La enorme importancia de nacer bien

 

Buena parte de las personas que hoy padecen patologías mentales las sufren no por razones genéticas o por una enfermedad adquirida sino a causa de un mal parto. Las cifras son escalofriantes: un tercio de los recién nacidos sufre derrame cerebral durante el parto y el 96% de los casos de lesión cerebral grave que no tienen causa genética ni se deben a una infección se producen por sufrimiento fetal durante el alumbramiento, por falta de oxígeno, por traumatismos en el delicado cráneo del recién nacido o por la mala utilización de ventosas y fórceps. Y lo grave es que esto es algo que muchos de quienes traen niños al mundo se resisten a reconocer. Carlos Gardeta, director de Institutos Fay para la Estimulación Multisensorial, nos explica por qué se produce la lesión cerebral, cuáles son sus consecuencias y qué se puede hacer una vez se ha producido.

Pocas cosas son comparables a la felicidad de una madre la primera vez que tiene a su hijo en brazos. Así es, al menos, en la mayoría de los casos pero, desgraciadamente, en otros el niño “viene con problemas”. Y si nunca se está suficientemente preparado para ser padres, mucho menos de un niño con lesión cerebral o síndrome genético y menos aún si esa circunstancia es inesperada y no se conoce hasta poco después del parto. Pero así sucede con más frecuencia de la deseada sin que a los padres se les dé explicación convincente de por qué ha ocurrido. Y, encima, estos tampoco suelen recibir luego de los especialistas otra cosa que diagnósticos pesimistas y pronósticos sin esperanza. 

¿POR QUÉ TANTOS NACEN MAL? 

La verdad es que muchos de los problemas de salud de la gente, especialmente buena parte de las patologías mentales, tienen su causa en un mal nacimiento. Algo que, en muchos casos, se debe a que los partos se programan atendiendo a las necesidades y conveniencia del sistema socio-sanitario –incluyendo a veces hasta el día y hora del parto para que se ajusten a su jornada laboral- y no a las de la madre y su hijo.

Médicos a los que habría que recordar que el ser humano posee unos mecanismos instintivos naturales en virtud de los cuales, si su gestación se desarrolla con normalidad, nacerá correctamente en el momento adecuado. Es decir, el feto ‘sabe’ cuándo es el momento de abandonar su cálida morada, cuándo ha de reptar por el canal materno, cómo ha de colocarse para nacer e, incluso, que ha de prepararse para sobrevivir en un medio nuevo no anaeróbico sino aeróbico. Lo que no es natural es la forma en que la clase médica obliga a nacer hoy a los seres humanos.

Las hembras de cualquier especie animal, por ejemplo, dan a luz en posición vertical. Nuestras primas más cercanas, las hembras de los primates, paren en cuclillas y ellas mismas ayudan a nacer a sus crías con la única asistencia de la fuerza de la gravedad. Lo mismo que la totalidad de las mujeres de los sitios a donde la “civilización” no ha llegado. Sin embargo, los usos actuales de la Medicina convencional hace que los bebés nazcan hoy en una postura inadecuada. Las mujeres paren tumbadas boca arriba… por comodidad de los médicos. Porque a ellos les resulta más cómodo, no porque sea más adecuado. Aunque se alegue que ese sistema facilita su labor.

A ello hay que añadir la dificultad extra que representa para la madre empujar en esa posición antinatural e incómoda. Y todo ello sin mencionar el inadecuado ambiente que suele encontrar el bebé al nacer, generalmente una sala gélida en comparación con el acogedor, agradable y endorfínico líquido amniótico en el que ha flotado casi ingrávido durante nueve meses, una fortísima luz que en nada se parece a la tenue que le llegaba matizada en el interior de su madre a través del vientre y un ensordecedor ruido propio de un medio aéreo, muy distinto del que se oye a través del medio acuoso.
Además, generalmente por falta de pericia, se dan muchas veces situaciones de ahogo o asfixia del bebé y eso suele tener luego consecuencias cruciales en el normal desarrollo del recién nacido.

