Cómo alcanzar la felicidad

¿QUÉ ES ANATHEÓRESIS?

Creada por el investigador español Joaquín Grau tras más de 25 años de experiencia, Anatheóresis es una terapia basada en postulados científicos ampliamente comprobados experimentalmente que tiene sus fundamentos en los distintos ritmos cerebrales que condicionan nuestra percepción en el transcurso de nuestra fase de crecimiento desde el momento en que somos concebidos hasta los siete-doce años, cuando la frecuencia cerebral del ser humano es ya de ritmos beta maduros. De ahí que Anatheóresis permita al paciente revivir las causas emocionales profundas que alimentan su enfermedad. Casi siempre «daños» que tienen sus raíces en el transcurso de la gestación y/o en el nacimiento. En otras palabras, Anatheóresis se basa en la constatación experimental de que todos los sentimientos y experiencias negativas vivenciadas durante la gestación y a lo largo de los primeros años de vida infantil -hasta los siete o doce años según las personas- nos «marcan» de tal manera que la mayoría de las llamadas enfermedades que nos aquejan luego siendo adultos tienen su origen en ellas. Y que es disolviendo energéticamente -mediante el recuerdo, vivenciación y comprensión de ese problema olvidado pero grabado en nuestro subconsciente- como podemos tratar nuestras dolencias actuales. Independientemente de que a las mismas, a esa somatización física de un problema psicológico, la Medicina las catalogue como diabetes, cáncer o hepatitis. Porque, para la Anatheóresis, la causa de esas llamadas enfermedades no es siempre la misma y hay que buscar en cada caso individual la razón de su manifestación física.

¿CÓMO ACTÚA ANATHEÓRESIS?

Obviamente, por ser una terapia psicológica Anatheóresis no utiliza fármacos. Se sirve tan sólo de un estado de conciencia especial denominado IERA (Inducción al Estado Regresivo Anatheorético) que equivale a una simple relajación en la que el paciente no pierde la consciencia pero que le permite acceder a sus recuerdos más profundos, generalmente «enterrados» en el subconsciente. Es más, durante la misma se mantiene perfectamente lúcido siendo en todo momento dueño de sus actos.

LA EFICACIA DE LA TERAPIA ANATHEORÉTICA

El estado IERA -aún siendo una simple relajación- supone una inmersión a unos niveles de consciencia -concretamente a 4 hertzios o ciclos por segundo- que permite borrar en el enfermo -mediante el diálogo adecuado- las causas remotas y originarias de su enfermedad. De ahí que Anatheóresis sea sumamente eficaz en todo tipo de enfermedades -no sólo en las denominadas psicológicas o mentales-, tratándose de una psicoterapia especialmente rápida en cuanto a sus resultados que además no comporta peligro alguno.

CÓMO ALCANZAR LA FELICIDAD

No quisiera que los lectores de esta sección entendieran que Anatheóresis es sólo una terapia. Porque en realidad se trata de una forma distinta de ver y entender la vida. Una forma que, indudablemente, puede hacernos más felices. Así lo expliqué durante el I Congreso Internacional sobre la Felicidad que, organizado por el Instituto de Estudios de los Nuevos Paradigmas,  se celebró el pasado año en Madrid. Y así me gustaría que lo entendieran los lectores, para quienes transcribo hoy mis palabras de entonces.

Al bajar de la avioneta lo primero que hicieron fue bajarme los pantalones y comprobar, con una inspección visual muy completa, si mis genitales eran como los suyos. Ni que decir tiene que quienes eso hicieron fueron hombres. Y aun cuando yo no suelo -ni creo poder- presumir de desmesuras, la verdad es que por sus miradas y gestos comprendí que había salido aprobado de esa inspección. Y así fue como entré en el Paleolítico Inferior-Medio.

Concretamente, me había jugado la vida recorriendo cientos de kilómetros por encima de la selva ecuatoriana meridional con una avioneta que, de hélice a cola, no medía más de cuatro metros y al aterrizar había retrocedido unos 20.000 años en el tiempo toda vez que el lugar de destino, al fin hallado, era una tribu amazónica que no conocía al hombre blanco. Y allí me encontré con que, al parecer, lo único que les preocupaba eran mis genitales.

