La aventura nuclear

¿Cuántas veces se ha preguntado usted qué tecnología dedicada al ámbito de la Medicina utiliza la energía nuclear y, sobre todo, si es o no peligroso someterse a ella? ¿Conoce sus ventajas e inconvenientes? ¿Sabe en qué se basan los aparatos y técnicas utilizadas? ¿Qué es y para qué sirve el radioinmunoensayo, la gammagrafía y las técnicas con radiosótopos radiactivos? ¿Son peligrosas las radiaciones que se reciben? Un artículo de Andrés Rodríguez Alarcón.

Bajo el nombre genérico de Gammagrafía se engloba una serie de técnicas que tienen en común utilizar la radiación gamma de la radioactividad para lograr imágenes de los distintos órganos del cuerpo, con la ventaja sobre la radiología convencional de que proporciona un estudio de cómo está funcionando el órgano que se investiga y no simplemente una imagen anatómica.

Qué cierto es que cuando uno cumple los sesenta años se da cuenta de que entra en lo que los antiguos aztecas llamaban la «edad de los nuncas» -«nunca me habían dolido los huesos de esta manera», «nunca pensé que me costaría tanto subir esa cuesta», «nunca…»-, lo que indica claramente que se está empezando a envejecer.

Bien es cierto que yo había aprendido a convivir con la tosecilla matutina de antiguo fumador y con la necesidad de recolocar los huesos por la mañana al despertar pero, por lo demás, no era consciente del paso del tiempo. Por eso, cuando empecé a notarme cada día más cansado y nervioso lo achaqué al estrés nuestro de cada día -lógico en un ejecutivo que espera su primer nieto- y me autorreceté unos tranquilizantes y un viaje de fin de semana a la costa a ver a mi hija embarazada.

Pero el remedio, que había funcionado otras veces, esta vez no surtió el efecto que esperaba. Cada día me despertaba peor. Una mañana sentí, para mi propio terror, que me temblaban las manos y me costaba tragar. Hasta hablar me resultaba difícil. Y como el miedo es libre, decidí que lo que me pasaba era realmente malo. En lo primero que pensé, obviamente, fue en el cáncer. Con lo que por un momento me vi operado, sin poder hablar y con el dolor y la muerte como meta a corto plazo… Excuso decir que me fui a ver a mi viejo amigo el médico. Pero de la consulta salí aún más preocupado: mi tiroides estaba aumentado de tamaño y, según el facultativo, tenía todos los síntomas de un hipertiroidismo. Lo malo es que había que hacer pruebas nucleares para descartar «cualquier otra cosa».

Eso de nuclear sonaba a centrales, bomba atómica… en definitiva, a radiaciones. Así que llegué a casa hecho un manojo de nervios y no sólo por mi enfermedad. Tal vez porque ni siquiera me había tranquilizado respecto a mi temor sobre un posible cáncer. «Hombre -me espetó-, aún es pronto para quedarnos completamente tranquilos, espera al resultado de las pruebas». O sea, que añadió a mis miedos el terror a unas pruebas que utilizaban radioactividad.

Fue seguramente la peor noche de mi vida. Tenía que hacerme -me dijo- unos análisis de sangre por radioinmunoensayo y una gammagrafía (¿Qué diablos será eso?, me preguntaba). Y aunque el médico me había explicado que no iba a recibir una cantidad apreciable de radiación, no las tenía todas conmigo.

Así que a la mañana siguiente tomé la enciclopedia de mi hijo pequeño y busqué los términos que me preocupaban.

¿QUÉ SON LOS RADIOISÓTOPOS?

«Los isótopos radioactivos -leí en la enciclopedia– son generalmente metales (iodo, oro, indio, hierro, talio o tecnecio) cuya actividad se induce ‘contaminándolos’ en una fuente radioactiva, generalmente en un acelerador de partículas. La radiación de estos elementos ‘contaminados’ es débil y de muy corta duración -horas o muy pocos días- y siempre inferior a la que puede recibirse en una simple radiografía.»

«Mezclados con otras sustancias, en general orgánicas, esos metales marcados son utilizados por el organismo como cualquier otro de los elementos que llegan a través de la alimentación y se fijan en determinados órganos, tejidos o huesos, desde los cuales sus emisiones radioactivas pueden ser analizadas y registradas mediante diversos sistemas, sean de laboratorio o de imagen.»

«El secreto está en el compuesto utilizado para combinar con el radioisótopo, que se elige de tal manera que tenga fijación en un determinado órgano o sustancia presente en nuestro cuerpo. Así, los compuestos de yodo se acumulan en la glándula tiroides, los de oro o indio, en el hígado y los de tecnecio tienen una mayor capacidad de fijación en el hueso.»

Nada, que los términos radioinmunoensayo y gammagrafía no aparecían en la enciclopedia. Decidí entonces ir al laboratorio en el que estaba citado para los análisis de sangre y pedir allí información.

