La Medicina Abierta

Pocas semanas antes de fallecer el Dr. Francisco Albertos Costán –pionero de la Medicina Integral en España y miembro del Consejo Asesor de nuestra revista- nos hacía llegar para su publicación tres artículos que venían a resumir lo aprendido en sus más de cuatro décadas de estudio y ejercicio médico. Y tal como anunciamos los publicamos consecutivamente porque de alguna forma constituyen su legado médico. En las dos primeras entregas el Dr. Albertos nos aproximó a la Medicina Biológica y a La Medicina Integral. En esta tercer y última entrega nos habla de la Medicina Abierta.

La Medicina, como actividad pública, como hecho social y hasta como manifestación económica está en nuestros días dividida e intoxicada al igual que muchas otras instituciones de la civilización. La presión de intereses económicos, del mandarinato de las aulas, del inmenso poder político que representa el área de la salud y, por otra parte, la inercia autoconformante de una actividad que moviliza a centenares de miles de profesionales y decenas de millones de usuarios hace difícil que el médico individual pueda sostener un talante creativo, artesanal y libre de trabas para su tarea como requiere la complejidad y sutileza de la misma. Al parecer, estos macrofenómenos tienen que satisfacer las previsiones del mercado, los controles reguladores del Gobierno, la ineludible necesidad asistencial de la Seguridad Social, las presiones crecientes -en ocasiones, aplastantes- de las multinacionales de la industria químico-farmacéutica y los problemas sociopolíticos y socioeconómicos derivados del costo inevitable de los modernos recursos diagnósticos y terapéuticos que un centro asistencial tiene que movilizar.

Y en tales condiciones el médico es una especie de capataz o funcionario de la industria de la salud que carece de libertad propia y auténtica creatividad. Eso sí, el enfermo habitual que asiste a su consulta no piensa ni siente lo mismo respecto a él que la Administración. Para cada enfermo ante el que se enfrenta cada día todo médico es -y será siempre- una inevitable mezcla de científico-sanador-chamán-hacedor de milagros. Y para sostener el prestigio, la eficacia y la imagen que ese papel social y cultural reclama el médico precisa de un espacio social y cultural para desenvolverse más allá de los límites que hoy le impone su condición de funcionario. No era posible imaginar siquiera hace cincuenta años que un acto médico pudiera convertirse en algo tan mecánico, simplista e impersonal como, por ejemplo, el hecho trivial de repostar gasolina para el coche. Confesada o inconfesadamente, el enfermo espera siempre “algo más” que la mera técnica (análisis, radiografías, medicamentos de síntesis, etc.); precisa que “su” médico (precisamente él y no los cuatro o cinco especialistas que le han visto en diferentes momentos) sea una especie de demiurgo que además le dé la impresión de que se preocupa por él, por la enfermedad que padece, por las causas que le han llevado hasta ahí, por recomendarle una manera de comer y vivir para evitar su progresión, recaídas, etc. Y el médico lo sabe, como lo sabe la Administración, como lo sabe la sociedad, como lo sabe todo el mundo. Y si ese médico se ve obligado a decir al enfermo que su tiempo y posibilidades se han acabado, que no hay solución para sus dolencias, éste seguramente lo asumirá educadamente pero, al dejar la consulta y alcanzar la calle, repasará en su memoria amigos o conocidos que le ayuden a encontrar “alguien que pueda hacer algo”, alguien dispuesto a investigar y plantearse el problema de otra manera. Y -si fuera necesario- alguien cuya mentalidad y talante le permita salirse de los esquemas oficiales o convencionales que parecen incapaces de ayudar.

