¿Son los antidepresivos la causa de las matanzas en las escuelas estadounidenses?

Las últimas matanzas acaecidas en escuelas de Estados han llevado a sus políticos a intentar controlar mejor la venta de armas pero pocos se han planteado averiguar qué hay detrás de tales comportamientos. Algo que sí han hecho en cambio los doctores David Healy -psiquiatra británico para quien el 90% de esos tiroteos están relacionados ¡con los antidepresivos! y más concretamente con los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS)– y Peter R. Breggin -psiquiatra de Harvard que ha testificado en aproximadamente 100 juicios en los que violencia y antidepresivos estaban presentes- quienes han llegado a la conclusión de que detrás de muchos de los suicidios y actos de violencia que asolan nuestra sociedad están esos ineficaces y peligrosos fármacos que tan irresponsablemente recetan muchos psiquiatras.

Uno de los secretos mejor guardados por las multinacionales farmacéuticas es el impacto negativo que tienen los psicofármacos en la aparición de conductas agresivas, violentas y/o suicidas. Y sin embargo cada vez más datos sugieren que tras muchos comportamientos individuales aberrantes e inexplicables se halla el consumo de ciertos fármacos por lo que es una grave irresponsabilidad que no se esté informando de ello a la población. De hecho detrás de las tres masacres más importantes acaecidas en Estados Unidos en los últimos años ¡había personas que consumían fármacos psiquiátricos! Y eso la inmensa mayoría de los grandes medios de comunicación no lo ha contado.

Muchos aún recordarán con angustia lo ocurrido el pasado 14 de diciembre de 2012 cuando en la localidad de Newton (Connecticut, EEUU) un joven de apenas 20 años llamado Adam Lanza asesinó primero a su madre y a continuación se dirigió armado a la escuela infantil Sandy Hook donde mató a sangre fría a 20 niños y seis adultos. Pues bien, pocos días después Mark y Louise Tambascio -amigos de la madre del tirador, Nancy Lanza– declararían en el programa 60 Minutos de la CBS que ese joven estaba siendo tratado con fármacos para el Síndrome de Asperger, conjunto de condiciones mentales y conductuales que forma parte de los “trastornos del espectro autista”. Y lo habitual en esta patología es tratar a quienes la padecen con ¡antidepresivos!, sobre todo con inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS), fármacos que también se recetan para tratar la ansiedad, la depresión, los problemas de atención y la agresividad.

Ya meses antes otra tragedia había conmocionado al mundo. Fue en julio de 2012 y tuvo lugar en un cine de Aurora (Colorado, EEUU). James Holmes, de 24 años, entró disfrazado y con chaleco antibalas en el recinto en el que se estrenaba la última película de Batman y armado con una escopeta, un rifle y una pistola mató a 12 personas e hirió a otras 38. Lo que no se explicó luego suficientemente es que Holmes ¡también estaba siendo tratado por un psiquiatra! y todo indica pues que estaba siendo medicado.

Pero el “récord” trágico en Estados Unidos lo ostenta Seung-Hui Cho quien el 16 de abril de 2007 -con 23 años- mató en Blacksburg (Virginia,EEUU) a 32 personas e hirió a otras 17 en dos tiroteos separados por dos horas de diferencia y luego se suicidó. Lo que tampoco se resaltó es que a Cho se le había diagnosticado un cuadro de ansiedad y se encontraba medicado habiendo estado hospitalizado un año antes ¡por problemas psiquiátricos!

Obviamente hay quien defiende que si actuaron así es porque se trataba de personas con problemas mentales y los fármacos se justificaban pero otros entienden que los problemas que sufrían no provocan esos arranques de furia y violencia y por tanto la causa de que se comportaran tan irracionalmente se encuentra precisamente en el consumo de esos fármacos. Una tesis que se sustenta en hechos. Según datos de la Comisión de Ciudadanos por los Derechos Humanos (CCHR) -organización apolítica internacional sin ánimo de lucro creada para estudiar los abusos que se cometen con el pretexto de proteger y mejorar la salud mental- al menos 31 tiroteos en centros escolares –que dejaron 72 muertos y 162 heridos- y otros 12 actos de violencia –con 46 muertos y 23 heridos- se cometieron por personas -generalmente adolescentes- que estaban bajo tratamiento psiquiátrico consumiendo medicamentos o empezaban a abandonarlos (véase el recuadro). Y no han constatado más porque en otros muchos actos de violencia -en hogares, escuelas y otros establecimientos públicos- o no se cotejó si los autores estaban tomando fármacos o sí se hizo pero la información –en uno u otro sentido- no se ha dado nunca a conocer.

Bien, pues tan reveladores datos no han llevado al debate de si la causa de las matanzas está en los fármacos sino al de si hay o no que controlar más y mejor la venta de armas en Estados Unidos. Un tema importante que sin embargo ha hecho olvidar en buena parte el primer asunto cuando es de mucho mayor calado ya que si los fármacos son responsables de esos actos de violencia masiva pueden serlo asimismo de miles más en todo el mundo a menor escala que no ocupan los titulares de los medios de comunicación. En otras palabras, pueden estar detrás de las cada vez más habituales e incomprensibles agresiones a padres, mujeres, hijos, profesores, médicos, enfermeras y funcionarios, a las numerosas furibundas peleas vecinales o a los ataques desproporcionados de ira, furia y agresividad de gran cantidad de ciudadanos. Afortunadamente es ya tanta la evidencia que empieza a acumularse que la verdad no podrá ser ocultada mucho tiempo.

