OO7, con licencia para matar

 La sabiduría popular suele bromear afirmando que los médicos, al igual que el agente James Bond -el famoso 007 de Iang Fleming-, tienen licencia para matar.

La verdad es que no es así pero cierto es también que aun a los mismos médicos se les hace a veces difícil saber ante un paciente grave en qué medida le han ayudado a vivir o a morir porque, aun con las mejores intenciones, no siempre un médico acierta -o puede y le dejan acertar- en la mejor forma de poner remedio a una dolencia difícil de diagnosticar o que no cuenta con unos fármacos o cirugía con alta eficacia probada.

Pero no se trata aquí de acusar a unos profesionales que, con mayor o menor entrega pero con la mejor buena fe, viven enfrentándose a la muerte, a un enemigo que saben acabará siempre venciéndoles. Aquí se trata de considerar en qué medida es posible distinguir a un médico bienintencionado de otro cuya vocación es matar. O que, aun sin vocación de asesino, mata, no obstante, por exceso de negligencia o por falsa piedad.

Hace no mucho conocimos el caso del doctor inglés Harold Shipman, al que se le atribuyen casi 300 muertes de pacientes. Un médico al que durante 25 años se le morían casi todos los pacientes de más de 75 años, especialmente mujeres. Concretamente, entre 1974 y 1998 al doctor Shipman se le murieron un 25 por ciento más de pacientes que al peor de los galenos. Y además, a ningún médico o autoridad médica de su entorno le extrañó que esos enfermos murieran siempre cuando no estaban acompañados por familiares o amigos, cuando sólo estaba él, que murieran, asimismo, en menos de 30 minutos cuando nada advertía de que la muerte podía llegarles con esa rapidez, que el tal doctor Shipman-Bond utilizara productos letales con los enfermos… Y a estas visibles barbaridades pueden añadirse muchas más que el lector seguramente ya conoce por la prensa. Y todo eso sin una voz de alarma porque, a fin de cuentas, ¿quién duda de que todos los médicos son unos santos? Pueden ser ineptos, eso sí, pero asesinos con licencia para matar, eso no. Eso ni los salvajes más salvajes se lo pueden creer.

Pues sí, los salvajes -más avispados que nosotros- saben muy bien que un médico -en su caso, hechicero- puede ser tan estúpido como el que más y también un perfecto asesino. Porque la profesión no hace al hombre.

Quien esto escribe tuvo la oportunidad de convivir en 1979 con los aucas, una etnia amazónica antropófaga que no conocía al hombre blanco -hasta que yo llegué- y se encontraba evolutivamente en la época paleolítica, con los que durante un mes conviví y cuyas singulares experiencias narré en su día en mi libro Mi vida con los aucas. Pues bien, permítame el lector que recupere unos párrafos de aquella obra:

«En la tribu auca de Cononaco -Pastaza, en El Ecuador Oriental- no había hechicero porque el hechicero no es una figura obligada en las tribus aucas. Más aún: el hechicero auca es un personaje tan sumamente curioso que no existe parangón en ninguna otra cultura primitiva.

Para empezar, si un auca quiere ser hechicero basta con que informe a los demás de su decisión. Y los demás no la discuten. Aunque lo corriente es que sean los padres de un niño enfermo curado por un hechicero quienes decidan que ese niño lo será también al llegar a adulto.

Y sea por propia decisión o por decisión paterna, no hay más ceremonia. Ni parece tiene porqué haberla puesto que el hechicero no tiene gran ascendiente sobre la tribu, aunque eso depende más de la personalidad del propio hechicero que de su titularidad.

Hasta aquí casi todo normal. Pero ahora llega lo curioso. Porque si el enfermo sana, todo son parabienes para el hechicero. Pero si el enfermo muere, entonces lo corriente es que los familiares del fallecido decidan matar al hechicero. A un hechicero auca difícilmente se le llegan a morir más de tres enfermos porque al primer fallo sabe ya que puede estar condenado a morir. No es de extrañar, por tanto, que no todas las tribus aucas tengan hechicero propio.”

Como puede verse, un hechicero auca no tiene licencia para matar. Ni siquiera para mandar. Pero sigan leyendo:

«Supongamos un hechicero que ha logrado un cierto prestigio con sus acertadas curaciones. Entonces -me explicaron-, los demás componentes de la tribu acuden más y más a él, hasta el punto de que si escasea la caza le piden que indique los lugares en que abunda el mono, que es la carne preferida por los aucas.

Y el hechicero debe acertar. Sabe que si vuelven sin caza está expuesto a que lo maten. Esto puede llevar al hechicero a confiar más y más en la ayahuasca -un alucinógeno-, cuyas visiones suele considerar infalibles; pero le puede llevar también a acumular más y mejor información procedente de algunos de sus congéneres. Una información que no comparte ya con los restantes componentes de la tribu. Y así, se va labrando una prestigiosa autonomía y va adquiriendo día a día más amplias parcelas de poder.

Me explicaron que algunos hechiceros que habían alcanzado esas cotas ya importantes de prestigio y poder se lanzaban a una ofensiva final. Era un ataque definitivo que ponía en peligro la integridad de la tribu. Y esto porque en las tribus aucas no hay jefe: el jefe es la propia tribu y todo auca sabe -aun sin ser consciente de ello- que un hechicero-jefe supondría la rotura de la unidad tribal. Razón por la que -como me informaron-, que se sepa nunca un hechicero ha logrado su propósito de dominio total de una tribu. Y eso porque, en tales casos, la tribu lo mata.”

 O sea, que si es mal médico acaban con él y si, por tener éxito, aspira a ser ministro, también lo matan. Porque ambas cosas son nefastas para la humanidad.

 El Gobierno británico, menos radical que los aucas, ni siquiera ha condenado a muerte al doctor Shipman a pesar de haberse comprobado que, en efecto, es autor de más de una decena de muertes. Lo que va a hacer es crear un departamento con el nombre de Autoridad Nacional de Valoración Clínica destinado a proteger a los pacientes de los posibles instintos asesinos de sus médicos y, al tiempo, vigilar a los facultativos. Y así, quitando al OO7 la licencia para matar, se espera -en Inglaterra- que haya menos muertes por causa profesional.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
32
Octubre 2001
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