La anorexia es una forma de llamar la atención

La anorexia se ha convertido en uno de los problemas de salud más graves de las sociedades modernas al punto de que cada año surgen decenas de miles de casos nuevos de los que más de un centenar terminan en muerte. Y lo grave es que la mayoría de los “expertos” sigue sin entender la génesis del problema y, por tanto, son incapaces de dar soluciones. Porque es verdad la causa de la anorexia está en la creencia por parte de quienes la sufren de que serán aceptados, queridos y admirados por los demás si consiguen parecerse a esos modelos que –piensan ellos- tienen ese cariño, admiración y respeto de todo el mundo pero no es, como se afirma, un “trastorno alimentario” sino psicológico. La anorexia no es sino una llamada de atención, una forma de protesta callada ante un problema que quien lo padece no sabe cómo afrontar o resolver. Esconde generalmente un problema de autoestima así como de rencor callado hacia alguien cercano, habitualmente los padres. Por tanto, pretender que se encarguen fundamentalmente de esta cuestión expertos en nutrición es estúpido.

Se calcula que más de medio millón de personas de nuestro país, fundamentalmente mujeres jóvenes, sufren de anorexia; es decir, se niegan a comer o comen muy poco porque se ven muy gordas aunque no sea verdad. Y lo más curioso –por no decir lo más lamentable- es que se trata de una “enfermedad” considerada básicamente un “trastorno alimentario” en el que «influyen factores biológicos, psicológicos y sociales”. Razón por la que a quienes la sufren suelen ponerles para su curación en manos de nutrólogos. Una memez. Los expertos en nutrición lo único que pueden hacer es reequilibrar las necesidades del organismo y sólo cuando los tienen sometidos a su control en centros médicos. Luego, la experiencia demuestra que esas personas, en cuanto tienen la oportunidad de escapar de sus “carceleros” –así los ven por muy bienintencionados que éstos sean- y regresan a sus casas vuelven a dejar de alimentarse o a hacerlo de forma deficiente. Pero no porque carezcan de conocimientos alimentarios correctos o ignoren lo que les conviene comer: vuelven a lo mismo porque la causa que les ha llevado a dejar de comer, a convertirse en anoréxicos, sigue sin resolverse en la inmensa mayoría de los casos. Sencillamente, porque no se trata de un desorden alimenticio.

CÓMO ACTÚA EL ANORÉXICO 

“Generalizar-decía Eckermann- es siempre equivocarse”. Y tenía razón. Pero eso no impide que podamos resumir el proceso habitual de un anoréxico. El problema suele comenzar con el rechazo a ingerir comidas fuertes o grasientas, a las comidas con muchas calorías. En una segunda fase se disminuye ya incluso la cantidad de comida ligera. A continuación éstas se espacian y tiempo después incluso se suprimen (algunas o todas). Y la tercera fase –a veces se desarrolla de forma simultánea- se caracteriza porque se comienzan a consumir de manera habitual fibra sintética, laxantes, diuréticos, moderadores del apetito y hasta ansiolíticos.

El resultado, con el tiempo, es casi siempre -en mayor o menor grado- el mismo: pérdida de peso y volumen, cansancio crónico, piel seca, pelo frágil y quebradizo que termina cayendo, pérdida del deseo sexual o disminución de la potencia en los varones, desaparición de la regla y pérdida de volumen de los pechos en las mujeres, apatía, abulia, tristeza, depresión, pensamientos suicidas… Y en demasiados casos el final es la muerte por falta de energía o disfunción orgánica. No olvidemos que la desnutrición lleva a una depresión del sistema inmunológico y el organismo puede quedarse sin defensas para luchar contra posibles infecciones.

Es obvio que ante tal panorama a los «expertos» se les exige que aporten algo. Y como en realidad no saben qué decir ni qué hacer se limitan a ofrecer un presunto «cuadro de síntomas de la enfermedad» para dar la impresión de que saben de lo que están hablando. Síntomas que, según ellos, caracterizan a los anoréxicos. ¿Y cuáles son? Pues estos:

* Daños neurológicos: calambres y hormigueo, sobre todo en las manos.
* Problemas gastrointestinales: flatulencia, estreñimiento, dificultad en el vaciamiento del estómago y reducción, a la larga, del tamaño del mismo.
* Afectación cardiovascular: disminución del tamaño del corazón con alteraciones de la válvula mitral, derrame pericárdico, latido lento e hipotensión.
* Pérdida importante de masa ósea en el esqueleto.
* Alteraciones sexuales.

En suma, una mera relación de problemas generalmente derivados de no comer o de no hacerlo adecuadamente. Dicho de otra forma: a lo máximo a lo que llegan la mayor parte de los «expertos» es a decir qué problemas va a tener la persona que se alimenta poco o mal. Sólo que eso le ocurre al anoréxico, al que no come porque no tiene qué o al que se pone en huelga de hambre voluntariamente. Pero si se les pregunta en serio qué se puede hacer por el anoréxico… callan. Porque o no responden si son sinceros o, antes de confesar su ignorancia, mienten.

