CARTAS AL DIRECTOR: NÚMERO 220 / NOVIEMBRE / 2018

Estimado Director: soy habitual lector de su revista desde hace ya muchos años y me he animado a escribirles por lo desconcertado que me he quedado al leer dos artículos absolutamente contradictorios entre sí publicados en la revista nº 218 del mes de septiembre. Me refiero a la recomendación del Dr. José Luis Cidón Madrigal -por el cual siento una profunda admiración- de limitar el consumo de cereales (incluyendo los integrales y entiendo que en grano y de máxima calidad biológica) de los que en el artículo se llega a decir que “pueden dificultar la circulación sanguínea“. Sin embargo unas páginas más adelante, exactamente en la 55, el Dr. Hiromi Shinya recomienda totalmente su utilización comentando que “no ensucia la sangre con desperdicios y no requiere grandes gastos de energía para digerirse y absorberse“. Hasta ahora comprendía que hay miles de estudios que avalan el consumo de cereales integrales de cultivo ecológico, los cuales han constituido la base de la alimentación de gran parte de la humanidad y de sus poblaciones más longevas y son el fundamento de estilos de vida bien fundamentados como la Macrobiótica. Y la verdad, desconcierta leer opiniones científicas tan radicalmente opuestas. Es por ello que me dirijo a ustedes por si tienen a bien de poner algo de luz en este tema, donde los profesionales debatan hasta el fondo de esta cuestión y saquemos algo en claro, sobre todo cuando existen posturas tan opuestas entre sí. Son miles los profesionales en todo el mundo los que recomiendan una dieta elevada en cereales integrales (sobre todo sin procesar, en grano y de cultivo ecológico), legumbres, verduras, frutas, semillas, frutos secos, aceites de calidad y un poco de producto animal como la mejor dieta para garantizar no solo la salud sino también la sostenibilidad del planeta. Reciba un cordial saludo

Juan José Martín

Antes de la frase que usted cita se explica que Hiromi Shinya desaconseja abiertamente la ingesta de carbohidratos refinados pero no la de “los integrales orgánicos de calidad”. Y recordemos que se llama alimento orgánico, ecológico o biológico al producto agrícola o agroindustrial que se produce sin el uso de pesticidas, herbicidas y fertilizantes artificiales. Pues bien, un cereal integral orgánico es sano cuando no ha sido genéticamente modificado. Algo que hoy es cada vez más difícil de encontrar, especialmente en los casos del trigo y el maíz. Que el maíz actual provoca numerosas disfunciones metabólicas se sabe aunque se ha estudiado menos pero en el caso del trigo el problema es ya enorme. Por eso tanta gente ha dejado de ingerir pan. Es verdad que se venden panes de otros cereales… pero prácticamente todos se hacen mezclándolos con harina de trigo. Desde los de espelta hasta los de chía pasando por los de centeno. Y el trigo actual no tiene nada que ver con el ancestral que se comercializaba en el mundo hace poco más de medio siglo. Lo hemos contado de forma amplia en el reportaje que con el título Los cereales, el pan y la pasta son dañinos publicamos en el nº 180 y puede usted leer en nuestra web en el que -entre otras muchas cosas- explicamos que en su singular libro Cerebro de Pan el conocido neurólogo David Perlmutter llega a decir lo siguiente: “Los cereales modernos están destruyendo silenciosamente tu cerebro. Y cuando digo modernos no me refiero solo a las harinas refinadas, las pastas o el arroz que cargan ya con el estigma que les imponen los enemigos de la obesidad. Me refiero también a todos los cereales que muchos hemos llegado a considerar saludables: el trigo integral, el cereal integral, el multigrano, los siete granos, el grano vivo, el grano molido a la piedra y demás. En pocas palabras, estoy diciendo que uno de nuestros grupos alimenticios esenciales más queridos es en realidad una agrupación terrorista que ataca nuestro órgano más preciado: el cerebro”. Habla pues pésimamente de los cereales modernos, incluidos los integrales. El cardiólogo William Davis publicó por su parte la obra Sin trigo, gracias -en inglés Wheat Belly cuya traducción literal es Barriga de trigo– en la que asegura que el trigo actual puede ser causa de obesidad y patologías cardiovasculares denunciándose en él que el problema no está solo en el gluten porque hay “otras 1.000 proteínas en el trigo que también tienen potencial para provocar respuestas extrañas o inesperadas”. Afirmaciones contrastadas como puede comprobarse leyendo el amplísimo reportaje La intolerancia al pan y a los productos hechos con trigo es cada vez mayor que publicamos en el nº 163, texto en el que explicamos que el 95% del que hoy se consume es un trigo hexaploide cuyo ADN contiene 42 cromosomas, plasticidad genética tan extraordinaria que permite obtener miles de variantes. De hecho contiene ¡seis veces más genes que el genoma humano siendo capaz de producir la friolera de 24.000 proteínas distintas! Por eso puede ser causa de muy diversas patologías… o agravarlas. Entre otras, de celiaquía, obesidad, hipertrigliceridemia, resistencia a la insulina, diabetes tipo II, hipermeabilidad intestinal, autismo, esquizofrenia, hiperactividad y cáncer. En suma, estamos ante un problema difícil de resolver porque no es fácil ya encontrar para hacer mezclas de cereales proveedores de harinas de emmer silvestre, triticale (cereal reforzado que procede del cruzamiento entre trigo y centeno), espelta, einkorn, sanduri y otros trigos salvajes. Es por eso más sencillo consumir pan de alforfón, es decir, de trigo sarraceno. 

