Los alimentos ricos en potasio reducen el riesgo cardiovascular

Los alimentos ricos en potasio disminuyen el riesgo de que el calcio se deposite en los vasos sanguíneos previniendo el desarrollo de aterosclerosis; así lo indica al menos un equipo de la Universidad de Alabama de Birmingham (EEUU) coordinado por Yabing Chen en un trabajo que acaba de publicarse en JCI Insight. Los investigadores manipularon una serie de ratones para que carecieran de la apolipoproteína E (ApoE) -proteína de 299 aminoácidos que transporta lipoproteínas, vitaminas liposolubles y colesterol hacia el sistema linfático y luego a la sangre- y constataron tras alimentarlos con una dieta rica en grasas que presentaban mayor calcificación en arterias y venas así como rigidez de la aorta aquellos a los que se privó de potasio. Lo que no ocurrió con quienes ingirieron simultáneamente grasas y alimentos ricos en este mineral.

No entendiendo bien el mecanismo por el que así ocurre los investigadores hicieron entonces un segundo experimento para evaluarlo in vitro comprobando que el déficit de potasio incrementa la cantidad de calcio intracelular en las células musculares lisas del endotelio vascular activándose mediadores como la proteína quinasa C y, sobre todo, la proteína CREB, implicada en la promoción de la autofagia celular, proceso que juega un papel fundamental en la calcificación de los vasos sanguíneos.

Cabe añadir que el potasio se encuentra en numerosos alimentos que citamos por orden decreciente en función de su cantidad: algas, cacao puro, ciruelas pasas, orejones, almendras, nueces, pistachos, espinacas, acelgas, aguacates, plátano, brócoli, col, patatas y cardo.

Eso sí, recuerde que la necesidad de potasio -entre 1,8 y 5,5 miligramos diarios- puede aumentar si consumimos muchos alimentos salados o abusamos de la sal de mesa; de hecho por eso han empezado a comercializarse sazonadores bajos en este mineral. Y es que el equilibrio sodio/potasio es fundamental y si se rompe puede dar lugar a numerosas patologías, incluidas las cardiovasculares, las renales, las hepáticas y, por supuesto, la hipertensión. Y la única manera de controlar ese equilibrio con seguridad es restringiendo su consumo, especialmente la sal de mesa ya que es mero cloruro sódico -al que a veces se agrega yodo- pero también el de la sal marina y el de la sal de roca de las minas terrestres -como la famosa Sal del Himalaya- porque si bien es verdad que éstas dos últimas contienen los 84 elementos necesarios en la proporción exacta que el organismo necesita para la subsistencia tienen una alta cantidad de sodio.

Debe entenderse que el cuerpo necesita 23 gramos de “agua” por cada gramo de cloruro sódico que no es capaz de expulsar… pero de “agua celular”. Es decir, el cuerpo se ve obligado a sacrificar el agua de las células a fin de evitar el efecto negativo del cloruro sódico. Y eso hace que mueran millones de células deshidratadas con lo que, además, se forma tejido muerto que también hay que eliminar. Por eso el consumo excesivo de sodio provoca la formación de edemas y tejido acuoso con exceso de ácido siendo asimismo causa de celulitis e hipertensión. A veces llega incluso un momento en el que el cuerpo ya no puede dedicar a esa labor de desintoxicación más agua celular y utiliza otra vía para resolver el problema: su cristalización en huesos y articulaciones. Es más, los aminoácidos se unen con el cloruro sódico y se depositan en forma de cristales de ácido úrico dando lugar a la formación de piedras renales y de vesícula así como a la artritis, la artrosis y las enfermedades reumáticas.

Hoy sabemos que al ser humano le bastan 0,2 gramos al día para tener cubiertas sus necesidades de sodio y sin embargo en Occidente el consumo medio diario de sal por persona está entre 12 y 20 gramos; asunto peliagudo porque la ingesta de 40 gramos de golpe puede hasta provocar la muerte. A lo que cabe añadir el hecho de que nuestro cuerpo sólo tiene capacidad para eliminar entre 5 y 7 gramos diarios de cloruro sódico (depende de la edad, constitución y sexo) y por eso los órganos de eliminación de quien consume habitualmente sal –e incluimos los alimentos salados- están constantemente sobrecargados.

De ahí que la industria alimentaria lleve décadas buscando alternativas aceptables y que, como contamos ya en su día en estas mismas páginas, un laboratorio español desarrollara con el asesoramiento del Grupo de Investigación en Tecnología Alimentaria de la Universidad de Murcia un sazonador elaborado con una combinación equilibrada de ingredientes minerales que fue sometido a controles de calidad mediante análisis por cromatografía ICP y potenciometría a fin de establecer un contenido concreto de carbonatos y bicarbonatos y asegurarse de que posee un pH alcalino y una alta conductividad eléctrica. Bautizado como Salcalina contiene gran variedad de nutrientes y oligoelementos esenciales pero su principal característica es su contenido reducido en sodio y su riqueza en calcio y potasio. Y ello implica que su sustitución por toda sal rica en sodio contribuye a mantener una tensión arterial normal y a reducir las pérdidas de calcio urinario. Además contiene la cantidad de calcio necesaria para optimizar la relación con el fósforo, nutriente muy abundante en los alimentos del que difícilmente hay carencias; de hecho está presente en las colas, refrescos y muchos aditivos alimentarios. Y lo más llamativo: es un producto alcalino. Cada gramo disuelto en 250 ml de agua produce 390,4 mg/l de HCO3– (ion bicarbonato) obteniéndose así un pH de 9. Además el bicarbonato contribuye a alcalinizar la orina lo que supone una ventaja nutricional cuando se consumen alimentos proteicos porque el consumo excesivo de proteínas también tiene efecto acidificante. Queda añadir que para su correcta absorción es indispensable que la ingesta de potasio se acompañe de vitamina B6 y magnesio.