Los modelos de perfección

Nuestra personalidad se va conformando paso a paso a medida que avanzamos en la vida. En ese caminar construimos una escala de valores basada en nuestras creencias y así nuestro bienestar o malestar –ya sea emocional o físico- dependerá del resultado de contrastar nuestros comportamientos con esa escala de valores.

Hemos hablado ya de la necesidad de revisar periódicamente esa escala de valores para adaptarla a los cambios que se han producido en nosotros merced a las nuevas experiencias que incorporamos constantemente en nuestra vida. También hemos hablado de la importancia de la auto-observación para intentar tener una imagen ajustada de nosotros mismos y así acercarnos un poco más a la comprensión de la realidad en que nos movemos.

Pues bien, ante un mundo en constante cambio se observa que algunas tendencias de nuestra sociedad adquieren en nuestros días una importancia desorbitada: tendencia al reduccionismo (ver lo particular, no lo global), a la polarización (acentuación de los extremos, desaparecen los matices), a la maximalización, al radicalismo… Si a esto añadimos uno de los rasgos predominantes de nuestra personalidad, la búsqueda de la perfección, nos encontraremos con una mezcla explosiva que provocará trastornos del comportamiento ya desde la infancia.

Desde que nacemos estamos siendo bombardeados por una serie de modelos a imitar tanto en el aspecto exterior como en los rasgos de la personalidad. Todos nosotros, desde pequeños, “queremos ser como…, parecernos a… o actuar igual que…”. Los modelos “triunfadores” que nos muestran los medios de comunicación y las películas nos han inducido la idea de cómo debemos vestirnos, comportarnos, pensar y hablar para “triunfar” en la vida, para tener “éxito” en todos los órdenes, para ser “felices”, en definitiva. En las películas los “malos” son casi siempre más feos, más tontos, se visten de oscuro, son más antipáticos, más torpes… y siempre pierden. Los “buenos” son más altos, más guapos, más listos, van de blanco, son simpáticos, hábiles… y siempre ganan.

La cultura del “éxito” que nos venden desde que nacemos -no sólo los medios de comunicación sino toda la sociedad- marca de forma muy profunda nuestra personalidad. Así, un niño sabe perfectamente lo que agrada o desagrada a los suyos y comienza a dar sus primeros pasos recorriendo a veces caminos contrapuestos: por un lado, el de la rebeldía, de ir a la contra; y observa los resultados que obtiene. Y por otro, el de hacer lo que se espera de él; y observa también los resultados.

A los pocos años ha aprendido que en la medida que se acerque a los modelos que la sociedad tiene establecidos conseguirá el apoyo y el beneplácito de cuantos le rodean y empieza a realizar pactos que se van convirtiendo en un hábito de vida, pequeñas renuncias para obtener el premio: “Si hago esto me quieren más…”; “si me comporto así soy mejor aceptado…”; “si hago lo que desean no habrá problemas…”

Y ese hábito va arraigando en nosotros y cuando llegamos a adultos es un mecanismo absolutamente inconsciente y automático que nos hace olvidarnos de nuestra personalidad interna, de nuestro Yo profundo, que intenta expresarse haciéndonos llegar sus necesidades sin conseguirlo.

En nuestra actividad cotidiana estamos normalmente en reactivo, es decir, reaccionamos basándonos en estímulos y condicionantes externos; pero pocas veces oímos la voz interior que nos habla de fidelidad hacia nosotros mismos, de valor, de libertad, de conquistas en vez de renuncias, de aprendizajes en lugar de errores. Una voz que no está teñida por los modelos del exterior y que nos dice lo que realmente nuestro ser requiere para su crecimiento personal.

Pero, lamentablemente, vivimos en una sociedad que nos habla de fracasos y triunfos, que considera el error como un fracaso y como tal no lo perdona. Y, sin embargo, desde un punto de observación un poco más amplio, un error sólo es tal mientras no se asimila porque una vez que se extrae el aprendizaje que conlleva la experiencia pasa a convertirse en conocimiento.

Como respuesta a esa tensión surge el/la perfeccionista, alguien que se defiende de los cambios anteponiendo el método, el orden, la norma, la clasificación. Alguien que no se arriesga a tomar decisiones novedosas, que siempre sigue el mismo recorrido en sus trayectos, que avanza por caminos conocidos, que no prueba lo nuevo, que se apoya en la memoria, que desconfía de la creatividad, la intuición, la curiosidad o de cualquier otra faceta suya sobre la que no tenga control. Alguien experto en la deducción y en dar los pasos “correctos”, alguien que sólo se apoya en lo que está contenido en el mundo de las tres dimensiones y del tiempo lineal.

Y esa actitud mantenida en el tiempo produce un estancamiento de la personalidad. No hay crecimiento ni aprendizaje si no nos abrimos a las nuevas experiencias. El cerebro no se excita con la rutina y esa actitud extremadamente conservadora provoca que la energía mental recorra siempre los mismos circuitos neurológicos sin buscar nuevas rutas que hagan conectarse otras neuronas para enriquecer así nuestro bagaje de experiencias.

En teoría esas personas manifiestan una mayor seguridad en la vida pero es algo ficticio pues ante cualquier cambio –y estar vivo significa cambio constante- sienten tambalearse su asentado equilibrio con lo que deben mantener una lucha permanente para afianzar los pilares sobre los que se asientan.

Es imprescindible que los seres humanos entendamos que el crecimiento personal no está limitado a unos años de aprendizaje sino que es la columna vertebral de nuestra existencia y que tomar riesgos, plantearse dudas, afrontar cambios y experimentar cosas nuevas son el alimento que necesitamos para seguir avanzando.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
20
Septiembre 2000
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