Lo ratifican de nuevo: ¡el agua tiene memoria! 

El ingeniero estadounidense D. Graves -investigador del Laboratorio de Semiconductores de la Universidad de California en Berkeley (EEUU)- ha descubierto que tratar con un simple generador de plasma de baja temperatura -aparato sencillo de fabricar y barato- tanto el agua como el suero destinado a usos médicos y hasta el propio instrumental quirúrgico los esteriliza de forma eficaz y rápida (puede hasta con el temible Staphylococcus aureus resistente a la meticilina o MRSA que causa miles muertes en los hospitales de todo el mundo). Pero lo que le ha dejado realmente perplejo es que el agua así esterilizada mantiene su poder microbicida tiempo después; ¡incluso cuando ya es imposible detectar en ella ninguna sustancia química!
D. Graves suponía que los microbios patógenos del agua mueren al entrar en contacto con el ozono (O3), el peróxido de hidrógeno (es decir, H2O2o agua oxigenada) y los nitritos que el aparato genera pero transcurridos unos días comprobó que aunque tales moléculas ya no estaban presentes en ella el agua aún mantenía esas propiedades microbicidas.
Como nuestros lectores saben Samuel Hahnemann, el investigador que descubrió y desarrolló la Homeopatía hace ya casi dos siglos, mantenía que las sustancias químicas pueden transmitir determinadas propiedades al agua aún cuando ésta se diluya tanto que sea imposible detectar ya su presencia. Y ello demuestra, como luego corroboraría Jacques Benveniste, que el agua tiene “memoria”. Algo que ratificó recientemente el Premio Nobel Luc Montagnier demostrando que el agua en la que ha habido ADN microbiano -aunque sus restos biológicos se eliminen con filtros y el agua sea sumamente diluida- mantiene esa información patógena pudiendo infectar a quien la ingiera e incluso transmitirla a otra agua mediante resonancia; lo que según él es posible porque en ella existen unas nanoestructuras poliméricas capaces de reproducir las señales del ADN original.
Todos sabemos que modificar las condiciones de temperatura o presión de una sustancia afecta a la unión de sus partículas (iones, átomos o moléculas) y eso puede hacerla pasar por distintos estados –se les denomina estados de agregación de la materia- con propiedades y características diferentes; siendo cuatro fases –aunque hay más- las más conocidas y observables: la sólida, la líquida, la gaseosa y la plasmática. Las tres primeras son bien conocidas pero no así la cuarta: el plasma. Un estado de la materia que se obtiene básicamente bien calentando un gas -hacerlo ioniza sus moléculas o átomos- , bien sometiéndolo a un fuerte campo electromagnético usando un láser o un generador de microondas. Se trata en suma de un estado fluido similar al gaseoso pero en el que parte de sus partículas están ionizadas -es decir, cargadas eléctricamente- y no poseen equilibrio electromagnético. Algo que convierte a todo plasma en un buen conductor eléctrico ya que sus partículas responden fácil y rápidamente; es más, cuanto más alta es la temperatura más rápido se mueven los átomos en su interior. Es el caso por ejemplo del que rellena los tubos fluorescentes o los carteles de neón.
Pues bien, este hallazgo debería convertir a los generadores de plasma de baja temperatura en el principal método desinfectante médico y hospitalario.