Bueno, pues siendo todo esto importante lo peor es que se efectúan también demasiadas cesáreas tardías, se utilizan sin razón suficiente determinadas sustancias anestésicas que pueden perjudicar al bebé y, sobre todo, se usan fórceps y ventosas –mecanismos no previstos por la madre naturaleza- con consecuencias dramáticas en muchos casos.

¿Y hay estudios sobre todo esto?, se preguntará el lector. Pues hay que decir que sí. Y numerosos informes elaborados por expertos en la materia que, por supuesto, no han recibido apenas publicidad y que ofrecen datos escalofriantes. Según algunos de estos, hasta el 96% de los casos de lesión cerebral grave que no se deben a alteraciones genéticas del bebé o a infecciones durante la gestación se producen por cuadros de sufrimiento fetal durante el alumbramiento, por situaciones de hipoxia o anoxia (falta de oxígeno), por traumatismos en el delicado cráneo del recién nacido o por la mala utilización de ventosas o fórceps. Además, los datos indican que en el 33% de los partos se produce alguna hemorragia cerebral en el bebé, algo que tiene luego consecuencias más o menos graves que irán apareciendo a lo largo de la vida del niño. Y eso sucede, insistimos, ¡en al menos uno de cada tres partos!
Cifras alarmantes pero reales que llevan a la pregunta de hasta cuándo se va a seguir permitiendo que ginecólogos insuficientemente preparados sigan trayendo niños al mundo. 

SECUELAS DE UN MAL PARTO 

Quisimos hablar sobre ello con Carlos Gardeta, director deInstitutos Fay para la Estimulación Multisensorial, centro de vanguardia de reciente creación especializado en programas poco conocidos en nuestro país que permiten mejorar la calidad de vida de niños con problemas mentales. Y nuestra primera pregunta fue obvia:

-¿Conocía usted esos datos? ¿Qué opinión le merecen?

-Prefiero no pronunciarme sobre esa cuestión pero la verdad es que muchos de los casos de lesión cerebral grave que se están tratando en Institutos Fay tienen como origen un mal parto. ¿Responde eso a su pregunta…?

¿Qué consecuencias tiene a nivel cerebral un mal nacimiento? ¿Cómo afecta a las neuronas?

-Como sabe, cuando nacemos tenemos ya todas las neuronas de las que vamos a disponer a lo largo de nuestra vida. La estimación actual es que son cien mil millones y que, a partir de los 20 años mueren unas 10.000 diarias. Bueno, pues cuando uno “nace mal” –porque sufrió mucho en el parto, padeció falta de oxígeno o sufrió presión excesiva en el cráneo- se produce la muerte de un gran porcentaje de ellas de forma instantánea o en unos pocos minutos y eso tiene consecuencias muy graves. Me explico: las neuronas son las unidades funcionales que transmiten en el cerebro la información de unas a otras y desde allí a los órganos del resto del organismo coordinando la entrada de información, las acciones y los pasos que se deben dar en cada momento. Bueno, pues cuando esa cadena de información se rompe a causa de la muerte masiva y no natural de neuronas la función que éstas tenían encomendada se pierde con lo que el problema pasa también al órgano. Es decir, un niño puede tener problemas para mover una mano y no tener problema físico alguno en ella porque su lesión no está en la mano sino en el cerebro o en la vía que lleva las órdenes del cerebro a la mano. En lo que llamamos la vía de la movilidad manual.

-¿Cuántas personas padecen hoy ese tipo de problema?

-En puridad, habría que decir que “lesionados cerebrales” lo somos casi todos; o, si se prefiere, son muchos más de los identificados como tales. La diferencia radica en el alcance de la lesión y, por tanto, en las funciones dañadas. A la mayor parte de los seres humanos nos es suficiente con la socialización e instrucción que nos imparten padres y maestros para adaptarnos a los requisitos del mundo externo pero para otros el alcance de la lesión ha sido mayor y necesitan de un programa de tratamiento sistemático destinado a normalizar las funciones dañadas. Precisamente los programas desarrollados por Institutos Fay van dirigidos a ayudar a los niños y adultos que tienen problemas para realizar funciones que, por su edad cronológica, ya deberían haber alcanzado.

-Pero, ¿es posible entonces curar la lesión cerebral causada por un mal parto?