Estamos divididos y acorralados por el mecanicismo, el reduccionismo, la presión masificadora y reduccionista de la sociedad de masas. Se habla del derecho a la intimidad, al honor, a la salud, a la vivienda digna, a la justicia… La nuestra es una época tan inestable, tan cambiante, tan amenazada en todos los sentidos que el ciudadano anónimo se siente acorralado y se pasa la vida en continuas operaciones defensivas para conservar lo que cree que posee. Desde la visita a un restaurante hasta un viaje en avión o un ingreso en un sanatorio por cuestiones de salud, todo se puede convertir en un fraude o en un motivo de disgusto o contrariedad. La mayoría de automatismos y usos sociales que permitían a nuestros abuelos convivir aceptablemente y disfrutar de un mínimo de garantías y seguridades han desaparecido hoy o están en plena decadencia. El triunfo a escala planetaria de la información rápida y los medios de comunicación no sólo no mejora sino que parece empeorar la situación de crisis e inestabilidad de vigencias y valores culturales. La tentación de crear automatismos a partir de la expansión de los ordenadores y el pensamiento cibernético ha llegado ya a la empresa y la Administración del Estado con lo que se impone como consecuencia una ineludible necesidad: la de reducir y simplificar la cosa -o la persona- a gobernar, el producto a fabricar o la enfermedad a tratar. Por un lado, se intentan regular todas las actividades sociales del ciudadano (con el natural peligro de la rigidez, la intransigencia, la deshumanización y falta de responsabilidad moral que comporta una conducta sin libertad de elección y, por decirlo así, “codificada”). Por otro, la ruptura creciente del necesario diálogo del hombre con su circunstancia, cada día más debilitado e insignificante, cada día, en suma, más caótico y desestabilizador. Finalmente, el inevitable efecto de todo reduccionismo que, al simplificar e intentar explicar y manejar fenómenos complejos desde las leyes de sistemas más simples, pierde el control de la auténtica y profunda realidad de los hechos, limita drásticamente la capacidad de decisión y, en consecuencia, el campo de la conducta -y naturalmente, el de la conciencia- queda artificialmente empequeñecido y simplificado, seguramente para que ese “hombrecillo” inventado o diseñado por el ordenador pueda ser controlado y gobernado por la máquina del Estado. Y como cualquier máquina, la Administración no dialoga ni negocia: son los hombres quienes han de ser simplificados y adaptados a las características (hardware) y las leyes de comportamiento (software) del ordenador. Los rasgos de singularidad y espiritualidad del ser humano son considerados superfluos, meramente anecdóticos por la maquinaria del sistema.

En estas condiciones, la Medicina -en tanto que tarea de hombres- está gravemente amenazada en su creatividad y posibilidades de desarrollo como lo estaría la música o la pintura si se pretendiera controlarlas en su praxis más allá del efecto regulador que inevitablemente ejerce el mercado. Actualmente, como decimos, uno de cada tres enfermos -pertenecientes o no a la Seguridad Social con su asistencia gratuita- elige espontáneamente pagar a su médico naturista, homeópata o acupuntor cuando se siente enfermo de cierta consideración. Pero la Administración no contempla esa necesidad; no puede, al parecer, contemplarla.

Así que si queremos evitar esa derrota humanística, si queremos evitar un peligrosísimo retroceso histórico de nuestra evolución cultural debemos considerar y tratar la Medicina -entre otras actividades de trascendente significado social y cultural- de manera especialmente abierta y libre. La Administración debería regular todo lo que sea regulable, todo lo que en buena ley pueda mejorar desde el punto de vista social la ética y la eficacia de la tarea médica pero tendrá que poner especial cuidado de no invadir las zonas de creatividad del médico ni poner obstáculos a su libre desenvolvimiento, esencia misma de su insigne profesión. Por su parte, el inspector nunca podrá juzgar sobre la inspiración de un médico en plena tarea ni sobre la transmisión empática que puede producirse entre éste y su enfermo. Si, por ejemplo, la viejísima Acupuntura resuelve o alivia cefaleas, reumatismos o dolencias crónicas que hasta entonces habían sido tratadas infructuosamente por la Medicina hoy considerada oficial no cabe rechazarla, menospreciarla o ignorarla únicamente desde el supuesto -pretendidamente científico- de que la fisiología de Facultad no es capaz de explicar por ahora sus mecanismos de actuación. Y si unos granulitos de Homeopatía convenientemente elegidos pueden cambiar el carácter de un niño difícil o resolver cuadros complejos de disfunciones neurovegetativas el médico oficialista no puede dar la espalda y pavonearse despectivamente cuando se lo cuentan parapetado tras la muralla de hechos aceptados por la Medicina convencional. Si ésta no puede interpretar los hechos que se producen cada día en su presencia, tendrá que incorporar nuevas leyes, retocar hasta donde sea necesario sus axiomas y principios, estudiar e investigar minuciosa y pacientemente los fenómenos que no es capaz de interpretar… Todo menos suprimir autoritariamente en un gesto reaccionario inadmisible la posible validez o consistencia real de esos hechos. Y si el poder creciente de los grupos de presión -interesados siempre en suprimir competidores, naturalmente- maniobra para impedir el avance de ese pensamiento la Administración tendrá que plantearse una nueva política frente a la acción depredadora y prevaricadora de tales grupos y poderes espurios. En una sociedad sana los gobernantes no pueden pactar continuamente con el diablo del dinero, el poder social y los oportunismos de todo tipo y clase hasta llevarnos al caos moral e institucional.

