendido que no hay absolutamente ninguna información sobre su potencial sinérgico”. Es decir, primero afirma que es seguro administrar ambos minerales juntos y a continuación que no hay ninguna información sobre qué pasa cuando se ingieren a la vez. Sin comentarios.

El Dr. Sinks, director asociado del Centro Nacional para la Salud Medioambiental, preguntó entonces en la reunión si había algún problema de salud relacionado con el aluminio que tuviera relevancia en el problema que estaban discutiendo. A lo que el Dr. Meyers, director en funciones de la Oficina del Programa Nacional de Vacunación, respondió: “No, no creo que la haya”. Como puede observarse un debate “muy científico”. El Dr. Clarkson, perteneciente al programa sobre mercurio de la Universidad de Rochester, reconocería por su parte que no conocía estudios que documenten los efectos del mercurio en recién nacidos. Y la Dra. Rapin, neuróloga infantil del Albert Eistein College of Medicine, también haría su aportación “científica” al ser interrogada: “No soy experta en mercurio en la infancia”, respondería.

En suma, los “expertos” convocados para que aportasen su docta opinión confesaban no saber nada del tema para el que fueron citados. En cambio no se invitó a los que sí sabían. Por ejemplo al Dr. Aschner de la Escuela de Medicina de Bowman Grey o al Dr. Haley Boyd quien había realizado amplios y detallados estudios sobre los efectos tóxicos del mercurio. Estos no fueron invitados.

El caso es que el ya mencionado Dr. Johnson concluiría por ello -al no haber oposición- que “no hay evidencia de problemas, solo una posibilidad teórica de que los cerebros en desarrollo de los niños pequeños hayan sido expuestos a un órgano-mercurial (…), de que teóricamente aumente el riesgo de exposición al mercurio”. A pesar de lo cual aseveraría: “Estamos de acuerdo en que es conveniente retirar el mercurio de las vacunas aprobadas en Estados Unidos… pero no en que eso se convierta en una recomendación universal”. Vomitivo.

¿QUÉ PODEMOS HACER?

Planteada la posibilidad de un estudio que diera respuestas el Dr. Braun intervendría para decir: “Seguramente tendríamos los resultados en cinco años. La cuestión es qué podemos hacer ahora con la información que tenemos”. Peliaguda cuestión que dio lugar a numerosas intervenciones que desembocaron en la necesidad de ocultar la información que se tenía hasta ese momento y acordar que en caso de no poder impedir que se conociese había que “controlar el daño” (es de suponer que no se referían al “daño” que el mercurio causase a los niños sino el que de saberlo la sociedad ésta podría causarles a ellos y a los fabricantes de vacunas). De ahí que algunos propusiesen que el contenido de la reunión se clasificase como “confidencial” para impedir el acceso de cualquiera a las actas. Lo que lograrían.

Otro participante insistiría luego en la importancia de publicar los “hallazgos negativos”; es decir, estudios que indicasen que no había problemas. Lo que obviamente implicaba que los “hallazgos positivos”, es decir, los que revelasen la relación mercurio-problemas neurológicos debían ocultarse. Propuesta ante la que el Dr. Weil, de la Academia de Pediatría, respondió: “El número de relaciones(entre el mercurio y el autismo) es lineal y estadísticamente significativa. Se puede jugar con esto todo lo que se quiera pero son lineales, son estadísticamente significativas”.

Lo grotesco es que en determinado momento se comunicó al Dr. Johnson que su nuera había tenido un bebé y entonces éste manifestaría que mientras el asunto del que estaban hablando no estuviera claro él no iba a permitir que su nieto recibiera vacuna alguna con mercurio.

Como grotesco es que el principal acuerdo de la reunión fuera la necesidad de ser “discretos”. Así lo resumiría de hecho el Dr. Chen -máximo responsable de la seguridad de las vacunas en los CDC– quien terminaría diciendo: “Hemos tenido el privilegio, dada la sensibilidad de esta información, de haber sido capaces de manejarla para mantenerla lejos de, digámoslo así, manos menos responsables”. Posición que compartiría el Dr. Bernier al insistir en que lo allí dicho debería ser información “altamente protegida”.

