Sabemos que los linfocitos -células
claves del sistema inmune- son como neuronas ambulantes.
Y que tanto los linfocitos como las neuronas pueden
recibir mensajes comunes, sintetizar moléculas similares,
memorizar, aprender y modificar su comportamiento según
las "lecciones" aprendidas.
Sabemos también que la piel cambia su resistencia eléctrica
con las emociones, las tormentas solares y los cambios
de presión y que registra, memoriza e informa del estado
de los órganos internos modificando en puntos específicos
sus potenciales eléctricos. No puede pues extrañarnos
que los puntos de acupuntura se comporten como pequeños
"cerebros periféricos" y que ese comportamiento parezca
reflejar el estado fisiológico de las neuronas. De hecho,
pueden conducir y canalizar selectivamente la dirección
de corrientes eléctricas y secretar algunas sustancias
como los neuropéptidos, claves en la traducción fisiológica
de los estados emocionales.
También con la piel dialogamos, memorizamos y aprendemos.
Como un computador biológico, la melanina recibe y procesa
informaciones electromagnéticas y químicas regulando
numerosos procesos de almacenamiento de fotones, semiconducción
y -quizás- superconducción en el campo biológico. Con
el ADN, la melanina es una molécula fundamental para
conservar y expresar la memoria biológica.
Aún más, muchas de las grandes moléculas de nuestro
organismo se comportan como cristales biológicos sensibles
a estímulos eléctricos, térmicos y pequeñísimos cambios
de presión; son, como el ADN, polímeros complejos que
pueden guardar información. Hasta los átomos y las moléculas
dan una respuesta al estímulo con audiofrecuencias y
frecuencias electromagnéticas emitiendo respuestas conocidas
como el eco de los spines de los electrones y los protones
que revelan una primitiva memoria atómica asociada a
una no menos sorprendente capacidad de responder a estímulos.
La memoria de nuestros ordenadores y equipos convencionales
está basada de hecho en esta propiedad que permite supertecnologías
como las de los chips. Los microtúbulos de las neuronas
se comportan pues como una especie de cerebro dentro
del cerebro, que parece ser la infraestructura u onda
portadora de los complejos procesos de la conciencia.
La corriente de la evolución, en definitiva, parece
comportarse como una membrana sensible, una especie
de piel que recibe y emite señales, reconoce, memoriza,
almacena, modifica su comportamiento, se adapta y aprende.
Dicho de otra forma: es como si la conciencia misma
fuera una corriente de aprendizaje que recorre el cosmos
desde el más ínfimo átomo hasta los complejos patrones
de los tejidos orgánicos. Piel sensible o conciencia
atómica, molecular, tisular, social o planetaria que
se comporta como una compleja antena de emisión y recepción
de señales y que mantiene la coherencia, la comunicación
y la correspondencia de todos los niveles. Es decir,
la conciencia sería, en sí misma, un orden implícito
que da soporte al campo cuántico y permite la sincronicidad
y correspondencia de todos los procesos evolutivos.
Como esta piel sensible o conciencia, el cerebro -que
es uno de sus patrones de organización más complejos-
modifica en forma permanente su patrón de organización
y transferencia de información a través de cambios en
la red de sinapsis. El aprendizaje aparece entonces
como la estrategia de la evolución para establecer pautas
de relación que, en términos de conciencia, siempre
conducen a un orden mayor. El proceso de moleculización
requiere ya un nivel de sensibilidad y correspondencia
entre los átomos. Así, afinidades sensibles, coherencias,
"simpatías" y resonancias permiten el proceso de diseño
progresivo de esa red de interdependencias que es la
naturaleza.
En suma, nuestra naturaleza -como la del universo- está
indisolublemente ligada a la experiencia del aprendizaje.
Aprendemos la esperanza, la confianza, la honestidad,
la respuesta de relajación... Aprendemos a descubrir
la paz que vive en nuestro interior. También el amor
y el dolor son experiencias de aprendizaje. Morimos
cuando dejamos de aprender.
Dicen los expertos que la vida es un patrón de organización
complejo que se autorrecrea y se refleja sobre la estructura
disipativa del cuerpo. Al proceso de interacción entre
los dos -patrón de organización y estructura disipativa-
se le concibe como un proceso de aprendizaje. Vivir,
pues, es aprender. Aprender es el sentido de vivir.
Cuando dejamos de aprender perdemos el sentido. Y la
vida.
Que no pase un solo día, por tanto, sin renovar la vida
aprendiendo algo nuevo. Aprender a aprender, a vivir,
a morir. A ser. Aprender será siempre una medicina al
alcance de todos.
Jorge
Carvajal Posada