Psicobióticos para las enfermedades nerviosas y mentales

La medicina convencional sigue aferrándose a los psicofármacos y otras pócimas que actúan sobre el equilibrio de los neurotransmisores que regulan el cerebro y el sistema nervioso central intentando -en vano- tanto prevenir como curar el alzheimer, el parkinson, la depresión, el insomnio y otras disfunciones neurológicas pero cada día es más evidente que el origen de los desórdenes mentales y cognitivos no está en el cerebro sino ¡en los intestinos! Es ya abrumadora la investigación científica que indica que son los desequilibrios de la flora intestinal la principal causa de los procesos inflamatorios, autoinmunes o directamente tóxicos que provocan las disfunciones y/o destrucción del complejo neuronal. Desequilibrio que a menudo causan o agravan los antibióticos. Pues bien, explicada en números anteriores la importancia de los prebióticos y probióticos para tener un microbioma intestinal sano vamos ahora a hablar de los psicobióticos ya que son clave para afrontar las patologías neurodegenerativas.

Psicobióticos para las enfermedades nerviosas y mentales

El estudio del microbioma humano -conjunto de los billones de bacterias y otros microorganismos que habitan en el cuerpo en interacción con las células de tejidos y órganos- está revolucionando el ámbito de la Medicina aunque la mayoría de los médicos siga considerando a las bacterias un enemigo a derrotar. Y es que cada día se publican más trabajos que apuntan a que muchas de las enfermedades modernas -especialmente las metabólicas y el cáncer- podrían en realidad ser consecuencia del actual paradigma de lucha antibacteriana. Obviamente como el mayor número de microorganismos se agrupa en los intestinos -en especial en el colon- es ahí donde se concentran la mayoría de las investigaciones sobre el microbioma siendo de hecho en el tracto intestinal donde se han logrado los resultados más espectaculares de curación o mejora al tratar con prebióticos y probióticos las enfermedades inflamatorias intestinales (colitis, colon irritable, enfermedad de crohn, lupus, etc.). De hecho cada día aparecen más trabajos que vinculan anomalías o disbiosis de la flora intestinal con enfermedades hasta ahora no relacionadas con ella; el cúmulo de evidencias es ya innegable. Hablamos de patologías consideradas estrictamente neurológicas como la depresión, la ansiedad, el insomnio, las migrañas, el alzheimer, el parkinson, el autismo, la hiperactividad y muchas otras. Un asunto sumamente importante porque la medicina convencional ofrece para ellas solo fármacos paliativos que menguan la intensidad de los síntomas pero no curan nada cuando el restablecimiento del microbioma intestinal da lugar sin embargo a una sensible mejora de todos los parámetros pudiéndose llegar a la sanación total.

Es hora, en suma, de cambiar el paradigma médico respecto a la causa de las enfermedades neurológicas y admitir que ni con el uso de las más sofisticadas técnicas de estudio del cerebro ha logrado averiguar el origen de las mismas. Algo explicable si la causa real está fuera del cerebro e incluso fuera del sistema nervioso central. De hecho todo apunta a que se halla ¡en los intestinos! Así que más vale ir complementando el viejo aforismo de Mens sana in corpore sano con el de Mente sana gracias a una flora intestinal sana. Tal es de hecho el título del libro más reciente publicado por el doctor David Perlmutter, traducido al español con el sugestivo subtítulo El sorprendente poder de la flora intestinal para proteger tu cerebro… de por vida. Se trata de una obra que sostiene en esencia que una flora intestinal sana no solo protege al cerebro sino que mediante la corrección de la disbiosis y la recuperación de un microbioma intestinal sano puede lograrse una notable mejoría e incluso la cura de problemas que hoy la medicina no es capaz de resolver ni química ni quirúrgicamente.

Hace apenas unas décadas tal hecho no se contemplaba porque se ignoraba que en los intestinos hubiera neuronas que están conectadas con el sistema nervioso central y el cerebro y que todo lo que ingerimos influye en ambos porque la barrera hematoencefálica no lo aísla tanto como se postulaba. Además hoy sabemos que el ADN no es inamovible sino que puede modificarse como han demostrado los numerosos trabajos de Epigenética existentes. Así que quizás no podamos cambiar el código genético pero si influir en la expresión de sus genes. Es más, si una sustancia química tóxica o una radiación pueden alterar una célula sana y transformarla en maligna, ¿por qué no va a ser posible actuar sobre ésta para revertir el proceso? Y siendo así, ¿qué sentido tiene por ejemplo destruir células malignas en los casos de cáncer si existe la posibilidad de volverlas sanas? Y no crea el lector que para ello se requiere de sofisticadas técnicas de ingeniería genética. En absoluto. Todos tenemos a nuestro alcance millones de genes que pueden hacerse cargo de ello. Están en el microbioma. Y es que si nuestras células tienen unos 25.000 genes capaces de sintetizar cerca de un millón de proteínas, ¿cuántos millones de proteínas diferentes serán capaces de sintetizar el millar de especies de microorganismos que cohabitan con ellas en nuestros intestinos? Ejemplo de la enorme capacidad de sintetizar proteínas distintas de las que puede fabricar nuestro genoma humano son las numerosas enzimas que nos proveen de importantes cantidades de glucosa derivada de la transformación de los polisacáridos de los vegetales que hemos integrado en nuestras dietas a través de miles de siglos de evolución.