El broche final lo pondría en cualquier caso el Dr. Clement, representante nada menos que de la Organización Mundial de la Salud (OMS), diciendo: “Mi mandato aquí hoy es asegurarnos al final del día de que cien millones de ciudadanos son inmunizados con la vacuna DTP (vacuna para la Difteria, el Tétanos y la Pertusis o tosferina), la hepatitis B y la Hib (vacuna infantil que se supone protege de la Haemophilus influenzae B); si es posible este año, el que viene y así durante muchos años. Y eso tendrá que ser con vacunas que contengan timerosal a menos que suceda un milagro y se encuentre una alternativa rápida y segura”.

En definitiva, tal política y acientífica reunión carente de expertos y estudios serios es la que sirvió para declarar que no existe relación alguna entre el mercurio de las vacunas y el autismo. Y desde entonces es la postura oficial. Realmente inconcebible.

LA BÚSQUEDA

Decidida la estrategia en el conciliábulo de Simpsonwood los CDC comenzaron obviamente a moverse con rapidez para controlar la situación como fuese. Encargando para empezar a la Dra. Diane Simpson que encontrara algún lugar -dentro o fuera de Estados Unidos- en el que realizar ensayos que permitiesen contrarrestar la información hallada por Verstraeten y “demostrar” que la relación entre el mercurio de las vacunas y el autismo es inexistente. Y tras sondear las posibilidades de hacerlo en Suiza, Bélgica y Reino Unido el lugar elegido acabó siendo Dinamarca porque en ese país se daban unas condiciones muy particulares que, como veremos enseguida, se ajustaban perfectamente a las necesidades de la agencia.

Solo que en ese interregno el Institute of Medicine publicaría un informe -en octubre de 2001- en el que se recomendaba eliminar el timerosal de las vacunas libres mientras no se hicieran estudios que descartaran su peligrosidad.

Es más, como Verstraeten había trabajado con la Vaccine Safety Datalink -base de datos sobre seguridad en las vacunas- y ésta podía ser consultada por otros investigadores poniendo en peligro cualquier intento de manipulación los CDC decidieron cerrar esa puerta. Para lo cual el 20 de septiembre de 2002 firmaron un contrato con America´s Health Insurance Plans -una empresa privada que representa a aseguradoras sanitarias- a fin de que fuera ella la que a partir de ese momento gestionase la base de datos sobre vacunas. Algo por lo que encima abonaron un importe superior a los ¡190 millones de dólares! Y es que al poner esos datos en manos privadas blindaban el acceso a los mismos porque los ciudadanos ya no podrían acceder a ellos acogiéndose a la Ley de Libertad de Información. Una maniobra tan simple y eficaz como descarada que ha impedido desde entonces que investigadores independientes puedan llevar a cabo sus propios estudios.

En cuanto a por qué se eligió Dinamarca para efectuar los estudios es simple: en ese país la dosis de timerosal que se administra con las vacunas es un 75% más baja que en Estados Unidos y además el mercurio se retiró de las vacunas en 1992.

Pues bien, entre 2002 y 2003 se publicarían cuatro estudios en otras tantas revistas de prestigio y gran difusión: New England Journal of Medicine, American Journal of Preventive Medicine, Pediatricsy Journal of the American Medical Association. Y en ellos se llegaba a la peregrina “conclusión” de que los casos de autismo en Dinamarca ¡habían aumentado tras retirarse el mercurio de las vacunas!

Agregaremos que según el Dr. Edward Yazbak -pediatra e investigador que efectuaría tiempo después un exhaustivo análisis de esos estudios daneses- los CDC “exigieron” la publicación de uno de esos estudios –concretamente al New England Journal of Medicine- con estas palabras: “Hemos pagado por ese estudio y debe publicarse porque si no el programa de vacunación de MMR (sarampión, paperas y rubéola) sufrirá las consecuencias y eso no debe ocurrir incluso si la vacuna de MMR causa a veces autismo”. El estudio clave fue en todo caso el tercero, el publicado en Pediatrics en septiembre de 2003 –tras recibirse en ella para lograrlo una carta de José Cordero, director en los CDC de la división responsable de discapacidades del desarrollo-, porque en él se concluía que tampoco el timerosal está relacionado con el autismo.

¿Y cómo fue tal cosa posible? ¿Cómo se explican tan sorprendentes resultados? Vamos a explicarlo enseguida pero antes es importante saber quienes firmaron esos artículos y qué vinculaciones tenían.

