Su diagnóstico -aterrador, por
cierto- fue el de esclerodermia. Poco se pudo decir
sobre su etiología, es decir, sobre la causa. Un poco
más, tal vez, sobre el oscuro pronóstico y el tratamiento.
Sólo que ella no es un diagnóstico. Y su nombre
no es Esclerodermia ni "enfermedad autoinmune". Como
su apellido tampoco es colagenosis.
Vive con su familia y se siente parte de un pueblo y
una cultura. Olvidémonos pues por un momento de la enfermedad
-de su "entidad nosológica"- y sintamos que, con sus
anticuerpos y sus miedos, en ella viven historias vivas,
esperanzas, frustraciones y sueños. Vive cerca de la
zona de Armero... sólo que hoy Armero no es un lugar:
es la historia triste de un pueblo que una vez fue borrado
entero del mapa.
Y en ella, aún vivo, el drama de la avalancha parece
grabado en el alma. Emociones reprimidas, ahora desbordadas
como una avalancha en su cuerpo, los anticuerpos parecen
lejanos ecos de Armero. Y sentí como si aún alguien
en ella quisiera partir con los habitantes de Armero.
Como si en ella alguien quisiera gritar desde el cuerpo
que no vale la pena vivir. Sentí como si se estuviera
lentamente muriendo.
La radiación, la desvalorización, el desarraigo, la
depresión, el miedo... No sabría decirlo, pero, ¿cuántos
valores perdidos, cuántas cosas más allá de las moléculas
y la inmunidad parecieran gritar que lo que se refleja
en el cuerpo son también sentimientos y pensamientos?
Con los que un día partieron, algunos de los que sobreviven
no viven sino que van, lentamente, muriendo.
¡Dios mío! ¡Cuánto dolor congelado en ese cuerpo que
aún parece llorar la tragedia de Armero¡ No sé lo que
va a pasar pero cuando se puede auscultar el corazón
con el estetoscopio del alma y dejar que rueden las
lágrimas se llenan de sentido los silencios y las palabras.
En esa tierra del alma, donde la relación terapéutica
es de veras humana, Armero, los anticuerpos, la vida
o las avalanchas son los caminos del aprendiz para aprender
a vivir. El aprendiz es aquel que en nosotros puede
vivir la vida como un proceso de aprendizaje, aquel
que sabe que el ser habita este cuerpo para aprender.
Y siente, así, que el ser vive para aprender y aprende
para vivir. Y así sí tiene sentido vivir. Muchas veces
aquello que nombramos con el nombre de una enfermedad
es también una crisis de sentido.
Hoy me dice que se siente mejor. Y yo la veo mejor.
Parece que la pesada avalancha de los recuerdos pasó
y, en su lugar, florece leve una lección... de amor.
Es la lección aprendida lo que nos permite cambiar para
mejorar la salud y, con ella, la calidad de vida. Cuando
cambiamos el código de lectura de la historia cambiamos
el significado del pasado. Y con ello transformamos
también nuestro presente. Así sanamos la vida pues el
aprender revela el ser y en ese territorio del ser nunca
seremos ya víctimas.
Las enfermedades no nos vienen tanto por lo que nos
pasa como por lo que hacemos de lo que nos pasa. Y cuando
no dejamos pasar lo que pasa nos quedamos congelados
en el pasado y somos refractarios al cambio. Las dificultades
pueden tanto fortalecernos como destruirnos, lo cual
depende de nuestro modo de ser, que es una consecuencia
de nuestra manera de ver. Tal vez no podamos cambiar
el mundo afuera pero lo más importante del mundo, nuestra
participación en él, se renueva si vemos el mundo de
otra manera.
La salud es, como la vida, un proceso constante de cambio
pues, paradójicamente, la integridad del ser sólo es
posible en su permanente transformación. Ser, es ser
en evolución. ¿Y qué cambiamos para sanarnos? Si una
buena parte de lo que llamamos enfermedades son producto
de nuestros hábitos podemos intentar al menos desarrollar
hábitos de vida sanos. Uno de los hábitos más arraigados
del ser humano es verse a sí mismo como una víctima
de las circunstancias. Cuando cambiamos esa manera de
mirarnos se produce el más grande de los milagros: el
de aceptarnos. Y la aceptación abre un espacio al amor
por uno mismo; y ese amor es la verdadera medida de
todo amor. Cuando vemos las estadísticas podemos apreciar
que el principal agente preventivo para todo tipo de
enfermedades es el soporte afectivo. Y ese soporte relacional
está contenido de un modo sencillo en la ley universal
del amor: "...y al prójimo como a ti mismo".
Desde la perspectiva del amor -lo saben todos los adolescentes-
el mundo se ve diferente. En el amor, todo lo vivido
se llena de sentido. El simple hecho de sentirse querido
-lo corroboran multitud de estudios- mejora de tal modo
el pronóstico y la evolución de cualquier enfermedad
que estamos en mora de hacer de nuestra medicina una
genuina expresión de servicio, un movimiento de reverencia
y amor a la vida. Hipócrates decía: "Que tu
alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento".
Pues bien, parodiándole, hoy podríamos también decir:
"Que en toda condición sea tu alimento el amor".
Jorge
Carvajal Posada