Michael Young: “Dormir poco acorta la vida”

Michael Young, premio Nobel de Medicina en 2017 por sus investigaciones sobre el funcionamiento del ritmo circadiano junto a Jeffrey Hall y Michael Rosbash es contundente: “Dormir poco acorta la vida”. Y es que según explica es durante la noche cuando se ponen en marcha todos los procesos naturales de reparación del organismo porque así lo determinan los ciclos circadianos, los ritmos biológicos impresos en células, tejidos y órganos. “Todo depende de ellos. En el cerebro son responsables de los ciclos de sueño y vigilia, en el hígado ayudan a digerir correctamente la comida convirtiéndola en energía o almacenándola según la hora del día en que se come y en el páncreas aseguran la producción de insulina en el momento correcto para controlar el nivel de glucosa en sangre. Y lo mismo pasa en todo el cuerpo. Hay que vivir de acuerdo a los ciclos biológicos o el cuerpo estará en constante desarmonía”.

Y añade: “La falta de sueño reduce la duración de la vida; hay pues que descubrir por qué y cuáles son sus funciones reales”. En cuanto al tiempo necesario Young recomienda dormir siete horas como norma general aunque eso depende de factores como la edad, la actividad, la genética y el estado de salud de cada persona.

Está constatado que no dormir bien y de forma suficiente afecta a la capacidad cognitiva al hacer que nuestras neuronas no se comuniquen bien entre sí y suframos lapsus mentales de memoria e incluso problemas de percepción visual. Lo comprobó un equipo de la Universidad de California-Los Ángeles (UCLA) coordinado por Itzhak Fried tras hacer permanecer despiertos toda una noche a 12 epilépticos para provocarles convulsiones mientras monitorizaban sus cerebros centrándose especialmente en el lóbulo temporal que es la zona que regula la memoria y la percepción visual. ¿El resultado? A medida que el sueño les vencía las neuronas respondían más lentamente, disminuía la velocidad de las sinapsis y, por ende, la capacidad para codificar información. En pocas palabras, el cerebro necesitaba más tiempo para registrar lo que percibía. Es más, se detectó que las ondas cerebrales también se ralentizaban. Los investigadores comentarían que la falta de sueño ejerce un efecto similar al que se da en el cerebro cuando se bebe demasiado alcohol.