¡La UNESCO insta a reconocer las medicinas alternativas!

por José Antonio Campoy

El Comité Internacional de Bioética de la UNESCO acordó el pasado mes de septiembre durante su XIX reunión instar a todos los gobiernos del mundo a que garanticen el acceso de los ciudadanos a los tratamientos alternativos y a reconocerlos como “opción de la práctica médica”. Según explicó su presidente, Stefano Semplici, “hay que respetar la libertad de elección de los médicos que las practican y de sus pacientes». El comité insta asimismo a evaluar su eficacia, difundir desde las instituciones su conocimiento y establecer normas y protocolos de uso. Es más, anima ¡a integrarlas en el seno del sistema sanitario y a establecer normas de acreditación de los expertos que las ejercen! De hecho para el Comité Internacional de Bioética no deberían ser consideradas una segunda opción sino tratamientos realmente alternativos o complementarios de la Medicina convencional. En suma, se pide lo mismo que ya solicitó sin éxito el Consejo de Europa en su Resolución 1.206 ¡en 1999! Y eso que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce su eficacia. Basta leer el extenso documento Estrategia de la OMS sobre Medicina Tradicional 2002–2005, texto que supuso una auténtica defensa de las posibilidades terapéuticas -y de los beneficios económicos que se derivarían para la sociedad- si se legalizara y extendiera la práctica de las medicinas alternativas. Documento del que todos nuestros gobiernos, por supuesto,  han hecho caso omiso. Recordemos que para la OMS el concepto de Medicina Tradicional es sinónimo de Medicina Complementaria y Alternativa. Lo que ocurre es que la OMS utiliza el término Medicina Tradicional cuando se hace referencia a África, Iberoamérica, el Sudeste Asiático y el Pacífico Occidental y el de Medicina Complementaria o Alternativa al referirse a  Europa, Norteamérica y Australia. Pero son términos que se refieren a lo mismo: las medicinas o terapias no convencionales o alopáticas. En cuanto a lo que abarcan el propio documento de la OMS dice que se trata de “aquellas prácticas, enfoques, conocimientos y creencias sanitarias diversas que incorporan medicinas basadas en plantas, animales y /o minerales, terapias espirituales, técnicas manuales y ejercicios aplicados de forma individual o en combinación para mantener el bienestar además de tratar, diagnosticar y prevenir las enfermedades”. Incluyendo entre ellas a la Medicina China, el Ayurveda, la Naturopatía, el Unani, la Osteopatía, la Homeopatía, la Quiropráctica y las técnicas de Shiatsu, Hipnosis, Sanación, Meditación, Yoga y Qigong. La OMS admite igualmente que esas otras formas de afrontar la enfermedad “suscita un amplio abanico de reacciones, desde el entusiasmo no crítico hasta el escepticismo no informado” por lo que considera necesario implementar toda una estrategia política, económica, informativa, etc. para contribuir a su desarrollo e implantación allí donde aún no esté reconocida oficialmente. Cabe asimismo recordar que también la Asamblea General de la OMS instó por ello hace ya varios años a todos los gobiernos –la reunión se celebró en Ginebra (Suiza)- a que regularan la medicina natural y las medicinas alternativas a fin de lograr “la mayor evidencia posible de la idoneidad de esos tratamientos con criterios de seguridad, eficacia y calidad”. De hecho la OMS calcula que sólo las plantas medicinales mueven decenas de millones de euros al año y la tendencia aumenta por lo que es necesario garantizar la calidad de los productos así como promover su aceptación terapéutica. En España, sin embargo, la política sobre las medicinas complementarias y alternativas de los distintos gobiernos que se han sucedido en el Palacio de la Moncloa se ha caracterizado sin más por el desprecio a sus posibilidades terapéuticas; eso sí, sin dejar de aprovechar su práctica alegal como fuente de ingresos fiscales. Una política estúpida que ha permitido a muchas personas autodenominarse terapeutas tras haber seguido un mero cursillo -la mayor parte de las veces sin entidad- y que careciendo de la más mínima formación exigible abren consultas de las más diversas terapias. Luego, ¿hasta cuándo van a seguir los gobiernos españoles ignorando las recomendaciones de los principales organismos internacionales en este ámbito? Pues probablemente hasta que nos desembaracemos de todos los sinvergüenzas carentes de escrúpulos y ética que -muchos promocionados por la gran industria farmacéutica- copan desde hace décadas buena parte de los cargos de poder en todos los estados, especialmente en el ámbito sanitario.