Ahora bien, teniendo en cuenta que esa tribu pertenecía a una etnia especialmente temida por todos, tan temida que es conocida con el nombre de aucas -que en quéchua significa salvajes asesinos- y teniendo en cuenta también que Quento -quien había hecho posible el que llegara allí- ya indicó antes de emprender el viaje que no había ninguna seguridad de que saliéramos con vida, y teniendo en cuenta, asimismo, que la forma de matar de los aucas es enterrar vivo a todo aquel que consideran su enemigo, claro está que llegué a aceptar como mal menor el hecho de haber podido caer en una tribu de pederastas. Así que mi saludo fue una sonrisa, un guaponé. Palabra auca que me había enseñado Quento y significaba «bueno», «bonitos»… O sea, una frase de aprobación y hasta de complacencia.

Pues bien, aquellos supuestos bárbaros resultaron ser unos tipos encantadores. Muy divertidos. ¿Y cómo no serlo si vivían en el más completo y lúdico de los ocios?
Porque, para empezar, los aucas no tienen que preocuparse de si tienen dinero o no para gastar en ropa. Ni siquiera en si van o no a la moda. Su vestido es su piel. Y a lo sumo ese adorno, el come, el hilo de algodón que les rodea la cintura. Y que, además, hasta resulta útil a los hombres. Aunque no acabé de saber cuál era la utilidad de llevar así… lo que puede el lector ver en una de las fotos.

Pero la pregunta es, ¿qué necesidad tienen de cubrirse si allí, en la zona de Pastaza, en la zona de selva que era su hábitat, la ropa no sólo se pudre en unas pocas semanas sino que también es un foco de enfermedades?

Y lo mismo que no precisan gastar en ropa, tampoco tienen problema con la comida, la vivienda, los útiles de limpieza…

Esta es la selva auca. Es decir, agua corriente de sobra, material para fabricar una choza -lo que hacen en poco más de un día-, para tejer una hamaca, frutos, pesca, caza… O sea, una despensa al alcance de la mano. Una gran despensa porque una tribu auca nunca se compone de más de cuarenta personas que cuentan como mínimo con veinte kilómetros cuadrados de selva. Así que de trabajar, nada. Salen a cazar cuando quieren, como quieren… y si quieren. Así que son los patronos de sí mismos y su trabajo consiste en lo que nosotros consideramos un hobby. Y además, un hobby casi totalmente carente de riesgos porque, no nos engañemos, hay más peligros en la calle de una ciudad que en la selva.

Y olvídense de la necesidad de declarar a Hacienda, de obedecer a cualquiera que lleve una gorra y se autodeclare autoridad. Nada. Ni jefe tienen. Nadie manda sobre nadie. Y nadie monopoliza la información. Allí no hay CIA, ni CESID, ni KGB.

Concretamente, cuando un auca vuelve de una jornada de caza cuenta a todos dónde hay caza, cómo ha cazado, etc. De manera que informa a todos de cuanto necesitan conocer para sobrevivir. Y nunca miente al informar. Además, la información que da puede ser utilizada por los demás. O sea, la perfecta comunicación. Porque nosotros tenemos muchos medios de información pero no toda la información que necesitamos y la que recibimos está siempre intoxicada, aparte de que no la podemos utilizar. ¿Qué puedo hacer yo si, en nombre de la seguridad del Estado, me acotan el huerto y lo declaran zona de defensa atómica?

¿Y los niños? Pues son seres felices. Poco menos de tres años pegados a la piel de la madre con el depósito de leche a su lado y luego, ya en el suelo, sin tener que ir a la escuela y con un recreo de todo el día. A fin de cuentas, cuanto tienen que aprender, que es pescar y cazar, lo aprenden de la manera más divertida. Sencillamente, pescando y cazando. Y antes, escuchando como quien escucha en el teatro a un actor; o sea, al adulto que al llegar de cazar cuenta, excitado y gesticulante, cómo lo ha hecho.

¿Y entonces los aucas qué hacen? Pues, simplemente, vivir en el ocio. Se bañan… y juegan, juegan y juegan. Su vida es un juego constante. Y el juego, aun siendo juego, es más que juego. Así, jugando, niños y adultos van sabiendo quién es el más fuerte, quién el más hábil, quién el mejor estratega… Pero nadie compite con nadie. Y nadie presume de fuerte o de hábil. Simplemente eso se sabe y si un día la fuerza o la habilidad son necesarias los demás saben quién está especialmente dotado para dar respuesta a esa necesidad. Porque ya he dicho que no hay un jefe. Hay una tribu constituida por seres libres. Seres libres que saben en lo más íntimo de su ser que a lo único a que están obligados es a asegurar la supervivencia de la propia tribu.

