Visión alternativa para el tratamiento de la fibromialgia

Mientras la comunidad médica convencional es incapaz de obtener resultados satisfactorios en los casos de fatiga crónica Y fibromialgia hay profesionales sanitarios alternativos y médicos con formación convencional pero dedicados al estudio y la práctica de medicinas llamadas complementarias o alternativas que han probando sobradamente que ambas dolencias pueden ser tratadas con éxito utilizando un enfoque y aproximación multidisciplinar específico y adaptado a las necesidades individuales y particulares de cada paciente o persona afectada. Se lo explicamos.

Denostada durante años como si se tratara de una dolencia imaginaria o de una invención de quienes la padecían, la Fibromialgia -como parte integrante del gran cuadro clínico que representa el Síndrome de Fatiga Crónica– ha sido aceptada recientemente como una condición médica diagnosticable y tratable o, al menos, considerada y a tener en cuenta por la comunidad medico-científica que se empieza a sentir responsable de su estudio, manejo y tratamiento. Solo que mientras los médicos alopáticos o convencionales reconocen no obtener apenas resultados a la hora de tratar ambas dolencias hay profesionales alternativos y médicos con formación convencional pero dedicados al estudio y práctica de las llamadas medicinas complementarias o alternativas que han probado sobradamente cómo tratarlas con éxito utilizando un enfoque y aproximación multidisciplinar que tiene en cuenta las necesidades individuales y particulares de cada enfermo.

Durante mucho tiempo tanto el Síndrome de Fatiga Crónica como su manifestación neuromuscular más importante y extendida, la Fibromialgia, estuvieron consideradas enfermedades de probable origen infeccioso. Y según las últimas estadísticas hoy sufren alguna de esas dos condiciones más de 90 millones de personas. De las que según los Institutos Nacionales de Salud de Bethesda (Maryland, EEUU) -el equivalente al Ministerio de Sanidad en España- las más afectadas son las personas de raza blanca y, sobre todo, las mujeres (cuatro de cada cinco casos).

No fue sin embargo hasta 1988 cuando el Centro Nacional para el Control de Enfermedades Infecciosas de Atlanta –sito en Georgia (EEUU)- definió ambas entidades clínicas y éstas adoptaron su actual nombre y consideración. Hasta entonces, y durante décadas, la gente se había referido a ese extraño mal con diferentes nombres, algunos de lo más pintoresco y variopinto. En el siglo XVIII, por ejemplo, se referían a esa condición como “el mal de los vapores” mientras dos siglos después, tras la I Guerra Mundial, se la definía como “el mal del corazón de soldado”. Finalizada la II Guerra Mundial se la rebautizaría como la “neurastenia del soldado” y posteriormente, ya con referencias específicas a su sintomatología, como Síndrome miofascial, Fibrositis dolorosa, Miofascitis, etc. Hoy se la denomina Mieloencefalitis en el mundo anglosajón y Síndrome de Fatiga Crónica en el resto considerándose la Fibromialgia una manifestación particular de la primera.

En cuanto a la posible causa -o causas- hay que decir que los investigadores se han esforzado sin éxito en hallarla. A nivel convencional se la ha relacionado con el virus de Epstein BAAR, las cándidas, los herpes y los citomegalovirus. En cambio, la visión de la medicina alternativa -y más concretamente de la Medicina Biológica- es que el principal origen –no el único- probablemente esté en una suma de diversas infecciones simultáneas que primero hay que identificar para poder tratarlas al tiempo que se fortalece el sistema inmune del enfermo, especialmente si se encuentra deteriorado. Este principio de actuación básica fue ya propuesto en Alemania por el doctor Hans Heinrich Rekeweg a mediados de los años 50 del pasado siglo XX y expuesto en su magistral obra Matrix and Matrix Regulation. Es obvio, sin embargo, que su propuesta de potenciar las defensas del organismo para combatir las infecciones –método que bautizara como Sistema de la gran defensa– ha sido ignorado por gran parte de la comunidad científica. Y lo ha ignorado en el caso que nos ocupa… y en otras muchas patologías a pesar de no tener explicación para la mayor parte de los fenómenos desencadenantes de los procesos que llevan a la enfermedad así como de sus diferentes estados vicariantes y regresivos -tanto espontáneos como inducidos-. Y no sólo eso sino que ha seguido un patrón técnicamente erróneo de observación y modificación clínica basado en patrones estadísticos y no verdaderamente investigativos o empíricos sobre los que sí se asientan las bases y fundamentos de la biología y la vida.

