Chemtrails: ¿nos están envenenando?

por José Antonio Campoy

La posibilidad de que se puedan estar usando aviones para manipular el clima puede parecerle a muchos ciudadanos una broma pero se trata de algo real. Los primeros en admitirlo fueron Estados Unidos  y Canadá que ya en 1975 acordaron bajo el auspicio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) intercambiar información sobre toda  actividad relacionada con la manipulación del clima.  Dos años después el asunto daría lugar a la adopción por la Asamblea General de la ONU de una resolución –la 31/72- que prohibía su uso militar y posteriormente de una Convención que se firmaría en Ginebra el 18 de mayo de 1977 y se ratificaría el 17 de enero de 1980. Y de hecho hoy existe en Estados Unidos un organismo que regula todo proyecto sobre el control del clima: la  Administración Nacional Oceánica y Atmosférica. Es más, en 2005 y 2007 se presentaron en el Senado norteamericano dos proyectos de ley que pretendían implementar una “política nacional de modificación del clima” que incluía la creación de un Consejo y un equipo de investigación que finalmente no fueron aprobados. Y es que no es que el clima pueda modificarse, es que en buena medida se sabe cómo hacerlo. Un claro ejemplo es la manipulación de nubes para hacer llover o nevar a voluntad allí donde interese, controlar la intensidad de la precipitación o reducir el tamaño del granizo; algo para lo que basta dispersar con cohetes, aviones o generadores terrestres determinadas sustancias que alteren su microfísica. De hecho en numerosos aeropuertos se usan desde hace años generadores de yoduro de plata o de hielo seco (dióxido de carbono congelado) que permiten tanto eso como reducir la cantidad de niebla. La propia Organización Meteorológica Mundial reconoce que la “siembra de nubes” produce resultados positivos aunque su eficacia depende de diversos factores: el tipo de nubes, su velocidad, la dirección del viento, el tipo de terreno… El Centro Nacional de Investigación Atmosférica estadounidense reconoce haber experimentado con ello en diversos países. Y sin embargo el yoduro de plata puede causar incapacidad temporal y daños en la salud si la exposición es intensa o continuada por mucho que se alegue que su toxicidad es “baja”. El caso es que hay ya 24 países que actualmente practican la modificación del clima siendo China el país con mayor experiencia en inducir artificialmente lluvias y nevadas. De hecho hay ya numerosas empresas privadas que ofrecen “servicios de modificación del clima” basados en la “siembra de nubes”: Aero Systems Incorporated, Atmospherics Incorporated, North American Weather Consultants, Weather Modification Incorporated, Weather Enhancement Technologies International, Seeding Operations and Atmospheric Research (SOAR) y otras. Y no hablamos solo de nubes. Estados Unidos puso en marcha entre 1962 y 1983 un programa experimental de investigación denominado Proyecto Stormfury cuyo objetivo era debilitar ciclones y huracanes inyectando en el ojo del huracán yoduro de plata  (lo que por cierto ya intentaron en 1958 usando hollín). El Instituto Tecnológico de Masachussetts propuso por su parte un sistema para evitar que una tormenta pequeña se convierta en huracán; algo que una compañía privada ubicada en California denominada Dyn-O-Mat asegura hoy poder hacer tras desarrollar un polímero que absorbe 1.500 veces su peso en agua y logra así reducir la fuerza de tormentas eléctricas y huracanes. Es más, se han probado ya otras tecnologías para reducir la fuerza destructiva de los tifones bombeando agua de mar y difundiéndola en el ojo del huracán, aplicando rayos láser para calentar el aire, vertiendo nitrógeno líquido en el mar para quitar energía calorífica a la tormenta o difundir hollín en la zona que absorba la luz del sol y cambie la temperatura del aire. Y otro tanto cabe decir del High Frequency Active Auroral Research Program (HAARP), programa financiado por la Fuerza Aérea y la Marina de Estados Unidos, la Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA) y la Universidad de Alaska para estudiar las propiedades de la ionosfera a fin de intentar mejorar las radiocomunicaciones y los sistemas de vigilancia -como la detección de misiles- cuyas actividades se realizan básicamente en una instalación situada cerca de Gakona (Alaska) mediante el uso de un potente radiotransmisor de alta frecuencia –capaz de producir hasta 3,6 megavatios- que permite modificar las propiedades de una zona concreta de la ionosfera. La estación empezó a funcionar en 1993 -su contratista principal es BAE Advanced Technologies- y su objetivo oficial es investigar los procesos naturales que se producen en la ionosfera y, sobre todo, desarrollar una tecnología que permita utilizar los efectos que pueden provocarse artificialmente en ella. Lo que ha hecho que algunos investigadores entiendan que se puede estar usando para manipular el clima y que algunos de los últimos terremotos y tsunamis pudieran haber sido provocados a propósito por ese dispositivo. No se extrañe en suma el lector de que los chemtrails puedan ser en realidad fumigaciones químicas que pretendan evitar el calentamiento global o, al menos, que tal sea la excusa para  su utilización. Porque lo importante es que son reales y que cuando aparecen en una zona se encuentran luego a veces bajo ella fibras y materiales tóxicos -como el aluminio, el bario y el estroncio- produciéndose entre los habitantes un notable aumento de enfermedades comunes y apareciendo patologías poco habituales. Es hora pues de que nuestros gobernantes den explicaciones. De inmediato.