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El conocido investigador y cofundador de la organización Cochrane Collaboration, Peter C. Gøtzsche, ha sido expulsado de la misma, decisión tras las que inmediatamente dimitieron otros cuatro miembros de la Junta de Gobierno. Pues bien, con tal motivo Gøtzsche publicó en su blog una Carta Abierta sobre lo sucedido que incluimos de forma excepcional en esta sección dada su importancia y a petición de varios de sus colaboradores. Esta es la traducción que de la misma se nos ha hecho llegar:

Lamento informar de que he sido expulsado del actual equipo de la Junta de Gobierno de Colaboración Cochrane con el voto favorable de 6 de sus 13 miembros. Expulsión sin justificación clara y razonada pues solo se me ha acusado de “desacreditar” a la organización. Es la primera vez en 25 años que un miembro es excluido de Cochrane, acción desproporcionada sin precedentes muy perjudicial para la entidad y los intereses generales de la salud pública. Como resultado y debido a una serie de cuestiones más amplias relacionadas con la inadecuada gobernabilidad de Cochrane contrarios a sus principios y objetivos otros cuatro miembros de la Junta han dimitido. Colaboración Cochrane ha entrado así en un territorio inexplorado de crisis y falta de dirección estratégica. Recuperarse de tan calamitosa situación requeriría disolver el actual Consejo y convocar nuevas elecciones tras un amplio debate participativo sobre la estrategia futura y los criterios que deben presidir la organización pues en solo 24 horas la Junta de Gobierno de Cochrane -de trece miembros- ha perdido a cinco, cuatro de los cuales son directores de centros y miembros clave de la organización en diferentes países.

El equipo central ejecutivo de Cochrane no ha podido activar las salvaguardas adecuadas -no solo técnicas que generalmente son excelentes- para asegurar políticas eficientes en los ámbitos de la epistemología, la ética y la moral. La transparencia, el debate abierto, la crítica y la amplia participación son las herramientas que garantizan disminuir la incertidumbre en las revisiones y mejoran la percepción pública en el proceso científico democrático. Son condiciones y herramientas de las que no se puede prescindir -como ha sucedido recientemente- sin poner en serias dudas el compromiso científico de Cochrane y erosionar la confianza pública en su trabajo. Mi expulsión debería verse en este contexto.

Además ha habido un serio déficit democrático. El papel de la Junta de Gobierno ha sido radicalmente debilitado debido al intenso control del actual equipo central ejecutivo convirtiéndolo cada vez más en una mera instancia testimonial para legitimar propuestas cerradas que no permiten el intercambio de puntos de vista y formular nuevas políticas. En decenas de cuestiones el Consejo solo puede votar sí o no con muy poca oportunidad para enmendar o modificar las propuestas del equipo ejecutivo.

Esta creciente cultura autoritaria y jerárquica así como un modelo de negocio cada vez más comercial impuesto por parte del liderazgo de Cochrane en los últimos años amenazan los objetivos científicos, morales y sociales de la organización. Muchos centros Cochrane han sufrido presiones y sufren por la negativa a dialogar del Director Ejecutivo (CEO). Cuando los responsables de Cochrane alertaron de estas preocupantes tendencias -que afectan negativamente la operatividad y percepción de nuestro trabajo científico- el Nordic Cochrane Centre recibió amenazas y sufrió limitaciones presupuestarias. Muchos de los directores y personal clave de los centros Cochrane más antiguos del mundo han manifestado su desacuerdo sobre cómo interactúan los ejecutivos de las oficinas centrales. A pesar de que el objetivo de tales interacciones debería ser mejorar la calidad de nuestro trabajo el enfoque de mano dura ha creado situaciones conflictivas cuando se plantean nuevas iniciativas científicas, más colaboración abierta y libertad académica. También ha habido críticas internas sobre excesos en la divulgación de revisiones favorables, conflictos de interés y sesgos de algunos comentarios de expertos utilizados por el departamento de traslación del conocimiento de Cochrane.

