Qué hacer si uno enferma

A lo largo de los últimos 19 años hemos recibido miles de consultas de personas con graves problemas de salud a las que sus médicos no conseguían ayudar -les ofrecían solo métodos o fármacos paliativos- por lo que nos solicitaban consejo para acudir a otros tipos de terapeutas y terapias. Sin embargo no hay terapias complementarias o alternativas que resuelvan todos los problemas de salud. Unas y otras -las convencionales y las no convencionales- ayudan con mayor o menor fortuna pero salvo en los casos de traumas físicos súbitos e inesperados -sean fracturas, esquinces, infartos, ictus o infecciones- que requieren acciones inmediatas y puntuales el resto de las disfunciones que nos afectan no son sino manifestaciones de un estado de desequilibrio interno que puede afectarnos de forma global o localizada y con mayor o menor intensidad. Depende de lo que lo haya provocado y del estado en que estaba el organismo. Pues bien, en la inmensa mayoría de los casos lo que debe hacerse para recuperar la salud -independientemente de la etiqueta que se haya puesto a nuestra “enfermedad”- es desintoxicarse a fondo, oxigenarse, mantener en perfecto estado la flora intestinal, controlar lo que respiramos, bebemos e ingerimos, no usar prendas sintéticas dañinas, evitar las radiaciones electromagnéticas artificiales y las telúricas, aprender a preparar los alimentos -mejor crudos o cocinados a no más de 80º-, tomar el sol -evitándolo en verano entre las 12:00 y las 16:00-, hacer ejercicio aeróbico moderado, descansar y dormir suficientemente y afrontar con serenidad nuestros problemas psicoemocionales para no somatizarlos. Y si es preciso suplementar la dieta ortomolecularmente, algo hoy a veces necesario debido a la sobreexplotación de los terrenos de cultivo. Y poco más. La idea de que las enfermedades –cuando debería hablarse de enfermedad en singular- se solucionan ingiriendo fármacos -la mayoría sintomáticos y iatrogénicos- o sometiéndonos a complejas terapias es sencillamente falsa. Hay que equilibrar el organismo a nivel energético, físico, mental y emocional en lugar de buscar pócimas y tratamientos milagrosos. Recuperar la salud perdida depende de ello. El problema es que una filosofía tan sencilla acaba con el gigantesco negocio de la salud y hay muchos dispuestos a combatirla como sea. Ahora bien, no es menos cierto que vivimos en una sociedad en la que el sistema, con la excusa de protegernos, ¡nos está envenenado! De forma masiva. Con medicamentos (siendo ya bebés mediante “vacunas”), con radiaciones (TACs, rayos X, resonancias magnéticas, ecografías, radares, antenas de telefonía, torres de alta tensión, transformadores, etc.), con humos tóxicos, con plaguicidas, con aditivos alimentarios, con productos de limpieza e higiene, con carne de animales enfermos…; en fin, con químicos tóxicos de todo tipo. Jamás en la historia de la humanidad los seres humanos, los animales y la Tierra en su conjunto hemos estado tan contaminados. Y es esa cantidad ingente de toxinas, una alimentación inadecuada, el estrés diario y el sedentarismo lo que da lugar al 99% de las patologías, problemas psicoemocionales aparte. Afortunadamente la solución está en ayunar unos días e ingerir luego abundantes alimentos vegetales -preferiblemente ecológicos- ya que contienen prebióticos y probióticos reguladores de la microbiota así como vitaminas, minerales y oligoelementos -muchos son incluso quelantes naturales- y en suprimir los azúcares, la leche y sus derivados, la carne grasa animal –sobre todo los embutidos-, los fritos, los carbohidratos refinados -desde el pan, la pasta, las galletas, los bollos, los pasteles y los dulces hasta las tartas, pasteles y helados-, las chuches y caramelos, los alimentos precocinados, los productos envasados -especialmente los enlatados-, las colas, los refrescos con gas y los zumos de frutas industriales. Y solo si es necesario porque se constata algún déficit nutricional ingerir suplementos naturales. Pues bien, es tan simple que nadie quiere creérselo.

 

Jose Antonio Campoy
Director