APRENDICES DE PSICÓLOGOS 

Algunos de esos “expertos” añaden que como los anoréxicos ponen como comparación de lo “gordos” que están a los/as modelos y personajes de moda y quieren parecerse a ellos, lo que hay que hacer es prohibir a éstos que estén tan delgados si quieren volver a desfilar en una pasarela y prohibir a los empresarios que fabriquen tallas pequeñas. Pero lo único que han conseguido con eso es que multitud de mujeres no anoréxicas tengan ahora dificultades para vestirse y que las modelos hayan podido permitirse engordar un poco sin que los modistas fanáticos de la delgadez -que los hay- puedan decirlas nada. A las personas anoréxicas, en cambio, esas medidas no les han servido absolutamente para nada.

En cuanto a quienes creen que la anorexia está relacionada con la incorporación de la mujer al mundo laboral porque eso ha llevado a muchos adolescentes -al faltar su madre en casa- a alimentarse irregular o incorrectamente o a quienes piensan que tiene algo que ver con la desaparición de la costumbre de sentarse a la mesa para comer o cenar en familia sólo cabe mirarles y sonreír. La anorexia, sencillamente, no tiene nada que ver con todo eso.

LA REALIDAD 

¿Y cuál es el origen entonces de esta patología? Pues la causa está básicamente, sí, en la mitificación que algunas personas inmaduras  -especialmente durante la adolescencia- hacen de los jóvenes «guapos y delgados» de ambos sexos que inundan los medios de comunicación (actores, cantantes, presentadores, modelos y otros personajes «famosos») y que son mostrados como modelos a imitar ya que aparentan ser personas felices, queridas y respetadas. Así que llegan a la conclusión -por ilógica que ésta sea o nos lo parezca a algunos- de que lo primero que tienen que hacer para ser queridos y/o valorados es parecerse a ellos. Y como casi todos sus ídolos se caracterizan por tener buen tipo, es decir, por estar delgados, empiezan por imitar esa característica ya que es la más sencilla o, al menos, la que está más a su alcance. Esto parece entenderlo casi todo el mundo. Pero lo que no parece entender la mayoría es que la causa profunda de que hagan eso se debe a que tienen problemas personales que no saben resolver y que, en lugar de enfrentarse a ellos, deciden adelgazar como mecanismo para ser aceptados, queridos y admirados por los demás creyendo ingenuamente que lo conseguirán sin más  pareciéndose a esos modelos que aparentemente lo tienen todo. Una idea que se convierte en obsesión a medida que el tiempo pasa mientras el conflicto larvado que ocultan sigue aumentando en su interior.

¿Y qué clase de conflicto es el que intentan «esconder»? Pues los hay de todo tipo. Desde problemas en el colegio o en el trabajo –según las edades- hasta conflictos con los padres –lo más corriente-, los hermanos, los amigos, los familiares o los novios. En muchos casos, las personas anoréxicas, especialmente si son adolescentes, poseen una personalidad muy definida y se caracterizan por ser activas, responsables, inteligentes, perfeccionistas y, a la vez, introvertidas. Personas, generalmente, de las que se espera mucho. Es decir, jóvenes –y no tan jóvenes- a quienes se somete por el entorno a una presión constante:¡Tú vales más! ¡Puedes hacerlo mucho mejor! ¡No te esfuerzas lo suficiente! Algo que suele ocurrir frecuentemente en casa, en el colegio y, en menor medida, en el trabajo (por eso empieza a haber personas con más edad que padecen este problema).
En suma, la anorexia no es sino la expresión externa de un conflicto interno que generalmente ha terminado generando una baja autoestima y que oculta un conflicto. ¡Y es sobre ese conflicto interno sobre el que hay que actuar!

CÓMO AFRONTAR LA ANOREXIA 

La anorexia hay que afrontarla como lo que es: como un problema de cariz psicológico y no como un trastorno alimentario. Y no puede tampoco aceptarse ni un segundo más la tontería de que ese comportamiento puede deberse a una “vulnerabilidad genética”. Claro que alguna explicación tendrá que dar tanto experto que no sabe a qué atenerse. Así que, ¿a quién puede extrañarle que más de la mitad de los casos de anorexia se hagan crónicos y necesiten ingresos hospitalarios repetidos? ¿O que muchos de esos casos crónicos acaben muriendo?

Los «expertos» reconocen que generalmente la respuesta inicial al tratamiento suele ser buena pero, desgraciadamente, efímera y que las recaídas llegan a desesperar tanto a sus familiares como a los médicos. Pero es que no parecen entender que de lo que se trata es de ayudar al enfermo a que hable de lo que en realidad le preocupa, que exprese en voz alta qué aspecto de su vida no le gusta, a qué le tiene miedo, qué le molesta, qué le tiene desesperado… Porque cuando se sienta comprendido, escuchado y arropado, cuando alivie la tensión interna que le ha llevado a buscar la aceptación, el cariño y el respeto dejando de comer para parecerse a esos “héroes sociales” a los que «todo el mundo quiere, admira y respeta» dejará de necesitar parecerse a ellos… y volverá a comer. Así de simple y así de complejo. Lo demás es perder el tiempo.