Por eso la mujer es especialmente apreciada. Elos saben, a su manera, que diez mujeres y un hombre son diez hijos. En tanto que diez hombres y una mujer son un hijo. Así que saben perfectamente que es la mujer la que asegura, en definitiva, la supervivencia de la tribu. De ahí que preserven en todo momento la vida de las mujeres.
No hay escuelas, no hay jefe, no hay que trabajar, la comida está al alcance de la mano, se bañan, ríen, juegan… y se están tocando todo el día. Como larvas. Se buscan los jejé, se abrazan… Todo es efusivo, lleno de afectividad.

Puedo asegurar que nunca me he sentido tan aceptado y querido como cuando estuve con ellos. Aún siento sus manos acariciantes, exentas de toda connotación sexual pero repletas de amor, intentando resolver mi problema de piojos y jejé. Recorriéndome cabeza y espalda… Y esos despertares en los que nada más abrir los ojos en la hamaca y ya tenía a tres o cuatro grandes guerreros abrazándome contentos, felices de que fuera a pasar un día más junto a ellos, como si despertar a un nuevo día fuera un milagro que había que celebrar. En definitiva, allí hasta los árboles son amigos porque son árboles concretos, no la idea de un árbol.

Allí lo único raro era yo. Tomando notas, vistiendo un pijama a causa del frío por la noche y al amanecer…

En suma, viví con unos llamados salvajes que eran más libres que nosotros, que carecían de miedos, que no competían entre sí, que, en definitiva, habían hecho de su mundo un mundo lúdico, integrado entre sí y con la selva, un mundo en el que jugar era todo cuanto había que hacer. Un mundo muy distinto al nuestro. Creo que más feliz que el nuestro. Y la prueba está en que ni casi enfermedades tienen. Precisamente en el año 1983 el Club de Exploradores de Nueva York patrocinó una expedición médica a la Amazonia para intentar descubrir la razón por la que los aucas no padecen cáncer, ni enfermedades cardiacas, ni estrés… En definitiva, una expedición de idiotas. Porque hay que ser muy idiota para no comprender que este tipo de enfermedades son enfermedades generadas por nuestra forma de vivir.

Y si así es, ¿por qué somos tan necios como para vivir así, en un caldo de cultivo patológico?

Hay un libro muy leído que afirma que eso se debió al empeño que una mujer puso en que su compañero de Paraíso le hincase el diente a la manzana que le estaba ofreciendo. Y yo no sé si fue exactamente así pero lo que sí sé es que después de comerse la manzana -fuera lo que fuese la manzana- ambos se sintieron desnudos, inermes, muy distintos a como se habían sentido hasta entonces. O sea, supieron que el otro y el entorno ya no eran ellos, habían dejado su condición de andróginos para entrar en la dualidad. Eran uno que se sentía serlo todo y luego estaba lo demás. Incluido en lo demás hasta al mismo Dios. Por eso éste tuvo que anunciarles que habían perdido el Paraíso y que en lo sucesivo iban a vivir en la sangre, el sudor y las lágrimas de quienes, por sentirse distintos del entorno, acaban creyéndose iguales a Dios.
Lo que había ocurrido, sencillamente, era que por causa de la manzana evolutiva la frecuencia de nuestros ritmos cerebrales sobrepasaron los 14 hertzios, lo que significa que atravesamos la frontera de los ritmos bajos para entrar en la objetividad racional.

Los lectores saben que en la filogénesis de la vida lo primero fue una especie de memoria celular que devino luego en el frío cerebro reptiliano. Casi simple ataque y defensa, casi simple movilidad. Para pasar luego al cerebro límbico, capaz ya de sentir el calor del afecto, de la unión tribal. Acabando, al fin, en un neocórtex que distingue, por ahora, los últimos pasos de la evolución protoplasmática en cuyo pináculo se encuentra -para bien o para mal- el hombre dual que nosotros somos.

Para hacerlo más fácil transcribo un aforismo milenario chino que dice que la Vida, que es la Inteligencia, duerme en la piedra, sueña en la planta, despierta en el animal y sabe que está despierta en el hombre.

Pero lo que importa es que después de comer la manzana quedamos tan prendidos en nuestro cerebro pensante -el llamado Hemisferio Cerebral Izquierdo- que no sólo olvidamos que teníamos un cerebro sensorial y afectivo -el llamado Hemisferio Cerebral Derecho- sino que incluso llegamos a repudiarlo porque lo consideramos arcaico, propio de seres inferiores. Y así, ahora vamos por el mundo con dos cerebros que no sólo se desconocen sino que incluso viven enfrentados. Son, generalizando, el cerebro auca y nuestro cerebro occidental.

