¡Exijamos la paz!

por José Antonio Campoy

Los dramáticos acontecimientos que están teniendo lugar en el mundo demuestran hasta qué punto buena parte de los miembros de nuestra sociedad están mentalmente enfermos. De ninguna otra forma pueden explicarse las actitudes, propuestas y acciones de muchos de ellos, especialmente de quienes tienen responsabilidades públicas. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas de distintas culturas por haber tenido la fortuna de haber viajado a más de una veintena de países y haber seguido en detalle el desarrollo de la política internacional en razón de mis obligaciones profesionales, por una parte debido a mi actividad docente como profesor de Relaciones Internacionales (11 años en la Universidad Complutense y tres en el Centro Español Universitario) y, por otra, debido a mi trabajo en la sección de Internacional de la Agencia EFE durante años. Una etapa que me sirvió para comprender algo tan aparentemente sencillo -pero apenas entendido por mucha gente- como que tan asesino es el que mata con alevosía a una persona como a un millón. Que tan asesino es el que mata por interés propio como el que lo hace por cuenta ajena. Que tan asesino es el que mata en nombre de Dios como en nombre del honor, de la patria, de la libertad, de la democracia o de la justicia. Que tan cómplice de asesinato es el que condena a muerte por hambre a causa de su egoísmo y omisión -cuando uno es consciente de ello y puede evitarlo- como el que consiente que otros maten en razón de una legislación internacional que concede aún en muchos casos impunidad a los gobiernos en el interior de sus fronteras. No. Nadie tiene derecho a matar a otro ser humano y mucho menos alegando que con ello «se hace justicia». Cuando tal se hace lo que se practica es la venganza, no la justicia. Por mucho que se quiera disfrazar esa verdad. Y si para ejecutar esa venganza encima se asesina indiscriminadamente a cientos o miles de personas inocentes arguyendo que se trata de «daños colaterales» inevitables, el grado de patología mental alcanza ya el paroxismo. Y argüir para perpetrar semejante barbarie el «derecho de legítima defensa colectiva preventiva», una excusa ética y moralmente falaz e intolerable. Los asesinatos terroristas reflejan el poco nivel evolutivo como seres humanos de quienes los perpetran. El mismo nivel de quienes responden con sus mismas armas. No, aquí no hay dos bandos, uno que representa al Bien y otro al Mal. Aunque los dos bandos aseguren tener de su parte… ¡a Dios! Porque Dios está con la vida, no con la muerte. Dios -si Dios pudiera tomar parte, lo que es absurdo porque si existe es obvio que no lo haría ya que todos somos hijos suyos- está en el bando del amor, no en el del odio; en el de la paz, no en el de la guerra; en el de la solidaridad, no en el del egoísmo; en el del diálogo no en el de la confrontación. No, en este conflicto no luchan dos bandos, el de la Luz y el de las Tinieblas: se están enfrentado personas del mismo bando entre sí. El bando de los que practican la ley del ojo por ojo y diente por diente, el de los que fomentan el odio, el resentimiento y la muerte en ambos bandos. Que no cuenten con nosotros.