-Hasta ahora se pensaba que no pero en los últimos años ha habido corrientes de investigación que aseguran que el ser humano está utilizando un porcentaje mínimo de su capacidad cerebral total, lo que quiere decir que existe una cantidad muy alta de neuronas sanas que, con la estimulación adecuada, pueden llegar a especializarse en las funciones de aquellas que murieron. Así, se podrían cerrar los circuitos rotos a causa de la lesión cerebral y se reconstruiría la cadena por la que viaja la información. Lo que hacemos en Institutos Fay es, precisamente, reestimular las áreas del cerebro no afectadas para que asuman las funciones de las que han sufrido lesión. No se trata de curar, pues, sino de mejorar, de llevar al niño o adulto con lesión cerebral grave a la mejor situación que le permita su organización neurológica. En personas con lesiones muy graves cualquier pequeño resultado positivo merece la pena.

-¿A qué se refiere con organización neurológica?

-Al proceso por el cual el cerebro del niño crece, madura y se desarrolla desde el momento de la concepción hasta la edad adulta. Este proceso permite el desarrollo evolutivo y secuencial desde las funciones más básicas que puede realizar el cerebro humano hasta las más sofisticadas y complejas. Es preciso que cada nivel del cerebro madure y se organice adecuadamente para que pueda actuar de cimiento sobre el cual madure y se asiente el siguiente. La razón por la cual un niño o un adulto no puede realizar determinadas funciones o las realiza de manera imperfecta es que los niveles cerebrales encargados de llevar a cabo esas funciones no están organizados adecuadamente. La razón de esa falta de organización puede ser la lesión cerebral y/o la falta de estimulación o de oportunidad motora. Cuando la desorganización en un determinado nivel es muy grave, el desarrollo se detiene en esa etapa impidiendo la aparición de funciones más sofisticadas.

-¿Y puede conseguirse esa reorganización neurológica?

-Definitivamente, sí. El organismo humano parece caracterizarse por la duplicidad de recursos disponibles para llevar a cabo una misma función. Esta duplicidad de vías, unida a la plasticidad que manifiesta el cerebro en los primeros años de vida, hace posible la recuperación de la función aunque el área que la integra esté dañada. El niño lesionado cerebral no está paralizado. Está dañado pero dentro de él la función motora sigue siendo posible, eso sí, de forma caótica. Lo que se requiere son técnicas y métodos que le permitan organizar su cerebro para que desarrolle correctamente las funciones para las que fue diseñado.

-¿Y cómo se logra esa mejoría de la organización neurológica?

-Pues verá, para organizar los niveles dañados debemos proporcionar la estimulación sensorial adecuada a ese nivel modulando progresivamente los tres parámetros que componen un estímulo -frecuencia, intensidad y duración- a la vez que creamos el mayor número de oportunidades posibles para que el niño desarrolle la expresión sensorial o motora propia de ese nivel. Básicamente, en Institutos Fay se indica a los padres que su hijo con desorganización neurológica debería volver a los niveles anteriores y tener la oportunidad de realizar las funciones correspondientes a esos niveles para que esta nueva experiencia le permita madurar y organizar el nivel dado y progresar hacia el nivel siguiente, tanto a nivel cerebral como a nivel funcional. En resumen, la idea es que si a un niño con problemas de movilidad se le sienta en una silla y no se le permite arrastrarse es imposible que un día llegue a gatear y mucho menos a andar. Hay que reestimularle y darle la oportunidad de que se mueva. Y la madre Naturaleza manda que para poder caminar, primero hay que haber reptado y gateado. 

  EL TRABAJO DE INSTITUTOS FAY    

Institutos Fayabrió sus puertas en España en enero de 1995, justo en el centenario del nacimiento del médico al que deben su nombre: el neurólogo y neurocirujano estadounidense Temple Fay, quien a principios de los años 30 inició una nueva escuela de pensamiento con el concepto angular de “organización neurológica del ser humano”. Fay pensaba que los niños con lesión cerebral grave no reciben los estímulos suficientes como para que su cerebro realice determinadas funciones. Y estableció que si se varía convenientemente la intensidad, frecuencia y duración de los estímulos que recibe un lesionado cerebral se genera una red de conexiones neuronales suficiente para que la función pueda tener lugar. Es decir, que a través de la estimulación multisensorial sostenida es posible restablecer las conexiones neuronales –las vías de información- que se perdieron a causa de la lesión cerebral, sin importar qué la produjo.