Fue cuando el jefe del laboratorio, mientras me sacaba sangre, me explicó que la técnica de radioinmunoensayo –conocida internacionalmente con las siglas RIA- se concibió inicialmente -en 1977- como un método analítico para el estudio de las cantidades de hormonas producidas por las glándulas del cuerpo. Básicamente consiste en tomar una muestra de sangre y, tras separar las células del suero por centrifugación, poner éste en contacto con un elemento radioactivo (generalmente tecnecio -99 o yodo-125) unido a una sustancia específica para la determinación que quiera hacerse.

Después de mezclar el suero sanguíneo con el marcador radioactivo se le somete a un lavado para separar los elementos marcados y se mide la radioactividad del compuesto resultante; ello permite determinar las cantidades de hormonas, medicamentos o anticuerpos que se buscan.

En el campo de la alergología, por ejemplo, estas técnicas permiten no sólo determinar si una persona es alérgica, sino también conocer a qué sustancias se es alérgico sin necesidad de ser sometido a los molestos pinchazos que aún siguen siendo la base para ese estudio.

La RIA permite también hacer estudios muy exactos para diagnosticar los anticuerpos frente a las hepatitis B y C o al virus del SIDA, no sólo en la fase activa de la enfermedad sino también cuando el paciente no presenta ningún síntoma, así como en la detección de anticuerpos circulantes que acompañan a infecciones diseminadas por hongos.

Y, lo que es más, me apuntó que el avance tecnológico y la investigación están abriendo cada vez más el campo de sus aplicaciones y es muy posible que, en poco tiempo, las técnicas puedan abaratarse y conseguir el análisis de las cantidades de cualquier sustancia presente en nuestro cuerpo.

En fin, el caso es que salí del laboratorio algo más tranquilo y me preparé para la prueba de fuego: la gammagrafía que me había prescrito mi médico.

Como ya conocía el sistema, nada más llegar al Centro de Medicina Nuclear pregunté por el médico que me atendió. Y posiblemente captó mi angustia, aumentada por los síntomas de mi enfermedad (estaba nervioso y temblaba), porque estuvo paciente conmigo y me dio una explicación amplia y comprensible:

Así, me contó que «se engloban bajo el nombre genérico de Gammagrafía una serie de técnicas que tienen en común utilizar la radiación gamma de la radioactividad para lograr imágenes de los distintos órganos del cuerpo. Con la ventaja sobre la radiología convencional de que proporciona un estudio de cómo está funcionando el órgano que se investiga y no simplemente una imagen anatómica.»

«La base -añadiría-, como en los estudios de laboratorio de RIA, es la fijación de los compuestos radioactivos en los distintos órganos y su técnica es de lo más simple: el compuesto débilmente radioactivo se administra el paciente por boca o inyección y posteriormente se toma una imagen a través de un gran contador de radiaciones –la gammacámara- que registra la concentración de radioisótopos, no sólo en el órgano investigado sino en todo el cuerpo y de una sola vez».

Es decir, que lo importante de la gammagrafía es, precisamente, que permite un estudio de la función del órgano explorado. Por tanto, cuando se administra un compuesto de tecnecio que se acumula en el tejido normal del hígado la imagen obtenida por la acumulación de la radioactividad en él permite saber si existen zonas donde no hay actividad radioactiva y de esa manera investigar posibles tumores o quistes que serían invisibles a la imagen radiológica convencional. También el exceso o el defecto de actividad permite ayudar al diagnóstico de enfermedades como la cirrosis, la degeneración grasa o la acumulación patológica de algunas sustancias como el hierro en las hipercromatosis, que son las acumulaciones patológicas de ese metal.

«Una de las ventajas que tiene -añadió- sobre la radiología tradicional es que permite detectar algunas lesiones, como las metástasis o localizaciones de los cánceres en los huesos mucho antes que las radiografías, con la consiguiente posibilidad de iniciar el tratamiento más precozmente.»

«La evolución tecnológica ha permitido que las imágenes tomadas por la gammacámara sean cada vez de mejor calidad, hasta el punto de que las máquinas actuales son capaces de tomarlas de distintos niveles del órgano estudiado, lo mismo que el escáner o TAC puede hacerlo con las imágenes de rayos X. Este sistema de tomografía -o imágenes a distintos niveles- permite hacer lo que se llama Spect o investigación funcional de órganos y sistemas, lo que se ha convertido en las auténticas estrellas de los medios de diagnóstico en la investigación de determinadas enfermedades del cerebro y del corazón

«Así, el spect cardiaco es ya una técnica insustituible para la valoración de las enfermedades coronarias y establecer no sólo su pronóstico sino también las posibilidades de tratamiento médico y/o quirúrgico. Consiste en administrar un compuesto marcado con el isótopo radioactivo tecnecio-99 que se distribuye por las arterias coronarias y se fija en el propio músculo cardiaco. El estudio de esa fijación permite comprobar cómo funcionan las arterias y las zonas musculares que puedan estar afectadas por la mala irrigación de una rama arterial en mal estado, lo que es una ayuda fundamental a la hora de plantear una intervención de recanalización -que no está ni mucho menos exenta de riesgos- o aconsejar un tratamiento médico».

