Del Hipnotismo a la Sofrología


Las técnicas hipnóticas y de relajación han pasado en unas décadas de los escenarios de teatro a las salas de los hospitales. De hecho, hoy se forman expertos en Hipnosis Clínica en centros de todo el mundo, incluidos los españoles. Pero para llegar hasta aquí ha habido que recorrer un largo camino y vencer muchas resistencias.

La exploración del mundo «superior» intuido por el ser humano desde la adquisición de la autoconciencia ha incluido siempre la búsqueda de estados mentales diferentes como perspectiva para conocer mejor el entorno y adaptarlo a nuestras necesidades. Por lo que sabemos y por los estudios antropológicos en los primitivos actuales, ya los primeros chamanes buscaban a través de ritos, drogas y complicadas técnicas de éxtasis el acceso al mundo de una conciencia superior.

En la época histórica, estos conocimientos fueron adoptados y desarrollados por los indoeuropeos y cristalizaron en los sistemas tántricos de meditación como el raja-yoga, a través de los cuales puede llegarse a estados «superiores» -y si entrecomillo «superior» es precisamente porque no está muy claro que esos estados lo sean- de consciencia, con todo lo que eso significa.

Lo que sí está claro es que siempre ha habido personas (curiosamente, siempre hombres) con la capacidad de imponerse mentalmente a sus semejantes y conseguir que el sujeto obedezca -en forma aparentemente involuntaria- sus órdenes y que, incluso, pueda dejar de percibir el dolor o bajar sus latidos cardíacos hasta extremos no naturales: es la hipnosis, aureolada por ese halo de misterio que rodea siempre a lo que no comprendemos.

Independientemente de la charlatanería que inevitablemente rodea un tema de este tipo, el fenómeno de la hipnosis -cuyos mecanismos aún conocemos de forma escasa- es totalmente real y consiste, sencillamente, en el acceso a una serie de mecanismos básicos de nuestro funcionamiento orgánico que habitualmente son automáticos, inconscientes y regidos por un sistema nervioso no voluntario.

HISTORIA DE UNA LEYENDA 

La hipnosis, tal y como la conocemos hoy, nació en la India de los Vedas hace unos 5.000 años. El dolor en todas sus formas -especialmente en la enfermedad- ha despertado siempre las potencialidades latentes en el hombre para su progreso y crecimiento. Y en ese esfuerzo por sobrevivir la criatura humana ha tenido que sumergirse en lo profundo de su ser físico y espiritual para descubrir las leyes que le convierten en ser inteligente, capaz de defenderse y gobernar sus fuerzas internas.
Por tanto, en cierto modo, la religión y la filosofía son esencialmente, en su origen, técnicas de curación o prevención. La primera dosis de medicina que se suministró a un ser humano debe haber sido algún encanto religioso o invocación divina. No es de extrañar por ello que las razas evolucionadas -como los arios o los antiguos hindúes- empezaran a solucionar el problema de la existencia humana bajo la amenaza de enfermedades y de muerte prematura. Los antiguos pensadores indios -los grandes yoguis de su época- no estudiaron el cuerpo físico aislado de la mente -como nuestros científicos occidentales- sino al ser humano en su totalidad. Y realizaron este estudio por medios de técnicas de autointrospección, es decir, a través de la meditación después de haber sometido sus vidas a disciplinas austeras y haberse apartado de las fuerzas sensoriales externas.

El resultado, recogido en los famosos Vedas -o libros del conocimiento-, establece las reglas para conseguir la salud, que se define como la armonía perfecta entre el cuerpo, los sentidos, la mente y el alma. Por cierto que es curiosa la coincidencia de esta definición con la que estableció el Comité de Expertos de la Organización Mundial de la Salud en 1940 cuatro mil años después: “La salud es el estado de perfecto bienestar físico, mental y social”.

Para la salud positiva y para ayudar a la obtención del estado superconsciente, el Ayurveda propugna la práctica del Yoga (del sánscrito yug, que significa «medios para acoplar, para unir«). El paso final del yoga integral es el llamado samadhi -o estado máximo de conciencia «supraconsciente»- que permite al yogui acceder a planos de su propia mente que generalmente pertenecen a un nivel no accesible para el pensamiento voluntario. Y ahí precisamente es donde se encuentra el origen de la hipnosis: el acceso a ese nivel de «supraconsciencia» puede ser inducido -como descubrieron aquellos grandes yoguis- mediante una serie de técnicas. Ese estado de supraconsciencia puede ser manejado -hasta cierto punto- por el inductor, siempre de acuerdo con el paciente, que viene a ser en este caso como el chela, el discípulo que es dirigido por el maestro hacia el estado de perfección, de ataraxia, que es la culminación del ciclo de la filosofía hindú.

Las técnicas nacidas en la antigua India se conservaron durante siglos en el subcontinente con algunas mínimas filtraciones que originaron muchos de los «misterios» de nuestra historia antigua.

