La dura y larga aventura de nacer

A lo largo de los nueve meses de embarazo todos los bebés son marcados por las vivencias de la madre hasta el punto de que si los impactos emocionales negativos que reciben son muy fuertes y continuados pueden marcar para siempre su salud cuando crezca. Un aspecto en buena medida desconocido por la clase médica que debe empezar a formarse atendiendo a los nuevos descubrimientos.

Imagine a 300 millones de corredores apretujándose impacientes en la línea de salida de una maratón en la que, en el mejor de los casos, difícilmente será más de uno quien suba al podio de ganador. Imagínese también que esa carrera tiene como premio la supervivencia, de manera que sólo el ganador saldrá vivo de ella. Si bien es cierto que también el ganador acaba pagando con la vida su éxito.

Claro que usted, lector, me dirá que pasa de esa maratón, que prefiere quedarse como está, leyendo Cuerpos y Almas, que es menos arriesgado. Pero lo cierto es que usted, lector, ha corrido ya esa maratón y no sólo ha intervenido en ella sino que, para su satisfacción, le diré que la ha ganado. Así que mi enhorabuena porque es usted un auténtico triunfador, ¡que no es nada dejar tirados en la cuneta a tantos millones de competidores!

Naturalmente, usted corrió esa maratón cuando sus padres sintieron el deseo de llevarlo a cabo en la pista de atletismo de quién sabe qué lugar. Así que se alinearon en la salida ese mínimo de 300 millones de atletas -o quizás algunos menos-, pero con flagelo más que sobrado para competir. Aunque ahora algunos biólogos afirman que de ese mínimo de 300 millones de atletas solo un porcentaje -si bien un porcentaje de millones- son espermatozoides fecundadores. El resto estaba integrado por policías y barrenderos. O sea, espermatozoides que vigilan y controlan la carrera y espermatozoides que van limpiando el camino a los corredores. Y digo yo, si éstos, como afirman algunos biólogos, van limpiando el camino es que van delante de los que corren. Así que triste es pensar que siempre habrá servidos y servidores.

Pero a un lado consideraciones de índole moral, lo cierto es que usted venció en el más competitivo de los maratones. Y no se precisa mucha imaginación para formarse una idea de cuán terrible debió ser su camino hacia el óvulo que le esperaba. Un camino en el que iba dejando millones de cadáveres y en el que, al llegar a la meta donde estaba el óvulo ocurrió, además, que ni aun siendo el ganador podía estar seguro de que sería quien lo fecundara. Porque la Naturaleza, cruel ella, permite al óvulo que elija entre los primeros que llegan a la meta. Sí, una injusticia, pero así es la vida. Y no se queje porque usted no sólo llegó el primero, o entre los primeros, sino que además fue el elegido. Lo malo es que al hincar su cabeza en el óvulo y hacer girar en torbellino el flagelo de sus extremidades para abrir brecha en la cáscara del huevo, lo que evidentemente consiguió, eso supuso su muerte, porque al conseguirlo cierto es que fecundo el óvulo pero a cambio de desaparecer en él. Y eso duele.

EL PRIMER NACIMIENTO 

Así que usted, que no era ya el espermatozoide ni el óvulo, sino una mezcla de ambos, o sea, algo distinto que acababa de nacer, surgió en forma de eso unicelular que llaman cigoto. Era ya una célula. E iniciaba el camino de una nueva vida.

Solo que el camino hacia esa nueva vida iba a tener que hacerlo ya solo y con un creciente protoplasma que le iba a resultar mes a mes más y más sensible al dolor, aunque también al gozo.