“ALGO HUELE A PODRIDO EN DINAMARCA”

Así lo dejo escrito Shakespeare y eso que aún no se habían inventado las vacunas. Pero es que resulta que todos los autores de los estudios daneses tenían puestos de gran responsabilidad -a veces de dirección- en las siguientes instituciones: el Centro de Ciencias Epidemiológicas danés -creado en 1994 por la Fundación Nacional de Investigación y con tres unidades operativas: una en Copenhague, otra en la Universidad de Aarhus –segunda en importancia en Dinamarca- y una tercera en el Statens Serum Institut, una empresa pública del Ministerio del Interior y de Salud danés que fabrica vacunas y cuyos beneficios en el 2002 se debieron en un 80% a ellas; la mayor parte proveniente de exportaciones a Estados Unidos y Reino Unido. Como guinda añadiremos que tres de los firmantes pertenecían ¡a los CDC!

Ahora bien, ¿cómo esos “científicos” consiguieron que las cifras expresaran lo que sus clientes querían? Mediante los “ajustes” estadísticos apropiados. Porque como todo epidemiológico sabe las cifras permiten hacer todo tipo de operaciones con el suficiente margen de maniobra como para manipular a conveniencia los datos. Basta adecuar los criterios de inclusión de la población que se va a estudiar, los puntos de corte elegidos a la hora de presentar informes, los criterios para la identificación de los casos, separar categorías en las que incluir cada uno, usar el modelo estadístico más adecuado, decidir el tiempo de seguimiento que interesa… y muchos más. Quizás por eso la cita atribuida a Mark Twain que dice: “Hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”.

Dicho esto agregaremos que de las muchas alteraciones perpetradas en este caso vamos a limitarnos a mencionar una sola que por sí misma invalida totalmente las conclusiones a las que llegaron los empleados de los CDC y el SSI: resulta que en Dinamarca la gran mayoría de los casos de autismo se da en pacientes externos; es decir, no ingresados en hospitales. Y esos casos no se recogieron en las bases de datos danesas ¡hasta 1995! Es decir, empezaron a contabilizarse a partir de entonces lo que hizo que la cifra de nuevos casos –en realidad de casos existentes pero no contabilizados- aumentara rápidamente en los siguientes años. Sin embargo los estudiosos daneses concluyeron que esa subida de casos estaba “relacionada” con la retirada del mercurio de las vacunas –que tuvo lugar en 1992- ocultando la verdad: que se debía a que tres años después –en 1995- habían empezado a contabilizarse los casos de autismo “externos”. Realmente putrefacto.

“IT JUST WON´T GO AWAY”

Como putrefacto es que el estudio encargado al Dr. Verstraeten tardara tres años en ver la luz y que en ese tiempo lo que era una clara demostración de la correlación entre los índices de autismo y el uso del timerosal en las vacunas se convirtió finalmente en un estudio “neutral”; es decir, un estudio que ni demostraba la relación ni la descartaba y terminaba recomendando más estudios. Estudios que –con los datos de que disponemos- podemos afirmar que los CDC tenían ya en marcha al menos desde mayo de 2000, fecha en la que un psiquiatra llamado Poul Thorsen que había participado en el cambio de la definición de autismo en el Manual Diagnóstico y Estadístico para Trastornos Mentales (DSM) -auténtica “biblia” de la Psiquiatría mundial- realizó la primera sugerencia a los CDC de llevar a cabo estudios fuera de Estados Unidos. Fue así como Thorsen recibiría en los años siguientes nueve millones de dólares de los CDC y de la organización Autism Speaks para financiar una investigación a largo plazo sobre el mercurio y el autismo; cantidad que se sumaba a los casi 8 millones de dólares que los CDC ya habían concedido al North Atlantic Neuro-Epidemiology Alliances (NANEA), un centro creado por Thorsen en el 2000. Bueno, pues Thorsen ha vuelto a ser actualidad recientemente porque ha sido acusado por la Fiscalía de Atlanta (EEUU) de falsificar documentos para apropiarse de un millón de dólares; las autoridades danesas, por su parte, ya lo habían acusado de evasión de impuestos por valor de más de medio millón de coronas.

El caso es que el estudio de Verstraeten se publicó finalmente en noviembre de 2003 en Pediatrics. Y en él finalmente se afirmaría que no se había llegado a ninguna conclusión cuando fueron sus datos los que motivaron la reunión secreta de la que antes hemos hablado y que alarmaron hasta tal punto a sus participantes que decidieron que las transcripciones se clasificasen como “confidenciales” tras dispararse todas las alarmas en los puestos de responsabilidad del Departamento de Salud.