Hace seis años -en 2010- un equipo de la Université Pierre et Marie Curie de Paris (Francia) dirigido por J. H. Hehemann publicó en Nature un trabajo según el cual la bacteria Bacteroides plebeius es capaz de sintetizar varias enzimas específicas que hidrolizan el polisacárido agarosa que se encuentra en las algas mediante determinados genes ¡que solo se expresan en los intestinos de los japoneses que comen una media de 14 gramos diarios de algas marinas! Es pues obvio que por más sushi que comamos en Occidente nunca llegaremos a conseguir el alto grado de aprovechamiento de los japoneses y que en nuestro caso esas agarosas pasarán casi intactas -sin metabolizar- por los intestinos dado que esa bacteria no se halla en ellos. Por eso de hecho los alimentos que mejor nos sientan suelen ser los frescos y crudos que se cultivan en los lugares en los que vivimos.

En fin, dejemos en todo caso claro algo fundamental: nuestro sistema inmune y los procesos inflamatorios están íntimamente relacionados con el microbioma intestinal. Como se sabe, el sistema inmune de defensa tiene como función recorrer todos los tejidos a fin de neutralizar cualquier amenaza a la integridad y para ello segrega glóbulos blancos que se dedican a fagocitar o destruir microorganismos patógenos así como a eliminar las sustancias tóxicas y las células endógenas defectuosas. Células inmunitarias que se caracterizan por tener la capacidad de reprogramar de forma sencilla la expresión de su código genético para poder fabricar todo tipo de anticuerpos -proteínas- con los que hacer frente a cualquier elemento patógeno, tanto externo como endógeno.

Numerosos ensayos con animales -especialmente con ratones a los que se dejó sin flora intestinal- han permitido desvelar la enorme importancia del microbioma en el desarrollo, funcionamiento, especificidad y potenciación del sistema inmunitario dada su gran capacidad para sintetizar nuevas proteínas mediante cambios en la expresión de sus códigos genéticos. Demostrando más allá de cualquier duda que el microbioma intestinal es clave para su correcto y eficaz funcionamiento. Es más, una flora intestinal sana impide las reacciones autoinmunes.

Y por lo que a la inflamación se refiere recordemos -una vez más- que se trata de una reacción del cuerpo para expandir los tejidos y permitir al sistema inmunitario el envío de glóbulos blancos para combatir todo agente patógeno o toxina que se haya introducido en una zona y, en el caso de una herida con ruptura tisular, que células de refuerzo entren para ayudar a reparar el tejido dañado. La inflamación es pues un mecanismo reparador y de defensa curativo que solo representa un problema cuando se mantiene en el tiempo porque en tal caso puede terminar creando un medio bioquímico intercelular extraño que dañe el genoma y bien silenciar genes antitumorales, bien activar genes que controlan los receptores neuronales de los neurotransmisores. Sin embargo un microbioma equilibrado de amplia biodiversidad imposibilita o limita la presencia de patógenos y además actúa como antiinflamatorio, bien modulando el proceso, bien segregando péptidos o citoquinas de acción antiinflamatoria.

PSICOBIÓTICOS

¿Y qué es un “psicobiótico”? Pues hablamos de un término acuñado por el doctor T. G. Dinan -del University College Cork de Irlanda- que se refiere a aquellas bacterias del microbioma que poseen la capacidad de equilibrar y estabilizar el sistema nervioso y el complejo neuropsíquico. Se trata pues de probióticos -conjunto de cepas bacterianas que permiten tener una flora intestinal sana recuperando su equilibrio cuando está dañada- pero con acción más específica sobre las funciones mentales. Según dice el propio Dinan en el artículo que publicó en 2013 en Biological Psychiatry se trata de “organismos vivos que al ser ingeridos en cantidades significativas producen un efecto beneficioso en los pacientes afectados de enfermedades psiquiátricas”. Y lo hacen porque se trata de bacterias intestinales capaces de producir sustancias neuroactivas como la serotonina, el ácido gama-aminobutírico (GABA), la acetilcolina y otras catecolaminas, neurotransmisores que actúan directamente sobre los receptores de las células del epitelio intestinal enviando información al cerebro y modulando así respuestas nerviosas y cognitivas. De lo que se deduce que todo agente patógeno externo al microbioma que lo dañe -alimentos no adecuados incluidos- puede dar lugar a trastornos que alteren la homeostasis neuronal del sistema nervioso central y el cerebro. Así lo explica en el trabajo que publicó en 2014 en Advances in Experimental Medicine & Biology.