Sanjay Gupta, neurocirujano y jefe médico de la CNN, declararía tras la masacre escolar de Newton: “Hay algo más que debemos considerar: si el autor tomaba medicamentos y cuáles. Y me refiero específicamente a antidepresivos. Basta fijarse en los informes de otros tiroteos para comprobar que en todos hay un factor común: los medicamentos. Y quede claro que no estoy diciendo que los antidepresivos no sean eficaces pero parece haber acuerdo en que en su ingesta hay momentos especialmente vulnerables: cuando se empieza a tomarlos y cuando se intenta dejarlos. En ambas ocasiones puede aumentar la impulsividad y disminuir la capacidad de raciocinio haciendo que se pierda el contacto con la realidad. Ahora bien, esto no puede servir de excusa porque nunca hay una sola razón y ninguno de tales comportamientos se explica solo por ello así que debería realizarse un análisis retrospectivo que nos ayude a prevenir otra tragedia. Porque es preciso recordar que en 7 años ha habido 11.000 casos de violencia que se han relacionado ya con los efectos secundarios de los medicamentos. Y cuando hubo una sola muerte involucrada a menudo fue la del propio individuo que se suicidó”. Gupta hacía referencia con su comentario a los más de 11.000 informes existentes en el sistema MedWatch de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) que es donde se registran los actos violentos que tienen lugar tras la ingesta de fármacos –solo aquellos de los que se informa- y que incluían entre 2004 y 2011 unos 300 homicidios, cerca de 3.000 casos de actuaciones maníacas y más de 7.000 agresiones.

Y no es la única voz autorizada que ha pedido públicamente que se abra este debate: el ex Secretario de Seguridad Interior Tom Ridge -que formó parte del Panel de Revisión de la matanza de Virginia Tech- recordaría en el canal Fox News: “Uno de los estudiantes del tiroteo de Columbine estaba bajo una fuerte medicación y hay análisis que indican que ello pudo contribuir a su comportamiento agresivo-destructivo”. Habría que introducir un matiz en lo declarado por Ridge: Harris, el autor de la matanza, seguía en realidad un tratamiento antidepresivo rutinario. El informe oficial confirmaría que tenía un «nivel sanguíneo terapéutico» del antidepresivo Luvox (fluvoxamina), fármaco de efectos similares a otros conocidos antidepresivos como Prozac (fluoxetina), Paxil (paroxetina) o Zoloft (sertralina).

LOS ANTIDEPRESIVOS, EN EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS

El doctor David Healy, psiquiatra británico autor de dos conocidas obras que analizan la influencia de la industria farmacéutica en los médicos a la hora de recetar antidepresivos –Démosles a comer Prozac: la insana relación entre la industria farmacéutica y la depresión (2006) y Pharmageddon (2012)- declararía a la web WND America’s Independent News: «(…) Las drogas psicotrópicas -de cualquier grupo- pueden desencadenar violencia -incluyendo el homicidio- a pesar de lo cual los defensores del tratamiento defienden que es la enfermedad y no los medicamentos la causa de la misma agregando que hay un gran número de personas sin tratar. Pero si así fuera ¡no se habría constatado que más del 90% de los tiroteos en las escuelas están vinculados con la ingesta de medicamentos! Healy ha abierto por ello una web –Healy RxISK.org– en la que da a conocer que los eventos adversos de los medicamentos registrados en la FDA desde 2004 son ya de ¡más de cuatro millones!

Por su parte el doctor Peter R. Breggin -psiquiatra en Nueva York y testigo en casi un centenar de juicios en los que violencia y antidepresivos estaban presentes- ha escrito más de 40 artículos científicos y 20 libros en los que expresa claramente lo que piensa de los psicofármacos. Así, en su artículo Suicidio, violencia y manía provocados por los inhibidores selectivos de recaptación de la serotonina. Revisión y Análisis asevera: “Los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) suelen causar o exacerbar una amplia gama de problemas mentales y comportamientos anormales. Reacciones adversas que incluyen los siguientes fenómenos superpuestos: un perfil que va desde la agitación suave a la psicosis maníaca, depresión agitada, preocupaciones obsesivas que son ajenas o no características de la persona y acatisia. Cada una de estas reacciones puede empeorar la condición mental del individuo y acabar en suicidio, violencia y otras formas de comportamiento anormal extremo. La evidencia de tales reacciones aparece en informes de casos, ensayos clínicos controlados y estudios epidemiológicos en niños y adultos. Reconocer pues tales reacciones adversas retirando esos dañinos fármacos y no hacer diagnósticos erróneos impediría que empeoraran por daños iatrogénicos. La clara relación entre los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) y tales reacciones adversas constatables a nivel forense permite hablar de negligencia criminal, malas prácticas y responsabilidad penal”.