Más próximo a nosotros -durante esa época curiosa y un poco demencial que fue el Renacimiento-, aparecieron algunas figuras aisladas conocedoras de la antigua sabiduría hindú a través de los omnipresentes árabes que plantearon algunas bases de tratamiento a través de fluidos magnéticos, como el misterioso y vital Paracelso, enfrentado con toda la ciencia de su época y que, sin embargo, creó una auténtica escuela «paralela» que sobrevivió durante muchos años a su discutido fundador.

Más adelante Mesmer (1734-1815) -también aficionado al ocultismo y a la sabiduría antigua- conmocionó la ciencia de su época al plantear el tema del «magnetismo animal» -que, en definitiva, era la aplicación de técnicas de relajación e hipnosis- siendo convenientemente desprestigiado por sus “eminentes” colegas de la época; aunque -como suele suceder- dejó una serie de discípulos como Chastenet de Puysegur que llegó a desarrollar un método de hipnosis que fue utilizado en cirugía hasta que lo desplazó en 1847 el descubrimiento de la anestesia por cloroformo.

También el abate Faria, por cierto, plantearía el hipnotismo con técnicas muy parecidas a las actuales.

Sin embargo, a finales del siglo pasado se abusó del lado espectacular de la técnica hasta que se desprestigió de tal manera que salió fuera de los sistemas de estudio científico serio y pasó a ser un entretenimiento de variedades teatrales.

Y así siguió hasta principios de los años 60 en que la corriente orientalista que afortunadamente hoy nos invade tocó a una serie de médicos de formación tradicional que empezaron a interesarse por las antiguas técnicas y a conocerlas en sus lugares de origen -India y Tíbet- planteando después su utilización y difusión dentro de las más estrictas normas de nuestra ciencia oficial. El más importante de los cuales fue Alfonso Caycedo, fundador de la Sofrología, bajo cuyo nombre la antigua técnica de inducción al samadhi -la hipnosis- ha tenido una difusión y aceptación prácticamente universales con decenas de escuelas en todo el mundo.

Luego surgirían otros nombres y otras técnicas de la misma procedencia como la del entrenamiento autógeno de Schultz que hoy utilizan gran parte de los equipos deportivos en la alta competición.

Y A TODO ESTO, ¿QUÉ ES LA SOFROLOGÍA? 

En el año 1960 la hipnosis estaba totalmente desprestigiada a nivel científico y Caycedo, un joven médico colombiano que estudiaba y trabajaba en Madrid, cayó en la cuenta de que los fenómenos de la consciencia bautizados como hipnosis «no correspondían -según sus propias palabras– a las descritas por muchos autores que jugaron un papel importante en la construcción de tópicos históricos sobre los que cristalizó poco a poco gran parte del pensamiento mágico de nuestro tiempo. A pesar de las violentas, casi heroicas luchas que han librado grandes médicos para «purificar» el estudio de la hipnosis, de los fenómenos hipnóticos, fueron más potentes las fuerzas de la magia y el mito. Fueron más numerosas y tuvieron más impacto los magos, los prácticos del escenario y de music hall, los practicantes de ciencias ocultas o los aficionados a la ciencia ficción…»

Entonces buscó una terminología nueva y propuso la palabrasofrología que, según su creador, deriva de las raíces griegas sos -que para los griegos de la antigüedad clásica encerraba un significado muy amplio que podemos resumir como armonía, equilibrio, etc.-, phren -mente- y logos -estudio-. A partir de lo cual propuso delimitar la consciencia humana en niveles -modificaciones cuantitativas de la consciencia en el sentido de la hiperclaridad y oscurecimiento- y estados -modificaciones cualitativas-, de las que diferenció los estados ordinarios de consciencia por un lado y los patológicos o de enfermedad mental, por otro, separados ambos de ese estado sofrónico cuyas características y posibilidades pueden explorarse a través de su serie de técnicas físicas y químicas.

Para acceder a ese estado sofrónico se utiliza un nivel- el sofroliminal– que se encuentra entre la vigilia y el sueño. Por tanto, la sofronización es un proceso que favorece la modificación de los niveles de consciencia y que puede ser inducido por otra persona… o por uno mismo. Y esto es realmente importante porque, como es lógico, después de estudiar mínimamente el esquema de Caycedo la sofronización es inducida por el propio sujeto y en ningún caso hay «pérdida de consciencia» que es el mito más extendido entre los aficionados a la hipnosis. Bien es verdad que la antigua hipnosis actúa de una manera impositiva pero siempre precisa del consentimiento del sujeto para poder profundizar en el trance.