Los aucas, que aun con hemisferio cerebral izquierdo siguen básicamente las pautas de comportamiento del hemisferio cerebral derecho, viven inmersos en el entorno. La selva no es para ellos un lugar inhóspito sino un gran claustro materno en el que se sienten protegidos. Un útero, en definitiva, que les da cuanto necesitan. Un útero en el que no hay entelequias sino cosas concretas. Así, un árbol es algo vivo, algo que da sombra y fruto, algo que se puede tocar y hasta amar.

Nosotros, no. Nosotros nos hemos segregado del entorno. La Naturaleza no es ya el útero de nuestra madre sino un enemigo al que hay que combatir. O, en el mejor de los casos, mejorar. Porque claro está que en el entorno -eso que ya no consideramos forme parte de nosotros- hay peligros y dolor. Así que vamos a quitar los árboles de la selva que están mal puestos y estorban. Además, detrás de ellos puede haber un enemigo. Así que vamos a quitarlos y a hacer carreteras rectas, geométricas, que eso sí que está de acuerdo con nuestro cerebro pensante. Y luego ya pondremos semáforos y guardias. Porque no va a ir uno por ahí sin sentirse seguro.

Y es que todo empezó así. El cerebro razonador creó el concepto y de lo que se puede tocar y sentir pasamos a lo que se puede pensar y modificar; es decir, de lo concreto pasamos a lo abstracto. Y de esa manera creamos el concepto árbol, el concepto río, el concepto cualquier cosa. Sólo que el árbol concreto, el árbol auca, me da sombra y frutos, y el árbol conceptual, nuestro árbol, es sólo un pensamiento de árbol y es, por tanto, un árbol sin sombra ni frutos. Al igual que el pensamiento abstracto río no es un río en el que pueda pescar y en el que me pueda bañar. Y de esta manera, confundiendo el mundo mental con el mundo concreto, real, hemos llegado a la aberración de que más de un hombre se siente excitado con unas simples medias: 60-90-60. Ya saben Miss Mundo, la mujer perfecta. Y esto es algo que me permite no gastar en Viagra porque esos sólos números me excitan mentalmente y mentalmente -sólo mentalmente- me permiten copular con esa mujer no tangible pero perfecta. Impoluta, además, y sin acné, que las imágenes mentales están exentas de esas impurezas.

Pero hay más: ese cerebro izquierdo es cuantitativo, moraliza y, entre otras barbaridades, es unidimensional, lo que significa que no sólo crea el concepto de finalidad sino que crea también el tiempo. Y así, el humano que un día fue auca y vivió sin el temor de un mañana, ahora, que sabe ya que sí habrá un mañana, teme que la comida se agote y que ese día de mañana pueda pasar hambre. Así que el que fue auca empieza ahora a asegurarse el alimento de mañana apropiándose de un cacho de tierra que empieza a cultivar, domestica animales que retiene en su poder, acota tramos de río para asegurarse la pesca… Y de eso a la tarjeta de crédito, al seguro de vida, al empleo fijo y a los bancos que me prestan -o no- el dinero que yo mismo he puesto en ellos no ha habido más que un paso.

Nos movemos en el mundo irreal del pensamiento racional. Que irracional es nuestro cerebro razonador. Porque ese cerebro razonador, magnífico en sí mismo pero al que hemos cometido el error de sacralizar, es el que ahora, por haberlo sacralizado y creer que no hay más forma de realidad que la que él percibe, nos está impidiendo vivir la auténtica vida, la que se puede tocar y sentir.

Y así, buscamos la felicidad donde no está. La buscamos en el dinero; en la simple acumulación de dinero, no en lo que podemos obtener con ese dinero. Y nos pasamos la vida trabajando para tener dinero sin que nos quede tiempo para disfrutarlo. En realidad es que no queremos gastarlo, lo que queremos es ahorrarlo porque si mañana… El miedo al mañana. Cuando en el mañana no habrá más que nuestra muerte y unos herederos que, si son inteligentes, disfrutarán de nuestro dinero.

Y seguimos así, pidiendo conceptos que no pueden hacernos felices. Por ejemplo, yo sé de algunos que piden trabajo. Y no se dan cuenta de que el trabajo es un castigo divino. Además, todos sabemos -y si no lo sabemos es que somos tontos- que el dinero no se obtiene trabajando; que, por el contrario, si perdemos el tiempo trabajando no nos queda tiempo para ganar dinero.