Claro y contundente. Lo lamentable es que los graves efectos negativos de los antidepresivos se conocen desde hace tiempo. Precisamente debido a las preocupaciones sobre los casos de suicidio asociados a los nuevos antidepresivos que se notificaban la FDA exigió a comienzos de este siglo una reevaluación de todos los ensayos clínicos controlados, a doble ciego y con placebo, realizados en niños y jóvenes que habían sido presentados durante los procesos de aprobación de los medicamentos. Y fue así como se pusieron oficialmente bajo sospecha los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) -los antidepresivos más conocidos y vendidos a nivel mundial- incluyendo la fluoxetina (Prozac), la fluvoxamina (Luvox), la paroxetina (Paxil), la sertralina (Zoloft), el citalopram Celexa) y el escitalopram (Lexapro). Cabe añadir que en los informes emitidos por la FDA en 2004 se encontraron otros cuatro antidepresivos capaces de producir semejantes efectos adversos conductuales y mentales: la venlafaxina (Effexor), la mirtazapina (Remeron), el bupropión (Wellbutrin o Zyban) y la nefazodona (Serzone). Y de ahí que desde agosto de 2004 en Estados Unidos y otros países los prospectos de todos los antidepresivos adviertan que pueden causar ansiedad, agitación, ataques de pánico, insomnio, irritabilidad, hostilidad, agresividad, impulsividad, acatisia (inquietud psicomotora), hipomanía y conductas maníacas. Y añadiremos que existen ya 22 advertencias internacionales similares.

Es verdad sin embargo que no hay aún muchos trabajos que vinculen tales medicamentos con actos violentos. ¿La razón? Que nadie los financia. A las empresas que los venden evidentemente no les interesa y los estados tampoco lo hacen. Pero existe alguno. Es el caso del titulado Antidepressants and Violence: Problems at the Interface of Medicine and Law (Antidepresivos y violencia: problemas en la relación entre la Medicina y la Ley)– elaborado por el ya citado David Healy junto a David B. Menkes –colega psicólogo de la Universidad de Cardiff (Reino Unido)- y Andrew Herxheimer –del Centro Cochrane en Reino Unido- en el que se analizaron los escasos datos proporcionados por los laboratorios, los que obran en poder de la Agencia Reguladora Británica, los conseguidos en los tribunales y 1.374 correos electrónicos que fueron enviados a la BBC por telespectadores -principalmente pacientes- tras ver un programa sobre la paroxetina emitido en 2002. Y los tres, tras examinar el material, señalarían: “Hay evidencias suficientes para sostener que el tratamiento antidepresivo puede inducir problemas y una prima facie (evidencia suficiente para presumir un hecho) de que la acatisia, la inestabilidad emocional y las reacciones maníacas y psicóticas podrían llevar a violencia” (lea al respecto en nuestra web –www.dsalud.com– el reportaje que con el título ¿Son los antidepresivos causa de muchos actos de violencia? publicamos en el nº 88).

Y todo esto lleva a una pregunta inquietante: ¿hasta qué punto son dueños de sus actos -y por tanto legalmente responsables- los autores de los actos violentos que se perpetran tras la ingesta de los mencionados fármacos? El asunto no es baladí: en septiembre de 2011 un adolescente de 16 años medicado con Prozac fue juzgado en Manitoba (Canadá) por el asesinato de otro adolescente con un cuchillo siendo llamado el Dr. Breggin para que diera su opinión y, analizados los hechos, el juez Robert Heinrichs acordó mantener el caso en la corte juvenil -donde el adolescente se enfrentaría sólo a una pena máxima de cuatro años- en lugar de remitir el caso a un tribunal de adultos como quería la acusación donde podría haber sido condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional durante siete años. Y es que Heinrichs declararía que el consumo de Prozac pudo haber dado lugar a circunstancias únicas que era necesario tener en cuenta. De hecho describió cómo el asesino pasó de ser un niño feliz y despreocupado a un oscuro consumidor del fármaco que a su juicio fue probablemente lo que le llevó a actuar de forma violenta e, incluso, a tratar de autolesionarse en varias ocasiones. Heinrichs reconoció asimismo que los padres del chico habían actuado correctamente al explicar a diferentes médicos su preocupación por el cambio de comportamiento de su hijo y que éstos, en cambio, ¡lo único que hicieron fue aumentar la dosis del medicamento! “Una vez fue detenido y dejó de consumir el fármaco –explicaría Heinrichs- el muchacho mostró su arrepentimiento por lo hecho y el riesgo para los demás se ha reducido en gran medida. Su actual normalidad confirma que no representa ya riesgo de violencia para nadie y que su deterioro mental y la violencia resultante no habría tenido lugar sin la exposición al Prozac”. Obviamente es tan sólo un ejemplo pero deja entrever una cuestión de profundas implicaciones: ¿son realmente responsables de sus actos quienes ejercen actos violentos estando bajo la influencia de tales fármacos?

