¡Caretas fuera!

Numerosos jefes de estado y de gobierno han decidido quitarse ya la careta, afirmar sin ruborizarse que estamos ante un Nuevo Orden Mundial y que el tipo de sociedad que había antes de que se declarase la Covid-19 «no volverá». Los ciudadanos tendrán pues que acostumbrarse a que se vigilen todos sus movimientos sin poder ir a ningún lugar del mundo sin que los controladores lo sepan, a no poder hablar con nadie sin que sus conversaciones queden grabadas, a ser identificados por millones de cámaras biométricas y constantemente seguidos -primero a través de sus móviles, luego de carnés con microchips y finalmente con nanochips que les serán implantados en el cuerpo-, a que toda su historia vital figure en ellos -incluyendo sus historiales médicos y sus convicciones políticas y religiosas-, a saber que las autoridades tendrán constancia de todas sus reuniones -privadas y públicas-, a ser clasificados como ciudadanos obedientes o díscolos (entre otras divisiones que incluirá si son o no crédulos, dóciles y/o sobornables), a no poder obtener o gastar un solo euro sin que ello quede convenientemente registrado, a que en pocos años nadie tenga bienes privados, a que cualquier persona pueda ser «liquidada» a distancia si no obedece y a otras muchas cosas cuya simple mención llevaría varias páginas. Sé bien que la inmensa mayoría de los lectores no va a creerse que algo así pueda ser posible y que se me tachará de conspiranoico o de loco pero, ¿quién creía posible hace solo un año que la población del mundo entero iba a admitir ser encerrada en sus casas sin causa real que lo justificara, a ver denegada la ayuda e incluso la entrada en hospitales a millones de personas solo por ser «ancianas», a llevar mascarillas absolutamente inútiles para cualquier virus, a que se le impidiera relacionarse con sus propios familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos, a tener que guardar la llamada «distancia social» a pesar de reconocerse oficialmente que el supuesto virus SARS-CoV-2 que gratuitamente dicen que ha provocado una presunta enfermedad pandémica bautizada como Covid-19 no se transmite por vía aérea, a someterse a inútiles test que según dicen puede identificar a los afectados por el susodicho virus siendo ello rotundamente falso, a admitir que cualquiera que de «positivo» a esos ineficaces test es que está «contagiado» aunque no tenga ningún síntoma, a aceptar que toda persona que muera por cáncer, un infarto, un ictus u otras patologías -incluidas las crónicas- sea considerado «muerto por Covid» si al fallecer se le hace un test y da «positivo», a que las «autoridades» -incluidas las sanitarias- insten de forma manifiestamente ilegal y criminal a la ciudadanía a inocularse vacunas experimentales en fase III aún no aprobadas y de constatada peligrosidad sin que -como exige la ley- un médico la recete expresamente y se haga sin informar detalladamente de sus potenciales y graves efectos adversos a quienes ingenuamente lo aceptan (no se les facilita siquiera el exigible consentimiento informado), a que los expertos, centros y medios de información que advierten sobre todas estas ilegalidades y abusos de poder sean censurados, calumniados, vejados, expulsados de su profesión o directamente cerrados? Podríamos seguir con la enorme relación de disparatadas medidas adoptadas y aprobadas durante mucho tiempo pero las hemos denunciado ya en numerosos artículos y a ellos nos remitimos. Son todas absurdas y muchas de ellas injustificadas e ilegales pero siguen vigentes. Hemos explicado y repetido reiteradamente que LA PANDEMIA NI SIQUIERA EXISTE -las propias cifras oficiales lo demuestran-, que las vacunas son ineficaces y muy peligrosas, que todo esto es un montaje para implantar el llamado Nuevo Orden Mundial -lo han admitido ya públicamente desde el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) hasta varios presidentes de estado, jefes de gobierno y ministros- y que las vacunas tienen básicamente el objetivo de inocularlas para esterilizar a gran parte de la población, a acabar con las personas más débiles y a controlar a distancia al resto, «efectos colaterales» aparte. Y no solo están utilizándose para ello las vacunas: nos están introduciendo partículas a través del agua, del aire y de la comida. Por eso hay ya cientos de millones de personas que sin haberse vacunado sufren biomagnetismo; lo hemos comprobado ampliamente y animamos a todos los lectores -vacunados o no- a ponerse en abdomen, brazos y piernas objetos metálicos cotidianos: clips, monedas, cucharillas de café o postre… Terminamos indicando que hay tres decisiones que deben paralizarse de inmediato: la vacunación de los niños, la propuesta de vacunar obligatoriamente a toda la sociedad -o a colectivos específicos- y los «pasaportes Covid». Violan los derechos fundamentales amparados por las leyes internacionales y de hecho TODOS los que proponen tales acciones deberían ser inmediatamente detenidos y procesados. La situación ha llegado a un punto en el que o alguien detiene este esperpento o muchos ciudadanos van a terminar alegando su derecho a la legítima defensa -y, por qué no, a la legítima defensa colectiva- y van a dejar de actuar pacíficamente. La ira empieza ya en muchos lugares a imponerse a la razón. Y no sin motivo.

José Antonio Campoy

Director