Lo malo es que, desde el punto de vista psicológico, la anorexia se trata convencionalmente con psicoterapia, bien a través de sistemas conductistas -que pretenden cambiar lo hábitos de alimentación-, bien con terapias de apoyo para intentar mejorar sin más la autoestima. Y eso no basta. Lo que hay que hacer es buscar directamente la causa del conflicto para hacerlo aflorar e intentar resolverlo. Y, paralelamente, concienciar a la familia para explicarles los cambios de actitud adecuados que deben realizar para mejorar gradualmente la autoestima del paciente y ayudar a resolver el conflicto, en el que, en muchas ocasiones, los padres son parte responsable.

Rosa Calvo Sagardoy, psicóloga clínica del madrileño hospital de La Paz y una de las pocas personas que conocemos que entiende el problema, fue directa y clara cuando hace ya dos años la revista la preguntó sobre el asunto.

En España –nos diría entonces-no hay apenas médicos preparados para tratar la anorexia; por eso la mayor parte de los tratamientos fracasan.

-¿Podemos saber la razón?

-Mire, en estos momentos la mayoría de los casos están siendo tratados, en tanto se considera un mero trastorno alimentario, por endocrinos. Y lo que la mayor parte hace es alimentar a las personas que les llegan como sea, si es necesario atándoles a sus camas. Obviamente, al cabo de unos días o unas semanas el paciente engorda y es enviado de nuevo a casa. Pero como no se ha tratado a fondo la causa del problema, que es siempre psicológica, vuelven a recaer en la inmensa mayoría de las ocasiones. Con lo que muchos se pasan el tiempo entrando y saliendo de los hospitales.

-Tenemos entendido que muchos casos son tratados por psiquiatras, no por endocrinos.

-Es verdad. Con lo que en muchas ocasiones esas personas, que padecen un conflicto psicológico, son metidas en salas donde se encuentran rodeadas de paranoicos, esquizofrénicos, psicóticos, violadores… En fin, en una situación absolutamente inapropiada que lleva a empeorar a muchos de ellos y acerca a buena parte a la depresión.

-Pero, ¿es usted partidaria de su internamiento en hospitales?

-Salvo en casos extremos, no. El tratamiento debe ser ambulatorio. Tratando al paciente… y a la familia.

-¿A la familia?

-Sí. En muchas ocasiones, sobre todo en los casos de jóvenes menores de 18 años, la razón del conflicto está en la relación con sus padres, mayormente con la madre. Problemas de excesivo control y autoritarismo. Por tanto, no basta con convencer al enfermo de que su postura es irracional, hay que hacer que la causa desaparezca. Y eso pasa muchas veces por reeducar a los padres, por hacerles ver que los responsables de la actuación de su hijo/a es en buena medida su comportamiento. Si en el ambiente no desaparece el problema, éste no se resolverá.

-¿Y qué sucede en los casos de personas de más edad?

-En esos casos la razón del problema suele ser otra. Y hay que buscarla y tratarla. Además, suelen plantear otros problemas: es el caso de las mujeres embarazadas. Primero, porque están poniendo en grave peligro la vida o, cuando menos, la salud del hijo que esperan. Suelen ser además casos difíciles de tratar porque ante la familia se escudan en los vómitos clásicos del embarazo para provocárselos. Y lo mismo ocurre con las mujeres de más edad, en especial cuando pasan de los 40 porque es igualmente difícil muchas veces que sus familiares lo noten. Aunque lo más grave es que eso incide en la alimentación de sus hijos, cuando los tienen, al no darles suficiente comida. Y cuando esos niños son demasiado pequeños y no tienen recursos para hacer algo por sí mismos, pueden llegar a pasar auténtica hambre.

-Y dígame, ¿cuál es a su juicio la solución?

-Primero, hacer entender a los familiares, médicos, psicólogos, psiquiatras, autoridades sanitarias y políticas que la anorexia -como la bulimia- requiere fundamentalmente un tratamiento psicológico. Y segundo, adoptar medidas encaminadas a facilitar, ambulatoriamente siempre que sea posible, ese tratamiento. Para lo que hay dotar a la Sanidad pública y privada de los medios y el personal cualificado.

Tal fue, resumida, la entrevista que en su momento hizo el doctor Andrés Rodríguez Alarcón a la doctora Calvo Sagardoy en nuestra revista. Por desgracia, sus palabras no parecen hacer tenido el suficiente eco. Ojalá en esta ocasión haya más suerte. Por el bien de los miles de personas que, junto a sus familiares, sufren este problema.

José Antonio Campoy  

Este reportaje aparece en
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Octubre 2001
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