Así que al encontrarse en el útero de su madre se encontró con que usted era usted pero que una cosa llamada placenta le unía en simbiosis con su madre. O sea, que usted, que no tenía ni idea de ser usted, era prácticamente su madre. Y pudo encontrarse con que su madre, al conocer que había una vida en su seno, arrugara el ceño y dijera para su fuero interno -o sea, en dirección a usted- que eso que se había colado mejor hubiera sido que se hubiera achicharrado en la silla eléctrica de un diu, o que hubiera muerto intentando barrenar con su flagelo la pared de un preservativo. Total, que ese óvulo fecundado estaba de más. Y el ser vivo, aunque menos, que es el óvulo fecundado, recibe ese mensaje como un frío glacial, como algo que empuja hacia el no ser, sin comprender que la poseedora de la matriz en que está albergado tiene sus razones: está pagando el piso y no está para más gastos, se encuentra sin ingresos por desempleo, se le ha muerto el marido o éste no existe, etc. Y es posible que la dueña de la matriz mantenga esta actitud, que es una orden de muerte, un mes tras otro. Y esta orden de muerte -de no seguir, de irse, etc.- la recibe el embrión como algo suyo, y lo sufre en su memoria celular primero y en su memoria de ritmos theta después, como un sufrimiento sin causa, como un dolor que va impregnando y forma parte ya del protoplasma que le está agrandando.

Y en ese recorrido de nueve meses, que es una eternidad para un bebé que no conoce el tiempo a la manera como lo concebimos nosotros, que para él es simplemente el tiempo de una vida entera, ese bebé va recibiendo los impactos que le manda su madre. Impactos que pueden o no ser de ella pero que son impactos si ella los siente y, al sentirlos, indefectiblemente los siente también el bebé.

Así, puede vivir agobiada por el trabajo, puede sentir la tristeza profunda de un fallecimiento o de un abandono, puede vivir en el desamor porque es eso lo que ella recibió, puede mantener una continua guerra con su marido u otros familiares, una guerra con gritos, odios…, puede estar impregnada de los miedos que un día recibió también o simplemente de los que siente ante la idea de dar a luz, puede… puede incluso no comunicarse con el bebé, ni transmitirle siquiera -y eso es peor- sus propios sufrimientos.

También pueden ocurrir hechos concretos dolorosos como esos vómitos continuados que representan la lucha orgánica por aceptar ese injerto de nueva vida que es el embrión y que pueden acabar siendo la expresión simbólica de querer echar al bebé; o como las agresiones físicas por parte del marido u otras personas; o como lo es una caída; o como puede serlo una inadecuada forma de hacer el amor con la consiguiente presión sobre el abdomen de la mujer; o como lo es un trabajo que entraña excesivo esfuerzo; o como…

Y todo eso lo recibe el embrión y lo recibe el feto después, con maremotos amnióticos, con sensaciones de ahogo, con experiencias próximas a la muerte por retirada de la percepción, por un sentimiento de partes del cuerpo dañadas, con retirada de energía vital a determinadas zonas del cuerpo y con otros muchas reacciones orgánicas y psicológicas dolorosas que quedarán impresas en el futuro yo del bebé.

Pero no debo dramatizar con exceso porque la Naturaleza -esa madre que nos trata duramente porque nos quiere recios, preparados para la vida que nos espera fuera del útero- ha dispuesto también grandes defensas y gratificaciones. Por ejemplo, las endorfinas que saturan el agua amniótica y que nos llevan al más maravilloso de los paraísos; las contracturas que repetidamente y durante un largo lapso de tiempo en cada contractura mueven la matriz y el bebé siente que la matriz -que es la madre- le abraza y moviliza suavemente; la subjetividad de nuestra percepción global al iniciarse la vida uterina, algo que es vivir en una conciencia expandida, si bien esa expansión, mes a mes, se va estrechando hasta acabar en nuestra percepción beta de vigilia tan singularizada como hipnótica.

LA MUERTE DEL PRIMER NACIMIENTO 

Pero lo peor -o lo que suele ser lo peor- no ha llegado todavía. Eso peor es lo que llamamos nacimiento y consideramos habitualmente como algo distinto de la gestación. Como si pudiéramos segregar un río del mar. El nacimiento es simplemente el proceso final de ese todo que enmarca la nueva vida que se ha iniciado con un cigoto. Aunque cierto es también que nacer, por las vivencias que le son propias, puede segregarse de la gestación. Porque nacer es ir entrando ya en un mundo nuevo, con dos orillas. La nuestra -que es morir a una vida anterior- y la que nos espera -la de quienes nos esperan fuera- que es nacer.