Dos años después -en 2016- los investigadores rusos A. V. Oleskin y B. A. Shenderov de la prestigiosa Lomonosov Moscow State University- publicarían en Microbial Ecology in Health & Disease un paradigmático artículo titulado Efectos neuromoduladores y dianas de los ácidos grasos de cadena corta y de los gasotransmisores producidos por la microbiota simbionte humana según el cual el intercambio de información en el ser humano -y en los mamíferos en general- se basa en la producción microbiana de pequeñas moléculas -como aminoácidos y ácidos grasos volátiles- que bien trasladan información a las células vecinas del epitelio intestinal -actúan como mensajeros paracrinos-, bien llevan mensajes a tejidos lejanos -actúan como mensajeros endocrinos-. Solo que -y he aquí lo revolucionario- mientras las células endocrinas y neuronas humanas producen un limitado número de neurotransmisores y hormonas el microbioma puede producir centenares de sustancias activas -muchas aún desconocidas- capaces de alcanzar objetivos nerviosos, endocrinos, inmunológicos y metabólicos y actuar como reguladores epigenéticos del genoma.

Es más, aseveran que casi todas las bacterias intestinales pueden degradar tanto los polisacáridos como las proteínas procedentes de los alimentos y transformarlas en ácidos grasos de cadena corta y sustancias gaseosas simples: hidrógeno, metano, sulfhídrico, monóxido de carbono, óxido nítrico y amoniaco. Gases todos ellos con distintas funciones fisiológicas entre los que destaca uno, el óxido nítrico, ya que potencia los sistemas inmunitario y cardiovascular además de ejercer como neuromediador facilitando las actividades cognitivas. Cabe añadir que el óxido nítrico lo produce el microbioma tanto a partir de los nitratos y nitritos de los alimentos como metabolizando un abundante aminoácido no-esencial: la L-arginina.

En cuanto al monóxido de carbono, gas tóxico si se inhala, es beneficioso en pequeña cantidad a nivel intestinal ya que protege las células al tener acción antiproliferativa, antiinflamatoria y neuroprotectora. Como igualmente cumple funciones protectoras otro gas muy tóxico que el organismo sintetiza en pequeña cantidad a partir de aminoácidos sulfurados como la cisteína: el ácido sulfídrico. El microbioma lo fabrica tanto a partir de los compuestos azufrados de los alimentos -sulforafanos, alicina, etc.- como de los sulfatos y sulfitos ingeridos. Y además de neuroprotector es neurotransmisor habiendo numerosas evidencias de su papel en varias enfermedades neurodegenerativas. Sirva como ejemplo saber que la concentración de este gas en los tejidos cerebrales de quienes sufren alzheimer es la mitad que en sujetos normales.

En 2011 un equipo del VA Medical Center West Los Angeles (EEUU) coordinado por el doctor S. M. Finegold publicó en Medical Hypothesis un artículo según el cual son más abundantes en los niños autistas que en los sanos las bacterias del genero Desulfovibrio, resistentes a los antibióticos que suelen emplearse para tratar las otitis y otras infecciones infantiles. ¿Fueron pues éstos los que alteraron el microbioma infantil permitiendo su proliferación al acabar con las no resistentes? Es más, ¿es el exceso de tales bacterias causa o consecuencia de autismo? Cabe añadir que la falta de sulfatos puede disminuir la capacidad quelante propiciando la acumulación de toxinas órgano-metálicas en el organismo.

AUTISMO

Ya en 2005 un equipo de la Universidad de Reading (Reino Unido) coordinado por el doctor H. M. Parracho había realizado un interesante estudio -se publicó en Journal of Medical Microbiology- en el que se comparó el microbioma de un grupo de niños autistas con el de sus hermanos y otros niños sanos encontrándose entre los primeros muchas más colonias de Clostridium, grupo de bacterias muy patógenas, lo que les llevo a preguntarse si lograr su disminución podría mejorar el síndrome autista. No combatiendo los Clostridium con antibióticos sino regenerando la flora intestinal con pre y probióticos. Así lo postularía en 2015 en Cell la investigadora del Instituto Tecnológico de California (EEUU) Elaine Y. Hsiao quien lleva varios años investigando en ratones modelo la relación del autismo con el microbioma y según la cual uno sano potencia la síntesis de serotonina por las células enterocromafines del epitelio intestinal.