La manipulación es tan evidente que no merecería más comentarios. Siendo una de las causas alegadas para desacreditar los resultados que Verstraeten no utilizó “grupo de control”, es decir, a niños que hubiesen recibido vacunas libres de timerosal. “Sólo” comparó grupos que habían recibido altas dosis con otros que habían recibido dosis más bajas. ¡Como si lo que hizo no fuese aún más significativo! Otra de las maniobras fue recortar la edad a la hora de establecer comparaciones para que el período de tiempo abarcado fuera menor y el incremento de casos se hiciera menos evidente. Y es que en los CDC sí que son expertos en “maquillaje”.

De hecho en este caso lograron que el mismo Verstraeten que el 17 de diciembre de 1999 a las 4:40 PM envió un correo electrónico a Robert Davis -de los CDC- poniendo en el Asunto la frase It just won´t go away (Sencillamente, no va a desaparecer) -refiriéndose a la relación entre el mercurio de las vacunas y el autismo- terminara convirtiéndose en el autor principal de otro estudio publicado el 11 de noviembre de 2004 cuyas conclusiones fueron: “No se ha encontrado ninguna asociación consistente significativa entre las vacunas que contienen timerosal y daños en el desarrollo neuronal”.

Y claro, uno se pregunta si en este cambio de parecer tendrá algo que ver el hecho que Verstraeten fuera contratado poco después de aquel polémico trabajo suyo por la multinacional GlaxoSmithKline, una de las mayores empresas fabricantes de vacunas con timerosal del mundo. Y que un año después de la publicación en el 2004 de su nuevo estudio fuera nombrado –en julio de 2005- Director de Farmacovigilancia de la compañía. Una carrera realmente fulgurante; al punto de que luego sería ascendido de nuevo a ¡vicepresidente! de la multinacional hasta su marcha en mayo de 2011 (actualmente es Director Ejecutivo de P95, empresa privada que ofrece servicios de consultoría en el ámbito de la Farmacovigilancia, la Epidemiología y la Farmacoepidemiología). ¿Usted qué opina?

INFORME A LA CARTA

Pero aún quedaba un cabo suelto: el informe del Institute of Medicine (IOM) -rama de la Salud de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos- que como antes dijimos tenía previsto emitir un informe sobre vacunas y autismo con el que los CDC no estaban precisamente satisfechos. Pues bien, el 12 enero de 2001 se celebró una reunión a puerta cerrada en su sede –los pormenores los conocemos gracias a una filtración- en la que la presidenta del comité, la Dra. Marie McCormick, dijo textualmente a los asistentes refiriéndose a los CDC:“Quieren que declaremos, bueno, que esas cosas son seguras para la población”. Añadiendo luego sobre el autismo: “Nunca se va a reconocer que es un efecto secundario real”.

Entonces se mencionaron casos que podrían demostrar la relación entre las vacunas y el autismo. A lo que el Dr. Wilson, presente en la reunión, respondería: “Bien, vamos a verlos”. Propuesta ante la que McCormick respondería: “No vamos a hacer eso. ¿O tienes un fin de semana libre que quieras emplear en ellos?”. Curiosa actitud para una mujer que es profesora de Pediatría en la Harvard Medical School y en cuyo currículum destaca su participación en “múltiples programas para mejorar la salud de los niños”.

En suma, el informe que finalmente emitió el Institute of Medicine (IOM) no fue concluyente pero sí planteaba, como antes explicamos, engorrosas recomendaciones a los CDC. De ahí que tras la publicación del informe edulcorado de Verstraeten y con los “estudios” daneses bajo el brazo los CDC volvieran a llamar a la puerta del IOM cuyo comité se reuniría el 9 de febrero de 2004 -nuevamente presidido por la Dra. McCormick- para revisar las “nuevas evidencias” aportadas. Sin embargo esta vez -la transcripción de la reunión ha permitido saberlo- hubo en ella seis científicos –entre ellos el profesor de Neurocirugía David Baskin y el Jefe del Departamento de Química de la Universidad de Kentucky (EEUU) Boyd Haley– que intervinieron para alegar que sí había datos de la relación entre el mercurio y el autismo además de criticar los estudios daneses. Lamentablemente nada de lo que dijeron se tuvo en cuenta y el comité aprobó la siguiente conclusión: “El cuerpo de evidencia epidemiológica favorece el rechazo de una relación causal entre las vacunas con timerosal y el autismo”. Misión cumplida pues. La institución más influyente en la comunidad médica -porque se supone que tiene una impecable reputación científica y ética- había emitido su veredicto.

