El artículo que en esta ocasión
nos ofrece el doctor Jorge Carvajal guarda claves que
no están al alcance de quienes viven aún dormidos o
semidormidos. Somos conscientes. Sin embargo, los lectores
más despiertos podrán encontrar en él una sabiduría
que trasciende el conocimiento médico habitual. Ojalá
que su lectura permita la iluminación, siquiera parcial,
de muchos de ellos.
Leemos. El contraste de los caracteres negros y
la blancura de la página da comienzo a una danza de
fotones entre las letras y el cerebro. Se iluminan claroscuros,
formas y conceptos que buscan luces parecidas, dormidas
en algún lugar del pensamiento. Óxido de titanio para
que lo blanco sea blanco. Pigmentos negros para que
se absorba toda la luz. Todo es, sin embargo, luz: el
blanco, el negro, los ojos que los miran con sus mágicos
pigmentos, los pensamientos y el cerebro.
Porque en el inmenso espectro de la radiación electromagnética,
la banda de la visión se presenta sólo en esa ventana
estrecha de la luz entre el rojo y el azul que apenas
sí alcanza a formar la octava que se extiende aproximadamente
entre los cuatrocientos y los ochocientos nanómetros.
Es precisamente esa, la banda en que la luz puede interactuar
con los electrones, lo que da a la materia su capacidad
de relacionarse. Por debajo de la luz visible, a nivel
de los infrarrojos, el efecto de la radiación electromagnética
se expresa en un aumento del movimiento de átomos y
moléculas que se evidencia en forma de calor; por encima,
a nivel de la radiación ultravioleta de más alta frecuencia,
el efecto sobre los átomos y moléculas es el de la ionización,
con sus daños atómicos irreversibles. En el intervalo
entre estas dos radiaciones, la térmica y la ionizante,
se presenta el colorido, diálogo de la materia con la
luz visible que tiene lugar por la activación de los
mismos electrones de valencia que intervienen en las
reacciones químicas; así, átomos con electrones inestables
sensibles a la de luz de cierta frecuencia y energía
emiten, en presencia de esa luz, una luz de cierta longitud
de onda. Cada reacción química es, literalmente, un
intercambio de luz.
Cuando después de viajar en el espacio durante millones
de años la luz de una estrella llega a la retina, una
cadena de reacciones revela en el cerebro, viva, la
imagen de la estrella que, a lo mejor, ya se ha extinguido.
Por la luz que las moléculas absorben y reflejan se
ha llenado de colores toda la naturaleza. De no ser
por la contaminación con átomos inestables muchas piedras
preciosas serían incoloras; esos átomos dan una emisión
característica al ser activados o excitados y retornar
a su estado fundamental. Así, en los elementos metálicos
de transición (como el hierro, el cromo y el cobre)
y las tierras raras aparecen estados electrónicos excepcionales
con capas internas que albergan electrones desapareados
cuyos estados excitados se sitúan con frecuencia en
el espectro visible y pueden producir una amplia gama
de colores intensos.
Con destellos verdes y rojos, procedentes de unos cuantos
átomos de cromo, el rubí y la esmeralda deslumbran nuestros
ojos; el hierro es el agente de la luz violeta en la
amatista; en las lámparas eléctricas se revelan amarillo,
azul y rojo, los colores que reflejan los gases excitados
del sodio, el mercurio y el neón. Los átomos de cobre
permiten el colorido de la azurita, la turquesa y la
malaquita.
Pintada de pigmentos minerales y vegetales, toda vida
es una antena para almacenar y revelar la luz. Proteínas
sensibles a los infrarrojos activan la germinación de
la semillas. Carotenos que captan el azul guían el tallo
hacia la luz; pigmentos flavonoides revelan en las flores
sus múltiples colores; células espejo crean los iridiscentes
reflejos en las alas de las mariposas. Cada célula es
un plasma electrónico activado sensible a la luz. Órganos,
tejidos y sistemas biológicos son caleidoscopios, olas
en un océano de luz. Dos mil millones de melanocitos
en cada ser humano sintetizan melanina para filtrar
la banda de la fotones que puede iluminar el templo
del cuerpo adentro.
Pero hay un pigmento sutil, esencial a todas las pinturas,
una materia prima pura sensible a las luces visibles
y a las más oscuras. Piel de toda piel. Luz de todos
los colores, lux detrás del lumen de tonos y matices,
y arquetipo de todas las matrices. Es el Alma Una.
LA LUZ QUE EN NUESTRA LUZ
SE MIRA
Cuando sobre las altas
montañas nevadas brilló de nuevo el sol,
un ramo de olivo anunció el final de la tormenta diluviana.
El arco iris alumbró la nueva alianza
y en las tranquilas aguas
la luz se reflejó sobre las flores y las alas.
Con esa sinfonía de policromías infinitas se despertó
la vida
y por las ventanas del arca saltaron todas las semillas.
Allí estaban aún vivas las rayas de las cebras y los
tigres,
y, en los colores de sus plumas, las luminosas guacamayas
volvieron a atrapar los juegos pirotécnicos de las supernovas
más lejanas.
El arco iris pintó con sus matices la materia:
los electrones, heridos por la luz,
encendieron la vida entre el rojo y el azul,
y los átomos ocuparon el corazón de los pigmentos.
En el corazón de la clorofila anidó el magnesio,
en el de la hemoglobina, el hierro;
cromóforos, flavonoides, carotenos,
ocuparon las semillas, los tallos y las flores
que en busca de la luz crecieron.
Los iridóforos, células espejo,
abundaron en peces y reptiles
para que la belleza y variedad del camuflaje
permitiera a la vida defenderse y, a la vez, ser parte
del paisaje.
Con su tinta negra los cefalópodos oscurecieron la senda
de los depredadores.
y la melanina se distribuyó en toda la escala de la
vida
para llevar la luz al interior de cada cuerpo.
La luz se mira en sus reflejos. Luz fluida, luz cristalizada,
luz inerte o viva,
todo es luz que en nuestra luz se mira
con sus infinitos ojos de electrones activados.
Puedes ahora encender la luz oscura que se esconde en
la glucosa
y convertirla en un quantum de ternura.
Puedes alumbrar tu corazón para que en tus ojos brille
el cielo.
Puedes dejar que el sol madure la cosecha de tu tiempo
y dejarte caer, como el fruto maduro que se cae por
su propio peso
para ascender por la luz de tus semillas
al eterno fruto de la luz: la vida.
Jorge
Carvajal Posada