CARTAS AL DIRECTOR: NÚMERO 209 / NOVIEMBRE/ 2017

Sr. Director: tengo 37 años, en los últimos 14 he trabajado en la sección de análisis clínicos de distintos laboratorios de la Seguridad Social y soy lector habitual de su excelente revista. Pues bien, quiero preguntarles sobre los probióticos. He leído varios libros sobre salud y alimentación y en uno de ellos he leído sorprendido que si bien los probioticos son bacterias vivas presentes en alimentos como los lácteos, el kéfir, la kombucha y otros alimentos fermentados y algunas son conocidas por nuestro sistema inmune y por tanto inofensivas en caso de ingerir una gran cantidad de las mismas puede producirse una respuesta inflamatoria. “Cada vez que tomamos probioticos o bacterias vivas ‘activamos el sistema inmune’ lo que en realidad significa que lo ponemos a trabajar respondiendo al ataque con inflamación”, se dice en él añadiendo luego: “Tomar probioticos constantemente produce un estado crónico de inflamación. Lo más normal en estos casos es que esos ataques pasen sin pena ni gloria, se matan y listo. Pero tomar probioticos habitualmente, en grandes cantidades y/o durante largos períodos de tiempo, incrementa exponencialmente la posibilidad de infectarnos con alguna nueva bacteria e incrementamos riesgos más graves. Las personas que padecen síndrome de intestino irritable son el claro ejemplo de las secuelas de una infección. Son reales los beneficios de algunos de estos ‘alimentos probióticos’ a la hora de regular el sistema digestivo, sobre todo en la boca y estómago, pero no es una cuestión de cuanto más mejor como tampoco son beneficiosos siempre y en todo momento y para todas las personas. Hay que matizar cuándo y dónde se pueden o deben tomar y cuándo es mejor no consumirlos. Nuestro intestino es un ecosistema muy complicado en el que no suelen sobrevivir bacterias que necesiten oxígeno. Las bacterias que tenemos en el intestino son necesarias, entre otras funciones porque no solo nos ayudan en la digestión y absorción de nutrientes de los alimentos que ingerimos sino que además crean la vitamina K. Y sabiendo esto deberíamos cuidar las bacterias que tenemos con prebióticos (alimentarlas) y no hacerlas pelear constantemente con probioticos (otras bacterias)”. El autor termina su obra diciendo: “Probióticos sí, pero solamente en casos excepcionales y siempre en periodos muy cortos de tiempo -por ejemplo una semana- ya que tomar probióticos de forma regular provoca inflamación crónica del sistema digestivo y con ello la inflamación de todo el organismo”. Tal es su tesis pero la mayor parte de lo que yo he leído anima a su consumo constante y masivo, entre otras cosas para reforzar nuestro intestino y no sufrir permeabilidad intestinal. De hecho muchísimos médicos naturistas lo primero que hacen cuando llega un paciente a su consulta es recetarles probioticos para regenerar la flora intestinal y de esa forma sellar el intestino y evitar el paso a la sangre de sustancias toxicas que puedan provocar inflamación. Ustedes mismos califican en un reportaje los intestinos como el “segundo cerebro” y reconocen que su desequilibro afecta al cerebro. Es más, entrevistaron en su día a David Perlmutter quien hace hincapié en que lo primero que hay que hacer para proteger el cerebro es tomar probióticos. En suma, ¿en qué quedamos? ¿Es bueno o no tomar probioticos? ¿Y pueden tomarse siempre que se quiera o durante cierto tiempo? ¿O es mejor tomar prebióticos para alimentar a las bacterias que ya tenemos?

Miguel Jurado Mora
Miguelturra (Ciudad Real) 