EPÍLOGO: LA PERSECUCIÓN DE WAKEFIELD

En suma, en sólo cinco años los CDC cubrieron todas sus expectativas: neutralizaron los hallazgos de Verstraeten, contrarrestaron el artículo que el Dr. Andrew Wakefield publicó en 1998 en The Lancet, lograron que el Instituto of Medicina emitiera el informe que necesitaban, obtuvieron presuntas “evidencias científicas” de que no hay relación entre el mercurio y el autismo, y consiguieron que los tribunales no fallaran favorablemente ninguna de las miles de demandas presentadas por padres estadounidenses a causa de los efectos que el timerosal de las vacunas aseguran provocó en sus hijos. Y ello tras haber recomendado que se retirara el timerosal de algunas vacunas aunque fuera -según sus comunicados y la web oficial de los CDC– atendiendo al Principio de Precaución.

Por otra parte, la revista The Lancet publicaría una nota en la que se retractaban -¡los editores, no Wakefield!- del artículo publicado en 1998 relacionando el mercurio con el autismo mientras el Sunday Times montaba una campaña de descrédito contra Wakefield cuestionando su trabajo a nivel científico y médico, tanto desde el punto de vista ético como profesional. Al punto de que tras esa campaña mediática el Consejo Médico General de Reino Unido inició una investigación del trabajo de Wakefield que se prolongó hasta el 2010 y que finalizaría retirándola la licencia para ejercer la Medicina en su país. Es más, el descrédito que provocó esa persecución -a la que recientemente se sumó el British Medical Journal publicando materiales calumniosos dignos de la peor prensa amarilla- obligaron a Wakefield a abandonar el Reino Unido e irse a trabajar a un centro de investigación de Tucson (Arizona, EEUU). La pregunta que cabe hacerse pues es si realmente Wakefield manipuló sus resultados clínicos, actuó contra los principios de la ética médica, recibió dinero de abogados que litigaban contra los fabricantes de vacunas y su única motivación era enriquecerse con la patente de una vacuna propia como se la acusó… Y de ello hablaremos en un próximo reportaje.

Jesús García Blanca

Recuadro:


QUIÉN ES QUIÉN

Organismos, publicaciones y empresas:

Centers for Disease Control and Prevention (CDC) o Centros para el control y prevención de las enfermedades. Se trata de una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos que se ocupa de la prevención y control de las llamadas “enfermedades”, de la salud ambiental y de realizar actividades de “educación” y “promoción de la salud”. Con sede en Druid Hills (Georgia, EEUU) juegan pues un papel fundamental en la política de vacunación en Estados Unidos y, por ende, de la de gran parte del planeta. Es el organismo responsable de encubrir la relación entre el timerosal de las vacunas y el autismo.

-Institute of Medicine (IOM) (Instituto de Medicina). Rama de la Salud de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. En el 2004 su comité emitió un informe -a petición de los CDC– descartando la relación entre el timerosal de las vacunas y el autismo.

-Statens Serum Institut (SSI).Empresa adscrita al Ministerio de Salud danés que fabrica vacunas con timerosal. Vende especialmente a Estados Unidos y Reino Unido.

Centro de Ciencias Epidemiológicas de Dinamarca. Doce de los diecisiete autores de los “estudios daneses” estaban vinculados a este centro o a la Universidad de Aarhus relacionada con él.

-Empresas fabricantes de vacunas presentes en el “conciliábulo de Simpsonwood:” Merck, SmithKline Beecham, Wyeth, North American Vaccine y Aventis Pasteur.

-Revistas científicas implicadas en la operación de encubrimiento:

* Los “estudios daneses” fueron publicados en New England Journal of Medicine, American Journal of Preventive Medicine, Pediatrics yJournal of the American Medical Association.

* La trilogía de artículos desprestigiando a Wakefield apareció en el British Medical Journal.

-Instituciones que niegan la relación mercurio-autismo: la Food and Drug Administration (FDA), la American Medical Association (AMA), laAmerican Academy of Pediatrics (AAP), el American College of Medical Toxicology, la U.S. National Academy of Sciences, la Canadian Pediatric Society, la Public Health Agency (Canada), la European Medicines Agency y, por supuesto, la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Personas:

Actual directora de los Centros para el control y prevención de las enfermedades y a la vez Administrador de la Agencia de Sustancias Tóxicas y Registro de Enfermedades (ATSDR).

