Bio-Bac y el origen de las enfermedades

por José Antonio Campoy

Para la Biología y la Medicina existen hoy tres tipos de agentes que pueden provocar diferentes patologías sin aparente relación entre sí: el de las bacterias y hongos, el de los virus y el de los priones. El conocimiento de la existencia de las bacterias y los hongos (incluyendo las levaduras patógenas), seres unicelulares con vida autónoma y capacidad de autorreproducirse que pueden infectar organismos superiores como el del hombre, se la debemos a Luis Pasteur. Gracias a él sabemos que son el origen de numerosas dolencias hasta entonces sin aparente relación entre sí: la peste, el cólera, la tuberculosis, la brucelosis, la neumonía, la bronquitis, la sífilis, la meningitis, la peritonitis, la otitis, etc.-. Lo que dio lugar, merced a Alexander Fleming, al desarrollo de los antibióticos. Poco después Loefler y Frosch descubrirían que existen otros microorganismos aún más pequeños que se caracterizan por poseer un ácido nucleico -que puede ser ADN o ARN- al que rodea una envoltura proteica y que contienen toda la información necesaria para su ciclo reproductor: los virus. Sólo que para poder reproducirse necesitan otras células vivas que pueden utilizar de dos formas: introduciéndose en ellas y aprovechando todo su material interno o uniéndose a su material genético y produciendo cambios genéticos. En suma, pueden actuar como agentes infecciosos produciendo enfermedades o como agentes genéticos alterando el material ADN o ARN de la célula. Los virus son pues causa de enfermedades que igualmente se creían sin relación entre sí como la rabia, la viruela, la hepatitis, la parálisis infantil, la glosopeda, el sida, el Ébola, etc. Un descubrimiento que daría lugar a las vacunas. El tercer agente causante de enfermedades son los priones y fue oficialmente descubierto en 1982 por el norteamericano Stanley Prusiner quien recibiría por ello el Premio Nobel de Medicina. Se trata de unas proteínas que tienen la capacidad de autorreplicarse a pesar de que no tienen código genético, un descubrimiento que rompió el dogma fundamental de la biología según el cual «la capacidad de multiplicarse de los seres vivos viene determinada por el código genético». Se sabe que los priones son los causantes de la Enfermedad de Creuzfeld, más conocida como «el mal de las vacas locas». Y, por supuesto, ya no se duda de que pueden ser también origen de otras muchas patologías. Pero lo que no es ya tan conocido es que ese descubrimiento no es de Prussiner sino del microbiólogo, farmacéutico y veterinario español Fernando Chacón Mejías quien bautizó a esas proteínas como pribios o enzimas vivientes. Lo demuestra de forma contundente la exacta descripción que hizo de ellas «Los pribios son seres de tamaño molecular que autocatalizan su propia dinámica vital a nivel de ultraespecialistas y cuya constitución química es la de proteínas termorresistentes, globulares o cristalinas en cuya secuencia existen aminoácidos dextrógiros. Su característica fundamental es que son proteínas capaces de multiplicarse como bacterias o virus cuando reúnen las condiciones adecuadas. Cuando estas proteínas se acoplan a un gen alterado interfiriendo la actividad del núcleo de una célula producen neoplasias benignas o malignas (cáncer). Si interfieren la secuencia metabólica de una célula producen enfermedades degenerativas y crónicas». Tal es la definición exacta que fue publicada ¡el 20 de enero de 1959! en el «Monitor de Farmacia». Es decir, Chacón no sólo averiguó hace ya más de 45 años que las proteínas pueden reproducirse aun no teniendo ADN sino que algunas son las que dan lugar al cáncer y a las llamadas enfermedades crónicas y degenerativas, aquellas que se encuentran en el interior de un tipo concreto de bacterias: los bacilos aerobios esporulados. Años de investigación en solitario le llevarían luego a descubrir el mecanismo por el que se forman y, más aún, ¡cómo se pueden anular! Es decir, cómo tratar con éxito el cáncer y las enfermedades crónicas y degenerativas. De hecho, es eficaz hasta en el Sida. Su investigación daría finalmente paso a un producto de amplio espectro e ¡inocuo! que permite tratarlas: el Bio-Bac. Está constatado más allá de toda duda. Hay ensayos y experiencia clínica más que suficiente que así lo demuestra. Más de 30.000 pacientes tratados en la Seguridad Social pueden atestigüarlo. Y ahora pregúntese por qué nuestros representantes sanitarios se niegan a aprobar un producto inocuo como éste -es decir, carente de efectos secundarios- cuando el 99% de los fármacos actualmente a la venta tienen efectos yatrogénicos -en muchos casos graves, riesgo de muerte incluido- y, salvo los antibióticos, ninguno cura nada. La razón es sencilla: el Estado dedica cada año más de 6.000 millones de euros -un billón de las antiguas pesetas- al cáncer. Y quienes manejan tan gigantesco «negocio» no van a permitir sin más que se acabe. Aunque mueran de cáncer en España 100.000 personas al año… sólo en los hospitales. ¿A alguien le puede extrañar que se empiece hablar ya de genocidio?.