¿Cómo conoció el Método Fay?

Fue fruto de mi búsqueda casi desesperada de algo que mejorara el estado de mi segundo hijo, lesionado cerebral grave a causa de una infección prenatal. Me enteré de que en Filadelfia (Estados Unidos) existía el Instituto para el Desarrollo del Potencial Humano que dirigía Glenn Doman, discípulo del doctor Temple Fay. Nadie te enseña a educar a tus hijos pero menos cuando vienen “dañados”. Y como no tenía nada que perder y sí mucho que ganar decidí seguir el programa de ese instituto. A los seis meses de empezar el programa mi hijo había mejorado su estado. Cuando nació nos dijeron que no sería capaz de hacer nada. Hoy sigue haciendo su programa de estimulación y es capaz de caminar, comprender, hablar y muchas otras cosas que nadie imaginaba que pudiera llegar a hacer.

-Y los buenos resultados con su hijo le llevaron a pensar en otras familias…

-Así es. Bueno, eso y el hecho de que el tratamiento de mi hijo costaba unos tres millones de pesetas anuales pues incluía viajar a Filadelfia a donde estuve yendo durante casi siete años. Pensé que no muchas familias españolas con niños lesionados cerebrales podían permitirse un tratamiento que, según yo mismo podía comprobar en mi hijo, daba buenos resultados a largo plazo y de forma sencilla. Así que, poco a poco, fui convenciendo a distintos profesionales ya formados a unirse al proyecto (psicólogos, médicos, fisioterapeutas, biólogos, etc.) o a irse a formar en Filadelfia. Y a principios de 1995 pudimos abrir las puertas de Institutos Fay para la Estimulación Sensorial en Madrid, que se fundaron para que este tratamiento esté al alcance de cualquier familia española con unos ingresos medios. Desde entonces hemos intervenido en más de 600 casos y en estos momentos tratamos a 150 niños y adultos con lesión cerebral grave, síndrome genético  o coma, y a 50 con retraso educativo. ¡Ah! Y el coste del tratamiento se ha reducido considerablemente.

-¿Qué tipo de casos están tratando actualmente?

-Pues, básicamente, los dividimos en cuatro bloques: el primero engloba a niños y adultos que han sufrido una lesión cerebral grave por diferentes causas. El diagnóstico sintomático puede haber sido parálisis cerebral, retraso psicomotor, autismo, hemiplejía, tetraplejía, hiperactividad, hidrocefalia, coma, etc. Otro segundo grupo es el de los niños y adultos afectados por síndromes genéticos que inciden en la capacidad de su cerebro para organizarse adecuadamente. Son las personas con Síndrome de Down o Cromosoma X frágil, entre otros. También tratamos a un tercer grupo de niños, adolescentes y adultos con una organización neurológica no lo suficientemente potente como para seguir la demanda creciente del sistema educativo y que son diagnosticados de problemas de aprendizaje, adaptación, dislexia, hiperactividad, trastornos del lenguaje, retraso escolar, etc. Por último, obtenemos espectaculares resultados con niños de corta edad totalmente normales y perfectamente dotados a los que sus padres quieren desarrollar una potente y temprana organización neurológica y un conocimiento enciclopédico.

-¿Cómo podría definirse la actividad de Institutos Fay?

-Somos organizadores neurológicos. Analizamos cómo se desarrolla la persona y tratamos de llevarla a la perfección o su potencial humano máximo. Identificamos cuál es el alcance de la lesión y delimitamos su edad neurológica (sensorial y motora) para saber en qué nivel de desarrollo funcional se encuentra y poder establecer el programa más adecuado. Después comenzamos a estimular el área del cerebro que comprendemos está desorganizada. La intervención temprana es crucial pues hay que tener en cuenta que la plasticidad del cerebro comienza a decrecer a partir de los 6 años de vida. Por tanto, obtendremos mayores logros más rápidamente si comenzamos el tratamiento tras el nacimiento que si lo iniciamos a los 8, 12 o 20 años de vida del chico/a.