Julie Gerberding. Ex directora de los Centros para el control y prevención de las enfermedades y a la vez Administradora de la Agencia de Sustancias Tóxicas y Registro de Enfermedades (ATSDR) se convirtió en el 2009 en Presidenta de la División Global de Vacunas de Merck.

Thomas Verstraeten. Epidemiólogo del Epidemiology Intelligence Service (EIS) oServicio de Inteligencia de Epidemias fue fichado en el 2001 por la multinacional GlaxoSmithKline.

-Walter Orenstein, Director del Programa de Inmunización Nacional de los CDC.

Robert Chen. Responsable de la seguridad de los programas de vacunación de los CDC.

Diane Simpson. Encargada de buscar dónde hacer los estudios de los CDC.

Marie McCormick. Presidenta del Comité del Institute of Medicine (IOM)jugó un papel clave para conseguir que los informes -en particular el segundo de 2004- quedaran a gusto de los CDC. Actualmente forma parte del National Vaccine Advisory Committee (Comité Asesor Nacional sobre Vacunas).

-Los diecisiete autores de los “estudios daneses fueron Madsen, Olsen, Thorsen, Vestergaard, Melbye, Hviid, Wohlfhrt, Stellfield, Andersen, Plesner, Simpson, Schendel, Stehr-Green, Tull, Mortensen, Pedersen y Lauritsen.

Charles Nemeroff, psiquiatra que participó en el cambio de definición de autismo para la cuarta versión del Manual Diagnóstico y Estadístico para Trastornos Mentales (DSM) más conocido comoDSM-IV. Nemeroff gestionaba una subvención de cuatro millones de dólares para “investigación de antidepresivos”. Según una investigación del Congreso recibió de la industria farmacéutica 2.800.000 dólares entre 2000 y 2007 y a pesar de que a partir de 10.000 dólares hay que comunicar ese hecho a los Institutos Nacionales de Salud Mental éste aseguró que no había sobrepasado la cantidad. La misma investigación dio a conocer a otros cinco psiquiatras con un comportamiento similar.

-Paul Offit, co-inventor de la vacuna antidiarreica Rotateq fabricada y vendida por Merck. Sus beneficios por esta vacuna se estiman entre 25 y 47 millones de dólares. Offit atacó duramente a todo científico que relacionó las vacunas con el autismo así como contra las asociaciones de padres de autistas. Llegó a afirmar que “un niño puede tolerar 10.000 vacunas de una sola vez”.


Informe del Instituto de Medicina de Octubre de 2001

El Instituto de Medicina (IOM por sus siglas en inglés) hizo público en octubre de 2001 un informe en el que realizaba una serie de recomendaciones a los CDC entre las que destacaban las siguientes (las negritas y subrayados son nuestros):

“El Comité recomienda el uso en Estados Unidos de vacunas DTP, Hepatitis B y Hib libres de timerosal. Los CDC no hicieron caso. Y el timerosal continuó en las vacunas.

-“El Comité recomienda estudios para examinar la posible relación entre desórdenes del desarrollo neural y las vacunas con timerosal. Los CDC nunca asumieron hacer esos estudios.

-“El Comité recomienda hacer análisis adicionales de los problemas con el desarrollo neural en los niños que reciben timerosal en las vacunas”. Los CDC no hicieron esos análisis.

-“El Comité recomienda investigar cómo los niños -incluyendo los diagnosticados con desórdenes del desarrollo neural- metabolizan y excretan metales, particularmente el mercurio. Los CDC se negaron a investigarlo.

-“El Comité recomienda continuar la investigación sobre modelos teóricos de exposiciones al etilmercurio. Los CDC hicieron de nuevo caso omiso.

-“El Comité recomienda investigaciones cuidadosas, rigurosas y científicas de quelación, especialmente enautismo”. Los CDC no hicieron el menor caso.

-“El Comité recomienda investigar para identificar una alternativa segura, efectiva y barata al timerosalpara aquellos países que decidan un cambio”. Los CDC tampoco lo investigaron.

En suma, los CDC constituyen un organismo fiable e independiente que vela por la salud de los ciudadanos. ¿O no?

 

Este reportaje aparece en
148
Abril 2012
Ver número