Una necesaria dieta informativa

Existe la creencia generalizada de que en nuestros días la humanidad está más -y por ello, mejor- informada que en cualquier otra época de la historia. Esta idea tiene su fundamento en que ante cualquier evento de cierta importancia los medios informativos -especialmente los más influyentes por su alta tirada y alta audiencia- nos inundan con páginas y más páginas y con horas y más horas de charla y de imágenes en torno al acontecimiento. Pero, ¿significa esto que estamos más informados? La verdad es que confundimos multimedia con información. Confundimos cantidad con calidad. Dicho más brevemente: nuestros antepasados, aun los más remotos, estaban más y mejor informados que nosotros.

Vayamos al Paleolítico. Para ello recojo unas líneas de mi libro Mi vida con los aucas, obra en la que doy a conocer mis experiencias con una tribu de esa etnia amazónica que vivía -ya no vive, ya la hemos exterminado- inmersa en una cultura paleolítica.

“De madrugada, bajo la lluvia, Tita ha salido a cazar. Avanza sigilosamente con su larga y pesada bodoquera. Del cuerpo cuelgan aljaba y dura esfera de corteza con algodón silvestre. En la aljaba, las flechas impregnadas de curare. Esta vez ha dejado las lanzas. No va a guerrear ni a defenderse del jaguar o del pécari, simplemente va a buscar el alimento que necesitamos. Y Tita se adentra sin ruido, hecho lluvia y hecho hoja, en la espesura de la gran despensa-selva.

“Al mediodía, bajo un sol que resbala en las hojas aún húmedas, aparece Tita con su cargamento de armas y monos. Llega relajado, descansado, a pesar de que ha recorrido decenas de kilómetros de selva amazónica con más de sesenta kilos en la espalda. Y su rostro se abre en una sonrisa radiante. Es feliz. Ha cazado seis monos. Y los muestra. Gesticula. Habla. Y una y otra vez nos relata cómo los ha cazado. Habla deprisa, excitado, hace ruidos con la boca, imita al mono, agita las manos, simula que sopla en la bodoquera, muestra con su brazo el giro de la flecha… “Los niños aucas le contemplan con los ojos desorbitados, le escuchan ensimismados, son todo ojos y todo oídos. Y absorben los gestos y las palabras de Tita.

“Y Tita repite una vez y otra su historia de caza. Vuelve a gesticular, repite de nuevo con el brazo el vuelo de la flecha, dramatiza gestos y palabras. Y yo comprendo que está inventando el teatro (la primera expresión mediática). Y veo también los rostros de los niños -y de los adultos- que contemplan la representación con respeto y admiración.

“Y comprendo que la excitada historia de Tita no es una muestra de la torpe vanidad de algunos de nuestros cazadores. Tita no se exhibe. Su dramatización tiene una utilidad. Tita repite una y otra vez los pormenores de la caza porque su narración es la escuela en la que los niños aucas aprenden a cazar. Y en la que los adultos guerreros siguen aprendiendo y, al tiempo, reciben noticia de dónde está la caza, de cuán grande es la manada de monos… Una información que pueden utilizar”.

Porque lo importante del párrafo que antecede es que Tita, con su representación mediática, cumple los tres principios básicos que configuran una auténtica y plena información: que sea completa, que no esté intoxicada y que se pueda utilizar. Y Tita da toda la información necesaria a su tribu, su información es totalmente veraz y cualquier guerrero auca puede utilizarla para asegurarse una abundante caza. O sea, el medio informativo es sólo uno -la expresión verbal directa- pero la información que da, la más vital puesto que de la caza depende la supervivencia de la tribu, cumple los requisitos básicos de una adecuada comunicación informativa.

¿Y cree realmente usted, lector, que la información que nosotros recibimos a través de tantos medios es una información plena, veraz y utilizable?

Es cierto que algunos de esos medios -en un alarde de honradez que pone en peligro su supervivencia- intenta ser comunicador fiel de las noticias que da, pero, ¿cómo conseguir esto cuando se da el caso de que quienes imponen las noticias son al tiempo quienes las generan y cuando quienes las generan pueden además esgrimir esa arma tan eficaz que se denomina la “seguridad del Estado”? Una seguridad y un secreto de Estado que habitualmente no es más que el uso del poder por el Poder. Y el poder del Poder va -si bien en orden decreciente- desde el propio Estado -que a veces sí tiene sus razones ante el secretismo- hasta el fabricante de botones sin agujeros que difícilmente tiene otra razón que su personal beneficio.

Y ante esta nuestra desinformación informativa -algo fácil de constatar con solo asomarse a las últimas noticias leídas, escuchadas y vistas- es posible que usted, lector, se pregunte: ¿Qué ocurriría si en una tribu auca -esos salvajes primitivos que ni leer saben- surgiera alguien que quisiera adueñarse de la información, que ya sabemos que es tanto como adueñarse del Poder?

Pues bien, como esta es una revista de salud permítanme que me refiera a los médicos aucas. O sea, a los hechiceros. Pero antes aclaro que entre los aucas -donde de hecho no hay un jefe, donde el jefe es la tribu- ser hechicero es algo que alguien decide por sí mismo. Y aclaro también que si un hechicero no acierta en sus curaciones la tribu acaba por condenarle a morir. Pero puede ocurrir que un hechicero alcance una alta cota de éxitos y en ese caso…

“En ese caso-me explicaron- los demás componentes de la tribu acuden más y más a él, hasta el punto de que si escasea la caza le piden indique los lugares donde abunda el mono, que es su carne preferida (…)”

Añado -a fin de resumir- que utilizando ya el prestigio adquirido, el hechicero va entonces asumiendo más funciones de poder sobre la tribu. Y para ello utiliza cada vez más el monopolio de la información así como su manipulación.

“Me explicaron también que algunos hechiceros que habían alcanzado ya esas altas cotas de poder, que se servían ya de la información en beneficio propio, se lanzaban a una ofensiva final. Era un ataque definitivo que ponía en peligro la integridad de la tribu. Porque empezaban a rodearse de un mayor misterio. Salían de noche y, en general, hacían algo que la tribu no podía comprender. Luego contaban que habían sometido a los malos espíritu (…) y en su estrategia -o en su locura- acababan mandando los malos espíritus contra alguien. A quien los malos espíritus debían matar.

“Pero me indicaron que no se sabía de hechicero alguno que hubiera logrado su propósito de dominio total de una tribu. Porque cuando alguien que se sabe maleficiado enferma, lo primero que hace es mandar a sus parientes a matar al hechicero”.

La reflexión es: ¿puede estar sana una sociedad como la nuestra que, en general y de forma masiva, se nutre de un alimento informativo que -elaborado por quienes lo generan y directa o indirectamente imponen- nos es servido de manera incompleta, intoxicado y con el solo nutriente de la enajenación, toda vez que nada -o muy poco- puede hacerse para rechazarlo al saberlo contaminado?

En nuestra tribu global los Grandes Hechiceros son ya casi totalmente invulnerables. Y ante esto a mí tan solo se me ocurre pedir al director de esta revista -al que considero dotado para ello- que a su libro de La dieta definitiva le añada un nuevo capítulo que trate de cómo corregir la insalubre gordura provocada por un exceso de toxinas informativas.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
48
Marzo 2003
Ver número