Los procesos que desembocan en la enfermedad, por tanto, siguen siendo ignorados por la Medicina que mantiene un ejercicio obstinado y redundante de disgregación efectiva entre las Ciencias de la vida -la Biología, la Fisiología, la Bioquímica, etc.- y las Ciencias Médicas. Un error que –sobre todo ante la creciente exigencia de petición de respuestas por parte de los enfermos- va a obligarles a revisar sus actuales planteamientos y olvidar su histórico alineamiento con la industria farmacéutica a fin de buscar soluciones que no estén mediatizadas o promovidas por ella y respondan no a sus intereses sino a los de las personas que sufren. Y no se trata de negar la importancia que la industria farmacéutica y sus productos tienen aún hoy en su campo de acción específico sino de que se mantengan dentro de los límites que marcan el sentido común y el conocimiento de las disciplinas implicadas en los cuidados dispensados a los humanos.

 

EL SÍNDROME DE FATIGA CRÓNICA Y LA FIBROMIALGIA

Llegados a este punto hay que decir que como tanto el Síndrome de Fatiga Crónica como la Fibromialgia tienen síndromes clínicos de una complejidad extrema es obvio que la respuesta a los mismos tampoco se puede dar de modo unidisciplinar sino que habrá que contar con elementos procedentes de diferentes áreas de estudio investigación, conocimiento y práctica.

Hoy está ampliamente aceptado por la comunidad científica que uno de los primeros síntomas que aparecen es la fatiga extrema que parece desarrollarse de modo repentino acompañada de una miríada de síntomas, frecuentemente tras una infección. Todavía no existen tipos estándar de pruebas médicas aceptadas para determinar con exactitud el padecimiento de estas dolencias de modo que en estos casos es muy importante la exactitud de la historia clínica reflejando pormenorizadamente todos los síntomas, un examen físico experto y determinadas pruebas de laboratorio.

Esos síntomas incluyen fatiga extrema que no se resuelve o alivia con el descanso, dolor en músculos, nervios y articulaciones, cefalea de diferente intensidad, pérdidas de memoria graduales e instantáneas, confusión mental y deficiente concentración, problemas y trastornos digestivos de diversa índole, infecciones recurrentes, febrícula, ganglios linfáticos inflamados, alergias y sensitividad a alimentos o elementos medioambientales, estados cambiantes de humor, tendencia al abatimiento y a la depresión, signos de agotamiento o de estar exhausto a la menor actividad…

Como síntomas menores o acompañantes -clasificados así por los porcentajes en que se encuentran descritos o definidos en los estudios realizados- podríamos incluir alergias, reacciones autoinmunes, mareos, ataques o crisis de ansiedad, sudores nocturnos, irregularidad o pérdidas del ritmo respiratorio, hipersensibilidad al frío y al calor así como a la luz y al sonido, y pulso cardíaco irregular, incluyendo bradi y taquicardia.

El Centro para el control de las enfermedades infecciosas de Atlanta (Georgia, EEUU) sostiene que el padecimiento conjunto de varios de esos síntomas durante al menos seis meses permite colegir que se está frente a un paciente que podría estar afectado del Síndrome de Fatiga Crónica y/o Fibromialgia.

