El Segundo Cerebro


Que en la oficina del estómago está la base de nuestra salud lo hemos oído todos tantas veces –y así lo recordamos en esta misma sección hace apenas dos meses- que ya nadie hace caso cuando se le reitera. “Sí, sí, lo entiendo pero yo quiero saber qué puedo hacer para resolver mi problema de insomnio que no tiene nada que ver con eso”, responden algunos. Y quien dice insomnio dice irritabilidad, ansiedad, excitabilidad, depresión, hiperactividad, mareos, jaquecas, migrañas, fibromialgia, fatiga crónica, sobrepeso, obesidad, estreñimiento, diarrea, problemas cardiovasculares, esclerosis múltiple, cáncer… y así un larguísimo etcétera.“Hombre, no niego que lo que bebemos y comemos pueda influir pero es evidente que no es ésa la causa de mi problema”, añaden otros. ¿Y tienen razón? Pues en la inmensa mayoría de los casos NO. La mayor parte de las llamadas enfermedades están relacionadas con lo que respiramos, bebemos e ingerimos. Y mientras esto no se entienda la gente seguirá sufriendo patologías para las que los médicos solo tienen remedios paliativos porque ellos mismos reconocen desconocer qué las origina; solo hablan de “factores de riesgo”. Pero, ¿qué es un factor de riesgo? Pues todo aquello que parece “asociarse” o estar “relacionado con” una enfermedad? Solo que ambas expresiones se usan intencionadamente con la pretensión de hacer creer que asociación o relación significan “posible causa”. Algo que en la mayoría de las ocasiones es pura falacia. Cuando un investigador dice que ha encontrado un virus en el 60% de quienes padecen una patología la gente piensa que tal virus es pues la causa de esa enfermedad. Por supuesto a él no se le ocurre afirmar tal cosa, sólo deja que los demás lleguen a esa conclusión. De esa forma alguna de las múltiples compañías que viven de engañar a la gente podrá comercializar un fármaco que se promocionará como algo que evita el contagio de ese virus o lo combate eficazmente pero tampoco diciendo que ello previene o cura la patología con la que se ha “asociado” o “relacionado”. Confían en que la gente –y los médicos sobre todo- lleguen a esa falsa conclusión al considerarse el virus un “factor de riesgo”. Eso sí, no pregunten por qué el 40% de los enfermos no está infectado por él ya que en el mejor de los casos se limitarán a responderle que ése es un factor de riesgo… pero puede haber otros. De ahí que la inmensa mayoría de las enfermedades tengan numerosos “factores de riesgo”. Porque cuantos más “factores de riesgo” más fármacos se podrán comercializar para ellos. Y es que la Medicina ortodoxa, convencional o farmacológica ha llegado ya a niveles esperpénticos. Lo demuestra la peregrina aseveración de que hay miles de enfermedades. Hemos pasado en cinco o seis décadas de afirmar que había unas pocas decenas a aseverar que hay tantas que sólo las consideradas “raras” son más de 7.000. Algo que los médicos asumen sin que se les caiga la cara de vergüenza cuando se trata de una mera estrategia de las multinacionales farmacéuticas al llegar a la conclusión de que el negocio se podía ampliar hasta límites insospechados si se convencía a la población –y muy especialmente a los políticos, periodistas, médicos, psiquiatras, biólogos y farmacéuticos- de que cada enfermedad requiere un protocolo de actuación distinto que tratar con fármacos; obviamente no curativos sino paliativos ya que el negocio no está en curar a nadie sino en tenerlo como “cliente” el máximo tiempo posible consumiendo el fármaco que alivie sus síntomas. De ahí que hayamos pasado a tener un catálogo con miles de “enfermedades” que se tratan a su vez con otros tantos miles de fármacos “específicos”. Y tamaña estupidez ha calado de tal manera que es además lo que se considera “científico”. La verdad, sin embargo, es que las causas de todas las llamadas enfermedades son las mismas y, por tanto, deben afrontarse de la misma manera aunque luego pueda coadyuvarse en cada caso individual con productos o terapias más concretas. ¿Y qué provoca las llamadas enfermedades? Pues es simple: los traumas físicos, psíquicos y afectivos que sufrimos, la mala calidad del aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que ingerimos, el calentamiento excesivo de los alimentos al prepararlos –incluyendo el uso de los microondas-, las radiaciones telúricas y electromagnéticas artificiales que nos irradian, los productos tóxicos sintéticos de todo tipo que nos están envenenando, el ensuciamiento del espacio intracelular, la acidificación del organismo, una infección patógena, un sistema inmunitario deficiente o la carencia de alguna vitamina, mineral, aminoácido, enzima, coenzima, ácido graso, azúcar u otro oligoelemento necesario. Por eso para afrontar cualquier enfermedad hay ante todo que evitar los tóxicos –muy especialmente los fármacos- y desintoxicarse a fondo, controlar lo que respiramos, bebemos e ingerimos, no usar prendas sintéticas dañinas, evitar las radiaciones electromagnéticas artificiales y las telúricas, aprender a preparar los alimentos, tomar el sol, hacer ejercicio, descansar suficientemente y afrontar nuestros problemas psicoemocionales. Y cuando es preciso suplementar la dieta ortomolecularmente. Y punto. La idea de que las enfermedades –cuando debería hablarse de enfermedad en singular- se solucionan ingiriendo fármacos es una soberana memez.

José Antonio Campoy
Director