Un meteorito destruyó para siempre
a los gigantes de la tierra y de los pequeños y humildes
mamíferos supervivientes emergieron los ancestros del
hombre. Por tanto, estamos aquí de milagro. Casi podríamos
decir que gracias a la hecatombe pudo ver su luz la
vida humana.
Los diluvios de las grandes glaciaciones redistribuyeron
la vida y los grandes terremotos acomodaron en su sitio
los continentes, las especies, las civilizaciones...
Culturas enteras sumergidas o enterradas fueron reemplazadas
por culturas nuevas. Como si todo nuevo orden surgiera
de la crisis, la humanidad entera pudo avanzar y resurgir
a través de las grandes catástrofes y epidemias. Y el
mundo moderno empieza a fundamentarse en la solidaridad
universal tras haber superado las asfixiantes fronteras
de los trasnochados nacionalismos.
Sí, vivimos de milagro. Porque la vida humana ha evolucionado
siempre en las épocas de crisis, como si todos los seres
de la Tierra tuvieran que surgir de la matriz de una
tormenta. Y es que, ¿quién hubiera sospechado que el
oxígeno que hoy respiramos fue un gas letal para la
vida primitiva? ¿Quién de nosotros habría imaginado
que el calcio excedente en el mar interior del plasma
fue la clave para construir el esqueleto de una vida
que con el tiempo habría de levantarse para desafiar
la gravedad?
Bueno, pues también aprendimos lo que sabemos de Medicina
en los frentes de batalla, en medio del dolor desgarrador
de epidemias que amenazaron la continuidad de nuestra
especie. Civilizaciones enteras han sido diezmadas por
las enfermedades venéreas pero no hemos aprendido la
lección: aún seguimos buscando el "bicho" responsable
sin aprender la sagrada lección del sexo, nota clave
de toda la evolución. A pesar de que el maestro de la
tuberculosis nos enseñó con dolor la importancia del
aire, del sol y de una buena nutrición hoy seguimos
empeñados en un más cómodo hacinamiento. A pesar de
que el cáncer nos ha tratado de enseñar que la degeneración
celular tiene mucho que ver con nuestro estilo de vida
seguimos desbocados en la búsqueda del placer y del
poder aún a costa de la vida. Las enfermedades venéreas,
la tuberculosis y el cáncer han sido pandemias a escala
planetaria, producto de la calidad de nuestra relación
con la naturaleza de la que somos parte. Y en las tres
hay un serio compromiso del sistema inmune porque sin
fallas en los patrones de autorreconocimiento, generados
por alteraciones de nuestra inmunidad celular, no sería
posible su terrible expansión actual. Creímos poder
ganar la batalla a los microbios y nos encontramos con
que estamos librando en realidad una feroz guerra contra
nuestra propia naturaleza. Buscamos fuera extraños factores
asesinos para convertirlos en chivos expiatorios -bacterias
y virus- en lugar de buscar en nosotros las raíces profundas
de este auténtico suicidio colectivo. Envenenamos el
cuerpo de la Tierra y producimos cantidades de alimentos
sin calidad para llenar -que no nutrir- los cuerpos.
Acabamos con el selenio y el magnesio de los suelos,
y dejamos sin cofactores decenas de enzimas esenciales
a la vida. Y a continuación creamos una gigantesca y
lucrativa industria de "suplementos" de todo tipo para
compensar la crisis que hemos provocado en la Naturaleza.
No. La nuestra es una crisis de humanidad. Una crisis
de sentido común. Hemos perdido el horizonte en la vida
y confundimos vivir con sobrevivir. Libramos una lucha
contra la muerte... que se reviste de SIDA, cáncer,
tuberculosis o precoces enfermedades degenerativas pero
no se nos ocurre pensar que nuestro cuerpo padece las
consecuencias de lo que hemos hecho con el cuerpo de
la Tierra. Ni se nos pasa por la cabeza que lo que vivimos
en nuestros cuerpos no es sino el reflejo de los actos
en contra de nuestra propia naturaleza.
Bien, pues ha llegado la hora de despertar. De rescatar
el sentido sagrado de vivir las crisis de la Tierra.
Porque la vida es como una gran cadena cuya fortaleza
depende de cada uno de sus eslabones. Aún más, la fortaleza
de la cadena entera es la fortaleza de su eslabón más
débil. Si éste se rompe, se rompe la cadena. Por tanto,
nadie es ajeno a nosotros.
En definitiva, podemos hacer un desecho del instrumento
de la vida, nuestro cuerpo, tras haber convertido a
la Tierra en un desecho. Pero también podemos despertar
a nuestra naturaleza humana y entender de una vez que
nuestra crisis actual es, en realidad, una crisis de
humanidad. Podemos pues humanizar la vida y ascender
con la Tierra. Y podemos sentir viva en nuestra conciencia
la conciencia de todas las especies extinguidas que
un día ofrendaron el fuego de su vida para que nosotros
pudiéramos encender la antorcha de nuestra humanidad.
Jorge
Carvajal Posada