La anormalidad de la Nueva Normalidad

El uso prolongado de mascarillas puede dañar la salud

El Real Decreto-ley 21/2020, de 9 de junio, de medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el Covid-19 aprobado por el gobierno de Pedro Sánchez se enmarca en la anormalidad que representa la llamada Nueva Normalidad. Impulsado por el Ministerio de Sanidad y el de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana obliga a los ciudadanos a seguir usando tras el «estado de alerta» las ineficaces y dañinas mascarillas que impuso ignorando que ni siquiera la Organización Mundial de la Salud (OMS) las ha recomendado nunca para las personas sanas al igual que jamás recomendó confinar a toda la población, medidas manifiestamente arbitrarias e injustificadas que han llevado al borde de la quiebra a España y muchos lamentarán pronto, en cuanto se les pase el estado de hipnosis colectiva al que se han dejado dócilmente someter.

Los ciudadanos sanos sin fiebre que ni tosen ni estornudan -que es como dicen se contagia básicamente un virus que requiere contacto ya que admiten que no se transmite vía aérea- van a tener que seguir pues poniéndose unas insanas mascarillas que al final pueden provocarles notables problemas de salud. Se exigen allí donde no pueda uno estar a menos de dos metros de otra persona y por tanto en los transportes públicos -metro, autobús, tren, barco o avión-, en los privados -si no se convive en el mismo domicilio deben llevarlas los pasajeros de un simple turismo- y en los espacios cerrados que no permitan a las personas una distancia de «seguridad» -bares, restaurantes, tiendas y oficinas incluidas- so pena de ser sancionado con multas de hasta 100 euros.

En suma, de nuevo se ha obviado que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce en su web en cuanto a las mascarillas que «no hay evidencias de que su uso prevenga la infección». Como se han ignorado los trabajos que advierten que su uso prolongado -más de una hora- puede ser peligroso -especialmente si no se está en reposo sino activo- ya que además de alergia al material utilizado puede provocar déficit de oxígeno celular y tisular, sensación de ahogo, cansancio, acumulación de dióxido de carbono en el torrente sanguíneo, hipoxemia, hipercapnia una respiración más rápida, latidos cardíacos irregulares, dolor de cabeza, pérdida de reflejos, falta de concentración, reducción de las habilidades motoras finas, ansiedad, deshidratación, acidificación del organismo y disminución de las defensas del sistema inmune.

¿Por qué los grandes medios de comunicación no han informado de ello? ¿Cómo se explica el silencio cómplice de los representantes de los médicos y demás profesionales sanitarios? ¿Y cómo éstos han aceptado dócilmente usarlas sin rebelarse?

Terminamos indicando que entre los trabajos que corroboran parte de lo antedicho se encuentra una tesis doctoral presentada en 2005 por Ulrike Butz en el Instituto de Anestesiología de la Universidad Técnica de Munich con el título Rückatmung von Kohlendioxid bei Verwendung von Operationsmasken als hygienischer Mundschutz an medizinischem Fachpersonal (Inhalación de dióxido de carbono al usar mascarillas quirúrgicas protectoras bucales higiénicas por profesionales médicos) que dirigió el profesor E. Kochs. El lector la tiene a su disposición en Internet.