PRUEBAS INCULPATORIAS

Y hay más: el trabajo Prescription Drugs Associated with Reports of Violence Towards Others, (Medicamentos bajo prescripción asociados con informes de violencia hacia los demás) de Thomas J. Moore, Joseph Glenmullen y Curt D. Furberg recogió del Sistema de Información sobre Eventos Adversos (VAERS) de la FDA los datos de los informes sobre los eventos adversos graves relacionados con cualquier tipo de fármaco y hallaron que a 484 medicamentos se les atribuyeron 780.169 eventos adversos graves de todo tipo. Así que expurgaron los eventos quedándose solo con los inequívocamente violentos -desde una agresión física a un homicidio- y tras analizar los informes de 69 meses -entre 2004 y 2010- hallaron 1.937 actos violentos indiscutibles: 387 homicidios, 896 intentos o pensamientos de homicidio, 404 agresiones físicas, 27 casos de maltrato físico y otros 223 actos más de violencia. Sin embargo dado que los pensamientos o acciones violentas no se atribuyen generalmente al consumo de fármacos y teniendo en cuenta que según la propia FDA sólo se reporta el 10,1% de sus efectos adversos cabe inferir que el número real de actos violentos que tiene lugar a diario es muy superior.

En cualquier caso esos investigadores llegaron a la conclusión de que hay al menos 31 fármacos cuyo consumo puede provocar actos desproporcionados de violencia. Y la mayor parte son medicamentos que aumentan la disponibilidad de serotonina y/o dopamina en el cerebro. Aunque lo más sorprendente es que el medicamento que encabeza la lista es la vareniclina -fármaco que se receta para ayudar a dejar de fumar y aumenta el nivel de dopamina- apareciendo a continuación 11 antidepresivos que aumentan la disponibilidad de serotonina, 3 fármacos para el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad y 5 sedantes hipnóticos. Según esa lista todos los antidepresivos que se comercializan se asocian con actos de violencia a excepción de dos tricíclicos: la amitriptilina y la trazodona. En cambio los estabilizadores del estado de ánimo / anticonvulsionantes no parecen poder asociarse a actos de violencia salvo el levetiracetam.

Los autores del estudio concluirían diciendo: “Los actos violentos cometidos contra otras personas son un evento adverso real y grave de los medicamentos si bien se asocian a un grupo relativamente pequeño de ellos; siendo la vareniclina -que aumenta la disponibilidad de dopamina- y los antidepresivos con efectos serotoninérgicos los fármacos más clara y frecuentemente implicados”.

Tal es el resultado final del último trabajo realizado que asocia los antidepresivos con actos de violencia… pero no el único. El propio Breggin aseveró en una ponencia que dictó ante un Subcomité del Congreso estadounidense -titulada Manía, violencia y suicidio inducidos por antidepresivos: riesgos para el personal militar- que existen otros estudios que advierten del problema desde hace al menos un par de décadas.

El ya citado Dr. Healy realizó por ejemplo en el 2000 un estudio aleatorizado a doble ciego que comparó los efectos de la sertralina (Zoloft) con el antidepresivo reboxetina (Irenor y Norebox) -potente recaptador de la noradrenalina- en un grupo de voluntarios sanos y constató que 2 de las 20 personas quedaron severamente perturbadas con tendencia hacia el comportamiento suicida y violento que Healy atribuyó al trastorno emocional y la desinhibición provocada por la sertralina Y la propia FDA llevó a cabo en 1991 un estudio epidemiológico -no publicado- en el que se comparó la fluoxetina con la trazodona en el que se recogieron informes espontáneos sobre hostilidad y lesiones intencionadas. Para empezar se constató que el mayor número de denuncias tenían que ver con la fluoxetina y fue precisadamente este antidepresivo el que registró un mayor número de informes de comportamiento agresivo y violento. Pero tampoco salió bien parada la fluoxetina en una encuesta telefónica con pacientes que tomaban antidepresivos y realizaron los investigadores Fisher, Bryant y Kent en 1993 en la que se comparó con la trazodona. Según sus datos la fluoxetina causó “una mayor incidencia de eventos clínicos adversos psicológicos/ psiquiátricos incluyendo delirios y alucinaciones, agresión e ideas suicidas”.

El Dr. Breggin -que en su libro Medicamentos para la locura expone 50 casos en los que las conductas suicidas, violentas o criminales estuvieron directamente relacionadas con el consumo de antidepresivos- también denunciaría en su comparecencia ante el Subcomité del Congreso la falta de eficacia de estos fármacos. “Es relativamente fácil demostrar que los antidepresivos causan a menudo daños graves – incluso mortales- pero sigue siendo difícil probar su eficacia –denunciaría-. A fin de obtener la aprobación de la FDA las compañías farmacéuticas suelen repetir estudios hasta encontrar dos que muestren cierta eficacia pero cuando todos esos ensayos clínicos controlados en adultos -incluyendo los que no pudieron demostrar eficacia- se agrupan en un meta-análisis los antidepresivos no demuestran ser eficaces”. Por nuestra parte invitamos al lector a leer en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos Los antidepresivos: además de peligrosos, inútiles y ¡Funciona mejor y sin sus peligros un placebo que un antidepresivo! publicamos en los números 104 y 127 respectivamente.