Este mismo año -2016- un equipo de psicólogos de la Universidad de Georgia encabezado por el doctor B. W. Haas ha publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences un artículo explicando que la metilación epigenética puede reducir la expresión del gen OXT responsable de la producción de oxitocina -hormona vinculada al comportamiento social- de lo que cabe colegir que probablemente exista una sustancia de metilación de ese gen en el bioma intestinal.

También este año -en junio de 2016- un amplio equipo de investigadores del Baylor College of Medicine de Houston (EEUU) coordinado por la doctora Shelly A. Buffington publicó en Cell un interesante ensayo según el cual los ratones en cuyo microbioma hay escasas bacterias de la especie Lactobacillus reuteri tienen un nivel de oxitocina muy bajo y muestran por ello comportamientos antisociales similares a los del autismo constatando que ello se resuelve mediante la ingesta de esas bacterias. ¡Incluso cuando los Lactobacillus reuteri se obtienen de leche materna humana!

EL TRASTORNO POR DÉFICIT DE ATENCIÓN CON HIPERACTIVIDAD

La existencia o no de esta enfermedad o “síndrome conductual” es un tema polémico que enfrenta a los sostenedores de su tratamiento terapéutico contra quienes piensan que se trata de una “enfermedad inventada” para beneficiar a los laboratorios farmacéuticos. Para muchos investigadores es sin embargo probable que muchos de los niños a los que se diagnostica como afectos de esta patología no sean más que infantes sanos que son simplemente revoltosos o rebeldes pero lo cierto es que también se manifiesta en adultos (que tuvieron o no conductas normales de niños). Y el número de casos ha crecido en las últimas décadas. Por otro lado, las estadísticas epidemiológicas -poco fiables por los diferentes criterios de evaluación- revelan grandes diferencias entre países desarrollados. En Estados Unidos el 11% de los niños han sido diagnosticados como enfermos de TDAH; curiosamente un 7% en los estados más occidentales y un 14% en los estados atlánticos. Porcentaje que en Europa -España incluida- es del 7%. En cambio en Hong-Kong apenas hay un 1% de casos infantiles. ¿La explicación? Para quienes defienden los datos que solo en Estados Unidos se elaboran estadísticas fiables y actualizadas.

En fin, nosotros vamos a dejar simplemente constancia de un hecho incontestable: quienes han sido diagnosticados del llamado Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) padecen frecuentes anomalías digestivas. Luego la relación de esta patología con el microbioma también parece obvia.

En 2015 un equipo de la Universidad de Turku (Finlandia) coordinado por A. Pärtty publicó en Pediatric Research un ensayo que tenía como objetivo comprobar si el eccema infantil puede prevenirse eficazmente ¡ingiriendo sus madres probióticos durante el embarazo! Así que se reclutó a 159 embarazadas a parte de las cuales se dio durante las 4 semanas anteriores al parto extractos de Lactobacillus rhamnosus y a las otras un placebo continuando luego la ingesta otras seis semanas mientras daban de mamar a sus bebés. Transcurrido el plazo se realizó una evaluación ciega de potencial TDAH por psiquiatras encontrándose evidencias positivas en el 17% de los niños cuyas madres tomaron el placebo y ni un solo caso entre las que tomaron el probiótico. Seis meses después se analizaron las heces de los bebes comprobándose que el número de bifidobacterias era menor entre los del grupo placebo.

Añadiremos que ya en 2003 un equipo de la Harvard School of Medicine (EEUU) coordinado por la doctora Karen Harding había realizado un ensayo clínico comparativo con dos grupos de 10 niños con TDAH -se publicó en Alternative Medicine Review– a uno de los cuales se dio un probiótico junto con suplementos nutricionales y al otro Ritalin (metilfenidato) -el fármaco más usado para tratar el trastorno que también se comercializa como Rubifen, Methylin y Focalin– constatándose al final de la prueba con varios test ciegos de evaluación que no había diferencias conductuales entre ambos grupos.

Solo que el metilfenidato es un fármaco peligroso al que se acusa incluso de incitar al suicido como en esta revista se denunció en los artículos que con los títulos Los fármacos con que se trata la hiperactividad son inútiles y además incitan al suicidio y El Metilfenidato (Rubifen), recetado a niños con hiperactividad, es potencialmente peligroso aparecieron en los números 80 y 84 respectivamente.

