Y si fuéramos capaces de perdonar, ¿cómo sería nuestro mundo?

A veces, cuando uno se asoma a alguna página de nuestra historia como humanidad, se pregunta qué hubiera pasado si los protagonistas implicados hubieran tomado otra decisión, sobre todo cuando se trata de decisiones que terminaban en terribles conflagraciones bélicas. Desde la distancia y sin el apasionamiento del momento, tenemos la capacidad de observar los movimientos que se llevaron a cabo por parte de uno y otro bando, las circunstancias en que se produjo, los condicionantes que influyeron –a veces absolutamente ajenos al suceso-… y, finalmente, las decisiones que se tomaron y las consecuencias que tuvieron después en la vida de las personas, consecuencias que en ocasiones perduran durante siglos.

Recientemente se ha estrenado una película basada en una página negra de nuestra historia: el ataque a Pearl Harbour por los japoneses y la respuesta norteamericana participando en el conflicto y lanzando por primera vez la bomba atómica en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Al salir del cine, sobrecogidos todavía por las imágenes, oí cómo un espectador comentaba: “Fue una pena que los americanos no fueran capaces de perdonar…”. Aquello me impactó. Y comencé a preguntarme: y si los norteamericanos hubieran sido capaces de perdonar, ¿qué habría pasado? ¿Fue aquel un punto de inflexión que cambió el curso de la historia? ¿Cómo sería hoy nuestro mundo? ¿Por dónde habría discurrido la vida?

Y no se trata ahora de analizar el interés que tenía el presidente Roosevelt por entrar en la guerra, ni las presiones de las poderosas familias dueñas de las grandes fortunas, ni de la necesidad de relanzar la economía norteamericana, ni de su miedo cerval a la expansión del comunismo, ni de que Alemania se hiciera fuerte nuevamente, ni de la necesidad de frenar a Hitler… No hablo de eso sino de todo lo que se ha desencadenado en este planeta a partir de ese instante, de las terribles consecuencias que tuvo y que hoy, a punto de cumplirse 60 años de aquel suceso, se siguen padeciendo.

Porque aquello configuró políticamente nuestro mundo y la presencia norteamericana se hizo “imprescindible” en todo el planeta. También hay que tener en cuenta las secuelas, los problemas físicos, las enfermedades, las alteraciones genéticas que sufre hoy todavía aquel pueblo por no hablar de la degradación ecológica producida o de los daños psicológicos de los millones de personas que participaron en la contienda, tanto en un bando como en el otro.

Y uno no puede dejar de pensar en lo bueno que sería tener la “película” grabada antes de que se produjeran los hechos. Eso nos permitiría observar, posicionarnos en el futuro y ver cómo va a afectar nuestra decisión. Pero las películas son un producto de la industria del cine y se hacen después para explotar el dramatismo de los acontecimientos.

No cabe duda de que viajar en el tiempo ha sido y es un preciado sueño acariciado desde siempre por el ser humano, ir hacia el pasado y modificarlo para evitar los errores… Lo malo es que esas narraciones –hoy por hoy de ciencia ficción- siempre acaban mal y al final las cosas que tenían que suceder suceden, como si una fuerza misteriosa -el Destino- tuviera que cumplirse inexorablemente. Tal como reza aquel dicho árabe: ”El destino lo encuentras por el camino que tomaste para evitarlo”.

Evidentemente, si conociéramos el futuro dejaríamos de ser libres en el más amplio sentido de la palabra, nuestra toma de decisiones estaría condicionada por ese futuro y no podríamos actuar desde la libertad profunda. Tengamos presente que cuando el cerebro sabe algo ya nunca puede olvidar que lo sabe… Luego la solución tampoco estaría en conocer el futuro.

Sin embargo, en estos momentos en que estamos rompiendo tantos límites, tal vez podríamos plantearnos alternativas a nuestro modo habitual de reaccionar. Estamos de acuerdo en que las decisiones que tomamos no provocan guerras fraticidas, ni destrucciones masivas, ni involucran al resto del mundo (aunque esto no sería totalmente cierto si nos atenemos a esa ley universal que nos habla de que “todo está interconectado con todo”) pero si observamos el entorno en que nos desenvolvemos podremos darnos cuenta de que también nosotros solemos encerrarnos en el castillo de nuestras ideas y nos negamos a perdonar, rompemos lazos de comunicación, decidimos de forma unilateral, nos erigimos en jueces sentenciando a los cercanos, cerramos las puertas a los afectos y se las abrimos al miedo, etc. Por tanto, la gran pregunta también es válida para cada uno de nosotros: “¿Cómo sería “mi mundo” si yo fuera capaz de perdonar?, ¿qué rumbo seguiría “mi historia” si en este preciso instante dejase de juzgar y condenar?, ¿cómo cambiaría mi futuro si fuera capaz de relativizar más, de ser más ecuánime?”