El Dr. Breggin terminaría agregando: “Ensayos clínicos controlados y estudios epidemiológicos así como informes clínicos confirman que los antidepresivos ISRS y otros antidepresivos estimulantes pueden llevar al suicidio y provocar agresiones y manías en niños y adultos de todas las edades. Estando especialmente en riesgo de suicidio los jóvenes de entre 18 y 24 años, la edad de muchos soldados. Es pues muy probable que la creciente tasa de suicidio entre soldados en activo lo cause o agrave en buena medida la prescripción generalizada de antidepresivos”.

ANTIDEPRESIVOS CULPABLES

¿Y qué responden ante esto los psiquiatras y los laboratorios? Pues que las personas con ideas suicidas y las que cometen actos violentos son enfermos mentales y que si estaban tomando fármacos es porque los necesitaban pero que su comportamiento no se debe a éstos sino a su enfermedad. Es más, alegan que hay muchos más enfermos mentales que los tratados y lo que hay que hacer es buscarlos, diagnosticarles como tales y hacerles tomar sus fármacos. Algo que dicen apoya un estudio recién aparecido en enero de 2013 publicado en Journal of the American Medical Association’s Psychiatry con el título Prevalence, Correlates, and Treatment of Lifetime Suicidal Behavior Among Adolescents (Prevalencia, correlaciones y tratamiento del comportamiento suicida en adolescentes) según el cual ¡el 12% de los jóvenes ha pensado en el suicidio, el 4% incluso elaboró un plan para ello y un 4% intentó suicidarse. Sin embargo no explica las razones que los jóvenes dieron para ello limitándose a afirmar que el comportamiento de la gran mayoría cuadra con alguno de los “desórdenes psiquiátricos” que recoge la 4ª edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DS-IV), la llamada “biblia de los psiquiatras”. Es decir, que sufrían depresión, trastorno bipolar, déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o abusaban de las drogas y/o el alcohol. Claro que según ese desprestigiado y vergonzoso manual casi todos los seres humanos estamos locos y necesitamos ingerir fármacos (lea en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos ¿Es la Psiquiatría una disciplina científica o una estafa?, Profesionales sanitarios se plantan ante “la Biblia de los trastornos mentales y Psiquiatras: policías del pensamiento publicamos en los números 128, 140 y 152 respectivamente).

Además la propia “investigación” mencionada tiene una segunda lectura porque sus propios autores reconocen que más del 80% de los adolescentes con tendencias suicidas ¡recibía asistencia psiquiátrica! y que en un 55% de los casos el tratamiento comenzó antes del primer intento de suicidio. Es más, se reconoce que el tratamiento no evita intentos posteriores. “Sabemos –ha reconocido Matthew K. Nock, uno de los autores del estudio- que muchos de los niños que están pensando en el suicidio reciben tratamiento pero no sabemos cómo detenerlos ya que no tenemos ningún tratamiento basado en la evidencia para el comportamiento suicida(el subrayado y las negritas son nuestros).

En suma, si el 55% de los adolescentes intentó suicidarse después de empezar a tomar antidepresivos el sentido común indica que pueden haber sido los fármacos los que le llevaron a ello. Negar sin más tal posibilidad como hacen los psiquiatras es pues una estupidez. De hecho en la literatura médica hay multitud de trabajos que relacionan los ISRS con el suicidio y por eso las agencias reguladoras obligan ya a los laboratorios a advertir que esos fármacos pueden incrementar las ideas suicidas y llevar a ejecutarlas, especialmente al principio y al final del tratamiento.

Y, por cierto, es vergonzosa la diferencia con que se advierte de ese peligro en España respecto a lo que se reconoce en Estados Unidos. Es el caso del Prozac donde allí la ficha técnica afirma directamente que “puede causar” pensamientos suicidas mientras en nuestro país el prospecto dice que los “empeora” y no que los provoca. “Si está deprimido y/o presenta un trastorno de ansiedad –se dice en la ficha española del producto– puede tener a veces pensamientos de autolesión o de suicidio. Esto puede incrementarse al comenzar a tomar antidepresivos ya que todos estos medicamentos necesitan un tiempo para comenzar a hacer efecto, normalmente de alrededor de dos semanas aunque a veces algo más (…) Información procedente de ensayos clínicos ha mostrado un riesgo incrementado de comportamientos suicidas en adultos menores de 25 años con enfermedades psiquiátricas, que fueron tratados con antidepresivos. (…) Los pacientes menores de 18 años tienen un mayor riesgo de efectos adversos como intentos de suicidio, ideas de suicidio y hostilidad (predominantemente agresión, comportamiento de confrontación e irritación) cuando toman esta clase de medicamentos”.

