La eficacia de los fármacos ¡en microdosis!


Que cualquier principio activo presente en una planta, un alimento o un fármaco pueda tener, diluido miles de veces, el mismo o mejor resultado terapéutico que sin diluir resulta sorprendente para cualquier médico convencional aunque probablemente no se lo parecerá tanto a quien ha ejercido o conoce la Homeopatía. A fin de cuentas ésta se fundamenta en el descubrimiento hecho hace ahora algo más dos siglos por el médico alemán Samuel Hahnemann quien además de constatar que efectivamente una sustancia enormemente diluida puede resultar terapéuticamente eficaz planteó el famoso principio "similia similibus curantur" (las cosas similares se curan con cosas similares) que dio lugar a un nuevo planteamiento del arte de curar ya que postulaba lo contrario de la Medicina alopática u ortodoxa que se caracteriza por curar proporcionando fármacos de efectos contrarios a los síntomas que presenta el enfermo. Sin embargo, lo que ahora deja perplejos a unos y otros es que también los fármacos convencionales parecen ser eficaces diluidos y dinamizados al estilo homeopático. Es decir, que en dosis entre mil y quince mil veces menores –las dosis homeopáticas pueden ser aún mucho más bajas- son también eficaces. Con la ventaja de que prácticamente carecen casi –como los homeopáticos- de efectos secundarios. Y eso ya supone un auténtica revolución. ¿Y cómo es eso posible? Pues al parecer porque quien en su momento postuló este método, el médico mexicano E ugenio Martínez Bravo, decidió utilizar para hacer llegar la información al órgano que controla todo el organismo, el cerebro, una vía mucho más directa que la que implica ingerir los medicamentos (boca-estómago-duodeno-porta-hígado-circulación general) y que es la de receptores neurosensoriales-hipotálamo-corteza cerebral-sistema neurovegetativo. En otras palabras, instilando el producto diluido en las terminales neurosensoriales de la lengua para que éstas lleven directamente la información del fármaco hasta el hipotálamo desde donde luego se transmite a los órganos y tejidos mediante el sistema nervioso vegetativo logrando así su acción terapéutica. Piénsese que la razón de que las dosis de los fármacos sean tan altas es que en general éstos están elaborados con sustancias ajenas al organismo y muchas veces tóxicas por lo que éste intenta habitualmente destruirlas y es preciso asegurarse de que al menos parte llega hasta donde se necesita. Lo singular es que la idea probablemente la tomó el médico mexicano -como bien plantea nuestro compañero Antonio Muro en el excelente reportaje que publica en este número donde explica ampliamente lo que aquí adelanto- de la llamada Medicina Dosimétrica formulada en el siglo XIX por el médico y biólogo belga Adolph Burggraeve quien la enseñaría luego en España siendo aquí donde seguramente la conocería el abuelo de Martínez Bravo, también médico y homeópata, que probablemente fue quien se llevó esos conocimientos a México. El caso es que sea el mecanismo de acción por el que las microdosis funcionan el descrito por el médico mexicano u otro aún por descubrir lo que de verdad es de sumo interés es que parece funcionar y abre un mundo de posibilidades enorme a los médicos alópatas. Y a los pacientes porque evitarán el principal problema de los medicamentos: sus interacciones y efectos adversos. No estamos en cambio tan seguros de que beneficie algún día a los estados porque si algún día las multinacionales farmacéuticas tomaran el control de los medicamentos en microdosis estamos persuadidos de que se las arreglarán con cualquier argucia para cobrar por el mismo fármaco que hoy venden diez veces más aunque contenga una diezmilésima parte del producto. A fin de cuentas todos los precios de los fármacos actuales son políticos, no tienen absolutamente nada que ver con su coste, infinitamente menor en todos los casos. En fin, ojalá que la información que en esta ocasión ofrecemos haga que los médicos la constaten, prueben sus beneficios y si ven que funciona la terminen imponiendo. Porque esta vez sí está a su alcance hacerlo.


José Antonio Campoy