DEPRESIÓN

Los médicos llevan más de tres décadas recetando recaptadores de la serotonina o inhibidores de la MAO -la enzima que la metaboliza- para tratar los estados depresivos a pesar de que no existe ni un solo estudio que haya demostrado que eso lo provoque un desequilibrio de neurotransmisores en el cerebro. Lo que sí hay son numerosas evidencias de que los psicofármacos -incluido el Prozac, una de las drogas más vendidas del mundo- no obtienen mejores resultados que un placebo. Lo denunció nuestra revista en un amplio reportaje aparecido en el nº 104 con el título Los antidepresivos: además de peligrosos, inútiles en el que -entre otras muchas cosas- se contaba que un equipo de investigadores británicos y estadounidenses acababa de constatar, tras revisar los 47 estudios que la FDA recibió entre 1987 y 1999 sobre seis antidepresivos de nueva generación -los conocidos inhibidores de recaptación de la serotonina (ISRS)-, que no son más eficaces que ¡un simple placebo! Fármacos que en cambio sí se ha demostrado que pueden ocasionar graves problemas de salud; desde pérdida de masa ósea a episodios de violencia injustificada pasando por ideas suicidas. Además se sabe desde hace casi una década que el 95% de la serotonina del cuerpo humano se origina en las células enterocromafines presentes en el epitelio del tubo digestivo -especialmente en el colon- y en algunos otros tejidos del sistema respiratorio por lo que es fácil deducir que el porcentaje de serotonina presente en las sinapsis de las neuronas cerebrales es mínimo. El origen de los estados depresivos está en realidad -una vez más- en los intestinos.

Un numeroso equipo de investigadores de varias universidades de Irán encabezado por el doctor G. Akkasheh acaba de publicar de hecho en marzo pasado en Nutrition un nuevo ensayo clínico aleatorizado que pone en evidencia la relación entre la depresión y la disbiosis intestinal. En él se comparó a 40 pacientes con depresión que tomaron placebo durante 8 semanas con otros 40 a los que se suministró un probiótico compuesto por Lactobacillus acidophilus, L. casei y Bifidobacterium bifidum manteniendo ambos grupos una dieta similar y se constató al terminar que éstos mejoraron notablemente; de hecho las analíticas mostraron además que tenían menor resistencia a la insulina, menor nivel de proteína C-reactiva y un claro aumento de glutatión en sangre.

Y por cierto, este mismo año -2016- se ha publicado un interesante ensayo murino que ha demostrado que transferir heces de ratones sanos a ratones deprimidos mejora la conducta de éstos recuperando su mielina cerebral e incluso los genes neuronales encargados de su expresión. Lo constató un equipo del Icahn School of Medicine coordinado por la doctora Montserrat Mar Gacias en un trabajo aparecido en la publicación electrónica eLife. En él se asevera que un microbioma desequilibrado puede producir metabolitos que afecten a la síntesis y mantenimiento de la mielina.

Ya en 2011 el doctor T. Borody presentó durante la reunión anual del American College of Gastroenterology celebrada en Washington un informe titulado Fecal Microbiota Transplantation in Multiple Sclerosis (El trasplante fecal en la esclerosis múltiple) en el que tras poner en evidencia el poco éxito alcanzado con el protocolo médico habitual -básicamente inmunosupresores- y asumir que la esclerosis múltiple puede ser una enfermedad autoinmune decidieron tratar en 2006 a tres pacientes con la enfermedad que sufrían estreñimiento crónico y parálisis total o parcial de los miembros inferiores comprobando con sorpresa que además de resolverse el estreñimiento había remisión parcial o total de los síntomas de la esclerosis múltiple. Y como esta enfermedad se caracteriza por la pérdida de la capa de mielina que protege a los axones parece claro que hay relación entre la disbiosis intestinal y la producción de las neurotoxinas destructoras de mielina.

Cabe añadir que en 2007 un equipo del Instituto Neuropsiquiatrico Brudnick (EEUU) coordinado por el doctor F. A. Schroeder publicó en Biological Psychiatry un trabajo según el cual el butirato de sodio -ácidos grasos de cadena corta que el microbioma fabrica a partir de la fibra vegetal- potencia la expresión del gen BDNF encargado de generar el Factor neurotrófico derivado del cerebro, proteína relacionada con la depresión, el alzheimer y otras patologías nerviosas. Sus ensayos murinos demostraron que la fluoxetina (Prozac) y el butirato de sodio obtienen resultados semejantes: incrementa la expresión del gen BDNF en la corteza frontal. Con una diferencia: el butirato de sodio es inocuo y el Prozac no.

PARKINSON

Un equipo de la Universidad de Helsinki (Finlandia) dirigido por el doctor F. Scheperjans ha detectado por su parte que en el microbioma intestinal de los enfermos de parkinson hay exceso de Enterobacteriaceae y una cantidad demasiado baja de Prevotellaceae, algo que por cierto caracteriza también a quienes sufren estreñimiento crónico. Lo dio a conocer en 2015 en un artículo publicado en Movement Disorders.

