Calla, oculta, disimula, niega y, si es necesario, miente

¿Le suenan al lector los nombres de Juan Rovira Tarazona, Alberto Oliart, Jesús Sancho Rof, Manuel Núñez Pérez, Ernest Lluch, Julián García Vargas, Julián García Valverde, José Antonio Griñán, Ángeles Amador, José Manuel Romay Beccaría, Celia Villalobos, Ana Pastor, Elena Salgado, Bernat Soria, Trinidad Jiménez, Leire Pajín, Ana Mato, Alfonso Alonso, Fátima Báñez, Dolores Montserrat y Carmen Montón? Evidentemente se trata de conocidos políticos pero, ¿qué tienen en común? ¿Y por qué siendo de ideologías distintas los citamos en una misma lista? Le doy una pista: todos han sido ministros en los gobiernos democráticos constituidos desde que se aprobara la Constitución en 1978. ¿Ha caído ya? Pues si tiene usted cierta edad quizás se haya dado cuenta de lo que les une: son nuestros últimos 18 ministros de Sanidad. Solo que, ¿por qué les nombraron para tal cargo? ¿Quizás porque tenían amplios conocimientos sobre Salud y Medicina? Pues no; la inmensa mayoría se licenció en Derecho y/o Económicas aunque uno estudió Ciencias Físicas, otro Ingeniería, uno Políticas y dos Sociología. De hecho solo tres se licenciaron en Medicina: Ana Pastor -que apenas ejerció como médico-, Bernat Soria -que tampoco lo hizo porque desde el principio se dedicó a la enseñanza y la investigación- y la actual ministra Carmen Montón -que también estudió la carrera pero no la ha ejercido-. Puede pues afirmarse que su conocimiento sobre asuntos de salud en el momento de ser nombrados era prácticamente nulo. ¿Y entonces? Pues es simple: se les designó para que tomaran sus “decisiones” atendiendo a lo que les sugirieran los “expertos” y “asesores” puestos a su disposición. Es decir, asumieron desde el principio -y no cuestionamos ni su talla personal ni su preparación profesional ajena a la salud- que debían dejarse “aconsejar”. E inteligentemente -para sus intereses aunque no para los del país- así lo hicieron. Tomando ante todo una “iniciativa” común: no modificar nada sustancial; entendieron rápidamente que “el sistema no se toca”. Los últimos por ejemplo asumieron formalmente las sugerencias y propuestas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Asamblea del Consejo de Europa y el Parlamento Europeo pero las ignoraron. ¿Que la OMS dice que bastan 433 medicamentos esenciales cuya financiación se justificaría y los demás son innecesarios? Se hace caso omiso y se financian 15.049 despilfarrando el estado en ellos más de 21.000 millones al año -dato oficial de 2016- a pesar de que la gran mayoría son meramente sintomáticos cuando no manifiestamente ineficaces además de tóxicos. ¿Que para garantizar la ética en la compra de fármacos y productos sanitarios y asegurar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud se aprueba en 2012 una ley que prevé constituir un Consejo Asesor que se ocupe de ello? Pues no se constituye y punto. ¿Que se constata que el 25% de los fármacos más consumidos daña la flora intestinal al reducir el crecimiento bacteriano del microbioma, entre ellos las estatinas para reducir el colesterol, los inhibidores de la bomba de protones -como el omeprazol-, los antiinflamatorios, los antihistamínicos, las píldoras anticonceptivas, los fármacos para la disfunción eréctil, los inmunosupresores, los antieméticos, los antipsicóticos y algunos medicamentos para la diabetes? Se oculta. ¿Que muchos medicamentos inhiben o dificultan la absorción y/o disponibilidad de nutrientes necesarios para el metabolismo, especialmente de las vitaminas del grupo B, de aminoácidos y de minerales como el calcio, el hierro y el zinc? Se ignora. ¿Que según el Instituto de Toxicología y Ciencias Forenses en España se intoxican gravemente cada año unas 80.000 personas, más de la mitad por fármacos, siendo los ansiolíticos, antidepresivos, antitusivos y antiasmáticos los que más casos provocan? Pues se ponen trabas a los productos homeopáticos aunque sean inocuos. ¿Que solo un 11% de los 3.000 protocolos médicos que se utilizan en hospitales y clínicas son claramente beneficiosos según el British Medical Journal? Ni caso. ¿Que en el mundo occidental los tratamientos médicos son ya la primera causa directa de muerte, fundamentalmente por errores de prescripción, los efectos iatrogénicos de los fármacos, las infecciones adquiridas en los hospitales, las operaciones quirúrgicas innecesarias y la falta de conocimiento, formación y experiencia de los profesionales sanitarios? Se ignora. ¿Que el 64% de los efectos adversos de los tratamientos farmacológicos se omiten de forma deliberada en los estudios que publican las revistas científicas? Ni se menciona. ¿Que la OMS y el Consejo de Europa dicen que hay que regular la enseñanza y práctica de las medicinas complementarias y alternativas e insisten además en que se incluyan en los sistemas sanitarios nacionales? Se les sigue ignorando. ¿Que hay médicos y otros profesionales de la salud que optan por hacer caso a la OMS y ejercen tales terapias? Se les hace la vida imposible mandándoles inspectores sanitarios a sus consultas y centros, llevándoles ante las comisiones de ética de los colegios profesionales y apoyando las campañas de desprestigio puestas discretamente en marcha por la gran industria farmacéutica contra tales disciplinas y quienes las ejercen. ¿Que los perseguidos se agrupan y constituyen asociaciones profesionales cada vez más numerosas? Se les ningunea, no se les llama para ninguna reunión o comisión y ni siquiera se les recibe. Y si es necesario se les amenaza. Eso sí, vivimos en un estado democrático.

 

Jose Antonio Campoy
Director