En todo caso, la teoría mas aceptada en Medicina Biológica es la de que estos enfermos sufren diferentes etapas y muchas veces su dolencia está ocasionada -o agravada- por diferentes infecciones agudas, subagudas y crónicas -en concurrencia, simultaneidad, aisladamente o en alternancia- que van minando y deteriorando poco a poco y de forma implacable el sistema inmune. Hasta hace poco la comunidad médica no aceptaba esta posibilidad pero hoy existen evidencias de que diversos agentes patógenos pueden concurrir e incluso simultanearse en el mismo individuo en tiempo y forma para provocar reacciones extremas prácticamente imposibles de manejar de modo adecuado por el sistema defensivo, especialmente si presentaba antes daños anteriores, muchas veces derivados del incorrecto uso de medicamentos y antibióticos desde niños.

En suma, en los enfermos que padecen tanto el Síndrome de Fatiga Crónica como la Fibromialgia suelen concurrir frecuentemente uno o más estados infecciosos actuantes. Infecciones parasitarias, bacterianas y virales concomitantes que terminan por debilitar el sistema inmune porque su actividad defensiva no puede prolongarse en el tiempo más allá de ciertos límites sin quedar afectado. Infecciones que muchas veces no son conocidas por el enfermo y cuyo padecimiento crónico puede haberle llevado a acostumbrarse a vivir durante largos periodos con síntomas molestos pero no limitantes que llegan a formar parte de lo que tiende a considerar erróneamente un estado vital “normal”. Dicho esto, hay que añadir que la severidad de los síntomas fluctúan: a veces el enfermo carece de ellos durante meses mientras, en silencio, la enfermedad  avanza. Es decir, que tras los ataques o brotes más severos -lo que algunos han dado en llamar episodios– los pacientes que sufren estos trastornos recuperan niveles casi normales de salud y actividad hasta que un nuevo brote con su correspondiente cuadro de dolor aparece.

En la actualidad se están haciendo descubrimientos interesantes en el campo del diagnóstico y del establecimiento de los pacientes con Fibromialgia y/o Síndrome de Fatiga Crónica que van -si cabe- un poco mas allá en el esclarecimiento de esta enfermedad. Descubrimientos como el del Centro Internacional para el Estudio de las Enfermedades Cerebrovasculares en Santa Mónica -California (EEUU)- donde el Dr. Murria R. Susser ha conseguido realizar un estudio comparativo sobre las diferencias en la circulación cerebral tras un periodo de ejercicio moderado entre personas afectadas y personas sanas que evidencia que la circulación en los afectados por el problema empeoraba de tal modo que los niveles de saturación de gases y el pH en sangre y orina aumentaba dramáticamente en comparación con los de las sanas. Hasta unos niveles de acidificación extrema en algunos casos que los situaba cerca de límites patológicos. Pero si este descubrimiento llamó la atención de los investigadores lo que realmente fue escandaloso sería observar el empeoramiento en la circulación cerebral referida en el duplex-doppler transcraneal y el mapeo regional en tiempo real que revelaron descensos de hasta un 35% en regiones determinadas y diferenciadas en cada individuo, circunstancia ésta que es determinante para el comportamiento del sistema nervioso central y sus reacciones a situaciones de estrés o trabajo excesivo en los pacientes afectados y que rara vez es comprendido por los facultativos que les atienden ya que a día de hoy la traducción en términos de sintomatología derivada de estas reacciones todavía está sin precisar en términos cuantitativos de modo adecuado. Al mismo tiempo se realizaron tests sanguíneos específicos que indicaban cómo los pacientes afectados por la enfermedad revelaban un decrecimiento en los niveles de cortisol y hormonas tiroideas en sangre después del ejercicio (hormonas que, como es sabido, son tremendamente importantes en la regulación de funciones vitales y para lidiar con las situaciones de tensión y estrés físico y emocional).

