Un sistema sanitario caótico, ineficaz y vergonzoso

por José Antonio Campoy

El sistema sanitario español ha alcanzado tal grado de ineficacia y caos que resulta inconcebible la ausencia de iniciativas por parte de los parlamentarios españoles. Porque, ¿cuál es el panorama de nuestro sistema sanitario al margen de la propaganda oficial y del silencio cómplice de la mayor parte de los medios de comunicación? Pues sencillamente aterrador. Porque en España hoy la situación es ésta: Los servicios de Urgencias están saturados con el agravante de que el 90% de los médicos que se encuentran en ellos son recién licenciados y, por tanto, carecen de experiencia. Las listas de espera tanto para un simple diagnóstico como para ser sometido a tratamiento siguen siendo un escarnio a pesar de la retórica demagógica de los responsables. La mayor parte de los hospitales están abarrotados y los enfermos tienen que permanecer días en los pasillos en condiciones vergonzosas que violan sus derechos fundamentales básicos. Los familiares no tienen dónde aguardar y deben sentarse en el suelo o en las escaleras. La posibilidad de contagio en los hospitales alcanza niveles intolerables. Los médicos y enfermeras están desmotivados porque se sienten, más que mal pagados, sencillamente explotados. Y muchos en permanente situación de interinidad. Los tratamientos ortodoxos convencionalmente aceptados como los más adecuados son sólo paliativos o sintomáticos. Es decir, no ayudan a curar casi ninguna patología. Con el agravante de que la mayoría de los fármacos que se prescriben tienen efectos iatrogénicos. Un reciente estudio indica que la 3ª parte de las consultas urgentes se deben a problemas generados por fármacos. La Medicina convencional no conoce ni la causa ni cómo curar ninguna de las llamadas enfermedades degenerativas. No sabe curar el cáncer, el Parkinson, el Alzheimer, el Sida, la esclerosis múltiple, la fibromialgia, la fatiga crónica… y así centenares de patologías. Los gastos del estado en Sanidad suben sin parar año tras año de forma desbocada. La industria farmacéutica controla el Ministerio de Sanidad, gran parte de las consejerías autonómicas y la Agencia Española del Medicamento. Eso explica que fármacos absolutamente inútiles sean sufragados por el estado y recetados incluso para patologías para las que no están indicados mientras a otros se les pone todo tipo de trabas para ser legalizados. Gran parte de los médicos del sistema sanitario llevan siendo «gratificados» -por no decir sobornados»- por algunas multinacionales farmacéuticas desde hace años para que receten sus productos. Los recientes escándalos que han llevado a los tribunales a los responsables de algunas conocidas empresas y a muchos médicos están en la mente de todos. Y no se trata de casos aislados sino de una práctica muy extendida que no se quiere investigar. Muchos de los fármacos sufragados por el estado no sólo no son más eficaces que otros sino que en muchos casos se desconocen sus efectos secundarios y encima son más caros. Lo acaba de afirmar Joan Ramón Laporte, director del Instituto Catalán de Farmacología, asegurando que así ocurre al menos con las estatinas, los antipsicóticos «atípicos», los antidepresivos, los medicamentos para la osteoporosis y los antihipertensivos. Los ensayos clínicos que se efectúan para aprobar los fármacos son deficientes y fácilmente manipulables. Lo acaba de asegurar la prestigiosa revista The Lancet reconociendo la dificultad para generalizar los resultados, cómo se obvia que el entorno elegido para una investigación influye de forma determinante en los resultados, cómo los pacientes se seleccionan antes del ensayo para asegurarse de que sean los que tienen más posibilidades de mejorar con el producto que se está testando, cómo se hace a menudo con grupos demasiado pequeños para que los resultados sean significativos… Y así otras muchas cuestiones que deberían haber invalidado la aprobación de numerosos fármacos. Lo que se demuestra con la retirada del mercado en los últimos meses de numerosos medicamentos que llevaban años vendiéndose. Unos porque no sirven en realidad para las enfermedades para las que se prescribían, otros porque los efectos negativos son mucho mayores de los reconocidos y las empresa fabricantes, sabiéndolo, lo habían ocultado. ¿Para qué seguir? Necesitaríamos muchas páginas -pero muchas- para describir la lamentable situación del sistema sanitario y la corrupción que sufre. Corrupción contrastada que nadie quiere destapar. Hay implicada demasiada gente de altos vuelos y escasa ética y conciencia.