La revolución espiritual

por José Antonio Campoy

Los conocimientos científicos y tecnológicos han aumentado en las últimas cinco décadas de forma tan espectacular que el desarrollo experimentado por nuestra civilización en todos los ámbitos durante tan corto lapso de tiempo ha sido muy superior al que el ser humano tuvo en los millones de años que anteriormente transcurrieron desde su aparición sobre la faz de la Tierra. Avance que, sin embargo, parecerá insignificante cuando en el futuro se compare con el que presumiblemente obtendrá el ser humano a lo largo del siglo XXI. Y no hablamos ya de la revolución tecnológica que a hombros de la Informática, la Genética y la Nanoteconolgía llevará a nuestra sociedad a conseguir logros ni siquiera soñados por los más imaginativos escritores de ciencia-ficción. Ni de la certeza de que en el próximo siglo los hombres viajarán por el espacio interestelar y colonizarán al menos los planetas de nuestro Sistema Solar. Ni de las posibilidades que el conocimiento del Genoma Humano va a suponer para la erradicación de muchas de las enfermedades que hoy aquejan al ser humano. Ni del desarrollo que permitirá acabar con el hambre, la pobreza y la desigualdad entre culturas siquiera sea por mor del simple interés económico de quienes manejan los hilos del mundo. Ni de la desaparición progresiva de las fronteras, los ejércitos, las patrias y los partidos políticos al uso. No. La revolución que espera a los hombres se enmarcará, ciertamente, dentro de todos esos parámetros. Pero la verdadera revolución, la que hará que todo ello sea posible y con la que no cuentan quienes hoy promueven el cambio por razones más prosaicas, será espiritual. Y no importa que quienes hoy tienen por Dios a la Ciencia no lo entiendan. Porque la paradoja es que la revolución espiritual llegará inevitablemente de manos de la revolución científica trastocando los valores imperantes en la actualidad y llevando al ser humano a una formidable expansión de conciencia que le permitirá ser cada vez más libre. Libertad individual que llevará ineludiblemente a la libertad colectiva.