Actuación criminal

por José Antonio Campoy

La Agencia Europea del Medicamento sabía en julio de 2015 que entre las niñas europeas que recibieron la llamada “vacuna contra el virus del papiloma humano” 45.222 habían sufrido reacciones adversas graves -32.876 a Gardasil y 12.346 a Cervarix– falleciendo 352 de ellas (311 de las que recibieron Gardasil y 41 de las que se vacunaron con Cervarix). Obviamente no admiten de forma explícita que la causa sean esas dos vacunas pero el hecho de que las decenas de miles de reacciones adversas y las muertes se hayan producido en niñas que estaban sanas antes de recibirlas y no haberse formulado una sola hipótesis alternativa de lo sucedido deja pocas dudas respecto a la relación causa-efecto. Y es que no hablamos de reacciones menores a las vacunas -que pueden haber sido incontables- sino solo de las graves ¡y nada más que en Europa! El Sistema de Notificaciones de Reacciones Adversas (VAERS por sus siglas en inglés) de Estados Unidos tenía por su parte registradas a 30 de septiembre de 2015 otras 40.593 reacciones adversas -37.474 asociadas a  Gardasil y 3.119 asociadas a Cervarix- además de 209 muertes en el primer caso y 16 en el segundo. Y expertos consultados por esta revista nos aseguran que si se sumaran los casos del resto del mundo el escándalo sería ya de proporciones epidémicas pues estaríamos hablando de más de 1.000 niñas muertas y cientos de miles de casos de reacciones adversas graves, especialmente patologías del sistema nervioso, enfermedades músculo-esqueléticas, trastornos del tejido conectivo, patologías gastrointestinales y lesiones traumáticas. De hecho la mayor parte de las notificaciones se refieren a disfunciones neurológicas, 7.308 de ellas tras haber sido inoculada Gardasil y 2.848 tras inocularse Cervarix). Y recordamos que se considera reacción “grave” toda aquella que exige la hospitalización o su prolongación, provoca discapacidad o invalidez significativa y/o persistente, pone en peligro la vida o lleva a la muerte. En cuanto a nuestro país la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ha recibido ya 3.266 notificaciones con una media de 3 reacciones por caso; el 43% de carácter grave. Habiendo admitido 5 muertes. Pues bien, tanto la Agencia Europea del Medicamento (EMA) como la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA por sus siglas en inglés) y la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) se resisten a retirarla alegando con total desfachatez que el balance beneficio-riesgo lo siguen considerando “positivo”. Es hora pues de repetir una vez más que la afirmación de que esa vacuna previene el cáncer de cuello de útero es rotundamente falsa; tal cosa no ha sido demostrada jamás y quien afirma que lo hace miente. Lo denunció públicamente la World Association for Cancer Research (WACR) hace ya siete años. Ni se ha probado que la vacuna sea eficaz, ni es cierto que impida a las vacunadas contraer en el futuro cáncer cérvico-uterino, ni hay estudios que avalen su seguridad. De hecho la eficacia real de la vacuna no podrá constatarse antes de 30 o 35 años -lo reconoció públicamente la ex Ministra de Sanidad y Consumo española, Elena Salgado-, no hay datos suficientes que avalen su seguridad -ni siquiera se han efectuado estudios de genotoxicidad y carcinogenicidad-, nadie puede garantizar que las niñas no padecerán cáncer cérvico-uterino en el futuro por vacunarse, los tipos de alto riesgo del virus para los que se supone sirve la vacuna (16 y 18) tienen en España una prevalencia muy baja, no se han dado a conocer los riesgos que comporta que la misma se inocule a la vez que otras y no se ha explicado debidamente por qué Merck testó Gardasil contra un placebo que contenía aluminio. En suma, lo que está pasando puede y debe calificarse de actuación criminal. Claro que, como ya hemos denunciado muchas veces, las vacunas son un negocio redondo y las organizaciones internacionales y los gobiernos van a continuar apoyándolas porque quienes toman las decisiones están desde hace tiempo muy bien “engrasados”. Solo así se explica este esperpento y otros muchos en este ámbito de los que hemos hablado profusamente. Como el de la vacuna de la hepatitis B que se pone injustificadamente a los bebés nada más nacer cuando el propio prospecto reconoce que puede provocar encefalitis, encefalopatía, migraña, esclerosis múltiple, neuritis, neuropatías -incluyendo hipoestesia y parestesia-, síndromes de Guillain-Barré y Bell, parálisis, neuritis óptica, convulsiones, síncope y mielitis transversa. Y todo ello para lograr una hipotética protección no demostrada que evite una enfermedad menor de escaso riesgo. Indignante. Invito a los lectores a leer con detenimiento los reportajes que dedicamos en este número a sendos asuntos.