 

CAUSAS DE LA ENFERMEDAD

En suma, ¿cuáles son entonces las causas de la Fatiga Crónica y la Fibromialgia? Pues pueden distinguirse varios agentes que predisponen y otros cuyos efectos se suman. Son estos:

1)      Infecciones múltiples recurrentes (por virus, bacterias, hongos, parásitos, etc.)

2)      Deficiente funcionamiento del sistema inmune.

3)      Toxicidad (habitualmente por mercurio, plomo, cadmio, aluminio, tolueno, benceno, etc.)

4)      Carencias enzimáticas.

5)      Alergias.

6)      Deficiencias nutricionales (ortomoleculares).

7)      Elementos relacionados con el estilo de vida (estrés psicológico, factores emocionales, enfermedad cerebrovascular incipiente o no identificada, etc.)

8)      Disfunciones tiroideas y hormonales diversas (en hombres y mujeres).

9)      Insuficiencia adrenal severa causada por el exceso de estimulantes como café, té, chocolate, alcohol, colas, tabaco, fármacos…

10)  Anemia en sus diferentes variantes pero fundamentalmente debido a bajos niveles de hierro y vitamina B12 así como las anemias graves en evolución durante el periodo preclínico.

11)  Causas cardiovasculares. Fundamentalmente cuando la fatiga o el dolor es extremo en el tórax o espalda media después del ejercicio o en cierto tipo de esfuerzos. Normalmente esta circunstancia de debilitamiento cardiovascular generalizado es ignorada por los clínicos.

12)  Enfermedades mentales no diagnosticadas, fundamentalmente los pseudosíndromes y, en general, aquellas que no han sido debidamente identificadas y aparecen abruptamente, a veces con consecuencias dramáticas para el enfermo.

13)  Diabetes.

14)  Dolor crónico de cabeza.

15)  Hipoglucemia (en sus diferentes variantes y causas).

16)  Infecciones pseudo-agudas o recurrentes (sobreinfecciones).

17)  Obesidad.

18)  Síndrome premenstrual (especialmente identificado cuando los episodios o brotes ocurren coincidiendo con la pre-menstruación o la menstruación).

19)  Sueño y descanso de baja calidad o inadecuado.

En definitiva, según las investigaciones mas recientes la manifestación y evolución de las enfermedades que nos ocupan casi nunca se deben a la presencia de un sólo factor desencadenante. Normalmente es necesaria la concurrencia de elementos predisponientes en la persona -que, sin ser patológicas en sí mismas son modificadoras de la respuesta frente a otros agentes patógenos- así como de otros elementos causales y factores desencadenantes. Podríamos decir que la enfermedad se desarrolla pues como una combinación de factores, deficiencias nutricionales, toxicidad adquirida (del entorno, comidas, fármacos…), falta de habilidad para lidiar con situaciones de estrés e infecciones sistémicas adquiridas (sobre todo el exceso de antibióticos, sobreutilizados en los últimos 30 años con el resultado de un sobrecrecimiento de parásitos y bacterias, en un círculo vicioso de baja respuesta inmunológica y más infección. Y ello con el evidente resultado de una depleción de las reservas energéticas y de la capacidad de producción de energía de la propia célula que se torna incompetente para completar su función, entrando así en una continua espiral descendente que entierra a las personas que sufren la enfermedad cada vez más y más profundamente. Y esto lo sabe bien quien la padece.

Entre los factores de consideración menor que hay que tener no obstante en cuenta se encuentran algunos que si bien han sido demostrados sobradamente a ojos de la Medicina Biológica parece que todavía son objeto de debate y discusión para una parte de la comunidad científica, sobre todo para los que están entregados en cuerpo y alma a la industria farmacéutica.

