Momento de reflexión

Acabo de cumplir 65 años, algo que en su momento se consideró motivo de júbilo -y de ahí la palabra jubilación- porque se supone que llegada esa edad uno ha adquirido el derecho a no trabajar más por necesidad encargándose el estado de proveer tus requerimientos económicos. Eso en teoría, claro, porque para gran parte de los españoles no es así en absoluto. Es sin embargo un asunto ajeno a la revista en el que no voy a profundizar aunque tendría mucho -y desagradable- que decir ya que he trabajado 42 años ininterrumpidos sin cobrar un solo día de paro y no he estado nunca de baja por enfermedad cobrando del estado. No es además algo justificable hoy aquí teniendo en cuenta que España es el segundo país más longevo del mundo, gran parte de la población supera los 80 años y la posibilidad de mantener el sistema de pensiones con el formato actual es nula por mucho que mientan nuestros representantes políticos… salvo que en algún momento asuman la necesidad de dedicar al mismo partidas presupuestarias no previstas. Algo solo posible detrayendo el dinero de gastos e inversiones, decisión a la que no parecen de momento estar dispuestos nuestros políticos -esos a los que les bastan muchos menos años que a los demás ciudadanos para jubilarse con sueldos extraordinarios- lo que a su juicio es comprensible porque como bien se sabe es prioritario dedicar el dinero a mantener los negocios de los empresarios más poderosos, muy especialmente los de aquellos que se ocupan de las grandes infraestructuras así como los de las multinacionales sanitarias -con las farmacéuticas a la cabeza- que, de hecho, se llevan gran parte de los ingresos del estado. Algo que hemos denunciado hasta llegar a aburrir a muchos de nuestros lectores. No voy pues a jubilarme de momento aunque no descarto hacerlo en cuanto la desesperanza me invada por completo. Y lo digo porque después de más de 2.000 extensos y documentados reportajes rigorosos y documentados y más de 4.000 noticias propias sin que hayamos tenido que rectificar o retratarnos prácticamente nunca -a diferencia de las consideradas revistas «científicas» de referencia que con tantos artículos ya retirados uno no sabe ni cuáles son de fiar- mucha gente sigue resistiéndose a creer que pueda ser verdad lo que publicamos; especialmente entre los políticos, médicos y periodistas. De hecho éstos últimos se niegan sin más en los grandes medios de comunicación a hacerse eco de lo que publicamos en lugar de molestarse en contrastarlo dada su relevancia social. Claro que buena parte se han convertido en medios de desinformación al servicio de grandes intereses económicos y aunque muchos de quienes trabajan en ellos quisieran hacerlo -nos consta- no les dejan. Soy en todo caso consciente de que nuestro mensaje ha calado. Cuando nuestra web –www.dsalud.com– llegó a Internet el número de páginas dedicadas a salud en la red eran mínimas y la mayoría tenían carácter comercial o publicitario, algo que en general sigue siendo así porque el periodismo de investigación en el ámbito sanitario es difícil y peligroso. El problema es que el público sigue sin distinguir, por ejemplo, entre lo que dice sobre cualquier producto el que lo fabrica y vende que quien -sin ser competencia porque tiene uno similar- lo valora tras investigar los trabajos publicados sobre él… si existen. Claro que eso lleva mucho tiempo y esfuerzo; nos ha obligado a revisar decenas de miles de trabajos en las llamadas revistas «científicas», la mayoría de las cuales publican todo en inglés. Un enorme trabajo de investigación periodística que en general no se valora adecuadamente aunque termine llegando de forma masiva a la sociedad porque miles de «aprovechados» la usan para rellenar sus webs «caseras» cambiando simplemente unas cuantas expresiones y modificando el orden para que no se detecte tan descarado plagio. Aún así siempre nos ha bastado ya que para nosotros lo importante es que la sociedad empiece a conocer lo que se le oculta y es evidente que eso lo hemos conseguido porque aunque ninguna de esas webs nos cite es obvio que gran parte basan lo que denuncian utilizando nuestros textos. Hasta ahora porque miles de ellas han sido retiradas por Google tras implantar un programa que ha eliminado desde 2011más de 2.500 millones de direcciones ‘online’ por violar derechos de autor así como más de 700.000 aplicaciones. Unas cifras mareantes. Soy consciente en cualquier caso de que si nuestro trabajo no se difunde adecuadamente no fructificará y pasarán décadas para que sea eficaz; y como no voy a esperar tanto pues… ¡Feliz verano!

 

José Antonio Campoy
Director