Los factores de esta aparente contradicción son, por un lado, la fuerza -especialmente de carácter- del hipnotizador y, por otro, la que podríamos llamar autosugestión del paciente, que es capaz entonces, a la mínima sugerencia, de traspasar esa intangible barrera del nivel sofroliminal y aceptar el carácter impositivo de la técnica hipnótica. Esta cualidad es muy frecuente en personas fácilmente sugestionables, en neuróticos o en las famosas histéricas de hace algo más de un siglo que fueron las culpables del descrédito de científicos tan importantes como Charcot o el mismo Mesmer. Pero este tipo de personas y la utilización frívola de la técnica son precisamente las culpables de ese misterio, un poco morboso, que aún hoy tiene la hipnosis.

CÓMO FUNCIONA LA SOFROLOGÍA 

Realmente resulta muy espectacular que un ser humano pueda hacer en estado sofrónico cosas que no podría realizar en plena consciencia ordinaria como entrar en catalepsia, acelerar o reducir el latido cardíaco o aceptar -y sufrir- sensaciones de movimiento, calor o frío que en ese momento no existen en su entorno físico. ¿Cómo puede «engañarse» al cerebro de esa manera?

Por supuesto, el mundo que nos rodea no es como nos parece. Y me explico: el conocimiento que tenemos de él viene dado por la información que proporcionan nuestros sentidos y estos son muy limitados. Nuestra visión apenas capta una fracción minúscula del espectro luminoso: la que va del rojo al violeta. Nuestro oído capta una pequeña parte de las vibraciones que nos rodean, como muy bien sabe cualquier dueño de perro que utilice un silbato supersónico. Y nuestro sentido del tacto es más bien rudimentario. Toda esta información -más bien escasa y pobre- es transformada por los distintos receptores sensoriales y convertida por nuestro sistema nervioso en impulsos eléctricos mediante una serie de procesos bioquímicos. Impulsos que llegan a los centros superiores del cerebro donde son nuevamente procesados para darnos la información que todos conocemos en forma de colores, luces, sonidos o sensaciones táctiles. Empero, en muchos casos de enfermedad -o bajo la influencia de drogas- ese proceso puede ser interferido -así sucede con el LSD o en el delirium tremens del alcohólico- y entonces aparecen las alucinaciones visuales, táctiles o auditivas que caracterizan estas circunstancias.

En el estado sofrónico -o hipnótico según la terminología antigua- estas «falsas informaciones» pueden ser inducidas ya que se disminuye el nivel de estrés (la reacción general de adaptación) y ello permite al individuo volverse hacia sí mismo en lo que se podría llamar «consciencia ensimismada» y crear «mensajes bioquímicos» a los que el organismo responde como reales.

Y esto, que parece de ciencia ficción, es lo suficientemente real para que la antigua medicina hindú llegara a tratar con éxito algo tan aparentemente orgánico y poco sugestionable como la diabetes y, por supuesto, el dolor del cáncer y muchas más cosas.

LA TÉCNICA 

En definitiva, la Sofrología es una técnica de relajación. A través de una inducción -que puede ser hecha por el propio sujeto o un operador- el paciente se relaja lo suficiente para entrar en ese nivel intermedio entre el sueño y la vigilia que Caycedo llamó sofroliminal y, a su través, acceder al estado de consciencia sofrónica que se ha llegado a llamar de “superconsciencia».

Para lograr esta relajación el paciente debe encontrarse en un medio tranquilo con luz atenuada y cierto aislamiento que no lo distraiga. Una música suave y una posición cómoda (no necesariamente tumbado) ayudan a disminuir el nivel de estrés individual y alcanzar ese estado de duermevela en el que pueden controlarse -de forma más o menos voluntaria- determinadas funciones orgánicas y mentales. En esta situación disminuye el nivel de estrés, el organismo produce menos adrenalina -y el resto de elementos bioquímicos responsables de la situación de «alerta máxima» en el que habitualmente nos movemos- y a partir de ahí puede profundizarse en ese estado sofrónico y dirigirlo hacia la acción curativa que se desee.

Por cierto, que una de las leyendas que existen sobre la hipnosis es que el sujeto sofronizado puede ser inducido a hacer cosas que no haría en su estado normal. Pero la verdad es que al ser sencillamente un estado de consciencia, la Sofrología no puede ser utilizada nunca para conseguir que una persona asesine, se suicide o cometa actos en contra de sí mismo o de sus convicciones.

Hoy la Sofrología se ha convertido en una especialidad de la medicina oficial y sus posibilidades aumentan día a día, no sólo en el tratamiento del dolor sino como auxiliar en todos los campos del tratamiento de las enfermedades. Pero la leyenda mágica que la rodea se mantendrá mientras siga teniendo ese punto de enigma que es común a todo lo desconocido. Porque la magia no es más que eso: la sublimación de lo que sabemos. Y la verdad es que la hipnosis, como técnica, es bastante espectacular; aunque una vez reducida a procesos bioquímicos, neurotransmisores y estados paralelos de consciencia haya perdido mucho de su misterio.

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Agosto 2000
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