Pedimos conceptos, cosas que no son reales. No pedimos vida, pedimos sobrevivir. Siempre el cerebro izquierdo cuantificador. Consideramos que vivir muchos años, aunque sea en una silla de ruedas, es mejor que vivir menos años pero disfrutando de la vida.

Más todavía, hemos creado una moral que nos ahoga. Todo el mundo se empeña -clérigos y no clérigos- en hacernos culpables de algo. Incluso nos culpan si nos ven disfrutar de la vida. Y todo porque quienes nos culpan son incapaces de enfrentar la vida, de vivirla. Que vivir, vivir auténticamente, sin miedos, es a fin de cuentas nuestra finalidad. No ir enredando por ahí intentando salvar a otros. Salvarlos de no se sabe qué. Supongo que de lo que temen ellos, no los demás.

Hemos llegado a una vida tan mental, tan aberrante, que pedimos lo que no se puede obtener. Pedimos felicidad. ¿Cómo podemos ser eso que llamamos felicidad si es sólo una palabra, un concepto? Pedir la felicidad es tanto como pedir un árbol que no puede dar frutos, ni sombra o un río en el que no podemos pescar ni bañarnos.
Y, además, ¿por qué pedimos? ¿Quién nos lo tiene que dar? Si ya nos lo han dado. La vida -y si queréis llamad a eso felicidad- está ya con nosotros. Es eso que llamamos el mundo cualitativo del hemisferio cerebral derecho.

Tenemos un cuerpo, tenemos manos. ¿Por qué no acariciamos, por qué no tocamos y sentimos? Tenemos un mundo amplio, inacabable, lleno de luz y vida. ¿Por qué, pues, nos mantenemos en un mismo lugar, en una misma casa, quizás sombría, sin sol?

Tenemos niños fuera y tenemos un niño -el niño que fuimos- dentro de nosotros. ¿Por qué no nos permitimos volver a ser esos niños -los de fuera y el de dentro, que son el mismo niño- jugando con ellos, como ellos?

Tenemos un hoy eterno porque siempre es hoy. No hay un mañana. El mañana es sólo una sombra de la mente. La vida sólo puede vivir el hoy que es hoy y en el hoy que será mañana. ¿Por qué, pues, no vivimos hoy en lugar de vivir para un mañana que no existe?

Sí, ya sé que también existe el miedo. Soy precisamente creador de una terapia –Anatheóresis– que explica eso. Que explica cómo nos alimentamos de miedo ya en el útero de nuestra madre. Pero eso es superable. Y más lo sería si supiéramos vivir. Si aceptáramos que la vida es calidad, es sentimiento. Y que no hay seguridad. Que debemos aceptar que sólo la inseguridad es segura. Así que dejaos llevar. Fluid con la vida.

¿Se acuerda el lector del antiguo cuento de la rana? ¿De aquel poblado de batracios que vivía en el lecho de un río luchando día y noche por permanecer asido a las rocas y a la vegetación submarina, temeroso de que la corriente se lo llevara? Porque eso, ser arrastrados por la corriente, entendían los batracios era la muerte. Y allí estaban, viviendo -muriendo- con su estrés de ranas submarinas, con su constante temor a ser arrastradas por la corriente del río de la vida. Pero hubo una rana que pensó: «Estar aquí todo el día ocupada en el esfuerzo de que no se me lleve la corriente es peor que estar muerta. Así que no pierdo nada arriesgando mi vida. Además, quien ha hecho la roca ha hecho también el río y si la roca nos protege, ¿por qué ha de dañarnos la corriente del río».

Y esa fue la rana que emergió de los fondos submarinos y no sólo gozó de una nueva forma de existencia al salir a la superficie sino que, además, alcanzó el mar, donde se transformó en gaviota. Y ya en el aire, desde la altura de vuelo de una gaviota, vio que no hay un río y un mar sino que río y mar son sólo dos nombres distintos de una misma cosa siempre unida.

Sí, ya sé que desprenderse de la roca a la que estamos agarrados es arriesgarnos a vivir sin asideros. Pero así es la vida: no hay asideros. La vida es flujo y reflujo, simple fluir.