La verdad sin embargo es que el peligro de suicidio no afecta sólo a los jóvenes. Multitud de investigaciones confirman -desde la década de los noventa del pasado siglo XX- que los antidepresivos aumentan igualmente el riesgo de suicidio en adultos. Frankenfield, Baker, Lange, Caplan y Smialek llevaron a cabo en 1994 una revisión retrospectiva de todas las muertes acaecidas en Maryland (EEUU) en las que los forenses detectaron antidepresivos tricíclicos y se encontraron con que eran más numerosos los casos en los que se detectó fluoxetina. Y en 2006 la propia GlaxoSmithKline efectuó un estudio que analizó la relación de la paroxetina con los comportamientos e ideas suicidas en pacientes adultos con trastornos psiquiátricos encontrando un aumento estadísticamente significativo entre los adultos de todas las edades tratados para el trastorno depresivo mayor con Paxil. Posteriormente –en 2009- Ljung, Bjorkenstam y Bjorkenstam publicarían un estudio sobre 1.255 suicidios acaecidos en 2006 en Suecia y constataron que al 32% de los varones y al 52% de las mujeres se les había prescrito algún antidepresivo en los 180 días anteriores. Y en otro estudio –éste no controlado- efectuado el mismo año -2009- por Raja, Azzoni y Koukopoulos sobre intentos de suicidio de personas que fueron luego tratadas en una unidad psiquiátrica se constató que habían recibido más antidepresivos y benzodiazepinas que las ingresadas por otras razones. Y son sólo unos pocos ejemplos de los muchos que ya pueden encontrarse en la literatura científica.

En suma, los llamados inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) llevan décadas comercializándose a pesar de estar demostrado que incitan al suicidio y así se recoge ya en sus prospectos. Y ahora se les relaciona directamente con la comisión de actos violentos, entre ellos las más trágicas matanzas masivas perpetradas por individuos medicados. ¿Hasta cuándo van pues a seguir en el mercado? El ya citado Dr. Healy se lo pregunta: “Nunca ha habido en los campos de la medicina y la ley tantos eventos que tengan tras de sí tantos datos ocultos con los que se haya trabajado tan poco. ¿Pueden hacer los medicamentos recetados que alguien mate? ¡Claro que sí!” El doctor Dee Mangin, profesor y director de investigación del Departamento de Salud Pública y Práctica General de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda afirmaría por su parte: “La violencia no se ha considerado tradicionalmente un problema médico pero la gama de fármacos vinculados con ella ha aumentado; y eso incluye medicamentos utilizados en la deshabituación del tabaco, la dermatología, el asma, la pérdida de peso, el insomnio o los problemas de comportamiento”.

Además en la mayoría de los casos de depresión leve y moderada -como explicamos de forma detallada en el nº 127 de la revista- ¡funciona mejor y sin sus peligros un placebo que un antidepresivo! Sus resultados son ¡los mismos! Así se constató en un estudio publicado en The Journal of American Medical Association (JAMA) a principios de 2010. Luego ¿nos estamos volviendo locos o a base de medicarnos son los psiquiatras los que nos están volviendo locos y, además, violentos?

Antonio F Muro
Recuadro:


Casos de violencia asociados a psicofármacos

Según datos de la Comisión de Ciudadanos por los Derechos Humanos (CCHR) -organización internacional sin ánimo de lucro creada con la misión de erradicar los abusos cometidos con el pretexto de proteger y mejorar la salud mental- estos son algunos ejemplos de incidentes violentos ocurridos durante los últimos años que se relacionaron con el consumo de antidepresivos y otros psicofármacos.

Violencia en recintos académicos y psicofármacos

1) St. Louis, Missouri (15 de enero de 2013). Sean Johnson, de 34 años, entra en el Instituto Stevens de los Negocios y las Artes, dispara en el pecho al director de ayuda financiera de la escuela y luego se pega un tiro. Johnson había estado tomando medicamentos recetados para una enfermedad mental no revelada.

2) Snohomish County, Washington (24 de octubre de 2011). Una niña de 15 años apuñala 25 veces a un joven en la Snohomish High School antes del comienzo de las clases y luego a otro que había intentado ayudarle. La niña se había estado medicando al diagnosticarle un psiquiatra depresión.

3) Planoise, Francia (13 de diciembre de 2010). Un joven de 17 años secuestra a veinte niños de preescolar y a su profesora en la escuela Charles Fourier. El adolescente estaba medicándose contra la depresión. Afortunadamente todos resultaron ilesos.

4) Myrtle Beach, Carolina del Sur (21 de septiembre de 2011). Crhistian Helms, de 14 años, dispara y hiere a un funcionario de seguridad en la Socastee High School. Llevaba dos bombas caseras en su mochila pero el funcionario consiguió detenerle sin que pudiera hacerlas explosionar. Helms se había estado medicando por padecer Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad así como depresión.

5) Huntsville, Alabama (5 de febrero de 2010). Hammad Memon, de 15 años, dispara y mata a otro estudiante –Todd Brown– en la Discover Middle School. Memon había sido tratado de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad y depresión. Estaba tomando el antidepresivo Zoloft entre otros medicamentos.

6) Kauhajoki, Finlandia (23 de septiembre de 2008). Matti Saari, estudiante de cocina de 22 años, dispara y mata a nueve estudiantes y a un profesor además de herir a otro estudiante. Luego se suicida. Estaba tomando un antidepresivo y una benzodiacepina.

7) Fresno, California (24 de abril de 2008). Jesús «Jesse» Carrizales, de 17 años, ataca al oficial de seguridad de la Escuela de Alto Fresno golpeándolo en la cabeza con un bate de béisbol. Tras ser derribado el oficial dispararía en defensa propia matándolo. A Carrizales se le había recetado Lexapro y Geodon. La autopsia mostraría que tenía en sangre una alta dosis del antidepresivo Lexapro que según el forense podía haberle provocado un brote de paranoia.

