Impotencia ciudadana

por José Antonio Campoy

En los últimos meses hemos recibido en redacción multitud de llamadas telefónicas cartas, fax y e-mail -especialmente desde principios de este año- en las que nuestros lectores nos hacen partícipes de su profundo malestar por el trato recibido tanto en centros médicos, hospitales y clínicas -públicas y privadas- como en consultas particulares. Y si bien las quejas planteadas son de lo más variado y variopinto la mayoría muestran su indignación por lo que califican de desidia o despreocupación de los médicos que les atendieron ante su problemática y la falta de sensibilidad y calidad humana con que fueron «atendidos». Asimismo, no es menor la denuncia de que los centros y consultas médicas particulares que atienden a los asociados de las compañías sanitarias privadas comienzan a tener problemas similares a los del servicio público: imposibilidad de conseguir cita antes de varios días -a veces incluso semanas-, salas de espera llenas y con demora, trato impersonal frío y rápido, médicos de escasa experiencia… Y todo ello sin las ventajas del sofisticado y caro aparataje de los hospitales públicos. Pero siendo todo eso importante, lo que más preocupa e indigna a quienes nos han escrito son los hechos a los que termina llevando todo eso. Hechos que se denuncian en los centros de atención al paciente en la confianza de que van a servir de algo cuando la verdad es que tales departamentos se han convertido en el paraguas protector de los centros y sus trabajadores sanitarios. Allí, el paciente enfadado -o sus familiares o amigos- recibe un trato afable y comprensivo, se le invita a desahogarse y, a veces -si está muy enfadado-, hasta a rellenar una hoja con su versión para tramitarla. La realidad, sin embargo, es que todo eso se convierte en puro trámite formal para que se tenga la sensación de haber sido atendido pero generalmente no sirve para nada ni se efectúa investigación alguna en serio. Mientras escribimos estas líneas, la hija de un lector se debate entre la vida y la muerte a causa de una peritonitis. El día antes había estado en ese mismo hospital quejándose de un fuerte dolor en el vientre y, tras ser explorada, fue devuelta a casa porque «debía ser un problema de nervios y lo que tenía que hacer era tranquilizarse». Otro lector fue también al hospital manifestando que le dolía el abdomen y, tras ser explorado por el médico de guardia de Semana Santa, mandado a casa porque «probablemente no eran más que gases». Tres horas después ingresaba con un infarto agudo de corazón. Y no crea el lector que estos dos casos que narramos son excepcionales: suceden todos los días con absoluta impunidad. Solo que, en muchos casos, el resultado es la muerte. No esperamos nada de nuestros representantes políticos ni de las autoridades sanitarias, pero, ¿qué esperan todas esas asociaciones existentes en nuestro país que se dedican a atender a las víctimas de estos casos para abandonar sus personalismos y problemas egóicos y unirse para así lograr crear la suficiente presión social?.