Las infecciones recurrentes y las bacterias procedentes de ellas no siempre severas -como las cistitis, sinusitis, acné, etc.-, las imponderables reacciones del sistema inmune frente a vacunas e inmunizaciones, la toxemia intestinal en todas sus manifestaciones, la infestación por hongos, protozoos y parásitos, el ejercicio o descanso inadecuados, los cambios en los patrones respiratorios (hiperventilación o respiración incompleta) propiciados fundamentalmente por tensión muscular recíproca e incremento en la presión diafragmática así como cambios morfológicos debidos a factores de abandono o descuido (abdomen prominente, falta de ejercicio, etc.), la toxicidad proveniente del abuso de alcohol, drogas, fármacos y de la propia dieta -mala combinación de alimentos que propician procesos fermentativos que originan trastornos de disbacteriosis o disbiosis y que redundan en un proceso recurrente de autointoxicación- así como los trastornos bucales o dentarios que no han sido identificados adecuadamente y que propician la cronicidad de las infecciones y la creación de campos interferenciales odontofocales van a condicionar sin duda alguna la aparición de nuevas respuestas y reacciones frente a la enfermedad.

Y especial mención hay que hacer, por cierto, de las amalgamas de mercurio ya que a causa de su elevada toxicidad son capaces por sí mismas de propiciar la aparición de trastornos de intensidad y gravedad diversa, entre ellos comprometer los sistemas inmunitario y hematopoyético.

Es importante señalar que la Medicina Tradicional -y fundamentalmente la Medicina Biológica- cree firmemente que la posición de nuestros colegas convencionales, bastante extendida hasta hace muy poco tiempo y hoy por fortuna en proceso de revisión, estaba equivocada. Sus esfuerzos por hallar una causa específica a la enfermedad, como en el caso de otras que sí la tienen, ha terminado por confundir sobremanera a científicos y pacientes llevando a los enfermos a situaciones de frustración y confusión por la falta de perspectiva de cara al futuro.

Abrumado por esta situación, el estamento médico ha llegado a perder su capacidad de escucha, observación y asistencia llegando a negar la enfermedad o, simplemente, derivando los enfermos hacia servicios o disciplinas que si bien son útiles como terapias coadyuvantes se encuentran impotentes por la falta de recursos y de arsenal terapéutico para abordar éstas y otras dolencias. Sin olvidar la falta de entrenamiento y experiencia de muchos profesionales… algo que comienza lógicamente en su falta de entendimiento de la enfermedad.

Existen más de 2.300 virus que pueden causar un simple catarro de los que normalmente puede ocuparse sin problemas el sistema inmune. Pero cuando uno de ellos alcanza una posición tan ventajosa en nuestro organismo que no podemos librarnos de él nos atacará de forma crónica, algunas veces de forma abrupta, con lo que nuestro catarro -y su sintomatología- no se curará nunca. Y lo que es más grave, llegará un momento en que abrirá la puerta a otros padecimientos derivados de sus propios efectos con lo que se producirá una cadena de sucesos vicariante que si no se modifica en sentido regresivo –y, por tanto, curativo- nos conducirá de modo inexorable a un deterioro crónico de nuestra salud general y al padecimiento sin perspectivas de curación posible.

En la actualidad, desgraciadamente, las dolencias que nos ocupan se han extendido hasta alcanzar cotas de epidemia y traspasado todos los límites demográficos y geográficos. Y a pesar de que hoy día están reconocidas como severas, debilitantes y altamente incapacitantes patologías aún quedan sectores de población y profesionales que, lejos de sensibilizarse con el problema, presentan una actitud escéptica y estoica frente a los pacientes que las sufren. Y es que las autoridades sanitarias carecen de respuestas y soluciones.

 

EL PROBLEMA VA A MÁS

Mientras esto sucede el ya mencionado Centro para el control de enfermedades de Atlanta informaba recientemente de que el 80% de los enfermos de estas dos dolencias son mujeres se raza blanca que están entre los 25 y 45 años. Y las cifras siguen aumentando dramáticamente a medida que se va extendiendo el actual criterio y protocolo diagnóstico que, auque está lejos de ser idóneo, al menos ha armonizado criterios entre los profesionales y los pacientes para comenzar a entenderse, lo que no deja de ser un paso adelante.