Y un equipo de la Saarland University (Alemania) encabezado por el doctor M. M. Unger ha demostrado por su parte mediante ensayos clínicos que tanto el parkinson como el estreñimiento crónico podrían deberse a la escasez de los ácidos grasos de cadena corta que genera en abundancia todo microbioma sano. Coinciden pues con los investigadores que observaron la asociación entre la escasez de butiratos -ácidos grasos de cadena corta- y diversas enfermedades mentales. Lo cuentan en un artículo publicado en agosto de este año -2016- en Parkinsonism & Related Diorders. Todo indica pues que tanto en la depresión como en la esclerosis múltiple hay déficit de ácidos grasos de cadena corta generados por el microbioma.

OTRAS PATOLOGÍAS MENTALES

En 2014 un investigador del National Center for Environmental Health (EEUU), el doctor J. C. Rees, propuso en Medical Hypothesis que el trastorno bipolar también podría deberse a una disbiosis intestinal; en muchos casos debida a tratamientos prologados con determinados antibióticos.

Un año después -en 2015- un equipo de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU) coordinado por el doctor S. C. Kleiman constató que la composición bacteriana de las heces de quienes padecen anorexia nerviosa es significativamente distinta a la de las personas sanas y presenta menor diversidad; luego también parece relacionarse con la disbiosis intestinal. Lo explicaron en un artículo aparecido en Psychosomatic Medicine.

Y ya en 2016 un equipo de la Universidad de Helsinki (Finlandia) dirigido por A. Raevuori acaba de publicar en International Journal of Eating Disorders un trabajo según el cual tanto la anorexia como los demás desórdenes alimentarios se deben a desequilibrios del microbioma provocados por la toma habitual y prolongada de antibióticos.

Un equipo de investigadores del Inserm de Rouen (Francia) coordinado por el doctor J. Breton ha constatado por su parte que la cantidad de proteasa B Caseinolítica (ClpB) -que producen enterobacterias como la E. coli- en el plasma de los pacientes con anorexia no es normal. Y recordemos que en ensayos murinos se ha detectado que la ClpB activa las neuronas anorexigénicas que controlan el apetito. En suma, entienden que hay una clara relación entre la anorexia y ciertas enterobacterias del microbioma intestinal que elevan esa proteasa en sangre. El trabajo se publicó en agosto pasado en International Journal of Eating Disorders.

PRINCIPALES BACTERIAS PSICOBIÓTICAS

El doctor de la Universidad de Tübingen (Alemania) H. Wang efectuó junto a otros expertos un importante estudio de síntesis sobre el efecto de los probióticos en humanos y animales –Bifidobacterium longum, B. breve. B. infantis, Lactobacillus helveticus y L. rhamnosus- seleccionando 38 estudios aleatorizados que demuestran su eficacia en casos de ansiedad, depresión, autismo, trastorno obsesivo compulsivo y estrés. El trabajo se publicó en julio de 2016 en Journal of Neurogastroenterology and Motility y esto es lo que de forma muy resumida se concluye en él:

Lactobacillus rhamnosus. Es una de las bacterias probióticas más estudiadas y se utiliza para casos de infecciones intestinales, urinarias y vaginales dada su habilidad para formar un biofilm que impide la adherencia de las bacterias patógenas al epitelio intestinal. Alcanza sin problemas el tracto intestinal ya que es resistente al medio ácido estomacal y los ácidos biliares. El doctor J. A. Bravo y sus colaboradores del University College Cork de Irlanda demostraron en ensayos murinos que produce distintas citoquinas; entre ellas el TNFalfa o la IL-8. Según concluyen los autores del artículo -publicado en 2011 en Proceedings of the National Academy of Sciences- la bacteria tiene además efectos ansiolíticos ya que ¡aumenta el número de receptores GABA en las neuronas cerebrales!

Lactobacillus helveticus. Se pudo comprobar que la depresión generada en ratones recién nacidos cuando se les separaba de sus madres se mitigaba sensiblemente si se les agregaba cepas de este probiótico a su alimentación.

Lactobacillus plantarum. Es interesante comparar los resultados de este estudio clínico con otro ensayo murino que un grupo de investigadores chinos encabezado por el doctor W. H. Liu -de la National Yang-Ming University de Taipéi (China)- publicó en febrero de 2016 en Behavioural Brain Research. En este caso se trabajó con ratones estériles (sin microbioma) a los que se sometió a una serie de test de ansiedad junto con el probiótico Lactobacillus plantarum comprobando el efecto ansiolítico de la bacteria en comparación con los animales de control estériles. En las conclusiones los autores destacan también que pudo verificarse el aumento de serotonina y dopamina en determinadas áreas cerebrales por lo que recomiendan el uso del probiótico en casos de ansiedad. Anteriormente -en enero de 2016- otro grupo de la misma universidad dirigido por el doctor Y. W. Liu publicó en Brain Research un trabajo según el cual el L. plantarum tiene positivos efectos psicotrópicos en ratones sometidos a estrés temprano por falta de cuidados maternales.