Se trata de integrar, sumar, enriquecer el pensamiento y la ciencia. Junto a técnicas como el microscopio, los rayos X, la espectrofotometría o los avances de la genética, ¿por qué no abrirse también a los logros de siempre atesorados por las medicinas milenarias que manejan el organismo desde la más pura y exigente concepción cibernética? La Medicina, como todas las actividades humanas de gran complejidad, debe estar abierta a todos los hechos y a todas las interpretaciones válidamente eficaces de esos hechos. Pero muchas veces esa apertura liberal no es problema únicamente de voluntad. La práctica médica es un hecho social y tiene costos políticos y sociales para lograr su validación. El fuerte costo de la atención sanitaria en nuestra sociedad de masas del consumo convierte esta actividad en un capítulo económico de mayor envergadura que el de las Obras Públicas o la industria de guerra. El entramado de influencias económico/políticas para controlar esta actividad mediatiza peligrosamente la espontánea creatividad de su desenvolvimiento. La judicialización, economización y politización del hecho sanitario nos lleva al caos intelectual, a no saber bien qué es lo más importante, si la Medicina como actividad concreta o sus consecuencias sociales; es la noche en que todos los gatos son pardos. La imparable y en ocasiones exagerada regulación de la actividad de médicos y farmacéuticos les coarta severamente y poco a poco les priva del necesario aspecto ético de sus planteamientos. El galeno ha perdido prácticamente el derecho a tener enfermos que le busquen a él precisamente como persona con lo que no sabe bien si prestar más atención a las consecuencias administrativas, sociales y jurídicas de sus actos profesionales que a los hechos médicos en sí mismos. Muchos farmacéuticos renunciaron hace ya muchos años a su condición y se han convertido en buena medida en meros dispensadores de fármacos específicos.

Cualquier persona que contemplara imparcialmente esta situación rechazaría el actual estado de cosas, restauraría la figura del viejo médico de familia, la relación personalizada del médico y el enfermo. Y se repondría la figura del farmacéutico capaz de elaborar fórmulas magistrales y transmitir la necesaria confianza al enfermo desde un trabajo concienzudo y entusiasta. Pero la actual situación no es trivial, casual, ni consecuencia del sueño caprichoso de una noche de verano sino el resultado histórico del desarrollo crítico de la sociedad de masas del consumo. Este desarrollo crítico es uniformizador, inevitablemente economicista y reduccionista en sí mismo desde el punto de vista cultural por lo que “necesita” que tantos millones de hombres en la calle seamos lo bastante pequeños y conductualmente análogos para poder convivir con medios estadísticamente escasos en proporción al volumen de población. Los atascos en el tráfico, las listas de espera en los hospitales, la escasez de las promociones de empleo, las colas de todo tipo y clase, etc., fomentan el individualismo salvaje, el reaccionarismo xenófobos, el etnocentrismo y los nacionalismos excluyentes. Las muertes por causas como el tráfico, las causas laborales, el mal trato, los “ajustes de cuentas”, la rivalidad en grupos de inmigrantes que viven en la pobreza o al borde de la marginación solemos contemplarlos con naturalidad deshumanizante, como “pérdidas inevitables del sistema”. Al parecer deberíamos asumirlos como “supervivencia del más apto” o selección natural que destruye o margina a los más débiles.

Pero de la misma forma que nos parecería disparatado recomendarle al pintor o al compositor que ajustasen su creatividad a las necesidades reduccionistas de la sociedad de masas la Medicina reclama absoluto respeto por la cosa misma que tiene que manejar y cuidar hasta lo sublime. No puede haber atajos ni soluciones provisionales o mínimamente comprometidas con aspectos económicos, políticos, sociales o, simplemente, relacionables con la opinión médica oficialmente establecida. Queramos o no, existen el interior y el exterior del cuerpo, y los cambios incesantes de esa relación. No basta, para hacer Medicina de manera solvente, saber al detalle la histología y fisiología de, por ejemplo, el hígado, si en nuestra praxis con un enfermo concreto ignoramos las tremendas preocupaciones que le embargan a todas horas. O si tratamos los estados inflamatorios u otras patologías sistemáticamente mediante la coerción de la quimiofarmacia y no desde la persuasión de acciones reflejas inspiradas en el más fino lenguaje del cuerpo y en la consideración de su totalidad como sistema de información.

