Sí, todos hacemos daño

Ocurrió en primavera. Cerca de casa hay un parque urbano, uno de esos jardincillos entre coches que permiten tener un banco donde sentarse y un árbol que contemplar. Y ese día en que el tibio sol de media tarde era una llamada al descanso decidí responder a ella. Como de costumbre, cogí casi al azar un libro entre esas cumbres de papel que trepan por las paredes de casa y me fui a ese parque cercano. El libro resultó ser los fragmentados textos de Heráclito, el filósofo de la antigua Éfeso. Y tuve suerte. Había un banco libre en el que sentarme de manera que allí estaba -con los ojos entornados, filtrando el sol y con el libro a un lado- cuando una voz me sobresaltó:

-Usted es filósofo, ¿verdad?

Eran dos mujeres, una de mediana edad y otra más joven. La que había hablado, intentando clasificar mis circunvoluciones cerebrales por el sólo título de un libro, era la mayor. Llevaba, cómo no, una Biblia en la mano, lo que sí la identificaba a ella.

Y me habló. Al parecer su tema era que no hay que hacer daño. Me dijo algo así como que no hacemos daño si no queremos. Y avalaba sus palabras señalando esa Biblia que parecía pegada a su mano como si hubiera nacido con ella.

 Sinceramente, me saturó con sus falsos juicios y puesto que me consideraba un filósofo me dispuse a responder a lo Heráclito. La miré intensamente, convulsioné el rostro y muy agitado repuse:
-Usted ahora me está haciendo daño, mucho daño.

-¿Yo? -repuso un tanto extrañada la mujer que no comprendía la causa de mi alterada respuesta.

-Si, usted -y ahí mi rostro era ya todo avidez-, usted; porque no sé qué ha ocurrido que de pronto, al verla, he sentido un amor loco por usted. Y sufro porque temo que me va a rechazar. Y yo la amo. Ya no puedo vivir sin usted. Acépteme. No me haga sufrir.

Lo confieso, fue una actuación inmejorable. Tan convincente que la mujer me miró con los ajos trastabillados, reflejando un pánico insuperable. Súbitamente se dio la vuelta y salió corriendo con la mirada estrábica todavía, fija en ese loco que era yo. La joven, por el contrario, vino sonriendo hacia mí y me dijo:

-Gracias. He comprendido.

¿Y tú, lector? Porque sí hacemos daño. Lo estamos haciendo constantemente sin desear hacerlo y eso por la sencilla razón de que no podemos dar cuanto los otros desean obtener de nosotros. Especialmente cuando lo que los otros nos exigen son nuestros sentimientos. ¿Somos acaso libres de amar o de odiar a voluntad?

El cogito, ergo sum de Descartes bien está si no lo traducimos por pienso, luego existo sino por pienso, luego soy en el sentido de que soy un yo pensante. Porque existir no es pensar, es sentir. Que no sentimos lo que pensamos sino que pensamos lo que sentimos. Vivimos de verdades sentidas y ajustamos nuestras verdades pensadas a nuestra memoria sintiente. No razonamos, nos justificamos. Recuerdo a un médico puericultor, hombre amable y en general buen profesional, al que dejé de llevar a mi hijo porque lo estaba saturando de penicilina hasta el punto de que hizo de él un alérgico a los antibióticos de la época.

Y eso, ¿por qué? Simplemente porque se le había muerto un hijo de poca edad, un hijo al que -eso pensaba- hubiera salvado la vida si en los tiempos de la enfermedad de su hijo hubiera tenido antibióticos o si, teniéndolos -no recuerdo ese dato- los hubiera utilizado. De manera que ese puericultor bienintencionado veía a su hijo enfermo en todo niño simplemente acatarrado. Y con su mejor intención sentida los hinchaba a penicilina. Algo que, además, en aquella época la cultura médica imperante -¿cultura o caldo de cultivo patológico?- aceptaba. Al igual que ahora -y hablo sólo del daño que hacemos sin mala intención- no son pocos los especialistas médicos que sólo consideran válidos los tratamientos en los que ellos creen, al margen de las pruebas positivas que en determinados casos muestran otros tratamientos menos agresivos que los de la actual medicina alopática. Es la actitud propia del pensamiento sentido de toda religión, también de la médica: “El que no está conmigo está contra mí”.

Yo aconsejaría -también me lo aconsejo a mí mismo y a todo terapeuta que utilice mi terapia Anatheóresis– que nadie olvide que todo estímulo procedente del exterior lo recibe primero el cerebro emocional y éste responde al mismo por resonancia analógica de acuerdo con su biografía personal de verdades sentidas. No somos dueños -o por lo menos no somos totalmente dueños- de nuestros hechos. Al recibir un impacto emocional no podemos contar hasta diez antes de responder compulsivamente a ese impacto. La respuesta compulsiva está emocionalmente condicionada. Obsérvese cuánto genocidio en nombre de una palabra tan excelsa como la palabra llamada amor. Digo una palabra llamada amor, no un auténtico sentimiento de amor porque nuestro amor es espurio, está condicionado por nuestros deseos y temores. Y así, decimos amar y en nombre de ese amor espurio exigimos se nos crea cuando hablamos de un concepto, sea éste la salvación del alma o la salvación del cuerpo, un territorio único -la sanación- que se han repartido clérigos y médicos.

Recuerda, lector: el nonato y el niño son seres solamente sintientes y tú, que fuiste ese nonato y ese niño, pura emotividad, viviste el dolor de emociones traumáticas y el gozo de emociones placenteras, emociones que te configuraron; y ahora, ya adulto, sigues viviendo tu existencia intentando llenar los huecos de una afectividad no sentida o de volver a las cumbres de unos gozos sentidos. Y los exiges. Y tu pensamiento se hace sangre y carne doliente. Y clamas por algo que consideras tuyo sin pensar en si el otro puede darte o no lo que exiges. ¡Y cuánto dolor, el tuyo y el del otro, en ese clamor! Escucha, lector, escucha a Konstantino Kavafis sufriendo el daño de alguien que no atendió su ruego. Lee y escúchate, que el griego Kavafis, en su existencia, también eres tú:

Vuelve otra vez y tómame,
amada sensación, retorna y tómame
cuando la memoria del cuerpo despierta
y un antiguo deseo atraviesa la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan,
cuando las manos sienten que aún te tocan.
Vuelve otra vez y tómame en la noche
cuando los labios y la piel recuerdan.

Si la mujer que intentó aleccionarme en torno al hacer o no hacer daño en el parque urbano en el que yo dormitaba no hubiera llevado en la mano un libro exigentemente bélico como es el Antiguo Testamento sino un libro que llevara a la comprensión no habría intentado aleccionarme con sus verdades. Verdades que su verdad sentida intentaba imponerme. Cuando nadie tiene verdades que pueda imponer. A lo sumo, tenemos propuestas que podemos exponer.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
91
Febrero 2007
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