Lactobacillus casei. Respecto a los efectos del Lactobacillus casei frente al estrés es interesante señalar los resultados de una experiencia realizada por un grupo de investigadores del Yakult Central Institute de Tokio (Japón) encabezado por el doctor A. Kato-Kataoka con un grupo de estudiantes de Medicina sometido al estrés de los exámenes académicos. La prueba aleatorizada abarcó a 48 estudiantes la mitad de los cuales tomó placebo y la otra mitad L. casei durante las 8 semanas previas a los exámenes. Medidas varias constantes antes y después se constató que los que tomaron el probiótico tuvieron menos ansiedad, mayor nivel de serotonina en la orina y menor nivel de cortisol en la saliva. Los autores concluyen en su trabajo -publicado en 2016 en Beneficial Microbes– que la ingesta de este probiótico disminuye el estrés en las personas sanas.

Bifidobacterium longum. Estudios murinos similares se realizaron por un equipo del University College Cork de Irlanda -esa vez dirigido por el doctor H. M. Savignac- con la bacteria Bifidobacterium longum demostrándose que también posee propiedades ansiolíticas. Se dió a conocer en 2015 en Behavioural Brain Research.

Bifidobacterim infantis. Cabe agregar que otro equipo del mismo centro pero dirigido por el doctor L. Desbonnet descubrió en ensayos murinos que la administración de esta bacteria es eficaz para tratar la depresión. Lo contaron en 2010 en Neuroscience.

-La Bacteroides fragilis. Un equipo del Instituto Tecnológico de California (EEUU) coordinado por Sarkis K. Mazmanian publicó en 2005 en Cell un innovador trabajo según el cual la membrana externa de esta bacteria contiene un polisacárido (PSA) capaz de regular el equilibrio entre los linfocitos T1 y T2, algo fundamental para evitar los procesos autoinmunes. Polisacárido que luego el Dr. J. Ochoa-Reparaz –del Darmouth Medical School– aisló administrándoselo a modelos murinos de esclerosis múltiple observando que impide la destrucción de la mielina; el trabajo se publicó en 2010 en Mucosal Immunology y concluye que su presencia en la biota intestinal podría ser clave para evitar y tratar la esclerosis múltiple y, probablemente, otras enfermedades autoinmunes.

INFLAMACIÓN

Un equipo de investigadores del Cedars-Sinai Medical Center de Los Ángeles (EEUU) dirigido por la doctora Svetlana Zonis publicó por su parte en 2015 en Journal of Neuroinflammation nuevas evidencias de que la inflamación podría ser la principal causa de las enfermedades neurodegenerativas. Lo coligieron realizando ensayos murinos en los que se agregó al agua que bebían los ratones una sustancia tóxica que produce inflamación digestiva comprobando que a los pocos días había también inflamación en las células de las microglías; muy especialmente en las zona del hipocampo que es donde se halla la memoria. Y no fue todo: observaron asimismo una disminución en la generación de nuevas células cerebrales e incluso la formación de células anómalas. Para los autores ha quedado así demostrado -al menos en ratones- que un proceso inflamatorio intestinal puede desencadenar focos inflamatorios en el cerebro. Con el agravante de afectar a la renovación de las células neuronales.

El mismo año -2015- un grupo de investigadores de la David Geffen School of Medicine de la Universidad de California coordinado por el doctor E. A. Mayer publicó en Journal of Pediatric Gastroenterology and Nutrition un trabajo de resumen sobre las evidencias acumuladas basadas en ensayos murinos que demuestran la interacción entre el microbioma intestinal y el cerebro por dos vías principales: estimulando la producción de serotonina y otros neurotransmisores en las células enterocromafines del epitelio intestinal y modulando la respuesta inmune que las células inmunitarias trasladan al sistema nervioso central (especialmente la acción inflamatoria). El trabajo termina recordando que el 80% de las células inmunitarias ¡residen en los intestinos!