Una Medicina Abierta parte del hombre como totalidad porque ése -y únicamente ése- es su objetivo posible. Y, ciertamente, utiliza entre otras cosas laboratorios, radiologías, ecografías y demás medios diagnósticos y terapéuticos propios de la medicina anatomoclínica de hospital universitario porque el método analítico y experimental, hasta donde puede llegar (y sólo hasta donde puede llegar) cubre magistralmente las necesidades que su lista de enfermedades reconocida y catalogada plantea. Pero la Medicina es más que eso. Un hombre es siempre más, mucho más que un manojo de tubos y cables conectados para sostener los fenómenos metabólicos reconocidos en la fisiología de Facultad. Como decíamos antes, hay fenómenos clínicos -capaces de generar dolor, incapacitación e incluso la muerte- que no ha sido posible hasta la fecha clasificar científicamente según el método analítico/organicista de la Medicina ordinaria. Solemos llamar a esos cuadros clínicos no clasificables de manera materialista procesos funcionales (por oposición a los “orgánicos”) que el médico convencional trata con ansiolíticos, antidepresivos, espasmolíticos, antiálgicos, etc., a la espera, quizás, de que acaben desapareciendo o, al contrario, “tomando cuerpo” en cuadros orgánicos detectables por técnicas de laboratorio, radiología, etc. en cuyo caso, naturalmente, dejan ya de ser “procesos funcionales” para el médico clínico.

Pero es el caso que, si nos detenemos con la suficiente perspicacia en cualquier cuadro clínico -tumores, Sida y todo tipo de enfermedades degenerativas incluidas- veremos que todos ellos tienen un componente funcional y exhiben un grupo de fenómenos inexplicables, simplemente desde los rayos X o el laboratorio. Para un médico abierto y no comprometido con esquemas rígidos o víctima del maniqueísmo de las aulas esto significa que hay un complejísimo dinamismo interno en todo lo vivo y muy especialmente en el hombre, no explicado ni explicable todavía en términos de la ciencia oficial o la fisiología de Facultad. Muchas medicinas antiguas sí consiguen afrontar estos problemas aún no resueltos por el sistema de pensamiento médico oficial. Dotadas únicamente de pensamiento sintético, respetan sistemáticamente lo que sucede y no se obligan a sí mismas a ignorar ningún fenómeno. Para las necesidades humanas, psicológicas y espirituales como para los trastornos de carácter reflejo, los bloqueos del medio interno, las disfunciones neurovegetativas presentes en todo enfermo o las enfermedades neurofocales que plantea la Medicina Biológica no hay ni puede haber laboratorio, radiología, etc., por lo que no hay ni puede haber reglamentos ni leyes reguladoras para ellas inspiradas en los métodos y varas de medir del organicismo oficial. ¿Cómo regular, en justicia, lo que en buena medida se desconoce?

Es necesario, en suma, obtener el respeto de la sociedad y de los controladores del sistema frente a una actividad cuyo desarrollo científico está todavía en sus comienzos. No se trata de restar o negar nada ni a nadie sino de sumar, complementar, humanizar y hacer más fácil la convivencia respetuosa y creativa entre la medicina llamada “moderna” y la medicina de siempre.

A esa medicina la vamos a llamar MEDICINA ABIERTA. Es abarcadora de todo lo que hay, respetuosa con todos y cada uno de los fenómenos -catalogados o no por la Academia- que se presentan en el curso de una dolencia, dispuesta a considerar al mismo tiempo las posibles alteraciones orgánicas -detectables por radiología o laboratorio- como los trastornos funcionales -o sin sustancia-. Capaz de pensar con la misma seriedad en soluciones como el quirófano, unos granulitos homeopáticos o la “milagrosa” aplicación por espacio de varios minutos de un color en el iris, en una quemadura o en una lesión traumática. Seguramente en las próximas centurias sabrá la humanidad de la necesidad de este planteamiento abierto, no sólo en Medicina sino en todas y cada una de las actividades complejas que origina nuestra sociedad.

 Francisco Albertos

Este reportaje aparece en
97
Septiembre 2007
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