Además Cochrane da cada vez menos prioridad e importancia a su entorno cívico y a su compromiso político para promover el acceso abierto, la apertura de datos, la transparencia científica, evitar conflictos de interés y, en general, promover un modelo de innovación de interés público. Problemas a mi parecer estrechamente relacionados con la obtención de la “mejor evidencia posible”, uno de los fines de Cochrane. El actual ejecutivo de Cochrane se ha negado incluso a dar públicamente su opinión sobre las nuevas políticas tecnológicas que restringen el acceso a los datos impidiendo cumplir con los objetivos. Hay una clara resistencia a decir algo que pueda molestar a la industria farmacéutica porque la excusa de la falta de tiempo y personal -alrededor de 50- no es creíble. Ha habido igualmente resistencia e inmovilismo por parte del equipo ejecutivo central para mejorar las políticas de conflicto de interés de Cochrane. Hace un año propuse que no hubiera en Cochrane revisores que tuvieran vínculos financieros con empresas relacionadas con el producto revisado y aunque lo apoyaron otros miembros de la Junta la propuesta no prosperó.

Los líderes ejecutivos de Cochrane usan hoy casi siempre términos comerciales -como “marca”, “productos” y “negocio”- que no se corresponden con una red de colaboración científica que comparte valores como cooperación, independencia y apertura.  Para disgusto de muchos líderes senior en Cochrane la palabra Collaboration –que es parte de nuestro nombre- ha sido eliminada de las comunicaciones internas cuando es la que nos distingue de otras entidades científicas en las que la competencia domina los procesos internos. La colaboración, el compromiso social, nuestra independencia de los intereses comerciales y nuestra mutua generosidad es lo que las personas que trabajamos en Cochrane hemos apreciado siempre más y lo que otorga valor añadido a nuestro trabajo.

A menudo se olvida que somos una organización científica cuya supervivencia depende del altruismo de miles de donantes y la contribución de diversos gobiernos de todo el mundo. Contribuimos de forma sustancial a la comprensión e interpretación de la evidencia científica y cuáles son los beneficios y daños de las intervenciones, dispositivos y procedimientos que usa la gente. Nuestro trabajo influye pues en las decisiones políticas que se toman en todo el mundo, desde los protocolos médicos hasta la comercialización de nuevos medicamentos por las agencias reguladoras más importantes. Así que la integridad de Colaboración Cochrane es primordial. Debería enorgullecernos ser proveedores globales de “evidencias fiables” que se fundamentan en valores como la apertura, la transparencia y la colaboración pero en los últimos años Cochrane ha virado significativamente hacia un modelo de negocio que busca obtener beneficios. A pesar de ser una organización sin ánimo de lucro la estrategia de monetizar “marca” y “productos” tiene prioridad sobre la obtención de resultados científicos independientes, éticos y socialmente responsables. De hecho, contraviniendo los fines fundacionales, mi centro y otros nos hemos tenido que enfrentar a numerosos intentos de censura científica y a limitaciones del debate científico -pluralista y abierto- sobre la calidad científica de las revisiones Cochrane que dan cuenta de los beneficios y daños de las distintas intervenciones utilizadas en la práctica médica.

La crisis ética de Colaboración Cochrane fue de hecho lo que me animó a postularme como miembro de la Junta de Gobierno siendo elegido a principios de 2017 con más votos que los otros 11 candidatos, algo que consideré un éxito dado que fui el único que había sido crítico con nuestros líderes. Lamentablemente he sido expulsado por mi “comportamiento” pero la razón oculta es la existencia de una estrategia clara que busca que Cochrane se aleje cada vez más de sus objetivos y fines originales. No se trata pues de una cuestión personal: es un asunto político, científico y moral que tiene que ver con el futuro de Cochrane. Como la mayoría sabe gran parte de mi trabajo no es precisamente favorable a los intereses financieros de la industria farmacéutica y eso ha hecho que Cochrane haya tenido que afrontar presiones, críticas y quejas. Y mi expulsión es el resultado de tal campaña. Lo que está en juego por tanto es la capacidad de lograr evidencias médicas creíbles y fiables, algo que nuestra sociedad valora y necesita.

Peter C. Gøtzsche

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