La actitud sobre los fármacos en España -como en el
resto del mundo- roza ya lo esperpéntico. Nuestras farmacias están cada vez más
repletas de medicamentos peligrosos capaces de provocar gravísimos efectos secundarios
-incluida la muerte- que encima no curan nada. La inmensa mayoría sólo sirven
para "paliar los síntomas" de las llamadas enfermedades. Por eso se dice que son
"paliativos" y "sintomáticos". Es decir, si uno tiene fiebre la industria farmacéutica
le ofrece un antipirético. Con lo que mucha gente ha terminado olvidando que la
fiebre no es una enfermedad sino un mecanismo curativo del cuerpo. El organismo
produce hipertermia -aumento de temperatura- porque eso provoca una notable activación
de todos los mecanismos sanadores del organismo. Cada grado de fiebre duplica
la velocidad de curación del cuerpo. Por consiguiente, bajar la fiebre es un sinsentido.
Salvo si ésta supera los 40-41º ya que entonces sí conviene no dejar que suba
por si acaso. Y eso se consigue con un simple paño mojado en agua fría o introduciéndose
en una bañera tibia que luego puede rellenarse poco a poco con agua más fresca.
Y si lo que uno tiene es una inflamación se le ofrece un antiinflamatorio. Cuando
también la inflamación tiene efecto curativo. Salvo que ésta pueda afectar
a alguna función orgánica y entonces hay que actuar preventivamente. Solo que,
como en el caso de la fiebre, hay formas naturales de hacerlo sin necesidad de
fármacos iatrogénicos. Y obviamente si lo que uno tiene es dolor se le ofrecen
analgésicos o antiálgicos. Olvidando que el dolor es el mecanismo del cuerpo para
avisarnos de que algo va mal. Con lo que tomar un analgésico por norma cuando
aparece el dolor en lugar de averiguar antes qué lo produce se ha convertido en
otro hábito tan frecuente como absurdo y estúpido. Millones de personas viven
en España -y en el mundo- llevando siempre analgésicos. Personas a las que luego
se les manifiesta una enfermedad grave y lo achacan al infortunio en lugar de
a su inconsciencia. Y ya metidos en ese desenfreno de consumir pastillas para
todo ingerimos ansiolíticos cuando estamos nerviosos, somníferos si la preocupación
no nos deja dormir, antidepresivos si estamos tristes o descorazonados, antiácidos,
bicarbonatos, sales de frutas o carminativos si hemos comido de forma inadecuada,
pastillas de fibra si no ingerimos verdura y fruta... En suma, en lugar de ser
conscientes de que algo no marcha bien en nuestras vidas y afrontarlo preferimos
tomar pastillas para paliar los síntomas que nos provoca la situación que hemos
creado nosotros mismos. La que sea. Y nos engañamos una y otra vez ingiriendo
productos no sólo innecesarios sino además peligrosos. Algunos muy peligrosos.
Que no curan nada. ¿Tan difícil es de entender? Quizás haya que pedir que en las
puertas de las farmacias se coloquen calaveras con las tibias cruzadas en lugar
de la cruz verde actual. Aunque nos tememos que tampoco serviría de nada porque
hoy es obligatorio poner en las cajetillas de cigarrillos que "el tabaco mata"
-sin medias tintas- y la gente sigue fumando porque en el fondo no se lo cree.
Bueno, no se lo quiere creer. Que por desgracia es casi lo mismo. Aunque lo más
sangrante y grotesco de todo es que los ministerios de Sanidad de medio mundo
llevan años autorizando todo tipo de tóxicos y venenos terapéuticamente inútiles
a la vez que ponen trabas de todo tipo a la autorización y promoción de productos
naturales para la salud. Esa es la cruda y dura verdad.