Y es que nuestras decisiones nos afectan no sólo a nosotros   sino también -y muy directamente- a los que están cerca e incluso –aunque de forma más leve- al resto de la humanidad, siempre que consideremos la existencia como un inmenso patrón holográfico en el que todos los elementos están interconectados. Continuando con esa idea, nuestros actos serían como piedras que arrojamos a las aguas de un lago tranquilo. En la superficie se producen ondas de mucha intensidad justo en el punto en que cayó la piedra y después esas ondas se van haciendo más leves pero toda la superficie del lago se ve alterada.

Conocemos el pasado y eso representa nuestro bagaje de experiencias y es un dato valioso siempre que no olvidemos que lo que hemos vivido antes es irrepetible, que las situaciones, las circunstancias, el momento y, sobre todo, las personas que intervienen en la nueva situación que nos ocupa son distintas de las de antaño y, por tanto, no podemos repetir la respuesta sino considerar esa información como datos para ayudarnos a tomar la mejor decisión. Nuestra mente racional, nuestro hemisferio cerebral izquierdo se ocupará de seleccionar, ordenar y ponderar esos datos para que sean útiles.

Pero también podríamos dar otro paso complementario y sería intentar activar nuestro hemisferio derecho, esa parte de nuestra mente que nos proporciona intuición, creatividad, inspiración, parámetros sutiles… Simplemente buscando unos minutos para relajarnos, intentando hacer el silencio dentro de nosotros, parando nuestros pensamientos razonadores y abriendo las puertas a ese otro tipo de información.

Es muy probable que al hacerlo aparezcan alternativas que antes ni siquiera habíamos imaginado, que surjan matices ignorados hasta ahora e, incluso, que nuestra mente, sintiéndose libre en esos momentos, sin el condicionante de las tres dimensiones, de las secuencias lógicas, de la visión parcial y también de la concepción lineal del tiempo, se atreva a mostrarnos incluso un atisbo de futuro colocándonos un paso más allá para “imaginar y visualizar” qué posibles consecuencias tendría nuestra decisión.

Y, una vez recogida esa información, volver al momento presente y afrontar la encrucijada en la que nos encontramos. Estoy segura de que si tomásemos las decisiones de esta forma, sintiéndonos libres en el presente, considerando nuestra experiencia y también las consecuencias que se pueden derivar, nuestras decisiones serían mucho más ricas, más maduras, más conscientes. Estaríamos acercándonos a una nueva forma más plena de vivir nuestra libertad, nuestro derecho a elegir.

Las reacciones ante lo que nos sucede cada día están construyendo nuestro futuro y eso es algo que olvidamos constantemente. La única forma de romper ese círculo vicioso es sustituir ese mecanismo de reacción por el de acción. La reacción está más relacionada con lo instintivo, con lo visceral; la acción, en cambio, surge del interior y se alinea con la trayectoria y el propósito del ser para esta vida. En la acción, ejercida de esa forma, no hay miedo, ni venganza, ni deseos de poder, sino que se aúnan en un instante lo que pienso, lo que siento y lo que percibo y todo ello se concreta en una decisión, sólo una decisión, pero que ha sido tomada usando todo el potencial que el ser humano tiene a su disposición.

Seguramente si echamos un vistazo a nuestra vida encontraremos momentos claves, bifurcaciones en el camino, puntos de inflexión, decisiones que han condicionado nuestro presente, posturas asumidas que nos han llevado por caminos no previstos. Tomemos consciencia de ellas y hagámonos de vez en cuando esa pregunta: “Y si yo hubiera sido capaz de perdonar, ¿cómo sería ahora mi vida?”

No se trata de culpabilizarnos por lo que hemos decidido en el pasado sino de asumirlo como experiencias tremendamente valiosas pero sí podemos darnos cuenta de que todo lo que hemos hecho nos ha llevado hasta el punto en el que nos encontramos y que lo que hagamos a partir de este instante será lo que decante nuestra vida futura.

Abramos pues las puertas al perdón, pero no a un perdón a la vieja usanza en el que aquel que lo otorga se siente con el poder y la fuerza, sino un perdón consciente apoyado en el entendimiento, un perdón que esté más relacionado con la comprensión que tenemos del universo y del papel que cada uno de nosotros jugamos en él.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
32
Octubre 2001
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