Integración

por José Antonio Campoy

Es difícilmente comprensible que hoy día sigan existiendo en el ámbito de la Salud actitudes tan enfrentadas, excluyentes y cuasi fanáticas en personas -afortunadamente minoritarias- que, convencidas de «su» verdad, tachan a todos quienes no piensan como ellos de ignorantes cuando no de farsantes. Y nos estamos refiriendo tanto a ese tipo de gente que desde el plano de las llamadas medicinas naturales rechazan visceralmente la Medicina alopática o convencional -y muy especialmente todo fármaco elaborado en laboratorio- como a aquellos que piensan que quienes predican las bondades de todas o algunas de las llamadas medicinas alternativas o complementarias son poco menos que un peligro para sí mismos, sus hijos y los demás. Gente que se ha posicionado en uno u otro bando en función de sus creencias -para ellos, sólidamente fundadas- sin darse cuenta de que son eso: creencias. Y que éstas -como ha sido el caso de muchas aceptadas casi unánimemente como verdades indiscutibles durante siglos y se demostraron luego equivocadas- raramente son absolutas e inmutables. Problema que suele tener su origen en la falta de información y, sobre todo, en la información parcial o errónea. Pasa en todos los ámbitos y a todos los niveles. Ahora bien, hay personas abiertas dispuestas a revisar cada día sus esquemas sin problema alguno porque late en ellos el ansia de saber y les mueve la curiosidad y otros que precisan asentarse en esquemas rígidos, inamovibles, férreos… porque se sienten incapaces de fluir con la vida sin unas normas fijas. En la familia como en el trabajo, en la religión como en la ética. Personas que padecen -podríamos definirlo así- esclerosis mental. Y lo singular es que no son generalmente gente poca instruida sino personas de conocimiento; es decir, de información aprendida. El problema es que no se replantean nunca si lo que les enseñaron era correcto ni están dispuestas a aceptar el error salvo que la «autoridad» -científica, por supuesto, en el ámbito de la salud- les diga que efectivamente lo afirmado hasta entonces se trataba de un error. Personas para quienes las cosas son blancas o negras, verdaderas o falsas, buenas o malas… en una dicotomía radical que ciertamente casi nunca se corresponde con la realidad. Pues bien, nosotros nos negamos a elegir entre una u otra concepción de la salud, entre un tipo de Medicina u otra, entre uno u otro tipo de terapia. Sencillamente porque creemos que la mayor parte son útiles. Quizá unas más que otras pero eso depende de las personas porque cada una de ellas es un mundo. Lo que sin embargo sí nos parece razonable es que tales terapias sean impartidas por profesionales bien formados. Si pudiera ser en el futuro, sólo por médicos. Claro que para eso haría falta que las autoridades políticas -en especial, las sanitarias- entendieran que hay que regular tales enseñanzas llevándolas incluso a la universidad si procediera. Eso evitaría que la demanda social de las mismas, cada vez más creciente, quedara, como ocurre hoy, en manos de personas autodidactas con más buena voluntad -la mayor parte de las veces- que conocimiento.