Del chamán al láser

por José Antonio Campoy

Los espectaculares avances científicos de los últimos años están permitiendo un conocimiento del ser humano y el universo que le rodea tan notables que muchas de las afirmaciones recogidas en los libros de las dos pasadas décadas -incluidos los de Medicina- han quedado ya obsoletas o se han demostrado falsas. El problema es que ese conocimiento está cada vez más compartimentado por mor de la especialización y, en todos los ámbitos -¡qué decir en el de la salud-, comienza a ser absolutamente imprescindible, tanto para los diagnósticos como para los tratamientos, la cooperación multidisciplinar. Una cooperación que debería concretarse, por ejemplo, incorporando psicólogos a todos los equipos médicos ya que el ser humano no es una máquina que haya que reparar o a la que cambiar una «pieza» que se estropea en un momento dado. El ser humano es mucho más. Y eso lo saben desde hace milenios los chamanes, brujos y curanderos de todas las civilizaciones para quienes lo que enferma es siempre el «espíritu» o «alma» de la persona siendo la enfermedad la mera somatización de su problema espiritual. Algo similar plantea hoy la Medicina Holística. Y los propios médicos convencionales saben ya que el estado de ánimo, la fortaleza psicológica, es determinante tanto para caer enfermo o no como para sanar de cualquier dolencia. Sin embargo, la filosofía de los chamanes -el hombre es un espíritu encarnado en un mundo en el que todo está interconectado con todo-, corroborada por los actuales conocimientos de la Física Cuántica, no es aún de dominio general. Ni entre la población ni entre los profesionales de la salud, huérfanos de los conocimientos de otras áreas del saber. Es hora, pues, de integrar. Es hora de entender que si importante es saber cómo ayudar a un diabético para que supere su problema físico puntual no lo es menos averiguar el origen de su dolencia. Y que éste, como en el caso del cáncer y otras muchas de las llamadas enfermedades, suele estar en el propio ser humano, no fuera. En su interior, no en el exterior. Así que no reneguemos de los avances de la ciencia y de la tecnología y aprovechémonos de ella. Pero no nos olvidemos de que el ser humano no una máquina. Porque nos estaremos equivocando.


José Antonio Campoy