La verdad es que antes de nacer...
ya empezamos a morir. Y es que un importante porcentaje
de las neuronas son eliminadas ya en el período del
desarrollo embrionario. Por ejemplo, para que una mano
sea una mano el tejido existente entre los dedos debe
ser eliminado. Para que un sustrato se convierta en
escultura, la materia debe modelarse con la renuncia
y el sacrificio. Y para atender a una sola cosa debemos
renunciar a todas las demás. No se puede espirar mientras
se inspira. No se puede dar si se piensa en la recompensa.
No se puede estar vivo si uno no cambia. Y el cambio
es poder estar, a cada instante, renaciendo.
Una muerte celular silenciosa y programada es clave
para la supervivencia de los tejidos. En una muerte,
las células se disgregan y se necrosan, hay ruido y
sufrimiento, inflamación y actividad inmune. En la otra
muerte, la de la apoptosis celular, las células programan
su propia destrucción sin ruido, se sacrifican por el
bien de la comunidad celular. Un movimiento prepara
la muerte. El otro, la vida.
En algunas zonas del cerebro, aún en el período embrionario,
mueren hasta el 80% de las neuronas. No somos palmípedos
gracias a que la muerte ordenada de millones de células
separa nuestros dedos para que los pies nos den sostén
y las manos puedan crear. Muchos millones de neuronas
mueren ya antes de nacer para permitir el maravilloso
orden de un cableado neuronal que da al cerebro su portentosa
capacidad. En el salto del renacuajo a la rana, en el
del gusano a la mariposa, la metamorfosis es una onda
de muerte inteligente en que se pierden cola o patas
y se ganan saltos y alas. En la quietud de cada sueño,
de cada desapego, de cada muerte, nace el silencio de
la crisálida, como segura esperanza del ascenso al alma.
Así como en la talla del diamante se ha de perder buena
parte de su ser sustancia para revelar la leve transparencia,
así cada pequeña muerte, cada mínima renuncia esculpe
nuestra propia trans-aparente esencia. Con su cincel,
la muerte pule nuestras aristas para que el cristal
deje pasar la luz. Al morir, al fin, la luz puede ser
consciente de la luz y el sonido del sonido. En su total
luminosidad es el Creador que, en cada quien, se revela
a sí mismo.
Quienes un día estuvieron en la frontera de la muerte
sólo pudieron ver que, más allá del río de esta existencia,
en el mar luminoso de la Vida, ésta continúa. Su luz
inherente es, en el vacío, plenitud. En su transición
fallida, los que un día regresaron de las fronteras
de la muerte encontraron que todo, hasta el dolor, tenía
un significado. Y el tiempo y el espacio del cuerpo
adquirieron la dimensión de un espejo en el que podíamos
mirar el mismo universo reflejado.
Como si la muerte sólo revelara el sentido de la vida,
ya la muerte inscrita en nuestros genes señala los momentos
sagrados de las pausas que hacen de la vida ritmicidad
cíclica del alma.
Jorge
Carvajal Posada