Tópicos de la razón

Suele afirmarse que la imaginación es libre, que la imaginación puede crear cualquier castillo mental sin que nada la condicione. Una afirmación totalmente equivocada. Una falsedad que Anatheóresis desvela en todos y cada uno de sus pacientes. Anatheóresis, que es una psicología perceptiva, que distingue entre la realidad perceptiva del cerebro emocional -el conocido como hemisferio cerebral derecho- y la realidad del cerebro razonador -el hemisferio cerebral izquierdo- sabe que imaginar es una facultad del hemisferio cerebral derecho y que, en consecuencia, cuando, ya adultos, consideramos que estamos imaginando libremente, la realidad es que cuanto imaginamos está condicionado por los contenidos de la carga de memoria emocional que hemos acumulado desde el cigoto hasta los siete a doce años.

 Cuanto antecede tiene su comprobación en un test que aconsejo se haga siempre al paciente -sometido éste al estado de relajación anatheorética- al empezar una terapia. Un test que consiste en decir al paciente que va a vivenciar los símbolos que siguen: un árbol, una casa, un camino, una llave, una flor y un sol. Aclaro que cada uno de esos símbolos corresponde a algo muy definido. Aquí tan sólo explico que el árbol corresponde a los hechos concretos que nutren y conforman lo que entendemos por autoridad paterna. Pueden ser, por tanto, el padre, uno de los abuelos o también la madre si ésta ha asumido un rol paterno en la educación infantil del paciente, etc.

 Del resultado del test, siempre sorprendente, lo que aquí importa es que si se hace correctamente -su complejidad es mayor de lo aquí descrito- resulta evidente que la imaginería que vivencia el paciente está condicionada por sus experiencias -traumáticas y gratificantes- vividas en su gestación, nacimiento e infancia. Y que cuantas veces se haga el test el resultado será el mismo, salvo que tras someterse a terapia los contenidos traumáticos vividos hayan sido disueltos. Esto explica que a todo auténtico artista le corresponda una obra muy personal. No en balde se afirma que el estilo es el hombre. Y ese estilo, quiera o no, lo mantendrá todo artista en tanto no cambien sus contenidos psíquicos. No, la imaginación no es libre. Si nos parece que es libre se debe a que el cerebro racional, al fantasear -al sentirse libre combinando imágenes dentro de su percepción de vigilia-, no tiene en cuenta que si bien es libre para mover imágenes dentro de un marco espacial ello no significa que sea libre para elegir las símbolos a que esas imágenes se refieren.

 Otro tópico de la razón es eso llamado voluntad, esa considerada fuerza liberadora cuando, al igual que la imaginación, también la voluntad está condicionada por nuestros contenidos de conciencia, por las vivencias -traumáticas y gratificantes- acumuladas en el transcurso de nuestra gestación, nacimiento e infancia. Y así podemos llamar acto de voluntad a hacer aquello que nuestros contenidos biográficos nos impulsan a hacer. Aun cuando lo habitual es que la voluntad sea una simple estrategia del cerebro razonador, una oposición mental a nuestros contenidos existenciales. Y esto -terriblemente peligroso, potencialmente aniquilador– equivale a algo así como utilizar la fuerza reactiva de un jet, lo que supone que el esfuerzo que hacemos en una dirección vuelve a nosotros en dirección contraria. Y esto es válido incluso para finalidades menores.

Por ejemplo, dejar de fumar. Intentarlo por la sola fuerza de la voluntad difícilmente -por no decir nunca – nos liberará del tabaco. El impulso de la voluntad por no fumar nos lleva a mantenernos en una constante tensión por evitar que la reacción de nuestro esfuerzo por no fumar nos haga caer en la necesidad de volver a expeler humos por la boca y la nariz, y esa tensión es estrés. Como estrés es todas las tensiones generadas para alcanzar una finalidad que no se corresponde con nuestros contenidos biográficos. Dejemos pues de competir. Y no sólo de competir con nosotros mismos sino, y de forma especial, de competir con la vida. La vida es lúdica, juego. Y jugar sin competir es la única forma de ganar.

 Y tópico de la razón es ese Yo te perdono, un perdón como acto de voluntad, un perdón en definitiva que no olvida el daño sufrido. Eso no es perdonar, es querer dejar de seguir sufriendo ese daño que decimos perdonar. Perdonar es comprender. Un ejercicio de sincronización de los dos hemisferios cerebrales que nos lleva a empatizar con el otro, lo que nos lleva a comprender como propias las motivaciones del otro, a comprenderlas -no sólo a entenderlas- y de esta forma poder diluir el recuerdo del daño sufrido.

 Y tópico que nos impone la razón es confundir ver con mirar, cuando mirar es sólo ver lo que queremos ver, aquello de lo que nos queremos apropiar, una simple parcela de esa totalidad que es realmente ver.

 Y tópico de la razón es una medicina que, en general, menosprecia las raíces emocionales que generan y/o alimentan toda enfermedad.

 Y tópico de la razón, en definitiva, es cuanto estoy poniendo de relieve en esta sección de la revista, que eso significa el título que la identifica: Contrapunto.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
99
Noviembre 2007
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