Para qué seguir… Así es la vida. Por eso es imposible encontrar eso que llamamos felicidad en el simple pensamiento de felicidad. Aferrarnos a los conceptos es condenarse a no vivir. Porque los pensamientos pueden ayudarnos a vivir pero en sí mismos no son vida. Seámos pues aucas sin dejar de ser racionales. Desnudémonos, sintamos el placer del contacto de otro cuerpo desnudo y pensemos en lo deseable y gratificante que es. No lo estropeemos con pensamientos de culpabilidad. Unamos cuerpo y mente. No digamos «pienso, luego existo». Eso lo dijo un señor llamado Descartes que nunca supo qué era la vida. Nosotros digamos: «Existo, luego siento y pienso». Y eso es todo cuanto tengo y cuanto puedo y quiero tener.

Todas las culturas, aun las más antiguas, sabían que ese sentir y pensar, que ese dejarse fluir con la vida, era la Vía Sacra de la Felicidad. En Delfos, en la Antigua Grecia, cuatro siglos antes de Jesucristo, había una muy concreta y expresa Vía Sacra de la Sabiduría que era una vía iniciática que llevaba al Templo de Apolo donde profetizaba la pitonisa. Y se decía que quien, al recorrerla, comprobaba que cumplía todos los aforismos inscritos en los templos no tenía por qué preguntar ya al oráculo porque si cumplía con esos aforimos probaba que todas las respuestas estaban ya en él, en su vida. Que había alcanzado la sabiduría y, con ella, la felicidad.

Y esos aforimos eran:

  • 1. Conócete a tí mismo. Porque si te conoces en profundidad conoces a los dioses. Porque Dios -en este caso, Apolo, la Luz- habita dentro de nosotros.
  • 2. Todo fluye. Todo va y viene. Nada se detiene. Todo es continuo cambio.
  • 3. Aprovecha el tiempo. Porque el tiempo es nuestro mayor bien pero puede ser también nuestro mayor mal. La felicidad depende de lo que hagamos en y con el tiempo.
  • 4. Todo es vanidad. O sea, no olvidemos que todo surge de nuestro ego. Que todo tiende a alimentar nuestra propia satisfacción. Ya sea amar, sacrificarnos o intentar ayudar a los demás.
  • 5. Rompe la acción con pausas. Y dedica esas pausas al ocio, a un ocio enriquecedor. Porque esas pausas son las que justifican toda acción.
  • 6. Nada con exceso. Un aforismo que iba especialmente dirigido a los ricos. Y que precisaba que nunca el exceso, en nada, ha dado la felicidad. Porque la felicidad no es tener más sino tener mejor.
  • 7. Nadie puede escapar a la fuerza del destino. En el sentido, no de que nuestro destino personal está escrito o sujeto a un karma o algo similar sino en el sentido de que la vida fluye en un determinado sentido y eso, en sí mismo, es el Destino superior que no podemos contrariar salvo que nos queramos hacer desdichados. Y este último aforismo se unía al primero porque quien se conoce a sí mismo conoce el destino. Pero, ¿cómo conocernos a nosotros mismos? Permitidme que os hable nuevamente de Anatheóresis. Muy brevemente.

Para conocernos a nosotros mismos lo que menos importa es aquello que nos ha acontecido y recordamos. Eso es sólo la simple repetición de un guión que hemos escrito en el claustro materno, al nacer y hasta los siete a 12 años. Porque es desde el momento de nuestra concepción hasta esa edad cuando esculpimos nuestro yo, el yo profundo que dictará ya todos nuestros actos. Y ello por la sencilla razón de que a los siete a 12 años ha madurado ya ese cerebro izquierdo que dice razonar y no hace otra cosa que proyectar ciegamente los contenidos emocionales que alimentan nuestra biografía olvidada. La que va básicamente desde la concepción al nacimiento. Sólo, por tanto, conociendo esos fantasmas, comprendiéndolos -y comprenderlos es eliminarlos-, podremos ser libres.

Y eso es lo que hace Anatheóresis: liberarnos. No sólo liberarnos de nuestras patologías sino, sobre todo, situarnos libres de compulsiones ante nuestro destino. Con la capacidad de asumirlo sin esfuerzo. Con una constante sensación de paz y de plenitud vital que es lo que más se parece en el mundo real a eso que llamamos felicidad. Y que no es más que una palabra. Pero una palabra que señala una dirección. Así que, por favor, mirad dentro de vosotros y tras contemplaros en profundidad seguid la dirección de la flecha que indica el camino de vuestra auténtica vida. Eso es todo. Eso es la felicidad.

Joaquín Grau

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Febrero 2000
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