El enfoque corporal

A “M”, mujer joven, casada con un marido que la quiere y la cuida, los médicos la dijeron que tenía mal el sistema nervioso y estaba siendo atendida tanto física como psíquicamente. Pero no mejoraba. Así que cuando vino a mi consulta decidí probar con una técnica terapéutica poco extendida denominada enfoque corporal y sobre la que me gustaría hablar a los lectores.

Su marido –que la acompañaba- me explicó que su mujer llevaba una temporada muy triste, se encontraba mal y su vida cotidiana estaba completamente condicionada por ese mal-estar. Se encontraba siempre –comentó con ironía- “de un excelente mal humor”.

Pregunté a “M” si había sucedido algo que motivara su estado de ánimo y me contestó que no.

-Intentemos averiguar entonces –me limité a responder- de dónde viene ese mal humor…

La pedí que se sentara cómodamente en el sillón, cerrara los ojos e hiciera unas respiraciones profundas. Luego la rogué que enfocara la atención en su “centro emocional”, área situada detrás del esternón, más o menos a la altura de la mitad del mismo.

“M” siguió mis indicaciones pero su ceño siguió fruncido y su rictus de tensión en la boca tampoco desapareció. La pedí entonces que desde ese centro emocional, sin analizar ni juzgar, evocara la tristeza que había estado sintiendo tomándose un tiempo para que la sensación fuera surgiendo de dentro. Que se limitara a observar lo que sentía y lo fuera expresando para ser guiada en el proceso. Pasados unos minutos, dijo:

-Esa tristeza es pena por no poder hacer lo que quiero, una vida normal.

-Bien. Quédese ahí, con esa pena pero sin involucrarse en ella, observando qué sucede.

(Volvió a pasar un breve tiempo y la emoción se fue transformando).

-Ahora siento rabia.

-¿Cómo es esa rabia?

-Es rabia por depender de otros, por cansarme. (Su gesto se había ido haciendo más ceñudo y tenso conforme se adentraba en la emoción pero no la interrumpí).
-Siento una rabia horrorosa… La odio.

-¿A qué o a quién odia?

(Silencio).

-Bueno, quédese ahí, al lado de ese odio…

-No quiero. No quiero. ¡No quiero!

(El odio es una emoción tan dura, tan corrosiva, que no soportaba encontrarse con él de frente).

-¿A qué o a quién odia?

-Odio… a la enfermedad.

-¿Y si probara a amar estar sana en lugar de odiar la enfermedad?

Su actitud a mi sugerencia fue muy receptiva. Se enfocó en esa idea y sus rasgos fueron poco a poco perdiendo tensión y rigidez. En pocos minutos su rostro se dulcificó e iluminó. La pregunté cómo se sentía y me contestó, sonriendo, que con paz.

Fue una lección para los dos: a mí me hizo entender con qué fuerza alimentamos a veces nuestras enfermedades y a ella le mostró cómo puede pasarse de una actitud intensamente dolorosa y destructiva a otra positiva, casi con la misma rapidez y facilidad con la que se enciende un interruptor.

La terapia aquí descrita, tan aparentemente simple como eficaz, se apoya en el Enfoque corporal, traducción de su denominación inglesa: Focusing. Se trata de una técnica creada por Eugene T. Gendlin, profesor de Psicología de la Universidad de Chicago, quien la describe como “una manera de dar un núcleo de psicoterapia a la gente normal de forma que cualquiera lo pueda usar, sin autoridades, médicos o la implicación de que alguien esté enfermo”.

Y es que debemos entender que todas las situaciones que vivimos -desde las más complejas a los problemas cotidianos- nos inducen sensaciones corporales, independientemente de lo que pensemos de ellas. Y que cuando éstas son ambiguas o confusas, nos causan incomodidad y entonces intentamos escapar de ellas al no poder catalogarlas racionalmente. Sin embargo, son una fuente de importantes informaciones y conocimientos específicos.

Estudiando a las personas de éxito –y éste no es necesariamente profesional o social- se ha descubierto que uno de sus patrones comunes es la capacidad para enfocarse en las sensaciones o sentimientos internos y observar a dónde les dirigen. Capacidad espontánea e innata que les conduce a su fuente interna donde los sujetos ya no pueden ser sustituidos por alguien o algo ajeno a ellos mismos. De esa manera, su claridad en la vida y su capacidad de elegir adecuadamente se amplifican respecto al común de las personas. Pues bien, Gendlin estudió durante años esos procesos y posteriormente los sistematizó poniéndolos al alcance de las personas que no tuvieran la capacidad de efectuarlos espontáneamente.

La característica más interesante de la “sensación sentida” es que, al enfocarla bien, empieza a cambiar. Puede percibirse como un cambio físico en el cuerpo, como algo que se desbloquea o se libera. Esa forma de enfocar los problemas está basada en la facultad instintivo-intuitiva de las personas, muy valiosa teniendo en cuenta que nadie puede calcular intelectualmente todos los detalles y posibilidades de un problema personal. De esa manera se ponen en juego mecanismos más sabios que el meramente racional.

Los aspectos básicos de la técnica son muy sencillos y muchas de las personas que la aprenden en consulta terapéutica -si bien el apoyo y dirección favorecen la profundización- la emplean luego en solitario con interesantes resultados.

Una forma sencilla para aplicarla en un momento de tranquilidad en el hogar es la siguiente:

-Siéntese cómodamente con los ojos cerrados y respire varias veces suave y profundamente.

-Elija el problema o situación que quiera enfocar desde el sentimiento, sin análisis ni juicio.

-Observe qué sensación percibe el cuerpo cuando evoca ese problema.

-Asocie una palabra, frase o imagen que se ajuste a la sensación.

-Permanezca un tiempo acompañando a la sensación y si esa sensación sentida cambia, sígala con atención.

-Siga el hilo de las distintas emociones, sensaciones corporales, imágenes o recuerdos que vayan surgiendo.

-Acepte y de la bienvenida a todo lo que haya ido surgiendo “preguntándole” a su cuerpo si desea continuar o si ese es un buen sitio para parar.

Con este proceso se produce una reubicación de la información inconsciente lo que constituye un paso para la solución del problema. Es sorprendente cómo en ocasiones, tras unos breves minutos, se encuentran soluciones a problemas que han sido analizados durante años sin poderlos resolver.

El enfoque corporal es, pues, una vía que nos permite conectar con el mundo interno de los sentimientos, emociones y sensaciones que generalmente se hallan bloqueados por la saturación de razonamientos con los que afrontamos la vida. Es sumamente útil para despejar problemas, definir qué queremos realmente y entender más quienes somos.

Podríamos concluir afirmando que las prácticas de enfoque corporal son herramientas simples y muy efectivas que la moderna Psicología ha rescatado de la antigua sabiduría para facilitarnos tomar contacto con nuestra conciencia.

Fernando Sánchez Quintana

Este reportaje aparece en
31
Septiembre 2001
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