8) Dekalb, Illinois (14 de febrero de 2008). Steven Kazmierczak, de 27 años, dispara y mata a cinco personas y hiere a otras 21 antes de suicidarse en un auditorio de la Universidad del Norte de Illinois. Su novia declararía que había estado tomando Prozac, Xanax y Ambien por recomendación de su psiquiatra. Los resultados de toxicología mostraron que aún había restos de Xanax en su organismo.

9) Jokela, Finlandia (7 de noviembre de 2007). Pekka-Eric Auvinen, de 18 años, mata a ocho personas y hiere a una docena más en la Escuela de Jokela al sur de Finlandia. Después se suicida. Estuvo tomando antidepresivos.

10) Texas (7 de noviembre de 2007). Felicia McMillan, de 17 años, entra en su antigua escuela –la Robert E. Lee High School- y apuñala a un estudiante y a otra persona. Tomaba medicamentos para la depresión.

11) Cleveland, Ohio (10 de octubre de 2007). Asa Coon, de 14 años, irrumpe en su escuela con una pistola en cada mano disparando e hiriendo a cuatro personas antes de suicidarse. Los documentos judiciales indican que había estado tomando el antidepresivo Trazodone.

12) Sudbury, Massachusetts (19 de enero de 2007). John Odgren, de 16 años, apuñala a otro estudiante con un cuchillo de cocina en el lavabo de niños del Lincoln-Sudbury Regional High School. Su padre declararía ante el juez que el joven había estado tomando Ritalin.

13) North Vernon, Indiana (4 de diciembre de 2006). Travis Roberson, de 16 años, apuñala a otro estudiante en el cuello en la Jennings County High. Estaba en tratamiento con Wellbutrin y había dejado de tomarlo pocos días antes del ataque.

14) Hillsborough, Carolina del Norte (30 de agosto de 2006). Alvaro Rafael Castillo, de 19 años, dispara y mata a su padre dirigiéndose luego a la escuela Orange High donde abre fuego contra dos estudiantes a los que hiere. Fue abatido. Su madre declaró que estaba tomando fármacos para la depresión.

15) Chapel Hill, Carolina del Norte (Abril de 2006). William Barrett Foster, de 17 años, lleva una escopeta a la East Chapel Hill High y toma como rehenes a un maestro y a un compañero de estudios. Tras hacer dos disparos a través de una ventana huye. El padre declararía que su hijo había estado tomando antidepresivos y antipsicóticos que dejó sin decírselo.

16) Red Lake, Minnesota (21 de marzo de 2005). Jeff Weise, de 16 años, mata a tiros a sus abuelos y luego se desplaza a su escuela en la Red Lake Indian Reservation donde asesina a cinco estudiantes, un guardia de seguridad y un profesor hiriendo a otras 7 personas antes de suicidarse. Se medicaba con Prozac.

17) Greenbush, Nueva York (febrero de 2004). Jon Romano, de 16 años, hiere en la pierna a un profesor con una escopeta en su escuela secundaria del este de Greenbush. El joven estaba siendo tratado por un psiquiatra y tomaba medicamentos para la depresión.

18) Red Lion, Pennsylvania (2 de febrero de 2001). William Michael Stankewicz, de 56 años, entra en la North Hopewell-Winterstown Elementary School con un machete y hiere a 11 niños y tres adultos. El hombre estaba tomando cuatro medicamentos diferentes para la depresión y la ansiedad.

19) Ikeda, Japón (8 de junio de 2001). Mamoru Takuma, de 37 años, entra en una escuela primaria con un cuchillo, mata a ocho niños y además hiere a 15 alumnos y profesores. La policía constataría que había tomado una dosis de antidepresivos 10 veces superior a la normal.

20) Wahluke, Washington (10 de abril de 2001). Cory Baadsgaard, de 16 años, va con un rifle a su escuela de secundaria y toma a 23 compañeros y a un profesor como rehenes. Luego se sabría que estaba tomando el antidepresivo Effexor.

21) El Cajon, California (22 de marzo de 2001). Jason Hoffman, de 18 años, abre fuego en Granite Hills High School contra sus propios compañeros hiriendo a tres así como a dos profesores. Estaba en tratamiento psiquiátrico y tomaba los antidepresivos Celexa y Effexor.

22) Williamsport, Pennsylvania (7 de marzo de 2001). Elizabeth Bush, de 14 años, dispara contra sus compañeros hiriendo a uno de ellos. Tomaba Prozac.

23) Oxnard, California (Enero de 2001). Richard López, de 17 años, dispara dos veces contra un automóvil estacionado en la Hueneme High School y luego toma un rehén. Fue abatido. Tomaba Paxil y Prozac «para que le ayudaran a dormir.»

24) Conyers, Georgia (20 de mayo de 1999). T. J. Salomón, de 15 años, abre fuego contra sus propios compañeros de clase hiriendo a seis. Ingería Ritalin.