También me comentó que algo parecido sucede con los estudios de este tipo realizados en el cerebro para el diagnóstico de las epilepsias o en la valoración del pronóstico de la enfermedad de Alzheimer o de los tumores cerebrales ya operados mediante un auténtico “mapa de flujo” de la sangre a las distintas zonas del cerebro y la concentración de la radioactividad en las zonas “calientes” del mismo.

Y no sólo eso. En el estudio de la embolia pulmonar, complicación muy frecuente en muchas operaciones quirúrgicas, así como en las flebitis de las venas de las piernas, en el análisis del funcionamiento del riñón o en la localización de trombos o émbolos en toda red vascular del cuerpo, es fundamental el estudio nuclear. Su distribución en esos órganos y sistemas permite visualizar las zonas “mudas” – donde no se acumula el radiofármaco- y de esa manera fijar la extensión y profundidad de la posible lesión.

La verdad es que la prueba, al final, resultó de lo menos emocionante. Dos horas después de ponerme una pequeña inyección me hicieron tumbar en una camilla debajo de un aparato grande y redondo que fue moviéndose a mi alrededor, mientras en la pantalla de una consola próxima iban apareciendo una serie de puntos que acabaron formando una imagen en bonitos colores… que no me decían nada.

El médico que me hacía la prueba me dijo que podía quedarme tranquilo ya que las imágenes no detectaban cáncer, pero que de todas formas debía esperar a la consulta con mi médico para que me diera el diagnóstico definitivo.

Y para allá me fui, aparentemente bastante más tranquilo aunque por dentro me sentía irracionalmente angustiado, nervioso y cada vez más tembloroso. Cuando llegué, mi amigo tenía esa expresión que ponen siempre los profesionales cuando tienen que transmitir una mala noticia: «Chico -me dijo sin más-, lo tuyo es un poco más complicado de lo que parecía a primera vista. En la gammagrafía se aprecia claramente un aumento en la actividad y tamaño del tiroides, y tienes una enorme cantidad de hormonas en sangre. Lo que se dice un hipertiroidismo de caballo. Y a tu edad, con tu bronquitis crónica y con lo indisciplinado que eres para tomar fármacos, creo que lo mejor sería darte una dosis de yodo radioactivo, que es lo más simple, barato y efectivo para evitar la crisis que estás iniciando y que puede llegar a ser muy grave.»

«Y como te conozco bien, ya sé que estás pensando en las dichosas radiaciones, pero verás: los radioisótopos, cuando se dan como tratamiento, tienen más radiación que cuando se usan para diagnóstico, pero toda la radiación va ir exclusivamente a la glándula sin que afecte al resto del organismo. Y como hoy día podemos calcular muy bien las dosis, lo más probable es que ni siquiera tengas problemas de funcionamiento del tiroides después. Piensa que con este sistema no sólo se tratan alteraciones de funcionamiento como la tuya, sino también el cáncer en muchas glándulas, la próstata entre ellas».

En fin, el caso es que después de unos días de preparación con distintos remedios me sometí a la pequeña inyección de yodo radioactivo y tuve que estar un par de días en la clínica. Y la verdad es que fue como mágico. En poco tiempo desaparecieron mi angustia, mis nervios, los temblores y la fatiga. No tuve la menor molestia ni, después de mi primera experiencia, miedo a someterme a los análisis y gammagrafías de control. Hace ya siete años de eso y mis únicos problemas son mi vieja bronquitis crónica de fumador y la revolución que mis dos nietos han producido en mi vida de feliz jubilado.


RADIOISÓTOPOS CURATIVOS

La medicina nuclear no está centrada sólo en los sistemas de diagnóstico. La administración de radiofármacos puede no sólo confirmar un diagnóstico sino también, en determinadas ocasiones, actuar como tratamiento activo.

Muchos casos de cáncer de tiroides y determinados trastornos como el hipertiroidismo por bocio tóxico multinodular se tratan con una sola dosis (por supuesto, alta) de yodo radioactivo, que al mismo tiempo permite seguir la evolución del proceso por gammagrafías sucesivas que comprueban la efectividad progresiva del tratamiento.

En algunos casos de trastornos de la médula ósea (productora de células sanguíneas) se ha usado un radioisótopo del fósforo, pero su utilización está actualmente limitada por la posibilidad de efectos secundarios, como el desarrollo -a la larga- de una leucemia.

Mejores resultados se obtienen en los tratamientos de cáncer de próstata -con tumores pequeños- utilizando radioisótopos de yodo implantados directamente en la zona que pueden acabar selectivamente con el tumor en un par de sesiones.

En suma, es verdad que la radioactividad puede llegar a matar, pero bien utilizada puede salvar -y de hecho salva- vidas. Todo depende del uso que se le de.

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Enero 1999
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