Mientras recorremos las instalaciones del centro, Carlos Gardeta nos presenta a los miembros de su equipo y nos cuenta qué ocurre desde el momento en que una familia les llama:

-Lo primero que hacemos es explicarles la importancia de seguir lo que llamamos un “curso para padres”, que se imparte en nuestro centro y que les servirá para entender mejor qué es lo que le ocurre a su hijo o familiar. Terminado el curso, la familia puede solicitar una visita, que durará 2 días completos para los casos de lesión cerebral grave y sólo uno en el resto de los casos. Cuando se confirma la visita, la familia debe enviarnos los informes médicos, psicológicos, escolares u otros que puedan ser pertinentes al caso además de una carta-informe elaborada por los propios padres y, preferentemente, por la madre.

-¿Por qué por la madre?

-Porque normalmente es quien pasa más tiempo con el niño y ella puede arrojar luz sobre detalles que de otra manera pasarían desapercibidos.

-Siga, por favor.

-El primer día de visita comprende todos los estudios de valoración del caso. Hacemos una valoración exhaustiva del estado fisiológico y del nivel funcional de las áreas neurológicas integradoras de los sentidos. Lo que hacemos durante esta primera visita es delimitar las causas, áreas afectadas y extensión de la desorganización funcional neurológica mediante el denominado Perfil evolutivo de la organización neurológica del ser humano elaborado inicialmente por el fisioterapeuta Glenn Doman y el psicólogo Carl Delacato en los años 60, mejorado en 1995 en nuestra institución, y hacemos una evaluación funcional no invasiva de la afectación.

-¿Evaluación no invasiva?

-Me refiero a que no usamos aparatología. Nos basamos en la observación y en la realización de diferentes tests funcionales. Observamos al niño y vemos dónde falla. Así sabemos qué área cerebral está desorganizada.

-Y, una vez hecha la evaluación, ¿cuál es el siguiente paso?

-Contamos a los padres lo que hemos hallado y les explicamos una estrategia de organización y unos programas de estimulación, rutinas enlazadas que forman el programa particular de organización para cada caso en concreto y que proponemos a cada familia. Enseñamos a los padres y tratamos de convertirles en expertos en las técnicas de estimulación que tendrán que desarrollar en su domicilio un máximo de unas cuatro horas diarias durante los siguientes 6 meses.

-Es decir, que son los padres los auténticos terapeutas de sus hijos.

-Eso es, aunque siempre están asistidos por nuestro equipo. Durante los 6 meses de programa la familia es tutorizada en persona o telefónicamente al menos una vez cada 6 semanas por un miembro del equipo asignado como su tutor. A los 6 meses la persona vuelve a ser evaluada y se diseña un nuevo programa en función de los resultados obtenidos. Son muchos los casos en los que se ve una aceptable mejoría en el transcurso de esos pocos meses.

-¿Y cuál es el objetivo final de Institutos Fay?

-Pues un objetivo sencillo y complejo a un tiempo: pretendemos que todos los niños y adultos que están en programa lleguen a leer a su nivel de edad, a comprender a su nivel de edad, a diferenciar mediante los sentidos objetos de características muy similares, a ser capaces de solucionar cualquier desafío físico a su nivel de edad, a hablar con un vocabulario y una gramática adecuados a su edad, a escribir como corresponde a su nivel de edad, etc. Es decir, el objetivo global es que lleguen a la normalidad, a ser uno más entre los demás componentes de su grupo de edad en el menor tiempo posible. No importa si la persona es ciega, muda, completamente inmóvil o si tan sólo tiene problemas de aprendizaje. No importa cuál sea su diagnóstico. El objetivo es el mismo. A menudo no alcanzamos todas las metas pero en la mayoría de los casos logramos mucho más de lo que sus padres o algunos profesionales hubieran soñado. Y creo que eso justifica todos los esfuerzos.

 

L. J.
 

Este reportaje aparece en
32
Octubre 2001
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