De manera que cuando el fruto que es el feto está maduro -tan maduro como lo estaremos nosotros el día en que iniciemos la salida a otro o a ningún lugar- ese fruto se desprende sólo e inicia otro recorrido similar al de aquella maratón con que se inició nuestro recorrido hacia la singularidad. Y una vez más, madre e hijo se encuentran a solas con su gozo y su dolor. Ahora para pugnar por dejar que una nueva vida entre en una vida también nueva.

Lo malo es que ese tránsito desde una muerte fetal a una vida neonata no suele darse con naturalidad. Por lo menos en nuestra cultura. Ese tránsito viene ya condicionado por los daños que el embrión-feto ha recibido en el útero. También por los miedos de la madre y, en no menor medida que esos miedos, por los ritos científicos a desechar que todavía mantiene nuestra medicina convencional: partos programados, o sea, recolección de frutos inmaduros; cesáreas innecesarias, o sea, no sólo frutos inmaduros sino también un sistema nervioso periférico no activado por no haber rozado el canal de nacimiento; retención del bebé que está naciendo porque el tocólogo no está en ese momento disponible, o sea, atrancos e inmovilizaciones del bebé que más tarde marcarán su carácter y su forma de somatizar los daños; anestesias que anestesian también al bebé, o sea, un parto con un bebé sin fuerzas cuando no con la percepción insensibilizada -fuera del cuerpo- y/o paralización de extremidades inferiores; etc.

Lo anterior -y otros muchos daños a añadir a lo anterior- se refiere a un parto sin complicaciones porque si el bebé viene con daños y presenta dificultades, entonces lo que vivimos es el terrible sufrimiento de un nacimiento de nalgas o de pies, sin una luz que nos diga que no son sólo tinieblas y desorientación lo que nos aguarda; o la ominosa presión de unos fórceps que trituran nuestro cráneo; o la angustia de permanecer horas y más horas en una matriz que ha perdido su agua amniótica, que se va secando, que nos momifica e inmoviliza, que nos retiene con su sequedad de muerte, que nos aprisiona y presiona con la camisa de fuerza de la membrana uterina; o con la sensación asfixiante de un cordón umbilical hecho soga y que se estrecha más y más en torno a nuestro cuello cuanto más y más tiran de nosotros hacia fuera; o la posible guerra por sobrevivir -antes posible guerra territorial- entre dos hermanos gemelos que pugnan titánicamente en un sálvese quien pueda; o…

Como he escrito en mi «Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis«: «No es necesario seguir con más ejemplos. Basta lo hasta aquí explicado para comprender que los patrones de daños del nacimiento son las matrices básicas con las que escribimos los textos de casi todas nuestras enfermedades. Si bien cierto es también que casi todo trance agónico -y eso es todo nacimiento- produce, asimismo, momentos de cesación del dolor que inducen -dada la intensidad del sufrimiento que cesa y dadas las características de la conciencia de ritmos cerebrales de ondas lentas del bebé- a estados de plenitud oceánica, con éxtasis que todo evidencia sumergen al bebé, y lo diluyen, en el magma de la conciencia global. Es su refugio, quizás su único refugio. El refugio al que parece le lleva, drogado, la morfina endógena».

EL SEGUNDO NACIMIENTO 

Y aquel ser intrauterino que fuimos surge a la luz, muy probablemente a la luz artificial y cegadora de un quirófano, pero a fin de cuentas a la luz. Y aquí estamos, en un mundo que tenemos que conquistar a golpe de nuestras crecientes ondas cerebrales beta, las que nos irán sacando de nuestro mundo subjetivo hasta llegar a los siete-doce años en que, maduras ya esas ondas beta, dirán de nosotros que somos ya otros. Una mujercita o un hombrecito. O sea, que habremos nacido a otro mundo, a otra forma de ver y sentir la realidad.

