Época de crisis

Cada vez se deja notar con mayor fuerza que el ser humano está atravesando una profunda crisis de valores provocada en buena medida por la ruptura entre sus necesidades internas y lo que vive en el exterior.

Porque hoy, ante las dificultades para canalizar sus emociones o sus sentimientos, para dar rienda suelta a sus pensamientos creativos y también para compensar su vacío espiritual con unas creencias trascendentes en que apoyarse el ser humano se enfrenta a un trauma psicológico muy profundo. Se siente desconectado de sí mismo, de su mundo emocional y espiritual para el que no encuentra el alimento adecuado. Crisis ampliable a todos los estratos de la sociedad ya que afecta a las instituciones de toda índole (científicas, económicas, políticas, religiosas, sociales, familiares, etc.).

Es por eso que, centrándonos en la persona y analizando sus procesos, podremos extrapolar los mismos parámetros para el resto de la sociedad.

Pues bien, en los momentos de crisis se suelen generar tres actitudes. La primera, negar el problema. Postura que refleja inmadurez y es propia de comportamientos infantiles o adolescentes. Al ignorarlo, no se busca la solución.

La segunda es considerar que no hay salida, que no podemos superar las circunstancias adversas y sólo queda sucumbir a ellas. Esta actitud conduce al inmovilismo.

La tercera es buscar el enfoque psicosomático de los problemas, verlos de un modo global tomando conciencia de que los seres humanos no somos elementos aislados sino que vivimos tremendamente interrelacionados con nuestros semejantes y también con el medio que nos rodea. Esta actitud conlleva esperanza pues la persona descubre que tiene en sus manos la posibilidad de elegir en todo momento y, por lo tanto, de producir cambios en sus circunstancias.

Esta última opción pasa en un primer momento por reconocer nuestros problemas, dependencias o adicciones y buscar soluciones encaminadas al cambio personal, siendo conscientes de que ese hecho afectará también al entorno y a la humanidad en su conjunto.

Uno de los aspectos a tener en cuenta es que todo cambio implica que algo vamos a perder y algo vamos a ganar. El equilibrio entre esos dos factores será lo que nos lleve a una existencia feliz o problemática.

Quizá pierda usted poder adquisitivo pero gane bienes emocionales o espirituales que le darán más equilibrio. Quizá pierda proyección profesional al dedicar menos horas al trabajo pero gane en compensaciones afectivas al estar más tiempo con su familia y amigos. Quizá pierda reconocimiento e imagen pero disfrute de mayor libertad personal…

Desafortunadamente, los mensajes que nos hace llegar la sociedad van enfocados hacia el consumismo, hacia la cultura del tener en lugar del ser. Este mecanismo de evasión funciona en un primer momento. Pensamos que acumulando cosas materiales cubriremos nuestras carencias.

Sin embargo, en los últimos años las crisis se han agudizado y se está viendo que la persona empieza a replantearse que tal vez no necesite un coche mas grande sino ser aceptada por los que le rodean; que no precisa más ropa sino sentirse querida por lo que es; que la carrera desenfrenada para satisfacer las necesidades es una batalla perdida pues éstas siempre crecerán a mayor ritmo que los pasos para conseguirlas.

La sabiduría popular nos dice que la felicidad no consiste en tener más cosas sino en ser feliz con las que tenemos.

Podríamos enfocar la vida como si fuese un coche que vamos conduciendo. Si vamos muy deprisa llegaremos muy rápido a todas partes pero si reducimos la velocidad reducimos también el gasto y eso conlleva algunas ventajas: tendremos mayor maniobrabilidad, podremos apreciar el paisaje y probablemente disfrutaremos de un viaje más placentero.

Cada vez oímos a más personas quejarse de que todo va demasiado deprisa, de que quieren salir del torbellino, de que están esperando que se pare el tren para apearse en la siguiente estación, de que su profundo vacío no puede ser llenado con cosas materiales sino que eso acrecienta la angustia y la sensación de estar desconectado.

La vida cotidiana, sobre todo en las grandes ciudades, es complicada y nos sume en la confusión y a veces en la angustia. Es por eso que se hace imprescindible proveerse de una filosofía de vida que nos dé seguridad en el presente y confianza en el futuro, que nos permita hacer frente a las situaciones problemáticas que se nos presentan como las relaciones amorosas, los cambios profesionales, la búsqueda de sentido de la existencia, las pérdidas, el miedo a la muerte, los cambios económicos, las dificultades de la mediana edad, etc.

Necesitamos, pues, encontrar una respuesta propia a todos esos interrogantes. Y para ello es necesario tomarse tiempo y seguir unas sencillas pautas.

En primer lugar, se hace imprescindible identificar el problema en toda su extensión intentando no emitir juicios ni valoraciones sino limitándonos a los hechos.

Después hemos de ver cómo eso nos afecta, reconocer la emoción que provoca en nosotros y expresarla adecuadamente para poder canalizar el sentimiento que nos domina.

Con los datos obtenidos de la observación racional y los no menos importantes sobre cómo nos altera se dará un paso más que nos llevará a replantearnos las posibles soluciones. Ahora bien, para que sea algo realmente operativo es necesario alejarse un poco para ver la situación de una manera más amplia, con mayor perspectiva, con menor apasionamiento. En definitiva, tener una visión global donde podamos apreciar el contexto de la situación, las demás personas involucradas, las circunstancias en que se produce, etc.

Se trata de un momento fundamental pues es cuando la persona puede sintonizar con sus valores internos y dejar que impregnen la decisión final que vaya a tomar. Se trataría de adoptar una actitud que refleje la filosofía personal. De esa forma se va desbrozando el camino interior que está poco transitado y que conecta con la parte más esencial del ser humano, con sus emociones y sus sentimientos profundos. Descubrirá entonces enseguida que las decisiones que se toman de esa forma aportan equilibrio y armonía, y habrá empezado el reencuentro y la reconciliación consigo mismo.

En cualquier caso, como es imposible mantener el equilibrio permanentemente ya que vivimos en un mundo en constante cambio es necesario alcanzar esa disposición o actitud cada vez que las circunstancias vuelvan a complicarse.

La consecuencia positiva que conlleva este proceso es que al ir resolviendo conflictos y obteniendo resultados se reforzará nuestra autoestima, aprenderemos a enriquecernos con los procesos de cambio, a conocernos mejor, a descubrir nuestra esencia y el camino de reencuentro y conexión con nuestra parte emocional y espiritual que, a fin de cuentas, es la meta a alcanzar por todo ser humano.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
26
Marzo 2001
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