También el mismo año -2015- un grupo de expertos de varias universidades europeas coordinado por el doctor A. I. Petra -de la Tufts University School of Medicine de Boston (EEUU)- publicó en Clinical Therapeutics un extenso metaanálisis que abarcó los últimos 35 años de investigaciones dedicadas a encontrar relaciones entre las anomalías del microbioma intestinal y su reflejo en el cerebro como probable causa de enfermedades neuropsíquicas. Y según el trabajo la patogénesis de estas enfermedades está claramente relacionada con procesos inflamatorios intestinales que incrementan la permeabilidad intestinal permitiendo la entrada al torrente sanguíneo de determinadas excitotoxinas que al final alcanzan el cerebro al aumentar la permeabilidad de la barrera hematoencefálica.

El último trabajo que vamos a citar es de un equipo de la Johns Hopkins University (EEUU) coordinado por el doctor S. S. Yarandi y publicado en 2016 en Journal of Neurogastroenterology & Motility según el cual el equilibrio del microbioma intestinal es vital para evitar que la inflamación del epitelio intestinal que provocan algunas bacterias patógenas termine dando lugar a su permeabilidad y a la liberación de péptidos y citoquinas que puedan finalmente llegar al sistema nervioso central y al cerebro. Permeabilidad intestinal -recuerdan- que igualmente incrementa el estrés intenso al aumentar ello los niveles de la hormona estimulante de la corticotropina y, por ende, la actividad de los mastocitos propiciando la inflamación.

CONCLUSIÓN

Puede decirse tras lo expresado que la teoría del déficit de serotonina en el entorno de las sinapsis como causa de las patologías neurológicas no se sostiene. Es falsa y por tanto nada puede esperarse de las drogas que “normalizan” la serotonina en el entorno neuronal. Son en cambio numerosas las evidencias de que los desequilibrios neuronales y mentales pueden atenuarse o corregirse mediante simples modificaciones en el microbioma intestinal y que para ello hay dos opciones: el consumo de prebióticos y probióticos y/o la transferencia fecal procedente de personas sanas (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el reportaje que con el título Sorprendente técnica de constatada eficacia: el Trasplante fecal apareció en el nº 180).

Ello bastaría para equilibrar adecuadamente el microbioma intestinal en apenas unos días aunque ciertamente no sería suficiente: es necesario modificar la dieta que ha llevado a ello para garantizar que la disbiosis no vuelva a aparecer.

Y a fin de que se haga una idea de lo rápido que puede cambiarse un microbioma intestinal vamos a citar un trabajo clave publicado en 2014 en Nature (Letters). Nos referimos al efectuado por un numeroso equipo de expertos de la Universidad de Harvard (EEUU) coordinado por el doctor Lawrence A. David. Se trata de un amplio estudio clínico efectuado con voluntarios que constató que una dieta rica en proteínas y grasas -carne, pescado, huevos y queso- aumenta la presencia de comunidades bacterianas tolerantes a los ácidos biliares –Alistipes, Bilophila y Bacteroides– y disminuye la de FirmicutesRoseburna, Eubacterium y otros- encargadas de metabolizar los polisacáridos vegetales (fibra) en apenas cuatro días. Equilibra el microbioma de forma más rápida que una dieta basada en vegetales.

Siempre, claro está, que se eviten de forma radical todos los alimentos de origen industrial: desde el pan, la bollería y las pastas hasta los lácteos no fermentados y los aceites refinados. Y respecto a esto último cabe recordar que son los lácteos fermentados -como el yogur, el queso y otros similares- los que contienen en mayor proporción bacterias benéficas (obviamente no podrá ingerirlos si es usted intolerante o alérgico a ellos).

Deberán asimismo evitarse los antibióticos a menos que sean absolutamente necesarios (de forma excepcional en casos de infecciones graves). Los antibióticos tienen efectos devastadores en la flora intestinal, especialmente en el caso de los niños. Es más, podrían bloquear el crecimiento neuronal y la neurogénesis en áreas del hipocampo cerebral. Lo comprobó en ratones un equipo del Max-Delbrueck Center for Molecular Medicine de Berlín (Alemania) coordinado por la doctora Suzanne A. Wolf en un trabajo publicado en abril de 2016 de Cell Reports según el cual, afortunadamente, la situación puede revertirse ingiriendo prebióticos y probióticos. Lo que aparentemente provoca el bloqueo neuronal es una disminución de los monocitos tanto en sangre como en la médula ósea.

Queda recomendar que en caso de estar tomando psicofármacos se consulte con un profesional para que éste controle su retirada progresiva.

En fin, después de medio siglo usando drogas psicotrópicas y de un siglo de psicoanálisis como tratamientos de escasa eficacia ante las llamadas “enfermedades mentales” resulta difícil creer que un simple cambio de dieta y la ingesta regular de probióticos y prebióticos pueda ofrecer una solución más real y natural pero no hay nada más evidente y lógico. Permite resolver las disfunciones en lugar de limitarse a paliar síntomas.

Paula M. Mirre

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198
Noviembre 2016
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