Pero ahora -en la descripción que estoy haciendo- todavía estamos aquí. Y ese aquí, recién nacidos, es quizás en una cuna, en una cuna más entre cunas, lejos de nuestra madre, añorando las suaves mucosas de las paredes del nido materno que hasta ese momento nos habían acogido, si es que ese nido fue benigno. Pero, en todo caso, aquí estamos sin poder discernir, sin poder comprender qué está ocurriendo, y sin poderlo comprender pero con la sensibilidad recién surgida, abierta a todas las sensaciones y sin defensas ante lo que pueden ser sensaciones dolorosas. Como lo son las de esa soledad de una cuna entre cunas, esa carencia de una piel materna cálida, de un alimento que es más que leche, que es cuerpo de madre hecho líquido cálido y dulce, hecho amor.

Y así, entre gozo y sufrimiento, vamos madurando nuestros ritmos cerebrales de vigilia. Primero es el vacío -ya no lleno como en el útero-, luego los límites de ese vacío que son los límites de nuestro cuerpo y, finalmente, pasamos a ser el nuevo Colón que descubre que hay algo fuera de esa piel que entendemos somos nosotros. Una dura conquista. Mucho más dura que la travesía oceánica de nuestras carabelas colombinas. Ya tenemos una clara individualidad pero somos náufragos en esa individualidad porque no tenemos todavía un yo. Y por ello, necesitamos identificarnos con nuestros padres. En nuestra vida anterior intrauterina hemos sido lo que nuestra madre nos mandaba; ahora nuestra madre no es ya nosotros pero sigue siendo necesaria para nuestro crecimiento. Es necesaria porque ella es el timón que utilizará el proceso de identificación para llevarnos al yo. Y puede ocurrir que esa madre que tanto necesitamos -y no sólo para que nos de el pecho y otras caricias- nunca está en casa. Y no importa que esa madre se vea obligada a dejarnos solos o con otras personas debido a la necesidad que tiene de trabajar para alimentarnos. Nada de eso importa; importa sólo que no está. Importa también que llega cansada y no nos mira, no nos abraza, y nos sentimos solos, sin amor, rechazados, huérfanos. Y son tantas las cosas que nos pueden llegar de nuestros padres desde el nacimiento hasta esos siete a doce años… Peleas, nerviosismo, separaciones, enfermedades, órdenes que no tienen sentido a nuestro entender, sufrimiento… Y nosotros, que necesitamos identificarnos básicamente con nuestra madre primero -hasta los cinco años aproximadamente- y básicamente con nuestro padre después -aunque la identificación es directa o indirectamente siempre con ambos- no encontramos garfios favorables en ellos -o no los suficientes garfios- para lastrarnos y crecer varados en ellos, seguros en ellos. Y somos náufragos que buscan identidad. Y si eso somos, nos aferraremos después a cualquier persona o grupo. Y encima nos acusarán por buscar, sin saberlo, una madre y un padre en el cuerpo y mente de cualquier personaje o grupo que llame nuestra atención.

No creo, lector, que sea necesario puntualizar los posibles sufrimientos de un niño hasta llegar a esa edad de ritmos beta maduros. Tú, lector, has sido niño. Y ojalá tu niñez haya sido una niñez protegida y liberada por el amor.
Pero con amor o sin él, la verdad es que también tiene su término esa otra vida emocional y creativa que es la niñez, también morimos a ella para nacer a la adolescencia.

EL TERCER NACIMIENTO 

Tuvimos un primer nacimiento cuando pasamos a ser cigoto, tuvimos un segundo nacimiento en lo que corrientemente entendemos por nacer; ahora hemos muerto a ese segundo nacimiento para nacer a otro, al tercero. Un nacimiento esta vez más pausado y menos dramático pero no por ello carente de dolor.
Usted lo sabe, lector, sea mujer u hombre; sabe perfectamente que cuando tuvo conciencia de tener conciencia de las cosas, se encontró con que ese mundo exterior que había descubierto tenía que explorarlo y conquistarlo. Ya no era el Colón de las aguas amnióticas, ni el de la niñez con continentes imaginados, era ya los Pizarro y Hernán Cortés e inevitablemente tenía que hacerse un hueco en el mundo, un hueco que -eso decían quienes le educaron- tenía que ser el de un triunfador. O sea, tenía que entrar en ese mundo arrollando. Como el Cid Campeador.

