No hay ninguna diferencia

por José Antonio Campoy

No hay diferencia entre quienes matan para conseguir sus objetivos. Todos ellos son asesinos. Y su nivel ético, similar. Mientras la sociedad no entienda algo tan simple no avanzaremos. Tan asesino es el que mata a una persona para lucrarse o por placer como quien lo hace en nombre de sus ideas religiosas, políticas o sociales. Tan asesino es el que mata en nombre de una de esas patrias inventadas que separan a la gente por fronteras igualmente inventadas que quien lo hace en nombre de la libertad, la justicia o la democracia. Tan asesino es el que mata con un cuchillo o una bomba casera como quien utiliza metralletas, tanques o misiles. No importa en nombre de qué o de quién se mata: quien tal hace es un asesino. La ética que les caracteriza es la misma. Todos matan para conseguir un objetivo en el que creen. Y eso es así aunque algunos aleguen que es más ético el que lo hace «altruistamente». Tan asesinos son los que matan poniendo bombas en un avión o una estación de trenes -inmolándose o no- que quienes lo hacen vestidos de uniforme. Que a unos se les considere terroristas y a otros héroes sólo denota la cultura en la que vivimos. Quienes comulgan con las ideas de los primeros los consideran mártires. Quienes comulgan con las ideas de los segundos, defensores de la libertad o de la patria. Y a ambos se les rinden honores. Pero la verdad es que todos son asesinos a los que sólo diferencia la razón por la que matan. Asesinos cuyas conciencias intentan tranquilizarse porque la sociedad les comprende y apoya (a cada cual los suyos). Es más, quienes piensan como ellos y los ayudan o comprenden son cómplices de asesinato. Todos. Especialmente los múltiples representantes de sus líderes religiosos que esos sí que están en todos los bandos. Es un sarcasmo que a lo largo de los últimos milenios los sacerdotes de la práctica totalidad de las religiones hayan llegado a bendecir «en nombre de Dios» hasta las armas que se usan para perpetrar las matanzas. Bendicen banderas, cuarteles, ejércitos, tanques, aviones de combate, misiles… Es tal el grado de psicopatía social en nuestro mundo que la realidad supera la imaginación de las mentes más fantasiosas de nuestros antepasados. Hoy, hasta los judíos y los cristianos, cuyo principal mandato es «No matarás» -sin matices-aceptan que acabar con la vida de otros seres humanos puede a veces justificarse. Lo afirman los representantes eclesiásticos de todas las iglesias en las que hoy están divididos. Han llegado incluso a justificar éticamente las alianzas militares. Y se ha lavado el cerebro a la sociedad de tal modo que una inmensa mayoría cree en ello, cree que a veces matar se justifica. ¡Cuando no se justifica nunca! Es indiferente en nombre de qué o quién se haga: matar es éticamente injustificable. Siempre. Afortunadamente algo empieza a cambiar. En el mundo pero muy especialmente en España. Los habitantes de este país salieron masivamente a las calles para dar su NO rotundo a la guerra. Porque aquí sabemos muy bien que no se puede acabar con la violencia a través de la violencia (y no quiero profundizar en el vergonzoso uso de la tortura por el país que dice representar la libertad y los derechos humanos en el mundo). Es más, los españoles, que venimos sufriendo desde hace décadas un terrorismo igual de injustificable que todos los demás, hemos dado en los últimos años una gigantesca lección al mundo. Porque a pesar de los miles de muertos y heridos, del enorme sufrimiento padecido, nadie reclama desde hace mucho tiempo la pena de muerte para los asesinos. Se pide que se les detenga, condene y encarcele pero no que se les mate. El respeto a la vida es absoluto. Por parte de las personas de todas las ideologías. Y ese hecho denota un salto cuántico importante. Es obvio que los españoles -aunque algunos de sus «representantes» prefieran ignorarlos- han alcanzado un grado de madurez impensable hace sólo unas décadas. El hecho de que hoy la inmensa mayoría rechace la pena de muerte, hasta para los crímenes más espeluznantes cometidos por seres que están más cerca del nivel animal que del humano, es digno de elogio. Y, desde luego, si alguna vez alguien se ha merecido el Premio Nobel de la Paz ése es el pueblo español. Aun cuando nos quede mucho por avanzar.