Las primeras cifras conservadoras que apuntaban la existencia de entre 4 y 6 casos por cada 100.000 habitantes han dejado pues paso a niveles de incidencia aceptados de más de 150 casos por cada 100.000 habitantes en algunos países. En Estados Unidos, por ejemplo, se habla ya de 9 millones de afectados. Y se calcula que los afectados en todo el mundo son hoy ¡más de 90 millones!

Dicho esto, habría que acercar el criterio de la diferenciación de síntomas que en la Medicina Biológica se reconocen específicamente para la Fibromialgia y que son éstos:

1)      Dolor neuromuscular y articular.

2)      Debilitamiento y fatiga extrema.

3)      Insomnio y alteraciones del sueño.

4)      Ansiedad, depresión y cambios de humor bruscos.

5)      Alergias.

6)      CTS.

7)      Tensión en la piel y debajo de ella.

8)      Mareos y sensación de inestabilidad.

9)      Ojos secos con lagrimeo ocasional incontrolable.

10)  Dismenorrea.

11)  Intolerancia al ejercicio.

12)  Grietas en uñas de manos y pies.

13)  Cefalea intensa.

14)  Síntomas de intestino irritable.

15)  Enfermedad inflamatoria pélvica o intestinal acompañante.

16)  Irritabilidad.

17)  Sensibilidad a agentes químicos y biológicos.

18)  Urticaria y rases cutáneos de diversa intensidad.

19)  Reacciones celulares mediadas (edema angioneurótico).

20)  Niebla mental y confusión (embotamiento).

21)  Náusea espontánea.

22)  Defectos de acomodación del ojo y de la visión general.

Es obvio que no todos los enfermos padecen la totalidad de los síntomas mencionados. Y como cada persona es un caso único cada tratamiento deberá ser individualizado en función de sus necesidades y características. De hecho, el tratamiento individualizado ha sido siempre la piedra angular de las medicinas alternativas y, por tanto, representa un pilar fundamental para todo terapeuta avezado -médico o no- a fin de no provocar mas frustración, dolor y sufrimiento a los pacientes.

Cabe agregar que podría también distinguirse entre Fibromialgia primaria –que es de la que nos hemos ocupado hasta ahora- y Fibromialgia postraumática, aquella cuyo elemento desencadenante es un traumatismo físico o emocional que origina una situación de estrés insalvable y se transforma en disparador de las reacciones subsiguientes de la enfermedad.

 

CÓMO ABORDAR ESTAS DOLENCIAS

En todo caso, y como norma general, desde el punto de vista de la Medicina Biológica para el tratamiento de estas enfermedades hay que:

1)      Analizar la historia clínica del paciente y conocer los daños humorales y celulares que se han producido en su organismo a fin de desvelar las complejas relaciones entre los síntomas que presenta y su historia natural así como la evolución que presumiblemente tomará en atención a cuantas circunstancias modificadoras podamos identificar a la hora de diseñar un programa de tratamiento adaptado a sus necesidades.

2)      Diagnosticar adecuadamente la enfermedad. La correcta identificación y clasificación de los síntomas y síndromes es vital. Hay que saber además si se padecen enfermedades que pueden estar enmascaradas bajo diferentes afecciones.

3)      Identificar el mayor número posible de causas antes del tratamiento. Hay que encargar un mapeo electrodérmico, análisis de sangre, orina y heces, mapeo de la función cerebral, dopler transcraneal, termografía infrarroja, tests inmunológicos o de alergias, exámenes en fresco y cultivos de los líquidos articulares y otros fluidos, marcadores específicos en suero, dinamometrías y pruebas funcionales, exámenes completos de la función digestiva, etc. Sin olvidar la eliminación de infecciones mediante dieta o medicamentos específicos, las autovacunas, la terapia biológica y el auto-sanguis gradual.