Ante todo discúlpenos por resumir su carta pero era muy extensa. Dicho esto añadiremos que son numerosas las investigaciones que indican que tienen más influencia en el metabolismo las bacterias intestinales que las propias células. A fin de cuentas el microbioma intestinal realiza muchas funciones metabólicas claves que no pueden realizar los propios genes. De hecho muchas patologías no infecciosas -como las alergias, las enfermedades autoinmunes o el cáncer- pueden deberse a desequilibrios en el sistema inmune. Y dado que la principal zona de interacción biomolecular entre éste y las bacterias se encuentra en los intestinos es en ellos donde se produce el equilibrio o desequilibrio entre ambos sistemas. De todo ello hemos hablado en numerosos reportajes en uno de los cuales publicamos las conclusiones de un trabajo efectuado por el equipo de la Dra. H. Tlaskalova-Hogenova -se publicó en 2011 en Cellular and Molecular Immunology– según el cual “la ingesta de probióticos por el ser humano como complemento alimenticio ha demostrado inhibir la proliferación y colonización de microorganismos patógenos, favorecer el desarrollo y fisiología del epitelio intestinal -y por ende de su mucosa- y estimular tanto los componentes no específicos como específicos del sistema inmunitario. Sobre este último aspecto hay que destacar que las más recientes investigaciones apuntan a un papel inmunomodulador y antiinflamatorio de los probióticos lo que redunda en beneficio de la salud del epitelio intestinal y su influencia sobre el origen de muchas enfermedades autoinmunes”. Añadiendo luego sin embargo: “El 70% de los mil billones de bacterias que pueblan nuestro intestino grueso no son cultivables por los métodos usuales de microbiología y por tanto sus características y funciones nos son totalmente desconocidas. Y en el caso de las conocidas casi todas ellas se han agrupado en cuatro familias: Firmicutes, Bacteroidetes, Actinobacteria y Proteobacteria. Sin embargo a pesar de los intentos de homogeneización la verdad es que cada individuo tiene una población o microbiota distinta. Siendo obvio que semejante superpoblación bacteriana ejerce no sólo importantes funciones para el organismo sino además una enorme cantidad de moléculas químicas que necesariamente interactúan con el resto de las células y tejidos de nuestro cuerpo”. Hechos que permiten responder a su pregunta: em general es mejor ingerir prebióticos que probióticos. Es decir, fibra alimenticia -la parte comestible de los vegetales que no se digiere en el intestino delgado, fermenta parcial o totalmente en el intestino grueso y está formada por polisacáridos, oligosacáridos, lignina y sustancias análogas-, fructooligosacáridos -llamados también oligofructosas, oligofructanos y de forma abreviada FOS se encuentran presentes en muchas frutas, vegetales, granos y cereales pero especialmente en la cebolla, el ajo, el espárrago, el plátano, la cebada, el trigo, la raíz de achicoria y la jícama- e inulina -polisacáridos compuestos de cadenas moleculares de fructosa que se encuentran generalmente en las raíces, tubérculos y rizomas de ciertas plantas fanerógamas, especialmente en la bardana, el agave, la énula o helinio, el ñame, la papa de Jerusalén , el diente de león, la achicoria, el ajo , el yacón, la alcachofa, el puerro, la cebolla y el espárrago. En otras palabras, lo mejor es ingerir vegetales a diario. Lo que no obsta para que en caso de una flora intestinal muy dañada no se recurra directamente a los probióticos, es decir, a la ingesta de alimentos ricos en microorganismos vivos como el chucrut, el kimchi, el kéfir, el jocoque, el yogur fresco y otros productos lacto-fermentados. Una medida mucho mejor que ingerir probióticos encapsulados. En cuanto a si su ingesta puede provocar una reacción desagradable de tipo autoinmune en el caso de consumir alimentos naturales frescos tal posibilidad es casi inexistente pero no nos atreveríamos a decir lo mismo de los productos industrializados.

  

Estimado Sr. Campoy: trabajo en un hospital a pesar de que no comparto los métodos de la medicina que en él se aplican. El otro día, a una comisión de la que formo parte, nos llegó un escrito de una enfermera que trabaja en quirófano “denunciando” las reiteradas ocasiones o, mejor dicho, la práctica generalizada de que cuando se quiere probar un nuevo modelo de “herramienta” (material sanitario, prótesis, etc.) -algo muy frecuente por cuanto no hay concursos de material sanitario que permita utilizar el  material más idóneo en todo el centro- es habitual en muchas ocasiones que sin pedir permiso alguno ni contar con autorización expresa -que sepamos- el comercial correspondiente se meta en quirófano y participe de la intervención… con el fin de que el cirujano o cirujana pueda contar con su asesoramiento a la hora de su utilización. Solo que no contento con eso se lleva al terminar la intervención, vía pegatina, los datos del paciente para, según dice, su posterior control y/o seguimiento. Al hilo de este hecho añadiré que llevo ya mucho tiempo observando que los comerciales, al menos en este hospital, campan totalmente a sus anchas y gozan de unos privilegios que no tienen ni los propios profesionales. No existe el más mínimo control de asistencia ni del tipo de actividad que realizan y siendo así no me extraña que luego estén dispuestos a gastarse una parte importante de su presupuesto en financiar a médicos y enfermeras para que acudan a los numerosos congresos que organizan y a los que les invitan, algo que éstos aceptan para “engordar” su currículo. He sentido la necesidad de informarles de esto para ver si Uds. pueden investigar este tipo de prácticas en otros centros y poder hacerlo público para que la gente conozca lo que es un “atentado” claro a su intimidad y confidencialidad ya que esas personas ni siquiera tienen obligación de mantener el secreto profesional de la información que puedan “captar”. Agradezco de antemano todo el trabajo que están llevando a cabo en el ámbito de la salud en la confianza de que tarde o temprano la farsa de las grandes farmacéuticas caerá por su propio peso. ¡Un saludo!

Alicia Sánchez

 Le agradecemos sinceramente su carta; en todo caso nos hemos permitido cambiar su nombre para evitar posibles represalias. Somos muy conscientes del sinnúmero de actuaciones irregulares -cuando no ilegales- que se perpetran a diario en nuestros hospitales. Algo que se produce con impunidad porque quienes pueden denunciarlo ante los tribunales o en las comisarías de policía y guardia civil -los que las observan y pueden prestar testimonio- no se atreven porque puede costarles el puesto o que les hagan la vida imposible y quienes podríamos hacerlo carecemos de pruebas para presentar por nuestra parte las denuncias. Además en el ministerio de Sanidad y en las consejerías de salud autonómicas se hace la vista gorda desde hace años porque están mayoritariamente controladas desde hace décadas por testaferros de la gran industria. Por eso insistimos tanto en que uno no debería acudir a un hospital más que en caso de necesidad acuciante: son muy peligrosos. Según los fríos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2015 -último año contabilizado- murieron en España “por enfermedades” 407.489 personas. Nadie debería pues tomarse a broma el asunto.

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Noviembre 2017
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