25) Columbine, Colorado (20 de abril de 1999). Eric Harris -de 18 años- y Dylan Klebold – de 17 años- matan a 12 estudiantes y a un profesor hiriendo además a otras 26 personas. Luego se suicidan. Harris tomaba el antidepresivo Luvox; en cuanto a Klebod sus datos médicos ¡siguen estando bajo secreto! Ambos habían acudido a sesiones para el control de la ira y se habían sometido a terapia.

26) Notus, Idaho (16 de abril de 1999). Shawn Cooper, de 15 años, abre fuego con un rifle contra estudiantes y personal de su escuela. Estaba tomando un antidepresivo y Ritalin.

27) Springfield, Oregón (21 de mayo de 1998). Kip Kinkel, de 15 años, asesina a sus padres y luego se dirige a la escuela donde abre fuego contra los estudiantes en la cafetería matando a dos personas e hiriendo a 25. Tomaba Prozac.

28) Blackville, Carolina del Sur (12 de octubre de 1995). Toby R. Sincino, de 15 años, dispara en la Blackville-Hilda High School contra dos profesores de Secundaria matando a uno de ellos. A continuación se suicida. Su tía, Carolyn McCreary, declararía que había sido tratado en el Departamento de Salud Mental y tomaba Zoloft por “problemas emocionales”.

29) Chelsea, Michigan (17 de diciembre de 1993). Stephen Leith, profesor de Química de 39 años que tenía que enfrentarse a un comité disciplinario en el Chelsea High School, mata de un disparo al superintendente y hiere al director y a un profesor. Estaba tomando Prozac.

30) Houston, Texas (18 de septiembre de 1992). Calvin Charles Bell, de 44 años, acude a la oficina del director de la escuela Piney Point Elementary molesto por un informe sobre la conducta de su hijo que allí estudiaba y hiere a dos agentes antes de rendirse. Veterano de Vietnam y desempleado había estado tomando antidepresivos.

31) Winnetka, Illinois (20 de mayo de 1988). Laurie Dann Wasserman, de 30 años, entra en una clase de segundo grado en la Hubbard Woods School con tres pistolas y dispara a los niños presentes matando a uno de ocho años e hiriendo a otros cinco. Después, en una casa cercana, hiere a un hombre de 20 años y luego se suicida. Las pruebas de sangre certificarían que estaba tomando el antidepresivo Anafranil.


Otros asesinatos relacionados con psicofármacos 

1) Pittsburgh, Pennsylvania (8 de marzo de 2012). John Shick, de 30 años, mata de un disparo a una persona y hiere a otras seis en el Instituto de Psiquiatría de la UPMC. La policía encontraría en su apartamento nueve antidepresivos.

2) Seal Beach, California (12 de octubre de 2011). Scott DeKraai entra en la peluquería donde su ex-esposa trabajaba matándola junto a siete personas más e hiriendo a otra. Tomaba el antidepresivo trazodona y el estabilizador del estado de ánimo Topamax.

3) Lakeland, Florida (3 de mayo de 2009). Troy Bellar, de 34 años, mata en su propia casa a su esposa y a dos de sus tres hijos y luego se suicida. Tomaba Tegretol, fármaco prescrito para el «trastorno bipolar».

4) Granberry Crossing, Alabama (26 de abril de 2009). Fred B. Davis, de 53 años, dispara y mata a un policía y hiere un agente del alguacil. Tomaba el antipsicótico Geodon.

5) Middletown, Maryland (17 de abril de 2009). Christopher Wood dispara en su propia casa matando a su esposa y a sus tres hijos pequeños; luego vuelve el arma contra sí mismo. Las pruebas toxicológicas verificaron que había estado tomando los antidepresivos Cymbalta y Paxil así como los fármacos contra la ansiedad BuSpar y Xanax.

6) Concord, California (11 de enero de 2009). Jason Montes, de 33 años, dispara y mata a su esposa en casa; luego se suicida. Tomaba Prozac.

7) Little Rock, Arkansas (14 de agosto de 2008). Timothy Johnson disparara y mata al presidente del Partido Demócrata de Arkansas. La policía de Little Rock aseguraría que tomaba un antidepresivo.

8) Omaha, Nebraska (5 de diciembre de 2007). Robert Hawkins, de 19 años, mata en un centro comercial de Omaha a ocho personas y hiere a cinco más antes de suicidarse. Estaba bajo la influencia del Valium, medicamento contra la ansiedad.

9) North Meridian, Florida (8 de julio de 2003). Doug Williams mata a cinco personas y hiere a nueve compañeros de Lockheed Martin antes de suicidarse. Tomaba dos antidepresivos: Zoloft y Celexa.

10. Wakefield, Massachusetts (26 de diciembre de 2000). Michael McDermott, de 42 años, mata a siete excompañeros de oficina. Tomaba tres antidepresivos.

11. Buffalo, Nueva York (1 de mayo de 1998). Juan Román, de 37 años y ayudante del sheriff del condado de Erie, persigue a su ex esposa hasta la escuela de sus hijos y la mata a tiros. Estaba tomando antidepresivos.

12. St. Petersburg, FL (25 de mayo de 1992). David Doyle Rittenhouse, de 30 años, dispara y mata a un hombre que se había citado con su esposa. Tomaba un medicamento similar al Prozac.

Este reportaje aparece en
159
Abril 2013
Ver número