4)      Desintoxicar el organismo. Hay que eliminar del cuerpo los metales pesados y metaloides acumulados así como las amalgamas dentales. Y seguir una dieta adecuada con suficiente aire, agua y todos aquellos productos o elementos que permiten una depuración mesenquimal y del entorno celular.

5)      Desintoxicarse a nivel emocional y/o psicológico. La tendencia al llanto y la depresión, los cambios bruscos de humor, el estrés emocional y los estados de alteración psicofisiológica han de ser detectados, aliviados y purgados. Sobre todo aquellas emociones que por su elevada toxicidad pueden producir interferencias importantes o condicionar la evolución, como el miedo a no hallar una cura definitiva o al dolor. Pueden emplearse diferentes terapias, desde aquellas que trabajan sobre la memoria emocional hasta la terapia regresiva, la estimulación cerebral profunda o las técnicas neuroquirúrgicas avanzadas en casos complejos.

6)      Corregir las funciones hormonales alteradas. Fundamentalmente la tiroidea y la adreno-corticosuprarrenal. Entendiendo la importancia de estas hormonas y cómo afecta su presencia en nuestro organismo a una serie de funciones y estados podremos decidir -a través de los tests y pruebas adecuadas- qué niveles de suplementación se necesitan para corregir los estados deficientes o alterados y los trastornos derivados de ellos. Un ejemplo mas de la miopía médica que largamente ignora estos elementos especialmente en los enfermos etiquetados como crónicos o degenerativos.

7)      Potenciar el sistema inmune. Ante es necesario evaluar la estructura y función del sistema inmune ya que en ocasiones un sistema inmune intacto puede no estar funcionando adecuadamente o, aun en caso de hacerlo, no ser suficientemente competente por lo que será necesario ajustarlo. Conviene hacer una evaluación de las células T y de las llamadas “células asesinas” y constatar el estado de la actividad celular en sangre orina y saliva. Deben valorarse asimismo los cambios bioquímicos que afectan a estas funciones, buscar el pH óptimo, controlar el mecanismo oxidación-reducción óptimo (disminuye el estrés oxidativo celular y los daños por radicales libres), ver la resistividad en oposición a la conductividad eléctrica, etc. Conviene asimismo seguir una terapia con despolimerizantes, quinonas y catalizadores intermediarios a fin de regular el ciclo de producción de energía de la célula –o ciclo de Krebs- que propicia la autorreparación y renovación de la célula útil y el natural reemplazo de las gravemente deterioradas.

8)      Resolver las posibles deficiencias enzimáticas. Teniendo en cuenta la importancia de las enzimas en el metabolismo de los nutrientes y en la eliminación de las toxinas del medio celular los daños enzimáticos generan -por el principio de condensación toxínica en el mesenquima celular- un irreparable daño a la propia célula que posteriormente memoriza y reproduce dicho daño lesionando gravemente su propia información genética y reproduciéndose con el daño original de un modo perpetuo y vicariante en progresión prácticamente irreversible.

9)      Identificar posibles alergias e intolerancias -especialmente las alimenticias- para poder tratarlas o evitarlas adecuadamente.

10)  Tratar las deficiencias nutricionales. Hay que asegurase de que el organismo no carece de las vitaminas, minerales y oligoelementos que precisa para su idóneo funcionamiento. De ahí que en ocasiones sea necesario tomar los suplementos adecuados.

11)  Regular adecuadamente todo el proceso digestivo evitando los problemas gastrointestinales y el estreñimiento, causa corriente de intoxicación del organismo.

12)  Erradicar los hábitos de vida erróneos. Si es preciso, con el tratamiento terapéutico psicológico adecuado a cada caso.

En suma, el lector debe saber que un tratamiento integral y no simplemente paliativo puede ayudarle a mejorar notablemente, cuando no a curarse.

J. M. López

Este reportaje aparece en
61
Mayo 2004
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