Sólo que ese mundo exterior es denso y duro. Es piedra difícil de romper. ¿Se acuerda? Aquel chico o aquella chica que hacía latir su corazón y que no sabía cómo abordar. ¿Se acuerda? Perdida o perdido en aquel instituto al que llegó por primera vez, con compañeros que creía sabían más que usted, con su obligación de tener éxitos que dar a papá, a un papá quizás terriblemente autoritario que -¡oh ironía!- siempre suspendió en su juventud. ¿Se acuerda? Aquel primer trabajo que no estaba segura o seguro de poder desempeñar, con un jefe terrible, siempre minusvalorando lo que usted hacía o, ¡quién sabe!, quizás ayudando con una dedicación sospechosa o quizás simplemente excesiva, empalagosa. ¿Se acuerda? Tantos y tantos engaños y desengaños, tantos y tantos errores y frustraciones, tantos y tantos anhelos que se iban desvaneciendo. ¿Se acuerda? ¿Se acuerda?

EL CUARTO NACIMIENTO 

Y así ha surgido -debería haber surgido- a un cuarto nacimiento. Este de adulto, en que ya los engaños y desengaños se viven con agitación pero con un menor sufrimiento. Hemos pasado a ser ya objetos que han empezado a fosilizarse. Hemos iniciado ya el camino hacia una vejez que nos pondrá cabeza abajo y nos mostrará la luz de otro canal de nacimiento. Sólo que de momento ese nacimiento es en nosotros expectativa de muerte. Seguimos viviendo en el temor a no ser. Seguimos siendo, a pesar de tantas vidas vividas en una sola y misma vida, el espermatozoide que un día tuvo que dejar atrás, agonizando, millones de congéneres. Seguimos siendo víctimas de ese miedo que llamamos miedo a morir y es miedo a perder la maratón que nos llevaría a no poder seguir viviendo. Aunque la vida sea, en gran medida, sufrimiento.

Y cierto es que -como dijo Sartre- «el Infierno es el otro», pero es cierto tan sólo en nuestros dos primeros nacimientos y, parcialmente, en el tercero, pero no lo es cuando hemos dejado atrás la adolescencia; cuando eso ha ocurrido no somos ya víctimas, pasamos a ser verdugos de otros y, sobre todo, de nosotros mismos. Y si bien es cierto que esto en gran medida depende de cuáles hayan sido desde el cigoto hasta los siete a doce años los daños que nos han y nos hemos infringido, cierto es también que ahora, ya adultos, de nosotros depende la decisión de volver terapéuticamente a esos daños que recibimos cuando no podíamos rechazarlos y, volviendo a ellos, en un estado especial de conciencia, comprenderlos y diluirlos para poder así surgir a otra vida también. Para nacer a la vida que anhelamos y que lo que yo he denominado CATs -los cúmulos analógicos traumáticos formados por nuestros daños- no nos permite realizar.

En todo caso, con terapia o sin ella, no olvide, lector, que lo que llamamos sufrimiento suele ser sólo nuestra respuesta mental ante un hecho que se resiste a nuestro deseo de verlo realizado. El sufrimiento, salvo que sea un dolor orgánico -y en este caso es dolor, no exactamente sufrimiento- puede llevarnos a un mayor logro vital si no adoptamos una actitud fetal, de defensa y autoconmiseración, ante él. Así que luche. En la lucha no hay sufrimiento. Y usted puede luchar. No hay enemigo para usted. Ya sabe que es un triunfador. Recuerde que dejó a unos 300 millones de contrincantes en la cuneta.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
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Abril 1999
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